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Ser Traductor

Con Bernat Liso

 

 

Todo traductor literario es, sin duda, un mediador entre su cultura de origen y lo desconocido. Para ello, debe investigar, sopesar, elegir, inventar. Nuestros entrevistados se explayan sobre estos pasos y sobre muchos aspectos de este campo rico e imprescindible. Si en todos los idiomas se considera al Quijote una obra sin igual es una prueba de que la traducción funciona como operación válida.

 

 

Octavio Paz dice: "la traducción poética es una operación análoga a la creación poética, sólo que se despliega en sentido inverso" y agrega:

Cada texto es único y, simultáneamente, es la traducción de otro texto. Ningún texto es enteramente original porque el lenguaje mismo, en su esencia, es ya una traducción: primero, del mundo no-verbal y, después, porque cada signo y cada frase es la traducción de otro signo y de otra frase. Pero ese razonamiento puede invertirse sin perder validez: todos los textos son originales porque cada traducción es distinta. Cada traducción es, hasta cierto punto, una invención y así constituye un texto único.
El texto original jamás reaparece (sería imposible) en la otra lengua; no obstante, está presente siempre porque la traducción, sin decirlo, lo menciona constantemente o lo convierte en un objeto verbal que, aunque distinto lo reproduce: metonimia o metáfora. Las dos, a diferencia de las traducciones explicativas y de la paráfrasis, son formas rigurosas y que no están reñidas con la exactitud: la primera es una descripción indirecta y la segunda una ecuación verbal.

La condenación mayor sobre la posibilidad de traducción ha recaído sobre la poesía. Condenación singular si se recuerda que muchos de los mejores poemas de cada lengua de Occidente son traducciones y que muchas de esas traducciones son obra de grandes poetas.

 En la prosa la significación tiende a ser unívoca mientras que, según se ha dicho con frecuencia, una de las características de la poesía, tal vez la cardinal, es preservar la pluralidad de los sentidos. En verdad se trata de una propiedad general del lenguaje; la poesía la acentúa pero, atenuada, se manifiesta también en el habla corriente y aun en la prosa.

El poeta, inmerso en el movimiento del idioma, continuo ir y venir verbal, escoge unas cuantas palabras o es escogido por ellas. Al combinarlas, construye su poema: un objeto verbal hecho de signos insustituibles e inamovibles. El punto de partida del traductor no es el lenguaje en movimiento, materia prima del poeta, sino el lenguaje fijo del poema. Lenguaje congelado y, no obstante, perfectamente vivo. Su operación es inversa a la del poeta: no se trata de construir con signos móviles un texto inamovible, sino de desmontar los elementos de ese texto, poner de nuevo en circulación los signos y devolverlos al lenguaje. Hasta aquí la actividad del traductor es parecida a la del lector y a la del crítico: cada lectura es una traducción, y cada crítica es, o comienza por ser, una interpretación.

Para el crítico el poema es un punto de partida hacia otro texto, el suyo, mientras que el traductor, en otro lenguaje y con signos diferentes, debe componer un poema análogo al original. Así, en su segundo momento, la actividad del traductor es paralela a la del poeta, con esta diferencia capital: al escribir, el poeta no sabe cómo será su poema; al traducir, el traductor sabe que su poema deberá reproducir el poema que tiene bajo los ojos.

Traducción y creación son operaciones gemelas. Por una parte, según lo muestran los casos de Baudelaire y de Pound, la traducción es indistinguible muchas veces de la creación; por otra, hay un incesante reflujo entre las dos, una continua y mutua fecundación. Los grandes períodos creadores de la poesía de Occidente han sido precedidos o acompañados por entrecruzamientos entre diferentes tradiciones poéticas. Esos entrecruzamientos a veces adoptan la forma de la imitación y otras la de la traducción.

 

 

Con José María Micó

 

Profesor en la Facultat d`Humanitats de la Universidad Pompeu Fabra, es especialista en la literatura española del Siglo de Oro y publicó varios libros de creación poética. Traductor del italiano y del catalán (y en ocasiones del inglés) al castellano ha traducido : poemas de William Shakespeare y de Eugenio Montale, las sátiras de Ariosto y la obra ensayística de Francisco Petrarca.

 

¿Desmenuzar el texto para luego traducirlo implica una lectura diferente de las otras?

Sí, creo que ha dicho muy bien "desmenuzar", porque sin ese desmenuzamiento es imposible traducir. Yo creo que me interesa la traducción por lo mismo que me interesa la creación poética y por lo mismo que me interesa la filología: es un modo de acabar entendiendo lo más posible un texto literario, que es, al fin y al cabo, a lo que creo que debemos aspirar.

