La versión de su navegador no está debidamente actualizada. Le recomendamos actualizarla a la versión más reciente.

 

 

 GOLPEAR EN EL ALMA

Richard Ford

 

A los 72 años, Richard Ford acaba de publicar Francamente Frank, un libro de relatos con el que vuelve Frank Bascombe, el protagonista de la trilogía El periodista deportivo, El día de la Independencia y Acción de Gracias. En esta entrevista, desde su casa de Maine, Ford cuenta por qué decidió retomar a ese personaje que lo deja literalmente de cama y también habla de sus influencias –que van de Borges a Robert Coover–, de cómo sus vivencias infantiles entre el sur profundo y Montana lo formaron como escritor, de su amistad con Raymond Carver y Tobias Wolff y por qué, después de tantos años, sigue sin leer las críticas, a toda costa. Ni siquiera las entusiastas que recibió por su novela Canadá o las que consideran los cuentos de Rock Springs breves obras maestras.

 

En Boothbay, el pueblo del Maine cerca de la frontera con Canadá donde vive Richard Ford con su esposa Kristina, en Navidad la temperatura llega a bajo cero. Para esa fecha, llegó el mail: “El señor Ford estará de regreso en su casa para las Navidades y tendrá tiempo de responder sus preguntas”. Quizás mientras Ford las respondía, afuera estaría cubierto de nieve y él, aliviado por haber vuelto de una extensa gira por Europa para promocionar su último libro, Francamente Frank.

Por qué volver a Frank Bascombe, el personaje de su trilogía constituida por El periodista deportivo (1986), El día de la Independencia (2003) y Acción de Gracias (2006) es a esta altura, la gran pregunta. El mismo Ford aseguró que Frank Bascombe lo dejaba de cama cada vez que escribía sobre él. Y no es metáfora: Ford estuvo internado por estrés cuando terminó Acción de Gracias. Aunque esta vez hay algunas diferencias que es necesario señalar. Francamente Frank no es una novela sino cuatro relatos ensamblados; no transcurre en pocos días alrededor de una festividad, sino tras el paso del huracán Sandy en 2012 por la costa de Nueva Jersey, territorio ficcional de Bascombe.

A la pregunta del millón, Ford responde con literatura, y cita una línea del poema de Pablo Neruda en su artículo para The New Yorker: “Algo golpeaba en mi alma”. Y sigue: “El modo en que identifiqué esa conmoción interior fue diciéndome que tenía que haber resultados humanos, no evidentes pero cruciales, de la destrucción causada por el huracán (asuntos que nunca tratarían los medios de comunicación) y que podía escribir sobre ellos utilizando como instrumento a Frank Bascombe”.

Este personaje que le valió a Ford los premios Pulitzer y Faulkner y que lo convirtió en una voz poderosa dentro de la gran literatura norteamericana, no es más que un hombre común en un mundo perdido. Acaso la razón radique en el cómo los fracasos y aciertos de Bascombe son narrados por Ford a su manera: lacónica y cautivante, profunda y sin concesiones.

 

¿Lo sorprendió verse escribiendo nuevamente en la voz de Frank Bascombe?

–No imaginé que volvería a hacerlo, pero de hecho me alivió tener algo sobre lo que escribir y que Frank Bascombe lo pudiese narrar. Así que supongo que estaba satisfecho. Escribir como Frank Bascombe me produce una extraña satisfacción.

 

¿Recueda cómo nació el personaje de Frank Bascombe?

–Nació, supongo, de manera compleja. Empecé a escribir El periodista deportivo en 1982, dispuesto a lograr una novela mejor que las dos anteriores. “Mejor” significaba tanto con mayor plenitud de experiencias, y más inteligente, haciendo uso de todo cuanto supiera; cosa que los otros dos libros, sentía, no habían logrado. Me había topado con tres libros que hacían eso –eran inteligentes y plenos– y también tenían humor, otra de mis metas. Estos libros eran Algo ha sucedido de Joseph Heller, El cinéfilo de Walker Percy y Notas de un fan, de Fred Exley. Frank fue imaginado más o menos a partir de una amalgama de los narradores de estos libros, agregando cualquier fragmento de ingenio propio y ambición que tuviese a mi disposición. Nada viene absolutamente de la nada.

