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SE PUBLICA UNA NOVELA DE CADA CIEN

 

En 1957, Marguerite Duras realizó esta entrevista a un editor para France-Observateur. De ella podemos extraer unas muy actuales condiciones para publicar basadas en la calidad. Refiriéndose a que se publica un mínimo de lo escrito en el mundo, dice: “Tragedia apasionante, a veces burlesca, pero siem­pre punzante.  El director literario que ha tenido la extrema amabilidad de hablarnos de ello -lee desde hace dos años, a razón de un manuscrito al día- ha querido, con toda la razón, mantener el anonimato”.

 

¿Qué lección se saca de la lectura, desde hace años, de una gran parte de la producción literaria francesa?

En primer lugar, que todo el mundo escribe.  La necesidad de escribir no está en absoluto vinculada a una condición social determinada ni a ningún grado de cultura.  Se escribe en todas las clases de la sociedad.  Los mozos de granja.  Los empleados.  Los obreros.  Los generales.  Los almirantes.

  

“Un tercio de los manuscritos rechazados vienen de personas que hacen una literatura de instinto (mucha literatura autobiográfica) como una literatura de plagio, o de imitación...”

 

¿Es posible clasificar a grosso modo la mons­truosa cantidad de material rechazado?

El tercio de los manuscritos corresponde a muchos jubilados de carreras lleva­das a cabo en las colonias, precisamente, luego oficia­les, funcionarios.  Su defecto común es pensar: -«Qué novela es mi vida», y no saber distinguir lo que tiene un interés general y lo que no es más que un recuerdo de uso familiar.  No logran dar a sus escritos un interés ge­neral.  Muchos escriben con la idea de corregir lugares comunes que anidan en el espíritu del público.

Junto a los jubilados, los filósofos reformistas.  Hay muchos.  Hablo de los autodidactas delirantes.  Inventan sistemas muy coherentes que les exigen años de trabajo para su conclusión, y partiendo de los cuales se han de poder remediar todos nuestros males, llegar a tener una buena república, una buena moneda, un buen equilibrio moral, etc.

 

El criterio, en esta subcategoría, ¿no resulta a veces delicado? ¿Por qué no ellos, antes que, por ejemplo, en su origen, Fourier y su comuna societaria?

Porque ninguno de éstos tiene en cuenta la reali­dad, por una parte.  Y, por la otra, porque son de una clara incultura, pero filosofante.  Ignoran a todos sus predecesores. Cuanto más absurdo, más vehemente el autor, más persuadido de su genio. Son personas que deben hervir y hasta tal punto que no se puede pensar sin inquietud en su vecindad.  Sobre todo, los campesi­nos. A veces, uno piensa que incluso habría que adver­tir a la guardia rural que tuviera cuidado con cierto in­dividuo...

 

Los autores de esta literatura en bruto, ¿descono­cen a veces hasta los usos y costumbres de la edición?

Con frecuencia.  Hace unos años vino a verme un hombre para venderme un manuscrito.  Quería hacer un poco de dinero, decía, porque dejaba a «la patrona». Contaba con ese manuscrito, que llevaba en la maleta y pretendía vendérmelo, en bruto, acto seguido.  Desde su punto de vista, la lectura era secundaria.Son personas que hacen una literatura de instinto, como una literatura de plagio, o de imitación. Entre los primeros hay mucha literatura autobiográfica, por supuesto muchas mujeres en el umbral de la vejez que cuentan su vida. El ajuste de cuentas, el restableci­miento de la justicia, la reparación del daño que se les ha hecho está en la base de su inspiración.

 

¿Ninguna posibilidad de publicación?

Ninguna, o bien ínfima. Ni en la literatura que du­plica a ésta, la de imitación. En tanto que rural, procede directamente de las Veillées des Chaumières -no vacila ante el mayor sentimentalismo ni ante los golpes de efecto- sea en línea directa de Delly o de Paul de Kock.  La que es también plagiaria, del lector de serie negra y del espectador de cine, tampoco tiene su oportunidad. El Gran Meaulnesha hecho mucho daño.  De él se deriva una li­teratura de angelismo, de poesía declarada: subcatego­ría completamente provinciana, universitaria. Hay mo­delos nuevos. La novela kafkiana, insolente por su abundancia, pero que ya se rarifica. Desde hace unos años, hay cantidades de novelas a lo Sagan, que pintan una juventud libre, a lo Saint-Germain-des-Prés, deses­perada y amarga.  De este tipo hay aún para cinco años, más o menos, pero ya empieza a pasar de moda. Tam­bién existe la moda americana (1945-1950), que imita a imitadores ya publicados.

