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Juan Marsé Carbó (Barcelona8 de enero de 1933), es un novelista español de la llamada Generación de los 50, concretamente de la denominada Escuela de Barcelona, corriente que involucra a sus amigos: Jaime Gil de BiedmaCarlos BarralJuan García HortelanoManuel Vázquez MontalbánJuan GoytisoloTerenci Moix y Eduardo Mendoza.

Recibió el Premio Cervantes en 2008.

 

Nació en Barcelona con el nombre de Juan Faneca Roca, pero tras la muerte de su madre en el parto fue adoptado por un matrimonio, de quienes tomó sus apellidos, pasándose a llamar Juan Marsé Carbó.

Sin terminar sus estudios, se dedicó desde la adolescencia al oficio de joyero. Trabajó durante algún tiempo en la revista barcelonesa de cine Arcinema, e inicia su carrera literaria en 1958 con unos relatos que aparecerían en las revistas Ínsula y El Ciervo. En 1959 obtuvo su primer premio literario, el Sésamo de cuentos por su relato Nada para morir y dos años más tarde publicó su primera novela Encerrados con un solo juguete. También en 1959 se instaló en París, ciudad en la que residiría hasta 1962 y en la que desempeña variadas actividades, incluidas las de profesor de español, traductor y mozo de laboratorio en el Departamento de Bioquímica Celular del Instituto Pasteur.

Vuelve a Barcelona, donde publica, en 1962, Esta cara de la luna, hoy repudiada por el autor y desterrada del catálogo de sus Obras Completas. También colaboró con el mundo publicitario, con el de la empresa editorial y fue guionista cinematográfico. Como periodista ha sido redactor jefe de la revista Boccaccio y colaborador de la revista Por favor, en la que llegó a ocupar el puesto de jefe de redacción.

Se casa en 1966 con Joaquina Hoyas, de la que tendrá dos hijos, Alejandro, que nace en 1968, y Berta, en 1970; en este mismo año aparece su excelente novela La oscura historia de la prima Montse, donde encontramos las claves del universo literario que ha seguido cultivando hasta el presente.

Asimismo, durante los años 1988-89, publicó quincenalmente un serial en el diario El País bajo el título Aventuras del capitán Blay.

La década de los 90 supone la consagración definitiva del escritor barcelonés. En 1990 recibe el Premio Ateneo de Sevilla por El amante bilingüe; en 1994 le conceden por El embrujo de Shanghai el Premio de la Crítica.

Su obra ha sido traducida a diversos idiomas (alemán, francés, húngaro, inglés, polaco, portugués, rumano, etc.) y varias de sus novelas han sido adaptadas al cine y al teatro, como Últimas tardes con TeresaSi te dicen que caíLa muchacha de las bragas de oro y El amante bilingüe, entre otras.

El 21 de abril de 2009, dos días antes de recibir el Premio Cervantes, se le concedió una urna en la Caja de las Letras.

Es padre de la también escritora Berta Marsé.

 

Vuelve a la carga. Con un título ante el que nuestras abuelas fruncirían el ceño –pero perfectamente justificado–, “Esa puta tan distinguida” (Lumen) se adentra, por primera vez, en elementos de su vida de escritor. En esta historia, un novelista muy parecido a él recibe el encargo, en 1982, de redactar el guión de una película inspirada en el asesinato de una prostituta en la Barcelona de 1949. El escritor nos recibe en su piso del Eixample.

Ese es el trampantojo: no me refiero a la mujer asesinada, que también lo es, sino a la memoria, que se vende al poder, que no quiere que recordemos. Hay otro aspecto: los fallos o las trampas que nos tiende la memoria tal vez se deben a un deseo inconsciente de enmendar el pasado, de corregir errores, de exculparnos. Me doy cuenta de que es un tema de bastantes de mis libros, a veces bastante enmascarado, como en “La muchacha de las bragas de oro”, donde el falangista con mala conciencia intenta recomponer su vida. Todo me surgió de la lectura del patético libro de Laín Entralgo “Descargo de conciencia”, en el que también intenta recomponer su pasado. Con mi hermana, evocando escenas de cuando éramos niños o adolescentes, en casa, yo tengo una versión de lo que ocurrió un determinado día mientras comíamos y ella la contraria. ¿Qué sucede para que, al cabo de los años, cada uno recuerde el mismo hecho de manera distinta?

Nos encontramos de nuevo con el asesinato de Carmen Broto, más o menos cambiado, que ya era el eje de “Si te dicen que caí”...

Este es otro crimen. Es también de una prostituta, y sucede el mismo día, el 11 de enero de 1949, pero en la cabina de proyección de un cine de barrio, el Delicias, mientras que el de Broto fue en un coche que yo vi.

Pero se parecen...

Sí, se parecen, yo conocí al asesino de Broto, Jesús Navarro, nos hicimos amigos. Vino a verme, había leído “Si te dicen que caí” y opinaba que muchas cosas no se correspondían con la realidad. Le dije: ‘Esto es una novela, no una crónica’ y me respondió: ‘Sí, pero mi nombre y mi apellido están ahí’... y tenía razón, debí haberlo cambiado.

¿Cómo fueron esas conversaciones con el asesino?

Me quería explicar los motivos del crimen para que viera que no tenía nada que ver con lo que yo decía en la novela. Era algo increíble, me habló de una conspiración de un grupo antifranquista en la clandestinidad, de inspiración anarquista. Me decía que su padre le encargó acabar con ella porque era una confidente. Yo no le creí, le respondí: ‘Jesús, si a mí me viene mi padre y me dice que mate a una chica, le digo ‘¡mátala tú!’’. Me pidió que le presentara a Lara para publicar un libro con todo eso, pero estaba muy mal escrito.

Habla de él como un buen tipo...

Sí, a mí me impresionó mucho, y esta novela nace de la imagen del personaje, era un tipo bajito, que cultivaba el aura de lo que había sido, vivía envuelto de ese perfume de peligro, de hombre con pasado siniestro, con gafas de ciego. Su imagen me resultó obsesiva con el tiempo, y quise escribir sobre el rastro que deja un asesino a su paso. Iba a formar parte de “Caligrafía de los sueños” y me creció tanto que tuve que deslindarlo.

Entonces sí tiene mucho que ver Broto porque en esta novela el asesino visita al escritor para explicarle los motivos del crimen.

Sí, eso sí. Lo que no quería hacer es una novela negra, sobre cuyo auge descomunal me permito ciertas ironías. Yo tiro por un giro psicoanalítico, con una madre que también era prostituta.