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Errores o mentiras frecuentes sobre literatura y cultura en América Latina

por Eduardo Galeano

 

 

Hacer literatura consiste en escribir libros

Escritor es quien escribe libros, dice el pensamiento burgués, que descuartiza lo que toca. La compartimentación de la actividad creadora tiene ideólogos especializados en levantar murallas y cavar fosas. Hasta aquí, se nos dice, llega el género novela; este es el límite del ensayo; allá comienza la poesía. Y sobre todo no confundirse: he ahí la frontera que separa la literatura de sus bajos fondos, los géneros menores, el periodismo, la canción, los guiones de cine, televisión o radio.

La literatura abarca, sin embargo, el conjunto de los mensajes escritos que integran una determinada cultura, al margen del juicio de valor que por su calidad merezcan.

Yo me pregunto, en tren de citar ejemplos, si la obra de Chico Buarque de Holanda carece de valor literario porque está escrita para ser cantada. ¿La popularidad es un delito de lesa literatura? El hecho de que los poemas de Chico Buarque, quizás el mejor poeta joven del Brasil, anden de boca en boca, tarareados por las calles, ¿disminuye su mérito y rebaja su categoría? ¿La poesía sólo vale la pena cuando se edita, aunque sea en tirajes de mil ejemplares? La mejor poesía uruguaya del siglo pasado - los "cielitos", de Bartolomé Hidalgo - nació para que la acompañaran las guitarras, y sigue viva en el repertorio de los trovadores populares. Me consta que Mario Benedetti no cree que sus poemas para ser cantados son menos "literarios" que sus poemas para ser leídos. Los poemas de Juan Gelman, que no imitan al tango porque lo contienen, no pierden nada de su belleza cuando en tango se convierten. Lo mismo ocurre con Nicolás Guillén. ¿Acaso el "son", su fórmula poética más característica, no proviene de la música popular afrocubana?

En un sistema social tan excluyente como el que rige en la mayoría de los países de América Latina, los escritores estamos obligados a utilizar todos los medios de expresión posibles. Con imaginación y astucia, siempre es posible ir abriendo fisuras en los muros de la ciudadela que nos condena a la incomunicación y nos hace difícil o imposible el acceso a las multitudes. En los años de la segunda guerra mundial, Alejo Carpentier escribía dramatizaciones radiales muy populares en toda Cuba y uno de los mejores narradores venezolanos de la actualidad, Salvador Garmendia, escribe telenovelas en Caracas. Julio Cortázar armó uno de sus últimos libros, "Fantasmas contra las multinacionales", sobre la base de una historieta, y como historieta se vendió en los kioskos de México.

Lejos está de mi intención negar el valor del libro como medio de expresión literaria. Simplemente creo que convendría empezar a cuestionar su monopolio. Y esto nos lleva de la mano a otra concepción que me parece errónea y que no es menos frecuente.

Por cultura se entiende la producción y el consumo de libros y otras obras de arte Las más de las veces, esta definición no osa decirse; pero implícita existe por todas partes. Se queda, creo, muy corta. En primer lugar porque excluye a la ciencia, todo el inmenso espacio del conocimiento científico que integra la cultura y que es sistemáticamente ninguneado por los intelectuales consagrados a las artes. Además, porque reduce la cultura a términos de industria, una industria de artículos de lujo, ignorando a la llamada "cultura de masas" que es la industria cultural por excelencia, internacionalmente montada para la captura de los mercados masivos. Y por último, pero no menos importante: esta definición de la cultura hace de cuenta que no existen las expresiones espontáneas y valiosas de la cultura popular.

