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William Burroughs –en la foto junto a Patti Smith–

mató a su mujer de un tiro jugando puntería y escapó a México

 

 

Para los escritores,creatividad y locura van de la mano

  

Investigadores suecos aseguran que los escritores tienen más riesgo de sufrir enfermedades mentales que el grueso de la población, además del doble de probabilidad de suicidarse. En esta nota proponemos un recorrido por los escritores más extremos de la literatura universal.

Por Lala Toutonian

 

 

El poeta del romanticismo francés Gerard de Nerval sacaba a pasear a una langosta atada a un lazo azul por los jardines del Palais Royal de París (luego se suicidaría). Burroughs jugaba a ser Guillermo Tell y mató a su mujer. Conan Doyle estaba convencido que era medium y se comunicaba con ánimas en pena. Ezra Pound sufrió trastornos narcisistas que lo llevaron al hospicio por esquizofrénico. Serguei Yesenin, el creador del imaginismo ruso, escribió un último poema con su propia sangre antes de ahorcarse.

Creatividad y locura van de la mano. Diremos extravagante desde un cariz romántico, patológico desde otro más real. Según estudios del Instituto Karolinska, investigadores suecos aseguran que los escritores tienen más riesgo de sufrir ansiedad, depresión y adicción a sustancias que el grueso de la población, además del doble de probabilidad de suicidarse. ¿Por qué? Porque la proliferación de pensamientos ocasionados por la intención de la escritura puede desatar una desorganización tal que puede llevar si no hasta la esquizofrenia, sí seguramente a la depresión.

Oh, la depresión. Sin ella, gran musa, no habría poetas. No es condición sine qua nonestar deprimido para escribir pero, vamos, nadie que aprecie la buena literatura elegirá a un escritor optimista. ¿Primero fue la tristeza y luego la depresión? El psiconalista Claudio Godoy nos ilustra desde su Tristeza y depresión:

"Existe un libro de Giorgio Agamben llamado Estancias donde dedica unos capítulos a la tristeza en la Edad Media, en tanto ha sido una preocupación de los monjes que era concebida como un pecado. (…) Esta idea de la tristeza como pecado, como falta moral, introduce una problemática ética. Sin embargo, no siempre fue vista como un problema. Durante el romanticismo tenía un valor que llegaba a lindar con lo creativo. No era bueno estar demasiado alegre. Tenía una función y representaba un valor. Podríamos decir que estas referencias son las que quedan puestas de costado por el término moderno de depresión. La depresión es un término fundamentalmente moderno y que puede ser ligado con la incidencia del capitalismo. Tal vez –como el propio G. Agamben lo señala- vuelve a ser un pecado pero referido ahora a la ética capitalista del trabajo: el deprimido, con su desgano, atenta contra el imperativo de producción y rendimiento que sostiene el sistema." Lo dicho: no era bueno estar demasiado alegre.

Mayakowski se pegó un tiro

Vladimir Mayakovski pone fin a su vida de un disparo. Así, el poeta ruso que había dedicado su obra a la revolución, se rindió frente a los avatares sociales que lo oprimían. Antes escribió:

"De que muero no culpéis a nadie y, por favor, no chismeéis. El difunto lo odiaba terriblemente. Madre, hermanas y camaradas, perdonadme -ese no es el método (a otros no lo recomiendo), pero ya no tengo salida.
Como se dice, el incidente está zanjado
La barca amorosa varó en lo vulgar
Estoy en paz con la vida. No vale enumerar
dolores, desgracias, ofensas mutuas.
VM.
Seguid felices (En la mesa tengo 2000 rublos, pagad el impuesto. Lo demás lo cobraréis del Giz)". [Giz significa editorial]

Por supuesto que la empatía y el romanticismo de la poesía nos hará suspirar, pero lo cierto es que, en algún momento, la neurosis del apabullado Vladimir se convirtió en psicosis y se disparó, decidido, en el corazón.

