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Ernesto Cardenal

 

ERNESTO CARDENAL, POETA DE DOS MUNDOS
Por Mario Benedetti

 

         Es posible que Rubén Darío haya marcado para siempre a Nicaragua con una certidumbre poética; lo cierto es que, en el presente, la poesía nicaragüense es una de las más vivas y originales de América Latina. Desde la aparición, en 1949, de Nueva poesía nicaragüense (antología de Orlando Cuadra Downing, con una introducción de Ernesto Cardenal), los poetas nicaragüenses que integraron el núcleo de Vanguardia [1], fundado en 1928 gracias al impulso de José Coronel Urte­cho y Luis Alberto Cabrales, o aquellos otros que, sin haberlo integrado, participaron de algún modo en su corriente vivificadora, siguen activos y continúan renovándose, y es obvio que su producción ha influido grandemente en la zona del Caribe. Murieron Joaquín Pasos y Manolo Cuadra, pero siguen creando Pablo Antonio Cuadra (que además dirige la excelente revista El pez y la serpiente), José Coronel Urtecho, Carlos Martínez Rivas, Ernesto Mejía Sánchez, Ernesto Cardenal, Fernando Silva y Ernesto Gutiérrez.
         De este grupo quiero destacar el nombre de Ernesto Cardenal, autor de Hora 0 y Gethsemani, Ky. Cardenal, considerado como el más joven representan te de la generación del 40, nació en 1925, en Granada (al igual que José Coronel Urtecho y Joaquín Pasos), la más antigua ciudad de Nicaragua. Estudió en su país, en México y en Estados Unidos. Aunque; algunos poemas suyos, como La ciudad deshabitada (1946) y El conquistador (1947), aparecieron en plaquet, la mayor parte de su obra ha sido publicada en revistas y se encuentra dispersa. Cardenal tomó parte en la rebelión de abril del 54; en 1957 ingresó en el monasterio trapense de Our Lady of Gethsemani (Kentucky, Estados Unidos) donde fue novicio de Thomas Merton, el conocido es­critor trapense norteamericano. No pudo, sin embargo, concluir el noviciado; por razones de salud debió desistir de profesar en la orden. No obstante, su vida ac­tual sigue siendo una vida ele retiro. Después de aban­donar la Trapa, pasó al monasterio benedictino de San­ta María de la Resurrección, en Cuernavaca, México [2].
         En 1949, en el excelente estudio que sirvió de introducción a la antología de Orlando Cuadra Downing, escribió Cardenal: “Nunca se ha escrito hasta ahora nada sobre la poesía nicaragüense, y el huir de la publicidad literaria ya se ha hecho casi una tradición en Nicaragua; acaba de morir un gran poeta nuestro sin dejar publicado un solo libro, y casi todos los mejores poemas nicaragüenses, dichos al oído de la patria, no han salido de nuestra intimidad todavía. Es éste un silencio necesario a las obras verdaderas; pero creo que ya ha dado sus frutos ese silencio, que es ya mayor de edad la poesía nicaragüense y que ha llegado ya la hora de las publicaciones”. Estas palabras de 1949 podrían quizá reflejar, mejor que cualesquiera otras, la actitud actual de Ernesto Cardenal con respecto a su propia obra: evidentemente, el silencio “ya ha dado sus frutos” y “ha llegado la hora de las publicaciones”. De ahí que sus dos únicos libros aparezcan en forma si­multánea [3]. Lo poco que conozco de lo producido por Cardenal con anterioridad a estos delgados volúmenes, da testimonio de un lirismo espontáneo y cotidiano, pero también de un formidable dominio del verso, de una par­ticular aptitud para hacerlo sonar de un modo natural, comunicativo. “A propósito de las tardes con niebla y de las lluvias”, así empieza Este poema lleva su nombre, y en ese tono de confidencia, de plática cordial, sigue hasta su término un comentario del amor, una suerte de ancho río verbal que constantemente recibe afluentes del buen humor, la lucidez y la ternura. Ya por ese entonces, Cardenal era un diestro en la adje­tivación, que tanto le servía para tonificar una idea (“el balcón lacrimoso sin petunias”; “plaza de ojerosos relojes”) como para sensibilizar una metáfora (“tu piel alimenticia, tu tibieza suficiente en el invierno”).
         En sus dos libros, Cardenal se apoya en tenlas muy dispares. Hora 0incluye cuatro poemas, escritos en Nicaragua, en un período que va desde la rebelión de abril de 1954 hasta el fin de Anastasio Somoza, en setiembre de 1956, y se refieren sin eufemismos a temas revolucionarios. Gethsemani, Ky, por cl contrario, incluye, veintinueve poemas, referidos a sus años de noviciado en la Trapa. Mientras estuvo en Getbsemani, no le fue permitido a Cardenal. escribir poesía. Sólo podía tomar apuntes. Mediante una elaboración posterior, aquellos apuntes se han convertido en estos poemas.
          Los poemas de Hora 0, particularmente el dedicado a Sandino, deben ser de los más vigorosos y eficaces que ha dado la poesía política en América Latina. Si no fueran altamente compartibles por otras razones extrapoéticas, serían igualmente conmovedores por la indignación y la sinceridad que trasmiten. Cardenal utiliza todos los recursos de su sabiduría literaria, de su dominio de la metáfora, de su impulso verbal, para cu­brir de oprobio el nombre del déspota (“I was in a Concierto, dijo Sornoza”). Pero, curiosamente, Hora 0 no es un poema del odio, sino una serena radiografía de la vergüenza.
          En un reciente artículo, publicado en La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, Cardenal ha manifestado: “He tratado principalmente de escribir una poesía que se entienda”. Nunca como en los poemas de Hora 0, esa intención pareció tan clara, y a la vez tan intelectualmente gobernada, pero la poesía que de ellos se entien­de, más de un panfletario odio hacia Somoza, trasmite una honda, admirativa adhesión hacia la figura de Augusto César Sandino. Conviene aclarar que esta actitud no es para Cardenal cosa del pasado, ya que la primera publicación de los poemas en la Revista Mexicana de Literatura, fue autorizada por él desde el monasterio trapense en los años 1957 y 1959. Más aún: en la presente edición consta expresamente que su publicación ha sido autorizada por el autor como homenaje a Sandino en el 26° aniversario de su muerte. Y, realmente, qué mejor homenaje que la condensada semblanza inserta en los versos de Hora 0, destinados sin duda a preservar para las nuevas generaciones el retrato verdadero, la imagen esencial del héroe:

 

“He is a bandido”, decía Somoza, “a bandolero”.
Y Sandino nunca tuvo propiedades.
Que traducido al español quiere decir:
Somoza le llamaba a Sandino bandolero.
Y Sandino nunca tuvo propiedades.
Y Moncada le llamaba bandido en los banquetes
y Sandino en las montañas no tenía sal
y sus hombres tiritando de frío en las montañas,
y la casa de su suegro la tenía hipotecada
para libertar a Nicaragua, mientras en la Casa Presidencial
Moncada tenía hipotecada a Nicaragua.
“Claro que no es” —dice el Ministro Americano
riendo— “pero le llamamos bandolero en sentido técnico”.

¿Qué es aquella luz allá lejos? ¿Es una estrella?
Es la luz de Sandino en la montaña negra.
Allá están él y sus hombres junto a la fogata roja
con sus rifles al hombro y envueltos en sus colchas,
fumando o cantando canciones tristes del Norte,
los hombres sin moverse y moviéndose sus sombras.

Su cara era vaga como la de un espíritu,
lejana por las meditaciones y los pensamientos
y seria por las campañas y la intemperie.
Y Sandino no tenía cara de soldado,
sino de poeta convertido en soldado por necesidad,
y de un hombre nervioso dominado por la serenidad.
Había dos rostros superpuestos en su rostro:
una fisonomía sombría y a la vez iluminada:
triste como un atardecer en la montaña
y alegre como la mañana en la montaña.
En la luz su rostro se le rejuvenecía
y en la sombra se le llenaba de cansancio.
Y Sandino no era inteligente ni era culto
pero salió inteligente de la montaña.

 

         Cardenal se ha referido a los poemas de Gethsemani, Ky, con estas palabras: “Estos poemas, que más bien son apuntes de poemas, no tienen otro valor que el de ser un testimonio de la poesía indecible de esos días, que fueron los más felices y bellos de mi vida”. Es, sin du­da, la voz de un poeta desde su retiro, de un religioso desde su voluntaria soledad (“Yo apagué la luz para poder ver la nieve. / Y vi la nieve tras el vidrio y la luna nueva. / Pero vi que la nieve y la luna eran tam­bién un vidrio / y detrás de ese vidrio / Tú me estabas viendo”), pero también es la voz de alguien que nunca deja de escuchar el mundo (“Me despierta en la celda el largo tren de carga”; “Hay un rumor de tractores en los prados”), ni siquiera cuando trata de escuchar a Dios (“Yo te oigo en el grito del grajo, / los gruñidos de los cerdos comiendo, / y el claxon de un auto en la carretera”). El poeta, el trapense de entonces, halla te­mas en el semáforo que está frente al monasterio, en los millones de cigarras que cantan, en los automóviles que pasan por la carretera “con risas de muchachas”, en los novicios que se fueron y ahora estarán en Detroit o en Nueva York.
         Aun cuando se refiere a los trapenses que “se le­vantan al coro y encienden sus lámparas fluorescentes”, recuerda que “abren sus grandes Salterios y sus Antifonarios, / entre millones de radios y de televisores. /Son las lámparas de las vírgenes prudentes esperando / al esposo en la noche de los Estados Unidos”. Nicaragua está siempre presente (“Todas las tardes el “Louisville & Nashville” / por estos campos de Kentucky pasa cantando / y me parece que oigo el trencito de Nicaragua / cuando va bordeando el Lago de Managua / frente al Momotombo”) y hay inocultables referencias a Somoza (“el dictador/gordo, con su traje sport y su sombrero tejano”; y luego, para que no haya dudas: “Somoza asesinado sale de su mausoleo”, “La casa de Caifás está llena de gente. / Las luces del palacio de Somoza están prendidas”).
          Sin embargo, el poema más profundo y más logrado se refiere a la hora del Oficio Nocturno, cuando “la Iglesia en penumbra parece que está llena de demonios”; el pasado regresa, es “la hora de mis parrandas”, y vuelven escenas viejas, rostros olvidados, “cosas siniestras”. Curiosamente, con el repaso de sus debilida­des humanas, el escritor ha construido la mejor de sus fortalezas poéticas.
          Alguna vez, comparando al inglés Gerard Manley Hopkins con el español Ángel Martínez, ambos jesuitas, Cardenal escribió: “Pero es curioso que hay una circunstancia especial en el padre Ángel que lo diferencia esencialmente de Hopkins: el haber estado en Nicaragua. Digo esto porque basta la lectura de cualquier poema suyo para darse cuenta de que la presencia del paisaje nicaragüense es siempre en él una sensación de alivio”. También el “haber estado en Nicaragua” distingue este libro de Cardenal de toda otra poesía religiosa. Aquí y allá, Nicaragua siempre acude al poeta y aun cuando tal presencia tiene a veces su lado siniestro, es evidente que, para el poeta trapense, esa suerte de cilicio (intelectual, nostálgico) también incluye una sensación de alivio.