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Sobre los villanos de la literatura

 

¿Qué personajes invadieron la ficción con el objetivo de impedir que el bien se imponga en la literatura? A partir de esa idea fueron consultados hace tiempo por la revista La Maga algunos autores argentinos, que ofrecen un interesante repertorio de malos y malditos.

 

 

Alvaro Abós

Mi recuerdo más antiguo e inquietante proviene de un libro que me leía mi madre, en nuestro departamento, de la calle Charcas, sobre viejas fábulas o cuentos germánicos. (¿El editor era Calleja? ¿Incluía la versión infantil de un cuento de E.T.A Hoffman?) Era un libro que mi madre conservaba de su propia infancia. Mi memoria de él es vaga. Jamás pude hallarlo en librerías de viejo. Contaba la historia de un arenero que arrojaba arena a los ojos de los niños que se portaban mal. Contenía un elemento exótico para mi infancia puramente ciudadana. ¿Qué era un arenero? El único que conocía era el cuadrado donde jugaba, en la plaza San Martín.

Andando el tiempo, leí la misma historia contada o aludida por otros escritores y, sobre todo, de manera impresionante, por Antonio Di Benedetto. Aprendí de la vida, de mi tiempo y también de Di Benedetto, algo más perturbador aún que el miedo infantil: la raza de los verdugos que echan arena a los ojos es la misma que la de sus víctimas.

 

 

Vlady Kociancich

A pesar de muchas lecturas todavía me estremece Fagin, el siniestro jefe de la banda de niños ladrones en Oliver Twist, de Dickens. ¿Qué hay más cruel que el uso de la inocencia en beneficio propio? El uso del hambre. Porque Fagin no corrompe a sus chicos de la calle con fantasías viciosas. Le basta darles de comer. Por comida y un sitio donde echarse cuando está oscuro y hace frío, estas criaturas sin casa ni familia del Londres de la Revolución Industrial roban para su protector, crecen para morir en el patíbulo. La maldad de Fagin no es vulgar. Este maestro del delito educa sin palizas. Con juegos: con una parodia repugnante de amor paternal, domina afectuosamente a sus víctimas. Pero su verdadera seducción se basa en el miedo de los chicos. Miedo a no agradar a Fagin, de perder su confianza, de ser echados de la banda. En el infierno de la miseria, los niños aprenden que si quieren sobrevivir deben aferrarse de la mano del Diablo. La maldad de Fagin no tiene un pasado que la explique ni un futuro que la redima. Horriblemente humano, es más que el implacable explotador de los débiles.

Fagin es el mundo que lo circunda, con su corrupción y sus crímenes, que se pega a él como esos chicos, que da fuerza a su inmoralidad y la renueva cuando Fagin el hombre ha sido derrotado.

 

Marco Denevi

No encuentro ningún personaje del todo malo ni del todo bueno. En un momento pensé en el pirata Pata de Palo de La isla del tesoro, pero es tan simpático que uno le perdona todo. Eso es lo que me pasa a mí con la literatura: como las personas, todos los personajes tienen algo de ángel y algo de demonio. En los folletines y en las novelas por entregas sí que hay malos de sobra, pero no en la gran literatura.

 

Santiago Kovadloff

Más que las figuras literarias que me despertaron miedo en la infancia -etapa en que se está especialmente expuesto a la desmesura de la imaginación- se me impone una figura que me llenó de miedo, casi de angustia diría, siendo ya un joven de 24 años.

Yo leí La República de Platón por primera vez en 1967. Al comienzo de La República aparece Trasímaco, el joven sofista que discute con Sócrates. Trasímaco no disimula su furia asesina, su intolerancia brutal. Yo le temí. Le temí francamente. Es, en verdad, la figura de la filosofía que me inspira miedo. Su ferocidad se me impuso como un recuerdo imperecedero. Como una advertencia. Descubrí en él, aun antes de saberlo, al fanático de nuestro tiempo. Trasímaco es el hombre que no duda. Que no quiere dudar. Es el hombre seguro de la naturaleza de las cosas. De todas las cosas.

 

Guillermo Saccomanno

Creo que no se puede pensar ni la literatura ni la vida en términos de bien y mal, porque resulta maniqueo. Si, en la literatura, los malos son tan malos es porque no resultan creíbles. En cambio, si inspiran miedo o terror es porque sus autores supieron crear un clima, como ocurre con Lovecraft, con Stéphen King -que lleva el horror a lo cotidiano-, con Edgar Allan Poe y con algunos cuentos de Horacio Quiroga. El efecto de miedo está en la creación de una atmósfera y eso deriva de la calidad de la escritura.

 