Hemingway hizo lo propio con su escopeta favorita cuando el cáncer lo consumió. El precursor del modernismo latinoamericano, el colombiano José Asunción Silva -de quien García Márquez se declaraba absoluto fan- también apretó el gatillo de su Smith & Wesson tras consultar con su médico el lugar exacto del corazón para no fallar. Es su muerte la que inspira la del Coronel Aureliano Buendía en uno de los pasajes de Cien años de soledad: "Allí se quitó la camisa, se sentó en el borde del catre, y a las tres y cuarto de la tarde se disparó un tiro de pistola en el circulo de yodoque su médico personal le había pintado en el pecho", homenajeará Gabo.

El enorme Foster Wallace hizo lo impensable: se ahorcó. Virginia Woolf se llenó los bolsillos de piedras y se hundió en un río inglés mientras nuestra Alfonsina Storni se adentró en el mar para no volver y Paul Celan se ahogó en Francia. Sylvia Plath aspiró el gas del horno no sin antes dejar prestos dos tazones de leche y pan con manteca para sus hijos. Mishima, un samurai de ley, declaró: "Estoy agotado. Me hallo al borde del momento de mi vida en que todas las patas de la mesa han desaparecido" antes de realizar su mentado harakiri aunque el encargado de culminar el sepukku (la decapitación) no logró hacerlo y tuvo que ocuparse alguien más. Ernst Weiss se cortó las venas mientras veía desde la ventana de un hotel francés la entrada de las tropas nazis. Alejandra Pizarnik dejó todo su dolor en su poesía y se llenó de antidepresivos, como el poeta Cesare Pavese a quien el peso existencial tras el desamor no le permitió continuar; Stefan Zweig, igual. El catalán Gabriel Ferrater mezcló barbitúricos y al igual que el novelista norteamericano Jerzy Kosinski coincidió en elegir la bolsa de plástico en la cabeza para ahogarse.

Edgar Allan Poe intentó, sin éxito, suicidarse.

El torturadísimo y morfinómano Edgar Allan Poe no lo logró: tras una vida dedicada en alcohol, intentó suicidarse con láudano tras la muerte de su esposa. El alcohol sí pudo con el gran poeta de todos los tiempos, el galés Dylan Thomas partió tras sus famosos dieciocho whiskies.

Tolstoi sufría depresión -se reprochaba no haber tenido el valor de suicidarse-, Kafkaigual (además de insoportables migrañas, insomnio, ansiedad), Stevenson tenía problemas pulmonares y consumía cocaína con los fines médicos típicos de la época pero acabó adicto, Baudelaire consumía grandes cantidades de hachis como bien se puede apreciar en Los paraísos artifcialesYeats, el gran Yeats, igual de fumón.

Henri Michaux no se cansó de la mescalina: muerta su esposa en un incendio de un tren aprende de los médicos que se la inyectaban para luego hacerlo él y dibujaba incansablemente bajo sus efectos (la mescalina lo hace temblequear y no le permite escribir). Pierde el sentido de la orientación estando en un cine de París y cuando entiende dónde se encuentra, se embarca en la tarea de verdaderamente inyectarse tanta cantidad de mescalina como para perder todo sentido: lo logra y pinta hasta el cansancio.

Artaud tiene todos los elementos: tras padecer meningitis a sus cuatro años, padecerá una vida marcada por un temperamento irritable denominado neurosífilis; la paranoia rondaba su cabeza cotidianamente y la peor de sus incontables estancias en sanatorios mentales fue una de nueve años. La muerte de su hermana termina de hundirlo en la depresión y oscilará entre entre un ateísmo acérrimo y una devoción excesiva:

"El eterno conflicto entre la razón y el corazón se resuelve en mi propia carne, pero en mi carne irrigada de nervios. En el campo de lo imponderable afectivo, la imagen que traen mis nervios adopta la forma de la más alta intelectualidad, a la que me niego a arrancar su carácter de intelectualidad. Así es como asisto a la formación de un concepto que lleva en sí la fulguración misma de las cosas, que llega sobre mí con un ruido de creación", escribió.