La versión de su navegador no está debidamente actualizada. Le recomendamos actualizarla a la versión más reciente.

 

 

 

           Menchú Gutiérrez

 “El drama de nuestra época es que ya no sabemos vivir en el presente”

 

Nacida en Madrid, vives ahora en un pueblo en Cantabria.

Hace muchos años que dejé Madrid, aunque yo allí vivía en un lugar privilegiado: En Ciudad Lineal, a las afueras, donde todavía el tiempo transcurría lentamente, lo que te permitía residir en el tiempo, como te decía. También viví durante más de veinte años en un faro en el País Vasco, lo que me permitió poner un poco de freno a esa aceleración. Pero es imposible escapar de ella, porque forma parte de la vida contemporánea, vivas en un faro o en un desierto. Deberíamos llevar una mayor conciencia hacia nuestra forma de vivir, y cuestionar un ritmo que nos perjudica porque no nos permite vivir en el presente. El drama de esta época que nos está tocando vivir es que no vivimos en el presente.

En su nuevo libro, “Siete pasos más tarde” (Siruela), la escritora Menchu Gutiérrez explora el cómputo del tiempo o, en sus palabras, “cómo dice el tiempo la poesía”. Para ello, además de con la suya propia, ha contado con las voces de poetas de todas las épocas y culturas cuyos versos recoge en el afán de explorar los misterios del tiempo desde lo literario. El volumen se compone de breves textos que oscilan libremente entre el ensayo y la poesía, huyendo de toda definición.

 En “Siete pasos más tarde” te adentras en el misterio del tiempo, pero no desde la ciencia sino desde la poesía.

 La ciencia, cuando pierde pie en lo tangible, lo mensurable, siempre acude al lenguaje poético. Por ejemplo, una expresión como horizonte de sucesos, ¿qué es sino una metáfora? La ciencia y la poesía se llevan muy bien. La expresión poética ayuda a la ciencia.

 Se tiende a pensar en ciencia y poesía como cosas contrapuestas.

 Y en alguna medida lo son, pero hay nexos comunes. Existen cuestiones de gran complejidad que la ciencia no puede explicar con la palabra informativa y entonces acude al lenguaje poético. Lucrecio, por ejemplo, fue un gran científico de su tiempo, pero también un poeta.

 Tu libro recoge voces de poetas de todas las épocas y civilizaciones. El proceso de reunir todas estas referencias debe de haber sido muy laborioso.

 No exactamente, porque son el resultado de muchos años de lecturas, lecturas que han sido importantes para mí. No he pretendido hacer un libro de ensayo, de erudición, sobre el tiempo. No ha sido un trabajo frío de búsqueda de citas. Ellas son el hilo que va creando la emoción esencial que buscaba.

 ¿Qué te movió a escribir sobre las medidas del tiempo?

 Experiencias personales, una en especial: En la casa de mi infancia había una habitación acristalada, una especie de invernadero, aunque no era un invernadero, que estaba cerrada siempre durante los meses fríos del año. Sólo se abría en verano. De niña solía asomarme a esa habitación, y pensaba que allí dentro estaba detenido el tiempo, que el verano se había quedado encerrado en ese lugar. Sentía que el tiempo de esa habitación transcurría de manera distinta al del resto de la casa. Son emociones que en el libro se combinan con las de otros que han escrito sobre ese mismo sentimiento a lo largo de la historia.

 De hecho, arrancas con una poderosa metáfora de Paul Celan: “siete rosas más tarde”.

 Esos versos son otra de las cosas que ponen en marcha el libro: ¿Qué medida del tiempo es “siete rosas más tarde”? No la del tiempo oficial, la de la jerarquía de los relojes.

 Otra imagen que rescatas es la del poeta sufí Rumi, quien sintió en el golpeteo del herrero el latido del universo. Elementos como ese o las campanas están muy presentes en tu libro.

 Las campanas, el tambor y otros instrumentos musicales conectan con el corazón, que es nuestro primer reloj, el primer sonido que escuchamos ya en el vientre de nuestra madre. Hoy en día apenas escuchamos campanas en las ciudades. Murcia es, en ese sentido, una maravillosa excepción. Mi hotel estaba muy cerca de la catedral y me producía una emoción extraordinaria oír las campanadas en las iglesias, algo que, creo, remite al pulso del corazón.