 

¿Es necesaria una cierta afinidad con el autor al que traduce para llegar a la esencia del texto?         

Sí. Si no es necesaria esa afinidad al principio, se va imponiendo necesariamente como tal obligación, casi, durante la traducción, porque uno tiene que ir captando los giros, los modos de decir, las imágenes más frecuentes, en el autor que traduce, y por tanto tiene que asimilar un poco su forma de concebir la literatura y su forma de escribir. Esa asimilación nunca está de más.

 

¿La traducción poética plantea problemas esencialmente distintos a los de la traducción de un texto en prosa?

Creo que la naturaleza de la prosa es distinta de la del verso, por tanto la naturaleza de la traducción de un texto en prosa debe ser también distinta de la de la traducción de una obra en verso. Yo creo que traducir poesía es exactamente eso: traducir poesía. Y aunque parezca una perogrullada, la poesía tiene mucho o casi todo de disposición rítmica, de forma de expresión, y por tanto, aunque sea pagando el tributo de un sinfín de infidelidades, hay que hacer lo posible por mantener también esos elementos que constituyen la esencia poética del original. Siempre hay que sacrificar algo, sobre todo en la traducción de las rimas, que suelen ser prácticamente imposibles de mantener, pero siempre se puede encontrar una fórmula adecuada cuyo resultado sea igualmente poético, aunque todas las características métricas y formales del original no se conserven. El resultado ha de ser también poético, como lo es el original.

 

¿Considera que ser poeta constituye una ventaja a la hora de traducir un texto?

 Sí. No una ventaja de aptitud, sino de actitud, porque se concibe la traducción como una forma más de creación, una especie de creación en colaboración.

         

¿Se siente alguna vez tentado de "mejorar" el texto original?

 Esa es una tentación relativa, una tentación que supongo que todos hemos tenido. Por ejemplo, traduciendo las Sátiras de Ariosto uno a veces advertía que había determinadas repeticiones de una palabra, por ejemplo un verbo repetido demasiadas veces en tres o cuatro versos. Y uno dice: "bueno, aquí tal vez Ariosto tendría que haber buscado un sinónimo", pero la obligación del traductor es mantener incluso esas repeticiones. De todas maneras, por muchas tentaciones que se tengan, si uno traduce a Ariosto y Petrarca, como me ha tocado hacer a mí, es imposible que los mejore aunque lo pretenda.

 

En el prólogo a Ariosto, habla de "resignarte a perder la rima". ¿Plantea la traducción como una aproximación al original o como recreación del mismo?

Como toda traducción, yo creo que intenta ser una sustitución digna y sobre todo legible del original. El problema de las Sátiras de Ariosto, escritas en tercetos encadenados o dantescos, es que siendo un texto que a menudo tiene recursos humorísticos y juegos de palabras, presenta una serie de rimas cuya traducción al castellano no sólo era muy difícil sino, imposible o utópica, y el resultado hubiera sido prácticamente grotesco. Entonces opté por una solución justificable desde el punto de vista de la historia de la literatura, y es cambiar los tercetos encadenados por endecasílabos blancos, porque al fin y al cabo las epístolas morales del Renacimiento se escribieron tanto en tercetos como en endecasílabos blancos.

         

Sin embargo, el humor del texto original se mantiene, a veces mediante el uso de palabras vulgares (sobacos, pies, eructos). ¿Le ha supuesto un esfuerzo añadido el pensar cómo hacer que un texto del Renacimiento sea humorístico en la actualidad?

Yo creo que ahí, el gran mérito, y lo digo muy sinceramente, es de Ludovico Ariosto, porque estas Sátiras (que no se habían traducido nunca al castellano, aunque fueron muy leídas en el XVI y parte del XVII por españoles que leían perfectamente el italiano, y que se dejaron influir por ellas) conservan para un lector italiano de hoy su humor y la capacidad de comunicar casi coloquialmente con el lector. Y su tono confesional, que es, desde el punto de vista histórico pero también desde el punto de vista de la biografía de Ariosto, muy interesante, se adorna muchas veces con juegos de palabras, con coloquialismos, con modos vulgares de decir, y  ha sido agradable poder traducirlo de modo que siga siendo actual para un lector de hoy.

         

En La espera incluye un soneto de Shakespeare. ¿Lo considera un texto propio, al incluirlo entre sus poemas, o una "traición", como lo llamaba en  el prólogo?

