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ENTREVISTA

PAUL AUSTER

 

 

 

Es uno de los escritores más inquietantes del fin de siglo, se dice que su literatura es posmoderna a raíz de que sus novelas están pobladas de seres titubeantes, de solitarios que fingen ser otros para comprobar que existen; sujetos escindidos, azar, búsqueda del padre, sentidos que quedan abiertos, aunque él aduce con modestia que lo suyo es la escritura clásica y tradicional. A este nieto de inmigrantes judíos, graduado de Columbia, que suele vestir de negro, autor también de dos guiones cinematográficos, la suerte le ha variado mucho desde los tiempos en que tenía que peregrinar para encontrar un editor: en sus últimos libros, la editora Viking llegó a pagarle medio millón de dólares en concepto de adelanto por derechos de autor. 

 

Equipo EyP

Traducción de textos: Silvia Matheu

 

 

¿Podría hacer un resumen de su historia literaria?

De joven intentaba escribir prosa, y escribí mucha, pero nunca estaba satisfecho con los resultados. Dos de las novelas que llegué a acabar y publicar más tarde las empecé muy pronto, en mi veintena, In The Country Of Last Things y Moon Palace. Trabajé mucho en ambos libros, pero los dejé de lado y llegado un cierto punto decidí que no podía escribir prosa, y que me limitaría a escribir poesía. Siempre me había interesado la poesía  francesa, traducía a poetas franceses contemporáneo como manera de ganar dinero, pagar la comida y poner pan en la mesa. Fue muy agobiante y desagradable. Acabé traduciendo libros mediocres por una paga que era muy baja. Me di cuenta de que me habría ido mejor como cocinero de segunda en algún lugar. A mediados de los setenta escribí algunas obras de teatro, también, pero no fue hasta finales de los setenta que entré en una verdadera crisis a todos los niveles, personal, artístico, y estaba absolutamente sin un centavo, se me había acabado el dinero y... la esperanza, supongo, y dejé de escribir por completo durante un tiempo. La única cosa que llegué a hacer durante ese tiempo fue una novela detectivesca bajo otro nombre, en unas seis semanas, sólo para ganar dinero, era tan desesperadamente pobre, así que esa fue de hecho la primera novela que escribí. Este periodo continuó durante un año y medio aproximadamente y no produje absolutamente nada. Cuando empecé a escribir de nuevo a finales del 78, fue en prosa, y el hecho es que no he vuelto a escribir un poema desde entonces. Paré por completo, y recomencé por completo, y las dos partes de mi vida como escritor son muy diferentes.

 

¿Cuáles son los riesgos de la condición de escritor?

Al escritor le asaltan a diario dudas con respecto a lo que está haciendo. Algunos días, esta vida al lado de la gente corriente, casi paralela al mundo, a las cosas, a los acontecimientos históricos, a la sociedad en su conjunto, me resulta tan extraña.... El escritor experimenta una especie de frustración y una necesidad de fidelidad; fidelidad a lo que hace, a esas opciones que ha hecho suyas y procura mantener... Es una pregunta sin respuesta. El mayor peligro, para todo escritor, es sentirse demasiado satisfecho de su obra y de su lugar en el mundo. Para avanzar –y esa es la esperanza de todo escritor–, hay que luchar. La adversidad es necesaria. Siempre quise ser escritor. Cuando al principio, y después de varios rechazos,  no pude encontrar un editor para Ciudad de cristal, me preparé interiormente para ser un autor de textos que no se vendan. Decidí que no dejaría de escribir. Y eso es algo bueno e importante, porque da una razón de fondo para el trabajo. No lo hago por dinero, no lo hago por fama, no lo hago por lectores. Sólo es que tengo que hacerlo. A veces me pregunto si ésta no es una manera un poco extrema de vivir, torturándote todos los días, haciendo algo que en realidad nadie desea o necesita. Y la verdad es que el mundo puede vivir muy bien sin ninguno de mis libros. Escribir no es  placentero. Es un trabajo duro y se sufre mucho. Por momentos uno se siente  inepto: la sensación de fracaso es enorme y eso significa que no hay sentimiento de satisfacción o de triunfo. Pero el problema es peor si no escribo: me siento  perdido. Si no escribo, siento que mi vida carece de sentido

 

Después de cuatro años de residencia en Francia, ¿le resultó difícil el regreso a los Estados Unidos?

Tardé un año en reaclimatarme. Me sentí desolado al comprobar que cada vez hay menos diferencias entre París y Nueva York. Me impresiona la uniformación del mundo occidental. Hace veinte años se podía determinar inmediatamente la nacionalidad de una persona observando su vestimenta. Hoy, ya no.

 

¿Por qué es tan especial Brooklyn?