 

Ha dicho que para poder escribir las novelas de Bascombe el trabajo fue exhaustivo en cuanto a personajes, fechas, lugares, hechos. Y que para eso contó con la ayuda de su esposa y un asistente. ¿En qué consistió ese trabajo conjunto?

–Kristina me ayuda con la lectura de lo que he escrito, tanto mientras trabajo como una vez que ya lo tengo más o menos terminado. Es una muy buena lectora y amplia, de gustos eclécticos. Me atrae el hecho de que le gusten todo tipo de libros, no solo mi tipo de libros. Quiero escribir libros que puedan atraer a cualquiera que pueda leer. Así que es una muy buena prueba para mí. Y confío en que me dice la verdad sobre lo que escribo, incluso aunque puede no gustarme escucharla. Además ella me dio el mejor consejo de escritura que recibí en mi vida: “¡Sí! ¡Hacelo!”. Lo dijo antes de que nos casáramos, en 1968.

 

¿En algún momento de su vida vivió lo que Bascombe, tener que decidir si seguir escribiendo o dedicarse a otra cosa?

–Sí. Justo antes de que comenzara a escribir El periodista deportivo, tuve un período de dos años en el que no escribí nada. Pensaba que había tenido mi oportunidad de ser escritor y, aunque no ha sido un fracaso, tampoco había sido tremendamente exitoso. Solo volví a escribir ficción cuando realmente no se me ocurrió nada mejor que hacer. No es un mal motivo.

 

Durante el transcurso de su vida como escritor ¿ha ido modificando su manera de trabajar?

–Seguro. Una vez que empecé a escribir El periodista deportivo, me di cuenta de que si quería mejorar (es decir, tratar de ser un gran escritor) no solo tenía que trabajar más duro, sino que tenía que desarrollar formas de incluir, dentro del libro, más de lo que sabía y podía hacer. Esto hizo que pasara mucho más tiempo preparándome para escribir, más de lo que jamás lo había hecho. Mientras me preparaba, pospuse la escritura durante meses y meses. Me pasé un año compilando un cuaderno bastante grande de material en crudo que quería que el libro incluyera de alguna manera. Escribir la novela, entonces, dependió extensa y ampliamente de los contenidos de este cuaderno. Previamente, yo –bueno, no sé qué es lo que hacía– quizás llegaba a mi escritorio todos los días y escribía lo que fuera que pudiese inventar. En verdad, no lo recuerdo. Y eso funcionó, hasta un punto. Pero necesitaba mejorar el protocolo. Los escritores tienen que mejorar, hay que idear formas de hacerlo, inventar diferentes estrategias.

 

GOLPE A GOLPE

“Preferiría no responder a eso”, dice Ford cuando se le pregunta por su experiencia con la lectura de Absalón Absalón de William Faulkner, cuando tenía 19 años. En varias ocasiones Ford declaró que aquella lectura “le había cambiado la vida para siempre”. Ford, al igual que Faulkner, nació en Mississippi (en la ciudad de Jackson) en 1944. Absalón se refiere al pasaje bíblico donde el hijo del rey David se rebela contra su padre. El padre de Ford murió de un ataque al corazón cuando Richard tenía 16 años. Era viajante de comercio y estaba fuera de su casa por largos periodos. Cuando el padre dejó de viajar y empezaba a entenderse con su hijo adolescente, murió abruptamente. A Ford lo mandaron a vivir con sus abuelos en Montana: ellos tenían un hotel ahí. “Me divertía”, contó alguna vez. “Subía y bajaba los ascensores, daba de comer a los peces y veía cómo encendían las luces de la centralita”. Esa etapa se cuenta con preciosos detalles en Flores en las grietas, un libro de ensayos y escritos autobiográficos editados exclusivamente en español por Anagrama en 2012. “En el curso de mi vida he pegado a mucha gente en la cara y yo recibí golpes a su vez en la cara”. Para su abuelo boxeador, al que apodaban Kid Richard, “ser rápido con los puños” era un valor. Así que llevó al nieto a la Asociación de Jóvenes Cristianos donde iban los muchachos que entrenaban para los Golden Gloves. Era preciso que aprenda a “cortar” un golpe: rotar noventa grados el puño hacia adentro para aumentar la potencia. Ford entiende que algo de esa violencia persiste en algún lugar de sí mismo y que en ocasiones podría responder con un puñetazo. “Son segmentos de nuestro fondo básico, que cada uno de nosotros comprende lo suficiente como para no sentirse feliz de él”.