         

Esa es la primera traducción que yo hice, creo que en 1980, y es sin duda la peor traducción que he hecho desde el punto de vista técnico de la traducción. Ahí me tomé muchas libertades, pero mantuve sin embargo la estructura del soneto inglés. De todas maneras, aunque sea la peor y la primera de las traducciones que he hecho, creo que en toda traducción hay algo de creación y por eso creo que me interesa la traducción en sí misma, porque te obliga a crear o recrear un texto de modo que, por mala que sea una traducción, siempre añade algún detalle de interés porque al fin y al cabo ha sido inspirado por el original.

          Haciendo un comentario de este soneto de Shakespeare que se publicó hace muchos años, recordé que en cierta ocasión Borges asistió a una representación teatral, por lo visto muy mala, de un drama Shakespeareano, pero finalmente, según Borges, Shakespeare se había abierto camino. Y yo creo que en ese soneto mío, y de Shakespeare, pero más mío que de Shakespeare por lo malo que tiene la traducción, Shakespeare sin embargo se abre camino y hay elementos shakespeareanos en él. 

          Y además, en el fondo, creo que uno cuando escribe cualquier cosa está traduciendo. Esto ya es otro problema de mayor alcance en el que no conviene quizá entrar, pero creo que la poesía es en última instancia una traducción de un pensamiento más o menos abstracto que se convierte en palabras, o de un hecho muy concreto que se convierte en palabras, y esa conversión en palabras, ya sea en primera instancia el autor original, o en segunda o tercera instancia el traductor, tiene siempre un elemento de creación.

         

Al contrario de lo sucedido en Ariosto, en el soneto de Shakespeare ha podido mantener la rima.

Sí. La traducción es un ejercicio de compensación. Uno tiene que compensar las pérdidas que uno tiene de algún modo para que el resultado, o si se quiere decir económicamente, el balance, sea lo más positivo posible. Pero suponer que uno va a poder traducir un soneto inglés o un poema en italiano, incluso una novela en cualquier lengua de las más asequibles, sin perder algo, es cometer un error, porque la traducción es siempre una especie de derrota que se tiene que convertir en victoria, y en ese proceso hay una serie de compensaciones, de sacrificios, de dudas. Además, siempre hay un diálogo fecundo. Uno siempre se deja influenciar por los autores a los que traduce, y uno, aunque parezca una paradoja, también influye en los autores a los que traduce, porque aquel lector que no sepa italiano no tendrá más remedio que leer a Ariosto a través de su traductor, de modo que leerá a un Ariosto que es también un poco José María Micó, en este caso. Es un fenómeno muy curioso y una influencia mutua también muy curiosa.

         

¿La figura del traductor está lo bastante valorada por los lectores?

Creo que por una serie de circunstancias muy diversas la gente no aprecia, no valora o no sabe siquiera advertir ese hecho. Yo siempre digo, y lo he repetido muchas veces, que el que no lee a Petrarca en italiano no ha leído a Petrarca. Cuando uno lee una traducción de Ángel Crespo de un soneto de Petrarca, está leyendo también a Ángel Crespo, y no debe pensar tan sólo que está leyendo a Francesco Petrarca, porque lo único que no está haciendo es leer a Petrarca. Petrarca lo escribió en italiano y jamás se le pasó por la cabeza que muchos siglos después a nadie se le ocurriría traducirlo al castellano. Seguramente en su época era inconcebible que el castellano hubiera podido llegar a ser una lengua de cultura. Traducirlos quizá al latín, o otra lengua, pero eso que es inconcebible para Petrarca en el siglo XIV es perfectamente concebible para nosotros, y debemos dar la dignidad que tiene, que suele ser insuficiente, a la labor del traductor.

         

Para los que empiezan a escribir, ¿puede la traducción ser un buen ejercicio de aprendizaje?

 

Me ha ido mínimamente bien, o creo que me ha resultado muy útil hacerlo, pero creo que a cualquier persona le puede resultar muy útil. Quizá sobre todo si escribe poesía, porque la poesía es un lenguaje muy comprometido en el que en un momento u otro puede haber algún chirrido, alguna cursilería, y entonces plantearse el modo de decir cosas muy similares o muy diferentes en otra lengua e intentar ponerlo en la lengua propia es un ejercicio que sólo puede tener beneficios para quien lo ejerce. Y creo que es extensible, aunque hablo sobre todo de la poesía, que es lo que he traducido, a la novela. No se puede dejar de aprender de los grandes escritores si se les lee, mucho más se aprenderá de ellos si además de leerlos se les traduce. La traducción es una vía de aproximación privilegiada a los textos.