Es un compromiso entre la intensidad urbana de la cercana Manhattan y el esplín del suburbio. Es como si uno viviera en una pequeña ciudad provinciana, con sus diferentes barrios. No hay rascacielos; hay menos ruido y menos gente  que en otras partes. Es un lugar ideal para trabajar y criar a lo hijos.

 

¿El escritor es un ser aislado?

Creo que todo el mundo está solo a todas horas. Se vive solo. Los demás están a nuestro alrededor, pero vivimos solos. A veces conseguimos asomarnos al misterio del otro, penetrar en él, pero es muy poco frecuente. Es el amor el que permite esos encuentros. Hace un tiempo encontré un cuaderno de mi época de estudiante. Hubo una cita que me impresionó: “El mundo está en mi cabeza. Mi cuerpo está en el mundo”. Tenía diecinueve años y mi filosofía sigue siendo la misma. Mis libros se limitan a desarrollar esa constatación. Casi todos los escritores se sienten al margen de la vida, de la sociedad. Caminamos en sentido opuesto. Somos testigos, observadores. No acabamos de sentirnos involucrados en las actividades de los demás.

 

¿La soledad es positiva?

La soledad no es una cosa negativa, es un hecho. Es la verdad de nuestra vida, y punto: estamos solos. En inglés existen dos palabras para designar la soledad. Está solitude, pero también loneliness. Loneliness designa un sentimiento de abandono. Significa: no quiero estar solo, quiero estar con los demás. En cambio, solitude, en inglés, es neutro. Se trata de la descripción de un estado: estamos solos. Loneliness conlleva más emoción, sensaciones.

 

Usted ha dicho alguna vez que todos sus libros eran “el mismo libro”, ¿qué clase de libro?

La historia de mis obsesiones. La saga de cosas que me perturban. Todos mis libros parecen girar en torno a los mismos interrogantes, a los mismos dilemas humanos. Para mí, escribir no es una cuestión de libre albedrío, es un acto de supervivencia. Una imagen surge en mi interior y poco después comienzo a sentirme acorralado por ella, a sentir que no tengo otra opción que abrazarla. El libro empieza a cobrar forma después de una serie de encuentros similares. Escribir, en cierto sentido, es una actividad que me ayuda a aliviar la tensión de estos secretos sepultados. Recuerdos ocultos, traumas, cicatrices infantiles..., es evidente que las novelas surgen de esas partes inaccesibles de nosotros mismos.

 

¿Y en cuanto a sus personajes escindidos?

Reconocer que cambiamos constantemente, que nos mueve una especie de corriente, de flujo de emociones y de pensamientos, explicaría quizás el origen de todas esas personalidades escindidas –dobles, triples– que transitan por mis libros. Además, como no hay una verdad universal, no podemos conocer al otro, y no nos podemos conocer a nosotros mismos. Exploré esa problemática en La invención de la soledad, pero tropecé con un enigma fundamental: ¿cómo iba a hablar de mi padre? Y, desde una perspectiva más general, ¿cómo iba a hablar de otro? Es un planteamiento que supone problemas enormes y que conlleva siempre enfrentarse a numerosas contradicciones que no dejan de fascinarme. La mayoría de mis novelas adoptan la forma de la biografía de alguien. Es el itinerario global de una vida lo que me interesa, no sólo los momentos aislados, sino todo lo que abarca una vida, con sus giros, sus altibajos, sus tachones, sus vacilaciones, sus remordimientos. Pero mis personajes terminan a menudo encontrando a alguien que dará un vuelco a sus vidas. Es esa posibilidad de amor, de poder compartir la vida con otro, que cambiará todo.

 

Se lo ha relacionado con la novela policíaca...

Descubrí la novela policíaca cuando escribía ensayos y poemas, y su forma me cautivó de inmediato. Me pasé varios años leyéndolas. Llegué incluso a escribir una, pero por razones  puramente alimentarias y, de hecho, fue la única vez en mi vida en que me planteé escribir por dinero. Me encontraba en una situación límite, de modo que estaba dispuesto a prostituirme. ¡Y a pesar de mi buena predisposición salió fatal! Ciudad de cristal adopta el planteamiento de una novela policíaca, a pesar de no serlo, sólo para ser fiel a la situación de partida que inspiró la novela: una llamada telefónica en plena noche que me pregunta, por equivocación, si soy un detective privado de la Agencia Pinkerton. Y a pesar del respeto que siento por un género tan maravilloso y de la admiración que profeso por Hammett o Chandler, ese género literario no representa nada importante en mi vida.

 

¿Experimenta el vacío de la página en blanco? Ha declarado haber escrito Mr. Vértigo al dictado de Dios.

