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 Los poetas

 

 

 

El humo dulce

Silvia Rózsa        


Sí, vale la pena recordar
desde la espalda del mundo
las gotas sobre tu espalda,
y el mundo de nuestros cuerpos
en el día del naufragio.

Sí, aquél día, estabas triste;
pero los panecillos y
el humo dulce del café
te hicieron sonreír.

Naufragios hay muchos, te dije,
pero el tuyo –el nuestro– es colosal.
Lo reconozco.

Perder tu casa,
los poemas y salir sin rumbo,
a buscarme nuevamente,
una y otra vez.

Ahora que los recuerdos son escasos
pienso en tu naufragio;
la ducha desgastada gotea
mientras sorbo el café
sin panes,
casi sin recuerdos.

 

Poemas

Sergio Manganelli

 

Hizo a la mar
su luz
la barcarola,
y estremeció mis manos
el goce de la tierra,
encrespando la sangre
como un gran maremoto
de fuego y cascabeles.

Desde entonces
llamaron tus manos
en mi puerta,
como una exaltación,
un exorcismo,
una bandada de dudas
migratorias,
un oscilar del amor
al invierno.

Fueron de estío
mis horas más calladas,
mis públicos olvidos,
y Afrodita era apenas
una estatua en el parque,
cuando a mí no acudían
tu cuerpo y tu destino.

 

Desde el signo que me nombra

Lilia Boscán de Lombardi

 

Se encuentran los extremos de la duda
en la misma decisión atormentada,
una red oculta
asciende a la altura de mi pecho
penetra por las venas
se sumerge en los recodos de la mente
me atrapa indefensa.


El sol derrite las orillas
sólo la luz quiebra el silencio,
el patio brilla
un hilo de agua
dibuja los bordes de la vida.


Máscara de salitre
escindida
entre dos fuegos,
subterránea
demolición de las quimeras,
sueños que se ensartan
en silente mansedumbre
sin atisbos
de señales desmedidas
sin asomo de ternura
en las manos dolientes
hambrientas de infinito.


Como una huella
la gota derramada
desnuda
imborrable.
Raíces de los nombres
giran en el viento,
imágenes de pueblos
se repiten en los sueños,
casas cerradas
convocan a la nostalgia.
Allá lejos
se oye tu voz
como un eco de los días.


El río se devuelve
en el sentido de mi cuerpo,
busca la orilla circular
de la simiente
húmeda quietud,
arena y musgo
en el lecho oscuro
del fondo del abismo.


En la aridez inútil del retorno
el viento traza figuras de jinetes,
recorro la distancia de los días
como un ave en la intemperie,
la luz cabalga en mis orillas,
pétalos de sombra
se anidan en mi pecho.


Latidos de la noche
en los pasillos de luna,
una gota intermitente
derrumba las paredes,
crujen las ataduras,
la vida se desliza
como un río de llamas
que nace en la penumbra.


Voces extrañas
susurran historias
que me pertenecen.
Una imagen
se inclina
en el borde del recuerdo,
los ojos
reflejan los ancestros
la sonrisa
no anticipa el desenlace
ni la huída apresurada.
El cielo se oscurece
la noche avanza
como una despedida.


Frágil textura
distinta forma de sentir
en la simiente de la duda,
la hierba se humedece
al contacto con los astros,
yo avanzo cautelosa
antes de convertirme
en ola pasajera
que se funde con la arena.


Avanza el miedo
hasta el borde del grito.
La montaña
es una puerta cerrada
que la angustia golpea,
los pies se hunden
en el círculo del agua,
la lluvia continúa
como una oración
de los tallos sepultados.

 

Poema

Gladys Ilarregui

 

Árboles tan altos

porque la batalla era el tiempo y el tiempo era la revolución
de esas hojas verdes que persistieron hasta morir en amarillo
porque la vida era un sueño más alto saliste a la calle,
porque cualquier sistema que quería darte un nombre y
quería darte un trabajo, tenía problemas con tus geometrías
porque no te gustaba que te vieran desenvolver papeles o
mirarlos, porque tu intimidad era sólo tuya, aunque se tratara
de dirigir la mirada hacia esa foto en ese momento precioso

porque vivir para los otros era una página más o menos escrita
pero vivir en el momento que llegaste a la vida fue un tanque
en la calle, a los tres años, porque sentir lo que sentiste por
esos árboles tan altos, fue la mejor manera de defender tu
orgullo contra las cosas partidas, contra los vidrios rotos

de alguien que quiso matar una ventana en su impotencia

porque cuando saliste a la calle lo hiciste con tus dos brazos
como esos árboles tan altos, porque necesitabas creer que
si los otros habían desarrollado una especie de comunión
con el engaño, algo adentro resonaba, como una canilla inexacta,
como un océano de hojas que palpitaban inesperadamente,

porque nadie, nadie podía regalarte un reloj, porque la hora
era tu hora y caminaste en esa calle rota, enamorada de
las hojas ocres que se arrojaban audazmente al vacío.