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Rituales de inicio

La fotógrafa Jill Krementz, y el escritor John Updike presentan...

 

Miro estas fotografías de la misma manera en que miraría las camas de cortesanas célebres, excepto por el hecho de que las camas me dirían menos que estos escritorios. La intimidad del acto literario es captado aquí en flagrante delito: en estos escritorios los personajes se despliegan; los argumentos toman vida; las distancias imaginarias se acortan.

Kurt Vonnegut trabaja en pijama sobre su regazo, arrimándose al estante que hace las veces de escritorio. Cheever se ha equipado con un vaso, y no una sino dos cajetillas de cigarros. Jean Piaget enciende con calma su pipa de meditación en medio de una montaña estratificada de libros y carpetas, sin mencionar lo que parecen ser dos radios, uno sobre el otro.

Por otro lado, Georges Simenon tiene como mínimo veinte pipas alineadas impecablemente, en un escritorio cuyos objetos parecen ordenados como para un desfile. Susan Sontag prefiere escritorios larguísimos, a lo largo de los cuales se corporeiza la búsqueda de inspiración. Isaac Bashevis Singer se encorva modestamente en una punta del escritorio, como el timonel de una canoa de carrera. Pablo Neruda es famoso por escribir con saco y corbata, en una de las profesiones de informalidad más notoria. Saul Bellow, el supremo escritor norteamericano, escribe de pie frente a un tablero de dibujo. Toni Morrison, nuestra más reciente ganadora del Nobel, se sienta en un sofá con una libreta rayada. Y Ross Macdonald se ha construido una suerte de cama.

Los escritorios quieren desordenarse. Cartas, manuscritos inoportunos y no solicitados, y pruebas de galeras pidiendo patéticamente a gritos nuestra atención, todo cuelga de los bordes, hasta que se cae. Lo que queremos, al sentarnos (o pararnos, o acostarnos), es poder volar sobre este escenario, con su comodidad y sus puntos de distracción, y entablar una relación con nuestro lector ideal, que desea de nosotros nada más que el fruto de nuestros mejores instintos, nuestros indicios más honestos y nuestras persuasiones más firmes. Lo que es crucial es una sensación de alivio que libere la mente. Pero aun así, la atmósfera no debería ser tan austera como para desalentar una denso día de trabajo. Escribir es un trabajo particularmente agotador. Nuestra energía se despliega a lo largo de las horas disponibles y entre los meandros de las posibles palabras. Se puede desperdiciar mucho tiempo que, al final, debe recuperarse. John Ashbery, para quien la inspiración está siempre tan a mano que escribe sus poemas en una máquina de escribir, pregona tener menos ``blancos y rituales'' que los que solía: ``Me bloqueo con menos frecuencia, pero todavía sucede.''

En los escritorios que aquí se muestran, el (alguna vez ubicuo) cenicero ha cedido su lugar al teclado de los procesadores de texto y la hoja de papel enrollada en el carril de la máquina de escribir es ahora una pantalla rodeada de iconos. Las fotos de Jill Krementz, en toda su variedad de atmósferas y semblantes, muestran por lo general a la gente en paz con sus escenarios, su actividad y sus poses. Escribir, en definitiva, es una actividad profundamente placentera: ordenar, purgar, sacar a la luz lo que había estado oculto una hora antes.

 

Susan Sontag

Comenzar a escribir es dar rodeos a través de lecturas o músicas, que me llenan de energía pero también de inquietud: me siento culpable por no escribir... Pero una vez que algo está definitivamente encaminado, no quiero hacer otra cosa. No salgo demasiado, me olvido de comer y duermo muy poco. Es una forma poco disciplinada de escribir, por lo que no soy muy prolífica. Estoy demasiado interesada en otras cosas.

El acto de escribir necesita de mucha soledad. Lo que he hecho para suavizar lo espinoso de esta elección es no escribir todo el tiempo. Me gusta salir, lo que incluye viajar, pero no puedo escribir cuando viajo. Me gusta hablar. Me gusta escuchar. Me gusta mirar y observar. Quizá padezco de un desorden provocado por un exceso de atención. Prestar atención es lo más fácil del mundo para mí.

 

Georges Simenon

El principio será siempre el mismo; es un problema casi geométrico: tengo un hombre de tales características y una mujer de otras en un ambiente determinado. ¿Qué es lo que debe suceder para que lleguen al límite?... Tengo en claro lo que ocurre en el primer capítulo al final del primer día. Entonces, día a día, capítulo tras capítulo, descubro lo que sucederá después. Luego de comenzar la novela, escribo un capítulo por día, sin descansar. No veo a nadie, no hablo con nadie, no atiendo llamadas. Vivo como un monje. Soy uno de mis personajes, siento lo que él siente. Al cabo de cinco o seis días se vuelve casi insoportable. Por eso es que antes de comenzar una novela -esto puede parecer estúpido, pero es verdad-, generalmente unos días antes, me aseguro de no tener compromisos para los próximos once días. Y llamo al médico. Me toma la presión y controla todo. Tengo que estar seguro de que voy a estar bien durante esos once días.