Paula Pérez Alonso

Me cuesta encontrar un personaje maldito en la literatura: los primeros que acuden a mi mente deben ser descartados, porque a pesar de que fueron concebidos como malos, al autor se le filtró la piedad, o tal vez a mí como lectora. Son los casos de los personajes de Shakespeare (Lady Macbeth, Yago, entre muchos otros), cuyos actos de maldad son impulsados por motivos muy poderosos, los mueven deseos irrenunciables, el sentido de sus vidas es conseguir aquel fin que todo lo justifica. No cabe aquí el acto gratuito que sí los transformaría de inmediato en personajes malditos; son, en cambio, personajes desesperados (y es frente a la desesperación que no busca la compasión porque rechaza el consuelo donde se cuela la piedad). El personaje que me parece epítome de la maldad es Brock Vond en Vineland, la novela de Thomas Pynchon, Brock Vond es el agente federal que en los años 60 le quitó la mujer a Zoyd Wheeler. Wheeler, el héroe o antihéroe de la novela, y lo mandó a la cárcel. Ahora, veinte años después, vuelve a irrumpir en sus vidas que transcurre en la tranquilidad de una comunidad de leñadores, cultivadores de marihuana y coca, y excéntricos de toda laya, situada al norte del Estado de California. Vond regresa del pasado para ser la pesadilla de Zoyd porque cree que imitándolo y secuestrando a su adorable hija Prairie conseguirá recuperar a Frenesí, la madre de Prairie y ex mujer de Zoyd. Es un personaje siniestro: con cada aparición nos deja temblando y tratando de imaginar qué estará tramando mientras no está en el centro de la escena, Pynchon no da tregua al lector, logra generar una sensación espeluznante. Parece decir "Somos prisioneros del pasado, pero estamos verdaderamente perdidos sólo cuando perdemos de vista este hecho". En el momento en que se produce el desenlace el alivio es enorme.

 

Isldoro Blaisten

Si el hombre es la medida del hombre, el enemigo es la medida del héroe. En el cuento Hombre de la esquina rosada, Francisco Real dice: "Yo les he consentido a estos infelices que me alzaran la mano, porque lo que estoy buscando es un hombre".

Ya desde la infancia, supe que los malos, los villanos, los enemigos del héroe, tenían que demostrar su capacidad. El verdadero héroe nunca subestima a su enemigo y generalmente, con una objetividad envidiable, lo ubica en su justo valor. Genio tenebroso o ángel del mal, el villano puede resultar simpático por contigüidad y comparación con el héroe. De manera que siempre Sherlock Holmes tendra su Moriarty y el padre Brown tendrá su Flambeau…

En cambio, hay personajes que no son malos en el fondo, pero que son absolutamente insoportables. Más cargoso que mosca de tambo, el fanático inspector. Javert persigue a Jean Valjean a través de los dos tomos de Los miserables y sólo consigue el abucheo y el fastidio del lector…

La maestría de Faulkner logra, en El ruido y la furia, a través del admirable monólogo de Jason, convencemos de que este ser abyecto, ruin y vituperable, tiene razón. Pero, villano, villano, es Ricardo III. Es más feo que un cuco y más malo que pegarle a la madre. Ha elegido ser villano y él mismo lo dice. No contento con asesinar al marido, acaba de asesinar al padre de Lady Anne, a quien seduce en el entierro. La seduce con tal prontitud y esmero, que termina siendo simpático.

 

Marcelo Birmajer

La ficción es hoy por hoy el único lugar donde uno puede encontrarse el mal a secas: sin interpretaciones sociológicas ni justificaciones políticas. En la novela Dormir al sol, de Adolfo Bioy Casares, su obsesión es trasladar almas de perras a cuerpos de mujeres, para curarlas de sus desplantes. Y las almas de las mujeres a las perras.

Logra esposas sumisas y perras histéricas. Cuando un hombre que no sabe por dónde anda el espíritu de su esposa viva acude desesperado a exigirle respuestas, Samaniego exterioriza su maldad en un gesto simple y sutil: se tapa un instante la cara con las manos.

Cuando las retira; parece cansado y hasta fastidiado. ¿Hay un gesto de maldad mayor que el de demostrar fastidio frente a las preguntas vitalmente acuciantes de un individuo?

"Sin embargo", dice Samaniego con toda tranquilidad. "el cuerpo de su señora está ocupado por la chica de Plaza Irlanda". También me gusta mucho El hombre invisible, de H.G. Wells, que pudiendo dedicarse a mirar mujeres desnudas y parejas fornicando (que sin duda sería la mejor ocupación de un hombre invisible), se dedica, con resentimiento, a intentar hacer el mal. Y El mayorazgo de Ballantrae, de Robert Louis Stevenson, el mejor malo seductor de todos los tiempos, la génesis literaria de los psicópatas.

 

Vicente Battista

Los malos en la literatura son, para mí, aquellos que por encima de su perversidad esconden algo que los hace seductores, O aquellos a quienes más allá de los juicios morales, uno termina por aceptar como buena la maldad que han cometido. Para el primer caso pienso en Lady Macbeth o en Ricardo III. Para el segundo, pienso en Raskolnicov, de Crimen y castigo o en Azevedo Bandeira, del cuento El muerto, de Borges, El género de terror y el policial se nutren obligatoriamente de malas personas. Dos paradigmas pueden ser el conde Drácula y el monstruo creado por el doctor Frankestein. En este caso, sólo rescato al conde, porque arrastra tras de sí una herencia de espanto. El monstruo creado por el doctor Frankenstein no me interesa: es el producto de una broma, una suerte de rejunte de cadáveres que anticipa la estupidez del robot.

En el policial me inquietan los malos por exageración: Fantomas, por ejemplo, admirado por los surrealistas franceses y pintado por Magritte, y su digno heredero: el doctor Fu Manchú. Si sumáramos los crímenes cometidos por el diabólico chino, llegaríamos a la conclusión de que exterminó a una población equivalente a toda la provincia de Buenos Aires. Un malo que me cae simpático es Terry Lennox, de El largo adiós; tal vez porque también, en el fondo, le caía simpático a Phillip Marlowe. Y finalmente, una pregunta que nació en el mismo momento que terminé de leer La isla del tesoro: ¿Quién es el verdadero majo de la historia: John Silver o Jim Hawkins? Todavía no tengo respuesta.