         

Petrarca habla de la "mortificación de los oídos" que algunos textos provocan, de la importancia de la oralidad en la poesía. ¿Cree que es importante recordar a los escritores noveles que no descuiden el carácter oral de la literatura?

Yo creo que  si un poema no suena bien, es un mal poema. No digo que deba tener rima, ni siquiera métrica más o menos medida. Si no suena bien, ya lo puede tirar al cesto de la basura por muchas imágenes que le parezcan hermosas, o por un tema más o menos logrado, o por un final conmovedor desde el punto de vista de la expresión.

         

Si la traducción literal de un texto no suena bien ¿se impone la necesidad de modificarla?

Si una cosa bien traducida, desde el punto de vista del sentido, un poema por ejemplo, no acaba de sonar, hay que cambiar el orden de las palabras, buscar otras, o arreglarlo de algún modo para que, sin sacrificar el sentido, acabe sonando bien. Es un ejercicio en la cuerda floja, pero de mucho interés. Traducir poesía, o traducir literatura, es traducir un original cuyo resultado en  otra lengua debe ser también poesía, o debe ser también literatura.

         

¿Qué expresión prefiere: traducir, realizar una versión, verter a otro idioma?

Yo prefiero traducción, a secas. La dignidad está o en el original o en el resultado, pero no tanto en el proceso, que no sé si hay otra forma de llamarlo que traducción. Ahora bien, el soneto de Shakespeare que tantas veces he mencionado, más que una traducción es una  versión. Considero que son dos cosas diferentes. Es decir, la versión es más libre que la traducción. Pero yo creo que el término que hay que usar es el de traducción. Lo que he hecho con Ariosto, con Petrarca y con Montale son traducciones. Creo que deben llamarse traducciones.

 

 

Con Miguel Sáenz

 

Doctor en Derecho y Licenciado en Filología alemana. Ha traducido a Bertolt Brecht, Alfred Döblin, Michael Ende, Goethe, Günter Grass, Peter Handke, Kafka, Mozart, Henry Roth, Joseph Roth, Salman Rushdie, Arthur Schnitzler, Peter Weiss, Thomas Bernhard y Christa Wolf. En 1998 recibió el premio Aristeion de la Unión Europea.

 

¿Cree necesaria una cierta afinidad con el autor al que traduce para llegar a la esencia del texto?

 No, no lo creo. Sin embargo, me parece difícil que nadie pueda traducir bien a un autor (o una obra) que no le guste.

 

¿Le preocupa recrear el ritmo de la prosa original en su traducción?

Me preocupa muchísimo. Si la traducción no tiene el ritmo del original, no puede ser fiel, porque no se trata sólo de traducir la letra de la canción, sino también la música.

 

¿Plantea la traducción como una aproximación al original o como una recreación del mismo?

 Más bien me la planteo como una aproximación del  lector al original.

 

¿Es diferente la lectura que realiza un traductor que la de un lector común?

 Augusto Monterroso dijo hace años que "traducir es la forma más atenta de leer". Yo suelo decir la "más intensa", para evitar la ambigüedad, pero quizá la ambigüedad era deliberada.

 

¿Y la de un escritor?

 Un traductor es un escritor.

 

¿Para los que empiezan a escribir, puede la traducción ser un buen ejercicio de aprendizaje?

No hay ejercicio mejor. Además, aprenderán idiomas, lo que les puede ser muy útil si las cosas vienen mal dadas.

 

¿Qué expresión prefiere: traducir, realizar una versión, verter a otro idioma?

Prefiero la expresión "traducir". "Realizar una versión" no es lo mismo que traducir, y "verter a otro idioma" me parece redicho e inexacto.

 

¿Cómo ha resuelto en su traducción la variedad de registros producidos por las distintas condiciones sociales de las voces narrativas?

El problema no son sólo las condiciones sociales, sino también la procedencia geográfica, el origen étnico, la edad, la época, la ideología... Cada caso es un mundo y la solución, siempre discutible.

 

 ¿Se siente alguna vez tentado a "mejorar" el texto original?

 Todo traductor se siente tentado alguna vez, pero debe resistirse con todas sus fuerzas. El primer mandamiento del traductor es el respeto al texto original... incluidos sus errores.

 

Grass utiliza un lenguaje complejo y escribe en un idioma, el alemán, muy alejado del español. ¿Traducirlo le ha supuesto alguna dificultad constante?

