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¿Qué es un texto dramático?

                                                                             por Pablo Palant

 

¿Por qué puedo decir con la misma seguridad que ese término le cabe tanto a un drama de Beekett como a un drama de lbsen, a una comedia de Pico como a una come­dia de Labiche, a una tragedia de Esquilo como a un drama de Arthur Miller, a Ionesco y a Mo­ratín, a Eichelbaum y a Dürrenmatt?

 

¿Es tan elás­tico un texto que acepta toda la imaginería, todo el realismo, toda la introspección, toda la liviandad, toda la risa, todo el humor, todo el drama? ¿Podrá albergar contenidos tan distintos un solo continen­te? ¿O será mejor hablar de textos, en plural, y no referirlo a una constante texto, que pareciera mos­trarse demasiado heterogéneo como para someterse a leyes? ¿O será que no hay leyes de la composi­ción, y que ésta no acepta una preceptiva?  Porque si hay una preceptiva podría pensarse que el arte de componer una pieza no tiene secretos, que puede aprenderse en la escuela como la tabla del dos, y que un autor puede graduarse del mismo modo que un médico o arquitecto.  Creo que la fascina­ción de este tema se origina, precisamente, en el hecho de que la composición de una pieza tiene sus leyes, porque el teatro es un arte, y como tal las tiene; pero, como decía Corneille, "no es menos cierto que esas leyes no existen".  Yo puedo hablar de un hombre, y sé que hablo de todos los hombres si pienso en su anatomía y en su fisiología; todos tenemos características comunes, y también si ha­blo de los sentimientos, ambiciones, pasiones, odios y amores, grandeza, sacrificio, o el nombre que le queramos dar.  En todos los hombres se encuentran esos "ingredientes", pero ya se sabe que no fun­cionan de la misma manera, y esto es lo que crea su singularidad, aquello que hace de un hombre una personalidad.  El texto dramático, del mismo modo, se ve sometido a una situación semejante.

 

“Los elementos son los mismos, pero el genio de cada autor modificará esas leyes o creará sus leyes propias”

 

Un texto, esto es, una obra, supone siempre una finalidad y un camino para alcanzarla, El texto es el vehículo que recorre ese camino, como si realizara una obra, que es la obra, precisamente, para que el espíritu del hombre encuentre una nueva y duradera forma de comunicación, tan vigente y eterna como las columnas del Partenón, cuyas ruinas expresan su grandeza, dan idea precisa del genio que las creó y siguen en pie, como obra y testimonio.  Un texto es un cuerpo vivo, con alma; una disposición de elementos –dirigidos a provocar– un resultado, a expresar algo-de-alguien (el autor) que se dirige rectamente a la comunidad, de la cual es confidente y depositario, testigo y exponente, capitán y esclavo, uno-en-uno, pues son la misma cosa, desde que en la parte se encuentra siempre el alma del todo. 

 

“Martillo, condú­ceme al corazón de todo misterio", es la frase gra­bada sobre la tumba de lbsen”

 

Por eso el teatro puede llamarse tragedia griega o comedia de costumbres, Esquilo o Sánchez Gardel.  Pero si Esquilo no es la totalidad, ni tam­poco Sánchez Gardel, todos los textos teatrales, con­siderados como un acto único de creación, no tienen otra finalidad que la de modelar en profundidad el alma humana.  Allí donde hay teatro de verdad el hombre entrega siempre alguno de sus secretos, alguno de sus movimientos, alguna de sus glorias, alguna de sus derrotas. 

 

ANTONIN ARTAUD

 

La antipatía de la religión por el actor se debe a que el oficiante teatral, le roba el lugar al oficiante religioso. Está en contacto con el símbolo y realiza milagros.

Un histrión finge ser Polonio delante de dos espectadores que han visto diez Polonios que saben perfectamente como debe hacerse Polonio y, sin embargo, un nuevo Polonio puede nacer siempre distinto, siempre verdadero. Porque el resultado de esas tres imbecilidades conjugadas geométrica y paradojalmente, es un pequeño acto creativo. Y esto, Dios no lo ama, no puede amarlo porque por un instante somos un poco como Él, pero, y esto es importante, con una condición: NO creérnoslo.

Toda efigie verdadera tiene su sombra que la dobla; y el arte decae a partir del momento en que el escultor cree liberar una especie de sombra, cuya existencia destruirá su propio reposo. Al igual que toda cultura mágica expresada por jeroglíficos apropiados, el verdadero teatro tiene también sus sombras; y entre todos los lenguajes y todas las artes es el único cuyas sombras han roto sus propias limitaciones. Y desde el principio pudo decirse que esas sombras no toleraban ninguna limitación. Pero el teatro verdadero, ya que se mueve y utiliza instrumentos vivientes, continúa agitando sombras con las que siempre ha tropezado la vida.

Y la fijación del teatro en un lenguaje: palabras escritas, música, luces, ruidos, indica su ruina a breve plazo, pues la elección de un lenguaje revela cierto gusto por los efectos especiales de ese lenguaje; y el desecamiento del lenguaje acompaña a su desecación.

Destruir el Lenguaje para alcanzar la vida es crear o recrear el teatro.

 

Ha de creerse en un sentido de la vida renovado por el teatro, y donde el hombre se adueñe impávidamente de lo que aún no existe, y lo haga nacer.

Si hay aún algo infernal y verdaderamente maldito en nuestro tiempo es esa complacencia artística con que nos detenemos en las formas, en vez de ser como hombres condenados al suplicio del fuego, que hacen señas sobre sus hogueras.

 

 

UNA LECCIÓN DE VITTORIO GASSMAN

 

El teatro se da cuando un actor FINGE ser lo que no es, en la presencia de, al menos, DOS espectadores que FINGEN creer a aquel que FINGE ser. Objeciones:

1)    Si uno de los tres elementos no entra en el juego. Si, por ejemplo, el actor que recita al Marqués (en La Locandiera de Goldoni ), cree de verdad serlo: sería un loco.

2)    Si en cambio, el actor finge que es pero sabe que no es, y los espectadores creen que realmente es el Marqués se produce una escisión entre el palco escénico y la sala. Estamos en la comunicación nula.

3) Y si todos en la sala y el escenario creen, amigos míos, no estaremos más en el teatro, ¡Estaríamos en la iglesia!