Ese pasado se trajo a colación cuando Ford publicó en 2014 su extraordinaria Canadá, que puso de pie a la crítica mundial. Entonces a Dell Parsons, su personaje adolescente que crece en Montana en 1960 con padres ladrones de bancos, se lo vinculó aprés coup con aquél otro adolescente de Incendios (1990) y algunos de los que aparecían en los inolvidables cuentos de Rocks Springs (1987). Chicos hiperlúcidos que parados tras las espaldas de sus adultos, los obligan a mirar las consecuencias de sus miserias.

 

¿Hoy a la distancia en qué medida diría que sus vivencias infantiles y de adolescente lo convirtieron en escritor?

–Bueno, probablemente sea esto: viví en una sociedad de apartheid cuando era niño, con segregación racial en todos los ámbitos; se me dijo que los blancos y los negros no eran iguales y que no debía comportarme como si lo fueran. Pero esto, para mí, simplemente no era razonable ni cierto. No lo creía. Luego, esto creó una mayor discrepancia entre lo que observaba como verdadero y lo que me decían que tenía que creer. La reconciliación de estos dos puntos de vista–imaginación y explicación–es, creo yo, la forma de escribir ficción: es una puesta en acto de lo que Seamus Heaney llama “hacer la paz”. La escritura imaginativa resuelve discrepancias que no podrían resolverse de otro modo.

 

¿Qué escritores resultaron indispensables para su formación?

–De toda clase y todo tipo. Nada que sea sorprendente, dado cómo imagino yo la ficción. Aunque quizás podría sorprender, por ser el escritor tradicional y convencional que soy, que los escritores “anti-historia” de los 60 y 70 fueron una gran influencia. Bartheleme, Gass, Coover, Borges (un escritor de los años veinte, por supuesto, pero que se hizo famoso en EE.UU. en los sesentas). Estos escritores me hicieron entender, entre otras cosas, que la ficción es un artificio; y que el lector siempre lo sabe, y tolerará mucha cantidad de trucos formales y acomodarían las reglas del realismo tradicional. He hecho un buen uso de ellos y admiro a estos escritores enormemente.

 

“Quiero mucho a mi país, pero cada vez es más difícil quererlo”, ha declarado recientemente ¿cómo le resulta convivir con ese sentimiento en su vida cotidiana?

–Es, un poco, miseria de segunda mano. Por momentos me hace querer escapar; pero entonces, ¿adónde se vive mejor?, ¿A dónde se vive aunque sea la mitad de bien? ¿De qué sirve escaparse? Admiro los principios sobre los que fue fundado Estados Unidos y me tomo esos principios muy en serio: igualdad de justicia ante la ley, todos los hombres son creados iguales, etc. Pero somos un país que está siendo destrozado internamente, y quedamos vulnerables ante todo tipo de fuerzas viles que nos desean el mal. Nos estamos quebrando, del mismo modo, a causa de nuestros propios ciudadanos, que tienen diferencias aparentemente irreconciliables respecto de esos mismos principios que mencioné. En otras palabras, lo que sucede hoy en Estados Unidos no es poca cosa.

 

DE LA AMISTAD Y LA VEJEZ

Cuando Ford lo conoció, Raymond Carver acababa de publicar su primer libro (Quieres hacer el favor de callarte por favor) con el que tenía éxito y trataba de mantener a raya su alcoholismo. Ford acababa de publicar su primera novela Un pedazo de mi corazón que arranca con un chico que dispara contra un hombre y lo mata. Carver se acercó a Ford ese otoño de 1977 en el Hotel Hilton de Dallas y le dijo que había leído su novela y que le había gustado. Carver lo recuerda en su ensayo Amistad, un emocionante tributo al fructífero vínculo con Ford y Tobias Wolff: “Ford emanaba confianza. Había una elegancia en su porte, en sus ropas, hasta en su habla –que era sosegada, cortés, sureña–. Creo que le tenía respeto, me parece. ¡Creo incluso que quería ser él, ya que tan claramente era todo cuanto yo no era!” Más tarde, en 1981 cuando Ford publicó su siguiente novela, Carver escribió en la contratapa: “La última oportunidad, con su sombría visión de la pérdida absoluta, seguida por una redención ganada combatiendo hasta el último cartucho, debe figurar junto a novelas como Bajo el volcán, de Malcom Lowry, y El poder y la gloria, de Graham Greene”.