Traducir a Grass no es fácil, precisamente porque, como todo buen escritor, infringe las normas y violenta el lenguaje. Pero él anima a sus traductores a que hagan lo mismo. Me he encontrado con dificultades siempre distintas.

 

El crítico Andrés Trapiello confiesa desconocer y tener un interés nulo por la obra de Grass .

Andrés Trapiello está en su perfecto derecho y su franqueza lo honra. Si quisiera hacer humor fácil yo diría que, probablemente, también Grass tiene un interés nulo por la obra de Trapiello, pero no quiero.

 

¿Cuáles son, en su opinión, los motivos por los que sí vale la pena leer al reciente Nobel?

 El principal, es uno de los grandes escritores de este siglo.Vale la pena leerlo, aunque sólo sea para poder decir que a uno no le interesa nada.

 

Como escritor de novelas, ¿cree que la traducción es un proceso similar a la composición de un texto propio?

Octavio Paz escribió que "las diferencias entre traducción y creación no son menos vagas que las fronteras entre prosa y verso". Tenía toda la razón.

 

¿Cree que la traducción poética plantea problemas esencialmente distintos a la traducción de un texto en prosa?

No. Los problemas de la traducción son, en general, siempre los mismos y, en particular, siempre diversos. Lo que hace falta ante todo para traducir poesía no es ser poeta, sino ser traductor.

 

¿Cree que la figura del traductor está lo bastante valorada por los lectores?

 A los lectores, por lo general, el traductor les tiene completamente sin cuidado. Sin embargo, la verdad es que en España —en contra de lo que los traductores solemos decir— el lector culto sabe, por lo menos, que el traductor existe,  lo que no suele ocurrir en otros países. Echo en falta la pregunta de si el traductor está lo suficientemente valorado por los editores, cuya respuesta sería un "no" rotundo.

 

¿Traducción es traición?

 Lo siento, pero me dan convulsiones cuando oigo eso tan bonito y tan nuevo de "traduttore, traditore". ¿Traición a qué, maldita sea?

 

 

Con Dagmar Ploetz, la traductora de García Márquez al alemán

     José Aníbal Campos y Petra Roehler

 

 

Viveen Alemania y ha traducido al alemán a  escritores de Latinoamérica, como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Isabel Allende.

 

Todo traductor desarrolla determinados métodos muy parliculares a la hora de llevar adelante su labor, ¿cuáles son tu secretos a la hora de traducir?

Yo creo que hay pocos secretos y si mucho trabajo artesanal.  Y también mucho empeño, creo yo.  Hay colegas que empiezan a preparar una traducción magníficamente, buscan todo lo que necesitan, las referencias históricas, los diccionarios, todos esas cosas, y luego se sienten y escriben una página más o rnenos perfecta.  Yo no soy así. Yo empiezo a hacer una traducción en borrador, y en ese borrador trato de ser exacta en lo que se refiere al español que traduzco. Después dejo aparte el libro y procuro hacer de eso que tengo ahí, de ese borrador, un texto alemán.  Lo hago para poder distanciarme un poco del idioma original, ya que es muy opresivo el español en ese momento para mí, porque trato de hacerlo todo tal y como está en español, con la gramática española, etc. Pero, en fin, en ese segundo paso es cuando intento hacer una versión alemana, que suene bien en alemán. Y después hay un tercer paso para mí, y es cuando busco de vuelta el original, lo pongo delante y entonces tengo que ser muy severa, para ver si eso que en alemán suena muy bien, realmente coincide con el original. Ahora bien, esas tres versiones son las principales, pero luego hay páginas de las que salen siete u ocho versiones. Yo no sé cómo lo hacen ustedes, pero a mí me sirve de mucho leer otras cosas. A veces pienso, por ejemplo, este estilo me hace recordar un poco a Thomas Mann; entonces me pongo a leerlo para entrar un poco en ritmo, para distanciarme del ritmo propio. Y como digo Thomas Mann, digo otro autor.  Trato de buscar aquellas equivalencias presentes en la literatura alemana que me sirvan para enriquecer mi propia prosa.  Otra cosa que hago es investigar mucho...

 

Sabemos acerca de ciertas dificultades que tuviste en Del amor y otros demonios con un vocablo castellano que no aparecía en ninguna parte. Algo así como puerta de torno, o de torniquete, ¿no?

