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Peter Pan

 

Andew Birkin revela detalles desconocidos de la vida del autor de Peter Pan y del trágico destino de los chicos que le inspiraron la célebre historia

 

El 27 de diciembre de 1904, en el Duke of York´s Theatre, se estrenó Peter Pan, de J. M. Barrie. Era una de las producciones más ambiciosas de la historia y la mayoría de quienes participaban en ella esperaban "un desastre moderado". Fue un éxito y, desde entonces, ha formado parte del repertorio teatral. No gustó a todos (es famoso el ruego de Anthony Hope: "¡Oh, qué no daría por una hora de Herodes!"). Sin embargo, perduró pese a que, con el tiempo, la redujeron a pantomima; Walt Disney la convirtió en historieta; Leonard Bernstein, primero, y Jule Styne, después, le pusieron música; ahora, la han "desarrollado" hasta transformarla en un producto a la medida de Robin Williams.

 

La producción de la Royal Shakespeare Company, en 1982, fue una revelación. Se remontó al texto original de Barrie, al que añadió material tomado de su novela Peter and Wendy, de 1911. Rehizo el sustrato sombrío de la historia, pero -otro detalle no menos importante- conservó su magia esencial. Gran parte del mérito recayó en Andrew Birkin; en el programa de mano, agradecieron "su experta e inestimable ayuda con el texto". Su trabajo de investigación para la trilogía teleteatral The Lost Boys (Los niños perdidos, 1978), ganadora de un premio, y su espléndida biografía J. M. Barrie and the Lost Boys (J. M. Barrie y los niños perdidos, 1979; Yale University Press la ha reeditado este año, en una versión levemente ampliada) lo han consagrado como una gran autoridad en Peter Pan y sus orígenes.

 

Los niños en cuestión eran los cinco hijos de Arthur y Sylvia Llewelyn Davies: George, Jack, Peter, Michael y Nico. En 1897, Barrie trabó amistad con los dos mayores durante sus paseos por Kensington Gardens. Por entonces, tenían cuatro y cinco años de edad; Peter era un bebe y los dos últimos todavía no habían nacido. Según Birkin, y es una hipótesis admisible, Barrie pensaba en su propia intrusión en la familia Llewelyn Davies cuando escribió, en Peter and Wendy: "Nunca hubo una familia tan sencilla y feliz, hasta que llegó Peter Pan". Arthur y Sylvia eran una hermosa pareja; vivían el uno para el otro y para sus hijos. Barrie les prodigó dinero y atenciones, hasta convertirse en un ami de la maison y tío honorario. Evidentemente, su devoción por Sylvia molestó a Arthur y su influencia subversiva en los niños provocó resentimiento en la niñera, Mary Hodgson. En 1906, publicó Peter Pan in Kensington Gardens con esta dedicatoria: "A Sylvia y Arthur Llewelyn Davies y sus niños (mis niños)". Fue una torpeza profética. Arthur ya padecía un cáncer terminal; Sylvia le sobrevivió poco más de tres años.

 

El "tío Jim" era el candidato obvio a la tutela de los chicos. Aun así, se aseguró de ello al transcribir el borrador de un testamento hecho por Sylvia: "Me gustaría que Jimmy se viniera a vivir con Mary y que los dos juntos [the two together] cuidaran de los niños y se ayudaran mutuamente". En realidad, Sylvia había escrito "Jenny", refiriéndose a la hermana de Mary, y no "Jimmy". "Sin duda, fue un error involuntario, aunque el nombre ?Jenny´ es suficientemente claro", comenta Birkins. Es una muestra de la sinceridad y benevolencia características de una biografía que nos conmueve y perturba.

 

Si bien es cierto que Barrie utilizó a los hermanos Llewelyn Davies como fuente de inspiración para su Peter Pan y sus frecuentes revisiones, los orígenes del "niño que no quería crecer" están en su propia infancia en Escocia. Cuando su hermano mayor murió, un día antes de cumplir catorce años (se accidentó mientras patinaba), su acongojada madre halló consuelo en la idea de que, al haber muerto tan joven, seguiría siendo niño para siempre. Era un concepto corriente a fines del siglo XIX. La popularidad sorprendente de las novelas ambientadas en public schools, en su mayoría escritas por ex alumnos en un estilo sentimental, había inculcado la creencia de que la pubertad del varón era un estado perfecto, envidiable pero trágicamente efímero. Los clásicos también tuvieron que ver en esto. No nos sorprende descubrir que Barrie leía "año tras año, una y otra vez" A Shropshire Lad, con sus imágenes de "muchachos que morirán en la flor de la vida y nunca envejecerán". Al final del tercer acto de Peter Pan, el protagonista, desamparado sobre una roca en medio de una laguna, ve subir las aguas y dice: "Morir será una aventura formidable".