 El tiempo es una ilusión: otra de las ideas que recorren en “Siete pasos más tarde”.

 La ciencia dice que el tiempo no existe. Nosotros no podemos estar conformes con eso porque somos seres de tiempo. Sin embargo, no podemos confundir la experiencia del tiempo con el tiempo mismo: Hay esa idea de que el tiempo pasa, pero que permanece, y a ese pasar nosotros lo llamamos tiempo. Una de las grandes metáforas que recojo en el libro es de Pessoa, sobre este hechizo, estas convenciones a las que llamamos horas: Él hablaba de “la sucesión nunca igual de las horas iguales”… Las horas nunca son iguales, a pesar de que el reloj nos diga que una hora tiene sesenta minutos. Hay personas que necesitan esta seguridad, esta rutina. Otras en cambio huyen del tic-tac del reloj. Se sienten atrapadas en él.

 La lectura de “Siete pasos más tarde” invita al recogimiento y la calma. Hoy en día llevamos vidas aceleradísimas, llenas de estímulos, de mensajes en aparatos electrónicos que nos reclaman. Estos hábitos ¿nos impiden vivir el tiempo de manera natural, relacionarnos con él?

 Desde luego. Las tecnologías, que por supuesto tienen aspectos positivos y nos ayudan en tantos sentidos, también nos han convertido en víctimas. Ahora mismo hay una saturación informativa tremenda, un bombardeo permanente. Y todo acompañado de un ritmo frenético que muchos nos preguntamos si tiene un límite, porque parece como si la olla fuera a estallar. Estamos muy cerca de una alienación casi absoluta. Ante esto, hay que hacer un esfuerzo por recuperar la belleza de la palabra “residencia”: Residir en el espacio, pero también en el tiempo.

José Miguel Vilar-Bou

 

Menchu Gutiérrez (Madrid19 de noviembre de 1957) es una escritora española, autora de más de una treintena de obras, que incluyen novelaspoesías y ensayo así como composiciones audiovisuales.Realizó estudios de arte y literatura en Madrid y Londres.

Ha publicado numerosas obras en prosa, entre las cuales cabe destacar “Viaje de estudios” (Siruela, 1995),” La tabla de las mareas” (Siruela, 1998), ”La mujer ensimismada“(Siruela, 2001), “Latente” (Siruela, 2002), “Disección de una tormenta” (Siruela, 2005), “Detrás de la boca” (Siruela, 2007) , “El faro por dentro” (Siruela, 2011) y “araña,cisne,caballo (Siruela 2014). Con este mismo sello editorial publica “La niebla, tres veces” (Siruela, 2011), volumen recopilatorio de sus tres primeras novelas. Como ensayista, ha publicado la biografía literaria “San Juan de la Cruz” (Omega, 2003) y “Decir la nieve” (Siruela, 2011), un ensayo literario sobre el universo de la nieve y sus metáforas. Es asimismo autora de varios poemarios como “El grillo, la luz y la novia” (Entregas de la Ventura, 1981), “De barro la memoria” (Endymión, 1987), “La mordedura blanca” (Premio Ricardo Molina, 1989), “La mano muerta cuenta el dinero de la vida” (Ave del Paraíso, 1997), “El ojo de Newton” (Pre-Textos, 2005) y “Lo extraño, la raíz” (Vaso Roto, 2015). En el libro “Las comedias de Lope” “VVAA, Editorial 451, 2008) publica “Metamorfosis del hambre, un paréntesis en El perro del hortelano”.

