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Todos sabemos que nunca se sabe

                                                                                          por Alberto Szpunberg

 

I.

Nunca se sabe de dónde viene ese germen de imagen a partir de la cual nace el poema. Se presenta, a veces de golpe, a veces lenta, sigilosa, pudorosamente, y se insinúa como una palabra, o el eco de una palabra o de un conjunto de palabras, como una música cuya letra nos suena y evocamos de algún lado que no recordamos pero que pronto, si hay viento a favor, si nos dejamos llevar por ella, comenzará a ser una frase, una sucesión de frases, hilvanadas por un murmullo, por una cadencia, por un ritmo, y a lo mejor de una sola vez, o poco a poco, o en cuestión de días, llegará a ser poema, sin que nuestra voluntad pueda hacer mucho para apurar el nacimiento, porque, en definitiva, aunque a veces exprese odio y convoque a la lucha e incluso a las armas, un poema nace de un gesto de profundo amor. En este sentido, todo poema es absurdo y se apoya en fantasías de belleza y justicia y bondad, y no hace falta dar grandes zancadas por el mundo para advertir que esas fantasías de belleza y justicia y bondad son apenas un sueño, porque nadie apuesta por ellas y ningún poder, del signo que sea, confiará estratégicamente en ellas, ya que, por el simple hecho de no haber acertado nunca, sólo tienen el futuro como posibilidad más certera.

 

II.

Nunca se sabe de dónde viene ese germen de emoción a partir de la cual dos seres humanos se aman. Son pero no son los más hermosos, son pero no son los más justos, son pero no son los más bondadosos, hasta que una tarde alguien apunta en un papel las palabras que demuestran que el poema es posible.

 

III.

Nunca se sabe de dónde viene ese germen de duda a partir del cual el poema se confunde y se desmorona, pero en principio es la duda la que viene a decir que las cosas no son como creemos. A veces la duda es arrogante y se disfraza de preceptiva, a veces es demagógica y se vuelve autocensura, a veces es subliminal y se viste de sentido común ¿Cómo es posible que yo haya creído que tocar a esa mujer de caderas tan absurdamente anchas y tobillos tan gruesos y desprecios tan crueles haya sido rozar la belleza? ¿Cómo es posible que haya sido tan ciego? Sin embargo, todos los mitos, del signo que sean, asocian la ceguera con la profecía, la revelación.

 

IV.

Nunca se sabe las corrientes más profundas que, como ríos ocultos, recorren el lenguaje cotidiano. Buenos días, me saluda la vecina. Hay un sol radiante y me da los buenos días. Hay una lluvia torrencial y me da los buenos días. En este momento preciso relampaguea una uzi bajo otro cielo no tan distante y mi vecina me dio los buenos días. Ayer por la mañana un hombre hizo cuentas y se dio cuenta de que no llegaba a fin de mes y sí, en cambio, al final de su vida y mi vecina me dio los buenos días. Mi vecina es una inconsciente: ni ella misma advierte el deseo poderoso de buenos días que late en el transfondo de su saludo. Pero no  se trata sólo de mi vecina. Hay una ciudad que yo amo sobre la cual llueven piedras y la gente de esa ciudad, hasta las más miserables que esconden la mano, se saludan diciendo pas. Sé de unos compañeros entrañables con los cuales compartí serios y minuciosos planes para cambiar el mundo y que, en el momento de intentarlo, nos decíamos suerte. No la tuvimos. También hubo una mujer y un olor a malvón en la ventana y una tarde de lluvia a la que sólo puedo volver con los ojos cerrados. Ayer, por ejemplo, no pude más y le contesté a mi vecina como me salió del alma. Se turbó. Yo también.

 

V.

Es imposible dar los buenos días a partir del boletín metereológico. Además, cuando el hombre del tiempo anuncia bancos de niebla a la altura del codillo del río de la Plata, ¿cómo no sentir el olor del barro y no ver esa majada de olas de espuma dudosa y no estremecerse al recordar lo que encubren esas aguas? ¿Cuándo empezó, entonces, el poema? ¿Cuándo el río era sólo un bagre pescado por milagro o después de que el cuerpo arrojado desatase un estallido de ondas que aún buscan temblorosas alguna orilla? ¿Dónde está el poema antes de ser poema y en qué se transforma cuando termina de serlo? Qué poco sabemos acerca de lo que amamos.

 

VI.

Eso sí: ninguna palabra volverá a ser la misma después de que emergió en la corriente del poema. Algunas se hunden, a otras las dejamos caer hasta el fondo y reaparecen o nunca más, otras se enganchan ni bien afloran y se dejan llevar y a su vez arrastran a otras. Todas las palabras, sin embargo, son las mismas de siempre ¿Por qué entonces, de golpe, son distintas? ¿De dónde tanta inocencia se convierte en subversión? ¿Por qué tanto esfuerzo domesticador de repente sucumbe ante el elemental balido? Para colmo, el cencerro tañe en la tarde como un destello dorado. Hay un poema donde se asegura que se ha visto al matarife arrojar el cuchillo y salir corriendo por el campo. Otro poema afirma haberse hecho cargo de sus gritos hasta transformarlos en llanto. En una pared de una ciudad que amo hay un pareado: “La sangre derramada no será negociada”. El poeta es esencialmente anónimo.

 

VII.

El poeta, los amantes, los niños juegan. Los jugadores de póker, en cambio, sacan un as de su manga y, en el momento oportuno, firman un autógrafo. A lo sumo, algunos beben whisky en alguna novela negra, pero son terriblemente tristes. Su desolación se parece a la guerra.

 

VIII.

El poeta, los amantes, los niños, recién llegados al mundo, se desnudan. Son afortunados: no tienen nada que perder.