Sí, la puerta de torno, que en alemán se llamo Winde.  Es una especie de puerta giratoria con unos compartimientos dentro de los cuales se puede depositar alguna cosa.  Se usaba por ejemplo en monasterios donde las monjas nunca se mostraban en público.  De esa forma uno podía hacerles llegar algo, que ellas luego recogían haciendo girar la puerta.  Bueno, no se trataba de una puerta propiamente dicha, sino de un mecanismo para depositar algo en él.  Allí colocaban también a los niños expósitos. Pero en fin, el vocablo no lo encontré, aunque toda persona oriunda de países románicos lo conocía.  Finalmente estuve investigando, llamé por teléfono incluso a los benedictinos, y de algún modo averigüé que se llamaba Winde. Pero entonces me vi ante otro dilema, el de si podía usar o no la palabra en mi traducción. Me dije: ¿Es posible usar esto cuando no existe un alma viviente que conozca la palabra en alemán?  Fue entonces que nos pusimos a indagar entre la población católica de Baviera, para confirmar si había suficientes personas a quienes la palabra les dijera algo. 0 más bien fue al revés: cuando les preguntábamos  cuál era el nombre de ese tipo de puerta, no podían decirme cómo se llamaba.  Pero cuando les pregunte qué era una Winde, entonces sí aparecieron algunos que sabían lo que era.  Te ves obligado a hacer una especie de breve estadística antes de saber si puedes emplear o no el término.  Y si bien éste se hallaba en el diccionario de Grimm, en el antiguo, no la encontré en ningún otro diccionario moderno.  Ésas son siempre las decisiones a tomar, pero puesto que se trataba también de un texto sobre algo antiguo, pues muy bien podía emplearla.

 

Recientemente pudimos conocer algunos criterios interesantes del traductor alemán Barthold Zill en torno a la relación autor-traductor. Decía Zill que si bien el autor se precia de hablar de sus traductores, del mismo modo estos últimos tendrían legitimo derecho a hablar de sus autores, ¿Qué opinas tú?

Bueno, no.  En principio, no lo creo... Pero, pensándolo bien, supongo que sí, que uno está tan extrañado con el autor al que está traduciendo que en este sentido es mi autor, en el momento en que lo traduzco. Pero, una vez terminada la labor, deja de ser “mío”. Una vez traducido, concluye esa relación de pertenencia.

 

A1go más sobre este tema de las relaciones autor-traductor.  En alguna parte leíamos que tu relación con García Márquez se ha establecido hasta el momento a través del fax, que jamás se han encontrado en persona. Sabemos también que en cierta ocasión la respuesta del novelista colombiano a un largo cuestionario tuyo sobre las posibles variantes para un pasaje determinado fue la muy lacónica y poco prudente de “No transcriba ese pasaje”. Como traductores, nos preguntamos “¿Hasta qué punto puede ser provechosa o no la relación directa con el autor de una obra?"  Háblanos de tus experiencias en ese sentido.

Claro, puede ser muy provechosa en el momento en que es una lástima no conocer personalmente a García Márquez, para poder charlar con él.  Pero yo creo que también puede tener sus ventajas el no poder recurrir siempre al autor, porque, después de todo, cuando el autor termina una obra, ése es el texto que vale y es el texto que va a los lectores, y cada lector hace una interpretación diferente de la obra, y yo me incluyo entre esos lectores. Y, bueno, claro que trato de ser muy fiel, pero... No sé, el texto que vale es ése, el que tengo delante. Tú mismo acotabas ahorita que cuando el autor entrega una obra a una editorial, el texto de algún modo deja de pertenecerle, y puede darse incluso el caso de que él haya cambiado de opinión con respecto a un pasaje, pero la obra ya está ahí.

 

¿Cuáles son las mayores dificultades a la hora de traducir a García Márquez al alemán?

Yo creo que lo más difícil de traducir son las imágenes... Las imágenes, sí.  En general es muy difícil traducir imágenes, pero lo más importante y lo más difícil también es darle a la versión alemana ese sabor latinoamericano tan específico, ese sabor colombiano, caribeño, esa sazón, y buscar que las imágenes conserven también eso.

 

Tú has incursionado en la traducción de poesía. ¿Qué crees de la muy extendida opinión de que la poesía sólo ha de ser traducida por los poetas?

 Pues, ¡adelante los poetas! Siempre me parece bien si son poetas los que traducen poesía, pero tengo la impresión de que no abundan los que quieran hacerlo o aquellos que conozcan el idioma extranjero lo suficiente como para aventurarse en tal empresa.

 

(Fragmentos de la entrevista publicada en la revista Casa de las Américas Nº 208, 1997.)