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Juan Carlos Onetti narró cómo vivieron en su oportunidad algunos escritores ahora conocidos, el rechazo de los lectores editoriales.

 
Si tu manuscrito fue rechazado...

 

Me dicen que el último libro de Kosinski fue duramente criticado, él no pudo soportar cal­moso el fracaso y dedicó muchos días al silencio y a meditar venganzas. Ignoro cuántas imaginó, las fue adornando con virulencia antes de dese­charlas. Comenzó a enviar con seudónimos cuen­tos que años o meses atrás habían sido publica­dos y recibidos con elogios; en realidad bombar­deó las revistas con copias de sus viejas historias. No puedo adivinar si fue su ángel privado o el mismo diablo quien intervino para ayudar­lo. El hecho es que la totalidad de los trabajos fueron rechazados con las habituales buenas pa­labras sobre escritos futuros, sobre ya cubiertos planes editoriales para los próximos dieciocho meses.

Kosinski recibió jubiloso los rechazos y em­belleció con ellos las paredes de su despacho pre­parando paciente su hora de revancha.  Como es natural, las mejores joyas de su colección eran aque­llas que llegaban firmadas por el mismo editor que, más o menos un año atrás, había aceptado la historia con júbilo: «descubrir un nuevo talento».  Claro está que no todos los editores tienen la fun­ción de enterarse de lo que publica la firma a la cual pertenecen. Es habitual la existencia de lecto­res profesionales y anónimos que redactan y ele­van sus propios juicios críticos.

Cuando Proust envió a la editorial que hoy se lla­ma Gallimard los originales del primer tomo de su obra genial, André Gide, lector de la misma empresa, redactó su informe diciendo que a nadie podía interesar las vueltas y revueltas que diera un personaje entre sábanas y en procura del sueño es­quivo.  Gide, nada menos, cartesiano y que podía haber hecho suya la frase «lo que no es claro, no es francés».  De manera que Proust tuvo que recurrir a otra editorial y Gide hacer públicos su arrepen­timiento y su error.  Para mejor comprensión de las peripecias que se sucedieron hasta que Galli­mard editara la totalidad de su En busca del tiempo perdido, ruego al lector que lea la admirable biografía de Painter.

Es imposible olvidar aquí los infinitos re­chazos que obtuvo el Ulises de Joyce en incontables editoriales y, especialmente, por parte de micro­céfalos funcionarios de aduanas que obedecían ór­denes superiores (los censores de correos, doctos en materia literaria). 

El caso más simpático de esta lucha no eter­na pero si recurrente entre escritor y editor le fue reservado, hasta ahora, a Malcolm Lowry.  Se trata­ba, según mentas, de Al pie del volcán y el editor sugirió o impulsó cortes abundantes que conside­raba imprescindibles para publicar la obra.  Lowry se vio obligado a darle una pausa a la tequila y en­viar una carta, admirable de inteligencia y lucidez, en la que explicaba y convencía de que en su libro no sobraba ningún capítulo, fragmento, párrafo o pa­labra.  Todo estaba allí porque debía estar. Y, extra­ña cosa, convenció a la empresa editorial y el libro fue publicado tal como había sido escrito. 

Pero la fuerza de estos ejemplos de colosal juicio equivocado me arrastraron fuera del tema.  Sigo con Kosinski.  Cuando tuvo una cantidad sufi­ciente para sus propósitos, de cordiales cartas de rechazo buscó y encontró sin trabajo un editor rival de los anteriores. La lucha entre editores siempre ha sido implacable, cruenta y divertida. Ofreció la reproducción de las cartas con vetos amables y sus comentarios.  También incluía las anteriores, las que le decían sí y le daban espaldarazos.

Con esto compaginó un libro, colocó en ma­la luz a muchas personas y vendió, como antes, mi­les de ejemplares.  Hijos de la revancha y, tal vez, de un afán de justicia que dudo creer sincero.

Esta anécdota, así lo espero, puede servir de ayuda y dar persistencia a tantos jóvenes que ven rechazadas sus obras a causa del informe de algún lector desconocido y que no será precisamente Gide.  Hay que insistir, hay que seguir trabajando hasta que el destino o el azar coloque desdeñados origi­nales bajo los ojos de un editor que comprenda y no juegue -con ganancia- manejando nombres de escritores que ya tuvieron sus triunfos, a veces pasajeros, en la selva literaria erizada de envidias y ambiciones.  Recordemos el caso de Céline y El viaje al fin de la noche; su obra prácticamente recha­zada por todas las editoriales francesas hasta que llegó a las manos de alguien que entendía y dedicó una noche y su madrugada a leer la obra anónima que lo había deslumbrado.  Deslumbramiento que me incluye cada vez que la releo.

 

 

De Confesiones de un lector, Alfaguara