 

¿Se puede, desde ese estadio, hablar ya de lite­ratura?

No con propiedad.  Es a partir del estadio interme­dio entre esta literatura en bruto y la verdadera literatura, cuando se puede hablar de ello. Pero la literatura en bruto cumple una función que la literatura editada no revela: da a conocer al autor hasta un punto extraor­dinario, lo pone al desnudo.  A lo largo de estos manus­critos, se pueden encontrar de pronto escenas admira­bles (que son, en general, episodios de la vida del autor), de una plenitud y de una cadencia extraordina­rias. Me acuerdo de una prodigiosa escena sexual, de cuatro o cinco páginas, del manuscrito de una mujer iletrada.

 

¿Por qué, por cierto, no hacer un libro con estas páginas?

Porque el autor se tomaría sin duda a mal esta oportunidad «inconsciente».

 

¿Cuál es, según usted, el criterio de la categoría a la que llegamos, el de la calidad ya literaria?

La inteligencia. La amplitud del relato. El dominio del caso particular por medio del estilo. A partir de ahí, el autor escribe lo que él es, y no lo que sabe.

 

Sin duda, hay una literatura propiamente urbana...

Sí, la que se inspira en esos últimos modelos, de­jando de lado a Alain-Fournier. Describe el aburri­miento de las ciudades, la soledad del individuo en la ciudad, su rebelión y su aventura.

 

¿Existe una literatura de Toulouse y de Estras­burgo, más que de otro lugar?

La raza de escritores, sabe usted, es una raza que anula las diferencias no solamente sociales, sino regio­nales.  A grandes rasgos, a partir de la literatura, se des­cubre que la población de Francia es en su mayoría cla­ramente rural.  Pero dicho esto, sí, puede añadirse que ciertas ciudades producen libros de un tono específico.

 

¿Lyon?

Novela secreta, misticismo a fondo.

 

¿Burdeos?

Novela social.  Mucho derrumbamiento del te­rreno ancestral.  Pero si empezamos, hablemos también de la novela suiza, belga, etc.

 

¿La novela suiza?

Impresión excelente, muy buen papel.  Tema no­ble, vaporoso, distinguido.  Los lagos tienen siempre un papel en ella, al menos de decorado.  La novela belga está menos cuidada.

 

¿En qué tradición está la novela francesa, también grosso modo?

En la tradición social de Balzac, sobre todo en su aportación provinciana.  Olvido decir que una de las fuentes de inspiración más frecuente es la rebelión con­tra la generación precedente.

 

¿Reciben ustedes muchas novelas del norte de África?

Cada vez más.  En África del norte se escribe en una proporción aún mayor que en Francia.  Mientras la novela francesa está alejada de la actualidad política, la novela norteafricana y la negra, al contrario e inevita­blemente, tienen siempre coordenadas políticas.

 

¿Cuál es el punto común a toda literatura, buena o mala, el único?

Es que escribir es una necesidad feroz, trágica, en los escritores y más, con frecuencia, en los malos que en los buenos.  Es un empeño que exige a veces un es­fuerzo moral extraordinario.  El autor, para realizar la novela, se alimenta no sólo de su ocio sino de su oficio.  Está siempre solo, sobre todo en provincias donde es­cribe para salir de la asfixia.  Inútil decir que el rechazo es siempre algo horrible, a veces trágico.  Rechazar un manuscrito, sobre todo un primer manuscrito, es re­chazar un hombre entero, recusarlo.

 

¿El milagro de un uno por cien?

Sí.  A veces se lo reconoce inmediatamente; a veces hay que esperar varias páginas, pero es raro.

 

¿Cómo los reconoce usted?

La impresión súbita de tocar una tela distinta.  En­tonces se experimenta una alegría inmensa y temblorosa.  No imagina usted lo que puede ser eso.  Se avanza en la lectura del manuscrito temblando por temor a verlo decaer, y a romperse de pronto.  Cuando se llega al final, se experimenta un orgullo, sí, un orgullo estú­pido a decir verdad, porque es el azar el que le ha hecho descubrir a uno ese libro y no a otro.  Se anuncia a todo el mundo.

 

¿Lee usted todos los libros hasta el final?

Sí, todos, y hasta el final, puede usted afirmarlo, y por desgracia, casi nunca se produce una equivoca­ción.  Ninguna recomendación vale, ninguna trampa.  Estamos condenados, por las condiciones de la edición, a ser concienzudos.