La primera omisión, el ninguneo de la ciencia como trabajo cultural, parece inexplicable a la luz de la historia latinoamericana más reciente. La marea de dictaduras de la década del setenta no se ha llevado por delante solamente a los escritores peligrosos, los teatreros subversivos, los músicos respondones, los dibujantes desobedientes y los profesores que entendían la enseñanza como creación de hombres libres. También las dictaduras han arremetido contra los proyectos científicos liberadores. Y con razón, desde su punto de vista: las víctimas del sistema suelen confundirse; pero los dueños, no. El monopolio de la tecnología es una clave de dominio en el mundo contemporáneo y las dictaduras latinoamericanas - partido político de las corporaciones multinacionales - cumplen su función: arrasan los escasos centros de investigación científica de vocación nacional, para que nuestros países continúen condenados al consumo de la tecnología extrajera, controlada por el amo. Como los escritores, los científicos nunca son inocentes: hay un modo de hacer ciencia que con sólo existir acusa a los dueños de un sistema enemigo del país y del pueblo.

Sobre la segunda omisión, ¿quien podría negar la influencia de la llamada "cultura de masas" sobre las multitudes latinoamericanas, que no necesitan saber leer para escuchar la radio o mirar la televisión? Esa "cultura de masas" - para masas, debería decirse - se fabrica en serie en los grandes centros de poder del mundo capitalista, y sobre todo en los Estados Unidos, y se exporta al mundo entero irradiando modelos de vida en escala universal. El imperialismo cultural actúa a través del aparato educativo, pero sobre todo actúa a través de los medios masivos de comunicación: los canales de televisión, las radios, los diarios y las revistas de grandes tirajes. El televisor reina. Este totem familiar de nuestro tiempo inmoviliza a sus fieles durante más horas que cualquier predicador y trasmite ideología con un asombroso poder de difusión y persuasión.

La mayor parte de los países latinoamericanos está padeciendo una reformulación del poder del Estado. En la época de la seguridad nacional, presas viven las personas para que libres vivan los negocios y se consolida la alianza de la industria cultural con el aparato militar. Salvo contadas excepciones, los medios masivos de comunicación irradian una cultura colonialista y alienante, destinada a justificar la organización desigual del mundo como el resultado de un legítimo triunfo de los mejores - o sea, de los más fuertes -. Se falsifica el pasado y se miente la realidad; se propone un modelo de vida que postula el consumismo como alternativa al comunismo y que exalta el crimen como hazaña, la falta de escrúpulos como virtud y el egoísmo como necesidad natural. Se enseña a competir, no a compartir: en el mundo que se describe y se postula, las personas pertenecen a los automóviles y la cultura se consume, como una droga, pero no se crea. Esta es también una cultura, una cultura de la resignación, que genera necesidades artificiales para ocultar las reales. Nadie podría, creo, negar la amplitud de su influencia. Cabe preguntarse, sin embargo: ¿Tienen la culpa los medios que la trasmiten? ¿El televisor es malo y los libros buenos? La culpa del crimen, ¿es del cuchillo? ¿No abundan acaso los libros que nos enseñan a despreciarnos a nosotros mismos y a aceptar la historia en lugar de hacerla?

Sobre la tercera omisión, algunos ejemplos recientes, de Río de la Plata, me parecen elocuentes. Cuando los militares argentinos retomaron el poder, en marzo del 76, se apresuraron a difundir nuevas normas para los medios de comunicación. El nuevo código de la censura prohibía, entre muchas otras cosas, la difusión de reportajes callejeros y opiniones no especializadas sobre cualquier tema. El monopolio del poder implicaba, pues, el monopolio de la palabra, que a su vez obligaba al silencio al llamado "hombre común". Era, es, la apoteosis de la propiedad privada: no sólo tienen dueño las fábricas y la tierra, las casas, los animales y hasta las personas, sino que también tienen dueño los temas. La cultura popular, que vive en los campos y las calles, es siempre una "opinión no especializada". Algunos intelectuales la miran por encima del hombro, pero las dictaduras no se equivocan cuando la prohíben.

