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UNA PAGINA SOBRE BORIS VIAN

Fernando Báez

 

"Y más nos valdría aprender a hacer el amor correctamente que devanarnos los sesos delante de un libro de historia" (B.  V.)

 

La vida de Boris Vian, como la de Jack Kerouac, James Hanley, Henry Roth o José Antonio Ramos Sucre, ofrece las proporciones de una mitología literaria subterránea. Para él, en particular, los sentidos irreales comienzan en un cine francés cualquiera, un 23 de junio de 1959. No es una exageración: también la muerte emite sus cheques al portador en la cima de la ilusión. Vian murió sentado en una butaca, de un ataque cardíaco ocasionado, así lo quiere la leyenda snob de la literatura, por el disgusto que le causó la versión filmica de su libro  J'irai cracher sur vos tombres (Yo escupiré sobre vuestras tumbas).

Nacido el 20 de marzo de 1920 en Ville d'Avray, Francia, Vian quedó huérfano a temprana edad por el asesinato de su padre- agreguemos que, con carácter adjunto, le llegó la pobreza.  Sin embargo, no cabe duda de su capacidad de superación. En 1943 se licenciaba de ingeniero. En 1946 publicaba Yo escupiré sobre vuestras tumbas encubierto por el pseudónimo de Vemon Sullivan. Los remedos policiales del libro encantaron y escandalizaron, provocando un juicio por corrupción de las buenas costumbres. Ni su aspecto macilento, que le ganó entre sus amigos el mote de “la Garza”, ni su afición por el jazz, ni su escritura de disparates irracionales, le salvó de una ineditez casi perfecta, rota únicamente cuando un clandestino se atrevió a responsabilizarse por la obra L'ecume des jours (La espuma de los días) en 1947. Esta novela comenzaba con un prólogo antológico:

 

"En la vida, lo esencial es hacer juicios a priori sobre todas la cosas.  Pareciera, en efecto, que las masas se equivocan y los individuos siempre tienen razón. Pero hay que tener cuidado con deducir de ello reglas de conducta: necesariamente, ellas no tienen que ser formuladas para que uno las siga.  Sólo existen dos cosas: el amor en todas sus manifestaciones, con lindas muchachas, y la música de Nueva Orleans o la de Duke Ellington. El resto debería desaparecer porque es feo y las pocas páginas que a continuación sirven para demostrarlo, extraen todas sus fuerzas del siguiente hecho: el argumento es totalmente verdadero porque lo imaginé de cabo a rabo... "

 

Los procedimientos "confesables" de La espuma de los días confrontaban a dos personajes (Colin y Chloé) en una historia de amor trágica.  Retrataba, a propósito o sin semejante pudor, el frustrado amor real del escritor por Michelle, su mujer, quien no murió (los finales no son tan precisos), sino que, peor aún, lo engañó con el filósofo más feo después de Sócrates y Voltaire: Jean Paul Sartre.  Como venganza, y con el nombre de Jean Saul Partre, Vian ridiculizó al pensador sin misericordia en casi todos sus libros.

Sus bromas colosales continuaron en L'herbe rouge (La hierba roja, 1950), en los cuentos de Le loup garou (El lobo hombre) y en L'arrache-couer (El arrancacorazones, 1953). Ya para entonces invertía los términos a la búsqueda de una ficción frenética, cuya construcción supone las situaciones más grotescas y absurdas. De ámbito desbordante, La hierba roja es, quizás, menos que un libro y más que una novela: la instauración de la insolencia y una burla de teorías psicoanalíticas. H. G. Wells imaginó una máquina del tiempo para probar su versión de la historia. Henry James sólo quiso en The sense of past traducir una imagen histórica. Vian, en un rapto de ciencia-ficción que nos recuerda cualquier tema de "realidad virtual", hizo una máquina para rescatar, mediante la destrucción de sus recuerdos, la felicidad.  Su personaje, el ingeniero Wolf (claro, autobiográfico [y añado esto con la sonrisa de rigor]) no consiguió su fin debido a los inquisidores del sistema, quienes, alarmados por su intento, decidieron aniquilarlo al final. En mi opinión, La hierba roja está muy por encima de 1984 de George Orwell y a la par de Un mundo feliz de Aldous Huxley en cuanto a anti-utopías se refiere.

Su estilo fue prodigioso y directo. Tuvo el poder de conjurar ideas filosóficas de recia estirpe bajo extremos de un superrealismo hilarante.  Sus páginas, que no pierden actualidad, proporcionan una sensación de libertad y resumen concepciones de humor inolvidables:

 

" Como no llevaba un céntimo encima, el camarero le prestó dinero para pagar, y, tras dejar una generosa propina, el Mayor sin darse cuenta se embolsó lo que sobraba... "

 

La posteridad ha reconstruido las facetas de Boris Vian elucidando un rompecabezas siniestro: por un lado, se destaca al fanático de las novelas policiales, al traductor sin crónica, al guionista, al pintor (cuyo pseudónimo era Bison Ravi) de sueños y delirios, al inventor de un instrumento musical llamado "trompinette", etc. Por otro, al músico (todavía se conservan sus discos y canciones), al poeta de Barnum's digest, Cantilenes en gelée, Je voudrais pas crever, al director artístico de compañías discográficas de dudosa legitimidad.

La pesadilla sigue.  El tiempo corre y, dudo que en círculo.  Es sólo Vian el que falta. Quizás sólo ríe tras el biombo. Jacques Prévert le dedicó una canción que es una exquisita psicografia. Permítaseme citarla completa sin entrar en detalles de por qué es el fin de este desgarrado texto mío: "Su fecha de nacimiento/ su fecha de defunción/ fueron un lenguaje cifrado / Conocía la música / conocía la mecánica / las matemáticas / todas las técnicas/ y lo demás con ellas / Se decía de él que sólo hacía lo que le daba la gana / dijeran lo que dijeren / hacía todo según su corazón / Y su corazón le hizo ver las estrellas / su corazón revelador / Sabía demasiado vivir / reía con demasiada verdad / vivía con demasiada fuerza/ su corazón lo abatió /Entonces se detuvo / Y dejó su amor/ y dejó sus amigos, /pero no fue para despedirse. / Boris jugaba a la vida / como otros a la Bolsa / a los policías y a los ladrones / Pero no en tramposo / en señor / como el ratón con el gato / en la espuma de los días / los fulgores de la dicha / Como tocaba la trompeta / como tocaba la desgracia / Y era buen jugador / sin cesar dejaba su muerte para mañana / Condenado por contumacia / sabía bien que un día / encontraría su huella / Boris jugaba a la vida /y era bueno con ella /La amaba / como amaba el amor /como un verdadero desertor de la desgracia".