Sí, esa es la impresión que tenía. Tenía la impresión de que el libro “ya” existía, que estaba escuchando la voz de Walt: Walt es el autor, yo no he sido más que su amanuense. Pero hay días en que me bloqueo y eso es angustiante. Es como si estuviera trepado a una rama de la que puedo caer en cualquier momento. A veces, creo que lo que escribo no vale nada. Sé por experiencia que estas depresiones, estos períodos huecos, son inevitables y que, tarde o temprano, saldré de ellos.  Tan sólo soy un poco más optimista que antes. Aunque si interrumpo la escritura es muy complicado. Cuando la reanudo tras una interrupción, tengo la impresión de que debo aprenderlo todo de nuevo. Lo que pude haber  escrito ayer, el año último o diez años atrás, ya no cuenta. Lo único que  importa es poder escribir ahora.

 

¿Qué le aportó el hecho de escribir un guión de cine?

Como escritor, lo ignoro, pero aprendí muchísimo cómo ser humano. En realidad, son dos actividades muy distintas. Al escribir una novela, uno se pierde en el mar de lo inconsciente; yo casi entro en trance. Escribir un guión  es, evidentemente, un acto más meditado. Con una novela, usted piensa en el mundo real, en tanto que para escribir un guión hay que imaginar a los actores  recitando su parte, en un universo imaginario supuestamente parecido al real. Aunque no soy un cineasta profesional, confieso que me lancé a escribir Smoke sin temor alguno. Al principio, se trataba de un pequeño cuento navideño que me  había encargado The New York Times en 1990. Pensé que serviriá para el  cine; era un argumento simple, en torno de gente común.

 

¿Cuál fue su modelo?

Wayne y yo somos grandes admiradores de Ozu y comentamos, bromeando,  que sería divertido hacer una película al estilo de Regreso a Tokio; la acción  se desarrollaría en Brooklyn. Creo que Smoke rompe con las reglas habituales de redacción de guiones. En vez de ser lineal y dividirse en tres  actos, la estructura es una espiral. La historia es un mosaico y los vínculos entre los personajes sólo empiezan a perfilarse al promediar el film. El desenlace nada tiene que ver con lo ocurrido hasta allí. El público queda bastante  perplejo. Admito que es un film insólito, pero nada tiene de vanguardista. No  es un film de autor.

 

¿Cómo resuelve el final de una historia?

En casi todos mis libros, el final es algo que se abre a otra cosa, una cosa nueva. Se abre al episodio siguiente, a un paso que no aparece

en el libro pero que el libro sugiere. Un paso de un libro o un paso de la vida: es lo mismo. Si el personaje no esta muerto, su vida continúa.

 

Los títulos de sus novelas suenan como el germen de una idea.

Es cierto. Encuentro imposible empezar un proyecto sin el título en mente. A veces puedo pasarme años pensando en el título que vaya con lo que se está formando en mi mente. Un título define el proyecto de alguna manera y si sigues encontrando las ramificaciones del título dentro de la obra ésta mejora, estoy convencido de ello. Así que, sí, pienso mucho en los títulos. A veces simplemente me dedico a inventar títulos para cosas que no existen, y que nunca existirán.

 

¿Un libro que lee siempre?

Bueno, creo que hay varios, pero si tuviese que decir tan sólo uno, un libro al que vuelvo continuamente y en el que no dejo de pensar es El Quijote. Ese es el mío. Parece presentar todo problema que cada novelista tenga que confrontar, y hacerlo de la manera más brillante y humana imaginable.

 

¿Qué piensa de la relación libro-película?

Algunos de nuestros más insignes escritores tienen libros llevados al cine, muchas novelas de Hemingway fueron hechas película, no daña al libro. Quiero decir, si está hablando de esta nueva, digamos manera comercial de hacer libros, de convertir los libros en dinero, en efecto, y esos acuerdos entre las grandes editoriales y productoras, y este torbellino mediático megacorporativo que tenemos en nuestra cultura hoy en día, sí, es perturbador, estoy de acuerdo. Ahora, creo que un buen libro permanece contigo durante más tiempo que las buenas películas. Y eso se debe a la conexión entre la mente del lector y las palabras, y tienes que esforzarte para leer un libro, tienes que usar la imaginación, rellenar todos los detalles tú mismo. Estás activamente comprometiendo tu propia historia, toda tu alma, tus recuerdos, en lo que estás leyendo en la página. Una película pasa tan deprisa que simplemente no te da tiempo de entrar en ella de la misma manera. Puede ser entretenido, quiero decir que no estoy en contra de las películas, y pueden ser muy entretenidas y divertidas, y emocionantes, pero no es comida verdadera de la manera en que lo son los libros, hay muy pocos filmes que te cuiden, que te nutran, de la manera en que lo hace un libro.

 

 ¿Qué pasa una vez que el libro ha sido publicado?