 

Por supuesto, fue una aventura en la que, en 1914, quedó atrapada toda una generación de muchachos, entre ellos George Llewelyn Davies, muerto en 1915 cerca de Saint-...loi. (En la reposición navideña de Peter Pan de ese año, suprimieron la escena en la laguna.) Michael, el segundo de los dos hermanos con quienes Barrie mantuvo una amistad más estrecha, tampoco llegaría a la adultez. En 1921, se ahogó junto con un compañero de la universidad; pudo haber sido un accidente o un pacto suicida. Jack y Nico vivieron una adultez relativamente tranquila. Peter llegó a ser un editor conocido; a los sesenta y tres años, se arrojó bajo las ruedas de un tranvía. Había pasado varios años compilando una historia de su familia, en seis tomos; solía llamarla "la Morgue", un nombre tétricamente apropiado.

 

En la "Dedicatoria" de la edición de Peter Pan, dirigida a los hermanos Llewelyn Davies, Barrie declaró que la obra teatral aún conservaba "muchas vetas de ustedes". Y del mismo Barrie, como todo cuanto escribió. Era uno de esos escritores que siempre tienen a mano una libreta y suelen empezar a elaborar y transformar los hechos casi sobre la marcha, a veces, con una prisa diríase casi indecente. "Creo que escribiría un artículo sobre el ataúd de mi madre", admite uno de sus personajes semiautobiográficos. Era un modo de ejercer cierto control sobre una vida injustamente recargada de horrores. Cuando estaba en compañía de adultos, Barrie parecía amordazar sus emociones: a menudo, se sumía en largos silencios cavilosos que desconcertaban y amilanaban a sus interlocutores. Pero en sus escritos se manifestaba con un candor asombroso y, tal vez, inconsciente. En sus libros, sus obras teatrales y, muy especialmente, sus cuadernos, se desnuda y abre los secretos de su corazón. Por ejemplo, en The Little White Bird ("El pajarito blanco", 1902), exhibe temerariamente su pasión por George. Su lectura nos hace sentir incómodos, en estos tiempos en que cualquier expresión de interés por los hijos ajenos se considera sospechosa. Birkin sostiene de manera convincente que no hubo ningún elemento sexual en el apego de Barrie por los hermanos Llewelyn Davies. "No creo que el tío Jim haya experimentado jamás una leve agitación entre la maleza, por decirlo así, por persona alguna, ya fuese hombre, mujer o niño", decía Nico al recordar su relación con él. En verdad, el candor esencial de Barrie fue lo que le permitió llevar su indiscreción a extremos tan desgarradores.

J. M. Barrie and the Lost Boys es un modelo del arte biográfico. Birkin es compasivo, pero no vacila en penetrar hasta el oscuro corazón de este asunto espinoso con el cuidado y la precisión de un cirujano. Es una historia desgarradora. En cierto modo, las numerosas ilustraciones la hacen todavía más horrible. Esa familia hermosa, marcada por la fatalidad, a la larga le trajo a Barrie "mucho más dolor que felicidad", como señalaría Peter. Y la historia no termina allí. Barrie escribió en una ocasión: "¡Que Dios reviente a quienquiera me biografíe!" y, en un nuevo prefacio, Birkin revela que hace tres años su propio hijo murió en un accidente de tránsito, un mes antes de cumplir veintiún años. Muy de vez en cuando, los biógrafos encuentran a un personaje que ya no los soltará, a ellos o a sus lectores. Seguimos esperando que Birkin concrete un viejo proyecto: la versión cinematográfica de Peter Pan, "esa terrible obra maestra", como la llamó, con justicia, Peter Llewelyn Davies. Entretanto, ha creado un sitio fascinante en Internet ( www.jmbarrie.co.uk ).

Por Peter Parker 

The Times Literary Supplement

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