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SUSAN SONTAG

El gran regalo de la novela

es mostrar las cosas de muchas maneras

por Clara Valverde

 

Con ese aura de diva intelectual de culto, feminista y apasionada, Susan Sontag, inspiradora de los movimientos intelectuales de los años sesenta y una de las escritoras más influyentes en la cultura norteamericana, presentó su tercera novela En América, en la que, alternando formas narrativas, nos conduce desde el ambiente privilegiado de los intelectuales polacos de la época hasta el oeste americano donde existía la promesa de poder reinventarse. Su obsesión permanente es crear ficción, “porque en la ficción puedo contradecirme a mí misma, distribuir mi voz entre los personajes para que cada uno opine a su modo”

 

 

“Soy una escritora que tiene

un alto grado de ansiedad, de dudas,

soy muy autocrítica, escribo y reescribo bastante”

 

“El problema con mis primeras dos novelas

es que en ellas estaba todo el rato dentro

de la mente de alguien y ahora quería

estar en el mundo, quería escribir sobre el mundo real”

 

 

¿Qué importancia tiene esta novela en su evolución como escritora?

Hace cuarenta años que escribo y no he publicado muchos libros. Soy una escritora que tiene un alto grado de ansiedad, de dudas, soy muy autocrítica, escribo y reescribo bastante. No se me puede tachar de falta de modestia, soy mejor escritora ahora que antes, lo cual es bastante inusual, porque normalmente las mejores obras de los escritores se producen en sus primeros veinte años de escritura, aunque hay excepciones como en el caso de Dostoyevski, que no dejó de crecer y crecer. En otras artes sucede lo contrario: la mayoría de los pintores y compositores, a medida que se hacen mayores producen sus mejores obras. Cuando se publicó El amante del volcán me sentí como renacer. Sentí que esa novela se aproximaba más a mí, que había superado todas mis inhibiciones como escritora. Ya no era una pequeña habitación, era un palacio lleno de habitaciones. Y también me gusta mi nueva novela, En América. Son mis dos libros más libres.

 

¿Tienen algún punto de conexión?

Ambas se producen en el pasado y ambas son sobre extranjeros, un tema que a mí me encanta, por eso vivo en la ciudad de Nueva York que está llena de extranjeros. Por otra parte, siempre había querido escribir una novela sobre personajes del teatro, sobre un actor. Tengo amigos que son actores, que son directores, bailarines, coreógrafos, una pianista. La protagonista no se plantea ir a Estados Unidos para mejorar su nivel de vida sino para cambiar, que es lo que desea. Esta última novela trata el tema de América de un modo diferente: trata de analizar la diferencia entre el mito de América y la realidad de América, que sirve de plataforma, como telón de fondo. Es una mezcla de lírica y épica. Refleja la lucha interna de la protagonista que quiere vivir en un mundo ideal. Es una estrella, las personas quieren estar con ella, es una persona encantadora. La novela sucede en 1876, en el sur de California. Nuestra protagonista se instala con su grupo en una comunidad granjera, con muchas viñas y campos, una pequeña población sin inmigración europea para crear su comunidad y fracasan, la mayoría se vuelve a Polonia, ella se queda y vuelve al mundo del teatro. Pasan muchas cosas, pero sobre todo se trata de la vida interna de los protagonistas.

 

¿Por qué enfoca desde puntos de vista diferentes a los personajes de En América?

Esto es lo fantástico de una novela, por eso prefiero escribir novelas a ensayos, porque en un ensayo tienes que tener un punto de vista y convencerte de él, hay que seguir una línea. Pero en las formas narrativas, puedes distribuir una opinión diferente en cada uno de los personajes y, como yo estoy llena de contradicciones y dudas, no sólo sobre mi trabajo, sino también sobre todo lo que pienso, siempre estoy con el “Sí, pero...”, me viene perfecto. Supongo que he puesto un poco de mí en cada uno de los tres personajes principales, no sólo Maryna... la gente piensa que sólo me identifico con Maryna, pero también me identifico con el marido y el amante. Y también he puesto algo de mis ideas sobre América. América es una fantasía y una realidad en cada uno de los personajes. Ese es el gran regalo de la novela: el dejarnos ver las cosas de muchas maneras. Pero yo escribo cronológicamente como la mayoría de los escritores. Tengo que vivir la novela y cuando he acabado con un capítulo, ya lo he acabado, no vuelvo a él. Lo reescribo muchas veces pero voy capítulo por capítulo.

 

¿Hay una razón por la cual  utiliza una observadora invisible que viaja al pasado solamente en el capítulo cero?