Su obra ha sido objeto de distintas traducciones y ha sido recogida en varias antologías. Ha colaborado con artistas como Jürgen Partenheimer, en “La caída del humo” (1993) con poemas de la autora acompañadas de litografías del artista alemán (Colección Museo Guggenheim de Nueva York, Exposición CGAC La Coruña), y con el fotógrafo Chema Madoz, en un diálogo de fotografías y textos (Experimenta, 2006). La autora es responsable de varios prólogos de libros de artistas como Ellen Koi, Teresa Tomás, Carolina Silva, o el diseñador gráfico Pepe Gimeno. Ha colaborado con los compositores Antonio Noguera (Libreto de "La Música apaga las velas", estrenando en la Fundación Botín, 2015) y César Camarero (Libreto de "Consevaba en la retina el negativo de una imagen circular", estreno en Auditorio Conde Duque de Madrid, diciembre 2018)

Ha colaborado también en proyectos multidisciplinares con diseñadores como King & Miranda. Su novela “Disección de una tormenta” ha sido llevada al cine por el director Julio Soto Gúrpide. El cortometraje, de título homónimo, ha obtenido distintos galardones internacionales, y fue preseleccionado por la Academia de Hollywood, para los Oscars 2011.

Traductora de E.A. Poe, W. Faulkner, J. Austen, Joseph Brodsky o W.H. Auden, entre otros autores, ha colaborado con los suplementos culturales de El País y ABC, entre otros periódicos, y en distintas revistas y suplementos literarios. La autora ha impartido talleres literarios y cursos en universidades como la Complutense de Madrid, la UNAM de México D.F., la Internacional Menéndez Pelayo o la Universidad de Cantabria. Asimismo, ha organizado múltiples seminarios interdisciplinares en centros culturales como La Casa Encendida (Madrid), La Fundación Botín (Santander), Koldo Mitxelena Kulturunea (San Sebastián), la Casa del Lector (Madrid), Puertas de Castilla (Murcia) o Arteleku (San Sebastián).

 

Novela

  • 1995 - Viaje de estudiosSiruela
  • 1998 - La tabla de las mareasSiruela
  • 2001 - La mujer ensimismadaSiruela
  • 2002 - LatenteSiruela
  • 2007 - Detrás de la bocaSiruela
  • 2011 - Disección de una tormentaSiruela
  • 2011 - La niebla, tres vecesSiruela
  • 2011 - El faro por dentroSiruela
  • 2014 - araña, cisne, caballoSiruela

 

Poesía

  • 1981 - El grillo, la luz y la novia, Entregas de la Ventura
  • 1987 - De barro la memoria, Endymion
  • 1989 - La mordedura blanca, Ayto. de Córdoba
  • 1987 - La mano muerta cuenta el dinero de la vida, Ave del Paraíso
  • 2005 - El ojo de Newton, Pretextos
  • 2015 - Lo extraño, la raíz, Vaso Roto
  • 2003 - San Juan de la Cruz, Omega
  • 2011 - Decir la nieve, Siruela
  • 2017 - Siete pasos más tarde, Siruela                                                                       

 

 

Texto

En mitad de la noche, el ojo de Newton se ha puesto a recolectar ojos que ha guardado en una cesta. Ojos de pájaro y de pez, de ciervo y de serpiente, de águila, de nutria... y muchos, muchos ojos de mosca. Luego los ha introducido en una almirez gigantesco y ha comenzado a remover y a ligar la repelente mezcla. Repelente, porque el ojo de la serpiente se sentía amenazado por el ojo del águila, y el ojo del ciervo recelaba del ojo de la serpiente, y todos los ojos se miraban entre sí con tanto temor como codicia.

 

Los ojos de mosca, desprendidas sus facetas, actuaban como aglutinante de una sola córnea sin iris ni pupila definidos. El ojo sin cuartel de la mosca ha obedecido a ojo de Newton sin hacer preguntas y se ha convertido en el perfecto aliado de su voluntad.

 

Mientras catarata  y opacidad crecían, mientras los ojos estrellaban su negro espectro contra la roca lisa e ilimitada del almirez, decían todo el mundo; decían, sí, que ver es sinónimo de muerte.

 

El sonido dejó de interponerse a la visión, y en puro silencio el almirez dio a luz un ojo.

 

La pared circular de bronce brilló un instante con una llama blanca. Por un instante, el ojo mantuvo el equilibrio en el centro del almirez; luego, desorbitado, cayó muerto.

 

¡Qué vería el ojo en ese alumbramiento del que sólo pude ver la blanca crispación de la pupila!  ¿De qué forma ese iris, radiado del violeta al amarillo, acusó el veneno blanco vertido en su interior? ¿De qué forma se hizo el blanco? ¿Y dónde la ceguera comenzó a ser recordada?