En el Uruguay, por ejemplo, la represión cultural no se ha limitado, en estos últimos años, a clausurar casi todos los diarios y revistas, a incinerar libros en autos de fe o triturarlos para venderlos como papel picado y a condenar al destierro, la cárcel o la fosa a numerosos científicos y artistas profesionales. La dictadura también ha prohibido las asambleas y todas las oportunidades de encuentro, diálogo y debate entre los hombres; y en las escuelas y liceos los alumnos no pueden tomar contacto con sus profesores fuera de las horas de clase. Y más: se han prohibido algunas letras de murgas de carnaval, temibles por su fuerza de protesta y picardía, y quienes las cantan han ido a parar a la cárcel. No es casual que el carnaval - tiempo de tregua y venganza, en que la noche se hace día y el mendigo rey - preocupe a los regímenes represivos. Tampoco es casual que las dictaduras cuiden la limpieza de las paredes. En los países que funcionan como cárceles, las paredes no lucen inscripciones ni dibujos. La pared es la imprenta de los pobres: un medio de comunicación del que pueden disponer, con riesgo, a escondidas, fugazmente, los olvidados y los condenados de la tierra. Por algo en Buenos Aires marcha preso quien no borra, en veinticuatro horas, lo que está escrito en el frente de su casa.

La cultura popular reside en las tradiciones típicas

Desde el punto de vista de la ideología dominante, el folklore es una cosa simpática y menor; pero la simpatía paternalista se desenmascara y revela su puro y simple desprecio cuando la "artesanía" invade el sacro espacio del "arte". En 1977, el pintor peruano Fernando Szyszlo renunció a la Comisión Nacional de Cultura porque se había enviado a la Bienal de San Pablo, en representación del Perú, una muestra de artesanía. Un año después, hubo escándalo en Lima cuando un retablo de Joaquín López Antay ganó el premio nacional. La Asociación de Artistas Plásticos elevó su más encendida protesta y se escindió a partir de este episodio. Recuerdo la mala cara de más de un pintor de caballete, en Panamá, cuando se me ocurrió opinar que algunas telas de colores de los indios cunas, de las islas de San Blas, merecían figurar entre las mejores realizaciones actuales de las artes plásticas en ese país.

Para el sistema, está claro: al menos en teoría, nadie niega el derecho del pueblo a consumir la cultura que crean los profesionales especializados, aunque en los hechos ese consumo se limite a los productos groseros de la llamada cultura de masas. En cuanto a la capacidad popular de creación, no está mal, siempre y cuando no se salga de su lugar. Unos cuantos arquetipos más o menos exóticos, trajes vistosos, un lenguaje que se repite a sí mismo y no significa nada: lo "popular" es lo "pintoresco". Las divisas que el turismo deja sobran para pagar cualquier impuesto a la mala conciencia. Una memoria embalsamada y una identidad de cartón decoran y a nadie ofenden.

¿Pero por qué el "Popol Vuh", pongamos por caso, el libro sagrado de los mayas, continúa vivo más allá de las bibliotecas de los historiadores y los antropólogos?

Construido a lo largo de los tiempos antiguos por el pueblo maya - quiché, esta gran obra anónima y colectiva no solamente sigue siendo una de las cumbres literarias de América Latina. Para la mayoría indígena de la sociedad guatemalteca, es también una herramienta hermosa y de buen filo, porque los mitos que contiene siguen vivos en la memoria y en la boca del pueblo que los creó. Al cabo de cuatro siglos y medio de humillación, ese pueblo sigue sufriendo una vida de bestia de carga. Los mitos sagrados, que anuncian el tiempo de la pelea y el castigo de los soberbios y los codiciosos, recuerdan a los indios de Guatemala que son personas y que tienen una historia mucho más larga que la sociedad que los desprecia, y es por eso que nacen de nuevo cada día.

En realidad, la cultura de la clase dominante, hecha cultura de la sociedad entera, contiene su propia negación. Lleva, en la barriga, los embriones de otra cultura posible que es, a la vez, memoria de una larga herencia acumulada y profecía de una realidad diferente.