 

Toni Morrison

Hace poco hablaba con una escritora sobre un movimiento que hacía cada vez que se acercaba al escritorio. No recuerdo exactamente cuál era el gesto -algo que acariciaba en su escritorio antes de tocar el teclado de la computadora-, pero empezamos a conversar sobre los pequeños rituales que uno lleva a cabo antes de empezar a escribir. Pensé que yo no los tenía, pero entonces recordé que invariablemente me sirvo una taza de café al levantarme, cuando aún es de noche -tiene que ser de noche- y observo cómo se hace de día mientras lo tomo. Y ella me dijo: ``Bueno, eso es un ritual.'' Me di cuenta de que es mi manera de entrar a un espacio que sólo puedo definir como no-secular... Todos los escritores desarrollan formas para llegar a ese lugar donde esperan hacer contacto, donde se convierten en el medio, o donde pueden ocuparse de este proceso misterioso que es escribir. Para mí, la luz es la señal de transición. No se trata de estar en la luz, sino de estar ahí antes de que llegue. En algún sentido, eso me prepara.

 

Pablo Neruda

Desde que me quebré un dedo y me fue imposible usar la máquina de escribir por meses, he seguido la costumbre de mi juventud y he vuelto a la escritura a mano. Descubrí, cuando mi dedo estaba mejor, que la poesía que había sido escrita a mano era más sensible, sus formas plásticas podían cambiar con mayor facilidad... La máquina de escribir me separaba de una mayor intimidad con la poesía, y mi mano me acercó a esa intimidad nuevamente.

No tengo un horario, pero me gusta escribir de mañana... Preferiría escribir todo el día, pero con frecuencia la totalidad de un pensamiento, de algo que sale de mí en forma tumultuosa -nombrémoslo con un término anticuado, ``inspiración''- me deja satisfecho, o exhausto, o calmado, o vacío. Esto es, no puedo seguir.

 

Kurt Vonnegut

Acabo de descubrir una plegaria para escritores. He oído de oraciones para marinos y reyes y soldados, pero nunca de una plegaria para escritores. Fue escrita por Samuel Johnson el 3 de abril de 1753, el día que comenzó a trabajar en el segundo volumen de su diccionario de la lengua inglesa. Estaba rezando por sí mismo. En fin, esta es la plegaria: ``Dios mío, que me has sostenido hasta hoy, ayúdame a proseguir en esta labor y en el objetivo de mi presente estado; para que en el momento en que realice, en el último día, un recuento del talento que me fue confiado, me sea otorgado el perdón, en nombre de Jesucristo. Amén.''

 

Jean Piaget

Como saben, Bergson planteó que no existe el desorden, sino dos tipos distintos de orden: el geométrico y el viviente. El mío es claramente el viviente. Las carpetas que necesito están al alcance, en el orden de la frecuencia en que las uso. Es verdad, encontrar una carpeta de los niveles inferiores se vuelve complicado. Pero si hay que encontrarla, se la busca. Toma menos tiempo que clasificarlas todas los días.

Perdí un solo papel en toda mi vida. Era sobre los sedums, plantas sobre las que escribíÊun artículo y que continúo estudiando. No pude encontrarlo. Tuve que escribirlo de nuevo. Es una de esas raras instancias en donde estoy completamente de acuerdo con Freud acerca de los lapsus y los errores de acción. Lo perdí a propósito porque no era bueno. (Mi mujer tiene la gentileza de no tocar nada.)

Isaac Bashevis Singer

Siempre tengo deseos de escribir cuando me levanto por la mañana. La mayoría de las veces logro hacerlo, pero entonces me llaman por teléfono, o tengo que escribir un artículo para The Forward. Cada tanto aparece una reseña por hacer, o una entrevista, y eso también me interrumpe. Pero de alguna manera me las arreglo para seguir escribiendo. No necesito escaparme, como algunos escritores que dicen que sólo podrían escribir si viajaran a una isla desierta. Llegarían hasta la Luna si supieran que allí no los molestarán. Por mi parte, creo que ser molestado es parte de la vida cotidiana. En ocasiones es útil ser molestado porque interrumpe el proceso de escritura y mientras se descansa, mientras se está ocupado con otros asuntos, cambian las perspectivas y el horizonte se amplía. Todo lo que puedo decir sobre mí es que nunca escribí en paz.

 

Tennessee Williams

En Key West tengo como norma levantarme justo antes de la salida del sol, porque me gusta estar completamente solo en la cocina de mi casa, tomando café y rumiando sobre lo que voy a trabajar ese día. Generalmente escribo sobre dos o tres cosas a la vez, por lo que tengo que decidir a cuál de ellas le dedico mi tiempo.

Voy al estudio, en donde suelo tomar un poco de vino. Y reviso cuidadosamente lo que escribí el día anterior. Sabes, querida, luego de dos o tres vasos de vino me da por la extravagancia. Me inclino hacia el exceso porque tomo mientras escribo, por eso al día siguiente tengo que corregir muchas cosas. Después me siento y comienzo a escribir.

 

Saul Bellow

El arte está relacionado con el logro de la quietud en medio del caos. Una quietud que es similar a la oración y al ojo de la tormenta. El arte tiene que ver con un rapto de atención en medio de la distracción.

Tomado de Radar libros, suplemento literario de Página/12, julio 1998