La versión de su navegador no está debidamente actualizada. Le recomendamos actualizarla a la versión más reciente.

 

 

 

A raíz de la primera persona

   Carmen Pérez Jiménez

 

Cuando se cuenta desde la primera persona, se utiliza una voz que parece provenir del propio testimonio del autor y que, sin embargo, pertenece al testimonio del personaje imaginario. La facilidad de su uso es aparente. Para precisarlo, contamos con la palabra de Julio Cortázar y de José Saramago.

 

Con la narrativa moderna, el narrador tiende a configurar el tiempo como memoria, el pasado como lugar, y bucea en el universo del monólogo interior en primera persona, mientras renuncia a poseer el sentido único del omnisciente que afirma una especie de autoridad casi divina y que nuestra época, escéptica y relativista, se resiste a conceder a nadie.

En este sentido, presenta la acción a través de la conciencia de los personajes o confiándoles directamente a ellos la tarea de narrar, mediante el estilo indirecto libre que utilizaron Flaubert, Joyce, por ejemplo, o las superposiciones monologadas de Virginia Woolf o Faulkner. Para construir esa representación del sujeto dentro del texto, los personajes dejan casi de tener apoyo físico y pasan a ser su propio discurso.

 

En realidad, todo texto es autobiográfico aunque no se refiera directamente a la historia personal del autor, y la primera persona le permite disfrazar sus carencias bajo la experiencia vivida por el personaje.

Esta voz consigue establecer una relación más directa con el lector y llega a convertirlo en interlocutor.

  

¿Cuáles pueden ser sus funciones?

Si analizamos, entre otros, El extranjero de Albert Camus se nota que la primera persona potencia la actitud del protagonista, cuyo discurso obliga al lector a preguntarse el motivo de esa carencia. En El gran Gatsby, la primera persona es el medio para poder hacer la crítica de una sociedad porque él forma parte de esa sociedad y, por lo tanto, muestra sus miserias sin nombrarlas. Ocurre algo parecido en El buen soldado, de Ford Madox Ford, con la diferencia de que esa primera persona muestra una intencionalidad. En El túnel, de Ernesto Sábato, la primera persona cumple la función de confesión y travesía por los resquicios más íntimos del ser humano. En La celosía, de Alain Robbe-Grillet, el narrador es un obsesivo, un yo pasivo con respecto a la acción que está observando, sin presencia física visible, lo único que hace es desplazarse, mirar y reflexionar, y deja algunas huellas indirectas de su presencia.

Por su parte, Xavier Velasco, autor de Diablo Guardián, dice que cuenta historias reales como si fueran inventadas. Así, a la hora de construir el artificio se dijo que sólo la voz de la primera persona le daría la respuesta. Se metió en la piel de su protagonista y empleó un lenguaje vertiginoso para el cual le resultó imprescindible la primera persona.