Los padres de Ford y Carver habían vivido a ciento cincuenta kilómetros de distancia, pertenecían a la misma generación de la Arkansas rural y habían sobrevivido a la Depresión. “Ambos teníamos padres de clase obrera que trabajaron como esclavos para que pudiéramos tener una vida mejor que la de ellos”. Sin dudas, una de las cosas que más admiró Carver de Ford, era su matrimonio con Kristina, con quien lleva hoy 47 años de pareja Él no podía salvar el suyo con Maryan, su primera mujer, y visitaba solo la casa del matrimonio Ford cuando vivían en Vermont. En su ensayo “El buen Raymond” (“Nunca le oí una palabra de envidia por la buena fortuna ajena, desmerecer la gloria de nadie”) Ford cuenta que uno de esos días paseaban por la costa del lago cuando su amigo le dijo estar preocupado por su hija Christine: la chica se había metido en una relación con un hombre difícil que le estaba haciendo daño. “Juro por Dios, Richard, que contrataría a alguien para que lo mate”. Ford pensó un momento y dijo: “Mira, basta con que me compres un billete, volaré hasta allí y lo mataré yo. Esperaré junto a su caravana, oculto entre los arbustos, y cuando suba a su Harley le dispararé por sorpresa”.

 

Carver y usted traman matar a ese hombre que se comportó mal con su hija y más tarde escriben un guión de cine con ese argumento. ¿Cómo fue esa experiencia y qué sucedió con ese manuscrito?

–Tengo el manuscrito. Tendría que decir que el “plan” para matar a este tipo era completamente fantasioso de mi parte. Cuando se lo dije a Ray, se asustó inmediatamente, eso era típico de él. Solo quería poner en perspectiva sus preocupaciones sobre su hija. Eso fue lo que pasó. El guión no llegó a ninguna parte. Y este tipo no fue asesinado, no por mí, al menos.

 

Si tuviera que definir la amistad con Raymond Carver a través de una imagen o un recuerdo, ¿cuál elegiría?

–El amor, basado en personalidades y pasados similares que, más que repelerse, se atraían. Éramos, en más de una forma, hombres similares, tanto en temperamento e intelecto. Y lo sabíamos, aunque en estilo no nos parecíamos mucho. Nuestras familias vinieron de la misma zona de Arkansas, lo cual nos dejó, a los dos, huellas de algo profundo.

 

¿Sigue teniendo relación con Tobias Wolff? ¿Se vincula con otros escritores de su país?

–Soy amigo de Toby y admiro inmensamente su trabajo, aunque lo veo muy rara vez. Él vive en California; yo vivo en la muy-muy-lejana Maine. Y solo estoy en contacto con unos pocos de mis colegas, menos que cuando era joven. Las vidas se complejizan; la gente vive a mayores distancias; el trabajo preocupa y separa a la gente de los amigos. Es inevitable y no tan lamentable. El tiempo se vuelve corto y precioso cuando uno envejece.

 

¿Sigue sin leer las críticas?

–Sí, a toda costa. No tengo nada que aprender de las reseñas sobre mi trabajo, y considerable cantidad de cosas que perder… paz mental. Sueño. Optimismo. Dinero.

 

¿Ha leído últimamente algún libro que lo haya deslumbrado?

–Dos novelas norteamericanas, The girls de Emma Cline (una primera novela) y Heat and Light de Jennifer Haigh. Ambas son espléndidas.

 

¿Puede comentarnos sobre sus proyectos? ¿Planea una nueva novela sobre Bascombe y una nouvelle sobre su padre?

–Estoy escribiendo lo que creo serán unas breves memorias sobre mi padre. Podría escribir otro libro de Bascombe; tengo una muy buena idea del siguiente. Pero no quiero hacerlo ahora. Me gustaría escribir otra cosa primero, pero no estoy seguro de que pueda. No sé qué significa eso. Estoy por cumplir setenta y dos. ¿Por cuánto tiempo puede seguir esto?