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Disparador Temático

  por Jesús María Pascual

 

 

 ¿Una narración postula el tema? ¿O es el lector quien lo articula en la lectura? Valga lo uno y lo otro. La escritura se constituye en los roces y roza temas. Continuamos entonces con el caleidoscopio temático como mecanismo productor de escritura. Hoy hablamos de... el viaje

 

 

 

Ya lo tienes todo preparado. Incluso has cumplido con el ritual de anotar en la contraportada de la guía de viaje el mismo poema de Cavafis que anotaste en todas las anteriores : “Cuando salgas para Itaca  / has de rogar que el camino sea largo / lleno de aventuras y conocimientos / que sean muchas las madrugadas / que entres en un puerto / que tus ojos ignoraban / y vayas a ciudades / a aprender de los sabios.”

La espera se te hace larga, y en ella te pareces, como escribe Joseph Conrad, a un  “barco en una dársena, rodeado de muelles, que tiene el aspecto de un preso meditando sobre la libertad con la tristeza propia de un espíritu libre en reclusión.”

Ya partes. Te viene a la memoria el primer viaje de Don Quijote: “Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención y sin que nadie le viese, una mañana antes del día se armó de todas sus armas, subió sobre su Rocinante... y por la puerta falsa de un corral salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuanta facilidad había dado principio a su buen deseo... y prosiguió su camino sin llevar otro que aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras.” Tal vez, tú también desees, como hizo Don Quijote,  que la primera persona que te encuentres en tu camino te arme caballero, y luego vagar por el mundo haciendo cumplir las leyes de la caballerosidad y la justicia. 

Recuerdas, así mismo, a Kerouac (En la carretera): “¿Qué se siente cuando uno se aleja de la gente y ésta retrocede en el llano hasta convertirse en motitas que se desvanecen? Es que el mundo que nos rodea es demasiado grande, y es el adiós. Pero nos lanzamos hacia adelante en busca de la próxima aventura disparatada bajo los cielos... Yo iba detrás de ellos como he hecho toda mi vida con la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas”

Tienes abiertos todos los sentidos para recibir los objetos, paisajes, hombres y experiencias con las que te vas a encontrar. Estás apasionado. Unamuno recomendó que procurásemos “ vivir en continuo vértigo pasional, dominados por una pasión cualquiera, porque sólo los apasionados llevan a cabo obras verdaderamente duraderas y fecundas.”

Ya estás en el camino (si el camino es tu viaje) o ya has llegado a tu destino. Tu imaginación está liberada. Es casi ajena a ti. Y ahora, de las ruinas que tienes ante tus ojos, se inventa, recompone sobre ese mismo marco, apasionados pasajes de un pasado histórico esplendoroso, muchas veces contigo mismo de protagonista. Luego otras, una tras otra. Y es que la Historia, como dice Flaubert, “es, como el mar, bella por lo que borra”.

Notas, como escribiera Cesare Pavese en El ocio de vivir que “la fascinación de viajar consiste en rozar apenas innumerables y ricas escenas, saber que cada una de ellas podría ser nuestra y pasar sin embargo de largo, como si fuésemos grandes señores.”

Después de hacer un alto, reemprendes el camino, y  preguntas como El viajero de Goethe “¿Dónde conduce este sendero? ¿Al otro lado de la montaña?”  “Más allá, extranjero”, se te contesta. Y sigues errando en la búsqueda incesante del más allá, porque como observara Bernard Delvaille “unas cumbres ocultan otras, y el mar baña orillas invisibles... errar es buscar el paraíso o el infierno.” En este sentido el mismo Zaratustra dice: “ Hoy me encuentro al pie de mi última cumbre, ante aquello que durante más tiempo me ha sido ahorrado. ¡Ay! ¡He de seguir el más duro de los caminos! ¡Ay! ¡He comenzado mi viaje más solitario!”

Ya es la hora de volver. Calipso, a tu pesar, ya no te retiene y has de  emprender la odisea particular del regreso. Y, tal vez, como le pasó a Ulises, el viaje te ha hecho un hombre nuevo, has dejado de ser un bárbaro asolador de ciudades, antepones la inteligencia a la fuerza, valoras la astucia además de la valentía, y ansías más conocer y saber que vencer y destruir.

Has aprendido, como nos dice Aldous Huxley en La vuelta al mundo de un escéptico, que “viajar es descubrir que todo el mundo se equivoca. Las filosofías, las civilizaciones que, de lejos, nos parecen muy superiores a la nuestra, son a su modo como ésta, cuando se las observa de cerca, desesperadamente imperfectas. Aprender esto -algo que no se aprende mas que viajando- merece, creo yo, las molestias, las incomodidades y los gastos de una vuelta al mundo. El viaje ha concluido y aquí estoy de nuevo en el lugar de donde partí, enriquecido con un gran número de experiencias, empobrecido al haber perdido arraigo muchas de mis convicciones, al haber quedado destruidas muchas de mis certidumbres. Convicciones y certidumbres no son con demasiada frecuencia sino equivalentes de ignorancia. El fruto del conocimiento y de la experiencia es generalmente la duda. Cuando uno viaja, las convicciones caen con tanta facilidad como las gafas; sólo que es más difícil volver a ponerlas en su sitio.”

Has conocido, y como dice Javier Reverte, “conocer supone un avance moral, supone tolerancia y apertura del espíritu, despierta un instinto de comprensión que desemboca en una actitud ética. Viajar es conocer, y conocer es comprender. Y comprender, según se dice, está más cerca del amor que del odio. Cuando saber significa que nada es tan seguro como imaginabas antes, los dogmas se reducen a poco más que polvo. Y sin dogmas, el hombre es menos enemigo de los otros hombres, es mejor. Cuando se viaja, uno encuentra al otro, al hombre distinto. Y la aceptación de la diferencia es la base sobre la que se afirma la libertad, sobre la que crece la democracia. Lo contrario, la afirmación del yo, la negación de la diferencia, es la afirmación de la intolerancia, el triunfo del racismo, la xenofobia y el nacionalismo asesino.”

Ahora, ya en casa, con el cuaderno de notas abierto sobre la mesa y los recuerdos bullendo en tu cabeza, comienzas a escribir la experiencia vivida, porque  seguro que tú padeces la enfermedad de la escritura, como Gustave Flaubert. Según escribe a Louise Colet, es en El viaje a Bretaña donde por primera vez se esfuerza por escribir y también donde expresa claramente que sólo concibe la existencia como arte : “Sigo sin comprender cómo se puede existir siendo notario, cómo puede uno ser empleado de un despacho, cómo alguien puede levantarse antes de las diez y acostarse antes de medianoche, y me pregunto seriamente si es posible que haya seres en la tierra que se dediquen a algo que no sea a alinear frases y buscar adjetivos.”