Para escribir una novela, necesito tener una forma, tengo que decidirla antes: Es como la arquitectura: primero tengo que saber cuántas plantas va a tener el edificio y dónde va a estar la cocina, si hay un jardín, un estudio, cuántos dormitorios, cuántos baños... lo tengo que saber en el papel. A veces es bastante arbitrario, intuitivo. Con El amante del volcán de alguna manera lo sabía. Con En América me dije: “Va a tener diez capítulos y el primero y el último van a ser monólogos”. Entonces me pregunté: “¿Quién hace estos dos monólogos?”. Tenía idea de que el primero tenía que ser algo cómico y que el último tenía que ser trágico. Y esta voz del capítulo cero, esta voz en particular fue una idea que tuve de repente, estaba tan contenta con la idea de que la narradora fuera una parodia de mí, y otro ego, que escribí las treinta páginas en un día, cosa que me ha pasado sólo dos o tres veces en mi vida. Claro que después estuve ocho meses reescribiéndolo. Pensé que dado que es una novela sobre el teatro, la narradora entra en la habitación y no sabe quién es quién, pero se pone a asignar papeles a cada uno diciendo: “Tú serás el marido y tú el amante”. Era una manera de iniciar el libro haciendo una parábola sobre cómo se construye una historia, pero dramatizando la imaginación literaria y al mismo tiempo introducir los personajes para que el lector se interese en ellos y se pregunte: “¿Qué van a hacer? ¿Por qué algunos personajes parecen estar en desacuerdo?”. Luego el lector descubre que la protagonista va a abandonar su carrera y se va a ir a América. Entonces, me dije: “¿Cómo demonios sigo?”. Pensé que lo que había hecho era tan bueno que había asesinado el libro. Y, claro, acabé el libro con esa frase que abre la gran puerta, los protagonistas se ponen los abrigos, y decido seguirles afuera, al mundo. Pero sentía que había apostado demasiado alto y no podía seguir adelante. Me requirió meses de malestar para llegar a decidir cómo seguir. La única manera fue diciéndome a mí misma que me tenía que dar una bofetada para seguir y eso me dio la idea de empezar el próximo capítulo con una bofetada, que Maryna recibe una bofetada de una actriz celosa. Después me llegó la invitación de ir a Sarajevo y me fui tres años en los cuales no escribí. Es algo que nunca he contado a nadie, que con ese primer capítulo casi mato el libro y a lo mejor esa es la razón por la cual me quedé en Sarajevo, porque tenía miedo de volver al libro y no saber cómo iba a continuar. Tienes razón, probablemente tendría que haber intentado continuar con esa voz narrativa, pero no supe cómo hacerlo porque quería contar una historia, no sólo quería estar dentro de la mente de alguien como en el capítulo cero. El problema con mis primeras dos novelas es que en ellas estaba todo el rato dentro de la mente de alguien y ahora quería estar en el mundo, quería escribir sobre el mundo real. Esa voz del capítulo cero era muy seductora, pero pensé: “No, estoy otra vez dentro de la mente de alguien, no debería continuar así”. No era ese el libro que quería escribir, aunque  no sé si nadie escribe el libro que quiere, ¿no?

 

¿Qué puede decir de la presencia de Henry James en la novela?

Lo introduzco como ese personaje adorable que da consejos a la protagonista, fue crítico de teatro, con lo cual encaja en la época. Es muy peligroso leer otros autores mientras estás escribiendo una novela. Yo leo mucho, es una adicción, pero mientras estoy escribiendo intento no leer novelas, intento leer otras cosas: historia del arte, poesía, política, pero no pude resistir releer a Henry James, y de manera subconsciente, como los de James, estos personajes vienen a América en primera clase y subieron a una diligencia que  les llevaba al hotel, mientras que mis antepasados llegaron a América en la bodega del barco y recibieron el mal trato que recibían la mayoría de los inmigrantes al llegar. Pero mis personajes eran ricos, habían leído a Toqueville, no ingenuos que pensaban que llegaban a la tierra dorada y luego que tenían que luchar durante una o dos generaciones. Sí, hay un homenaje a Henry James.

 

También tuvo una relación personal con Borges

Estuve con Borges muchas veces. Es uno de los escritores que más admiro, hay unos diez escritores cuyos libros tendría en mi mesa de cabecera. Borges es uno de ellos, como Kafka. No podría vivir sin él. Se aprende mucho de Borges. Creo que fue un escritor muy liberador para mí porque él mismo era tan libre. Yo no hago lo que él hace, pero me permite descubrir lo que se puede hacer.