El libro es tu libro. Has sido responsable de cada cosa en cada página, cada coma, cada sílaba es obra tuya. Entonces lo dejas ir, se lo das al mundo y lo que el mundo haga de lo que tú has hecho es impredecible. Tienes que protegerlo también, no puedes dejar que cualquier persona estúpida lo tome y haga algo desmoralizador con él. Una de mis novelas, Ciudad de cristal, fue llevada al cómic, por iniciativa de mi amigo Art Spiegelman (Maus), y el resultado fue fantástico. La música del azar, no sólo fue hecha película sino que alguien la hizo ballet hace un par de años. Más conmovedor, lo mejor que le puede suceder a un escritor, otra de mis novelas, In The Country of Last Things  –la cual empecé a escribir en 1970 y no conseguí acabar hasta 1985– fue entregada a un director de teatro de Sarajevo por un periodista americano o británico, que le dijo, “deberías leer este libro”, y lo hizo bajo circunstancias horribles, sin electricidad, sin calefacción, y no paró hasta que lo acabó, a la luz de la vela. Sentía que ese libro era la descripción absoluta de la situación que estaba viviendo en ese momento. Fue una especie de misterioso salto en el espacio. Se sintió tan apasionado que trabajó con su grupo de teatro y transformó pasajes del libro en una obra de teatro. La compañía de Peter Brook en París ayudó a financiarles para salir de Sarajevo y hacer una gira por Europa. Es un ejemplo de un libro que fue escrito muchos años antes de que esta situación tuviese lugar y, aún así, el trabajo de la imaginación de un hombre, en este caso la mía, conectó con lo que otro estaba viviendo años más tarde, y algo nuevo surgió de ello. El mundo cambia, la gente cambia, la gente encuentra un libro en el momento adecuado y ese libro contesta una pregunta, una necesidad o un deseo. Creo que sería estúpido pensar que sabes cuál es el destino de tu obra. Lo interesante sobre los libros, al contrario que digamos las películas, es que es siempre una persona la que se encuentra con el libro, no es un público, es de uno a uno. Soy yo el escritor y tú el lector, y estamos juntos en esta página, y creo que probablemente sea el lugar más íntimo donde las conciencias humanas se encuentren. Y por eso los libros nunca morirán. Es la única ocasión en que realmente entramos en la mente de un extraño, y haciéndolo nos encontramos con nuestra humanidad común. Así que el libro no pertenece sólo al escritor, también pertenece al lector, y entonces juntos lo convierten en lo que es.

 

Cuentos por radio

Desde noviembre de 1999, los primeros sábados de cada mes, Paul Auster lee historias ajenas, por la radio NPR de New York. Ya ha recibido más de siete mil cartas. En las condiciones pedía que fueran historias reales y que no duraran más de cinco minutos. Podían ser graciosas, tristes o irónicas. El primer cuento fue de su autoría.

 

Cuando A. era una joven mujer que vivía en San Francisco y comenzaba su vida valiéndose por si misma, se encontraba por un periodo desesperante en el cual casi pierde la cabeza. En el lapso de unas pocas semanas, ella fue despedida de su trabajo, una de sus mejores amigas fue asesinada cuando un ladrón irrumpió en su apartamento por la noche y su querido gato se enfermó seriamente. No sé la causa exacta de su enfermedad, pero aparentemente amenazaba su vida. Cuando A. llevó a su gato al veterinario, le dijeron que su gato moriría en un mes al menos que se le sometiera a operación. Ella le preguntó cuanto le costaría la intervención. El veterinario sumándole los variados precios le ofertó un monto que terminó en 327 dólares. A. no tenía esa cantidad de dinero. Su cuenta bancaria estaba casi bajo cero y los siguientes días ella transitó por un estado de extremo dolor. Al mismo tiempo pensaba sobre la muerte de su amiga y la imposible suma de dinero para prevenir la muerte de su gato: 327 dólares.

   Un día ella iba manejando por la calle Mission y se detuvo en la luz roja. Su cuerpo estaba allí pero sus pensamientos estaban en otro lado, en una grieta entre ellos, en un pequeño espacio que no fue completamente explorado pero en el que todos alguna vez solemos estar. Ella escucho la voz de su amiga asesinada: "No te preocupes", decía la voz. "No te preocupes, pronto las cosas mejorarán". La luz cambió a verde, pero ella todavía estaba bajo esta alucinación y no se movió. Un momento después un auto la chocó por detrás, rompiéndole unos de sus faroles traseros y abollándole el guardabarros. El hombre que estaba manejando el auto, apagó el motor, salió de su auto y caminó hacia A. Él se disculpó por hacer una cosa tan estúpida. "No" dijo A.," Fue mi culpa. La luz cambió a verde y no me moví". Pero el hombre insistió en que él había sido el único culpable. Cuando él supo que ella no tenía seguro contra choque (ella era muy pobre para lujos como esos) , él se ofreció a pagar cualquier daño que le halla provocado al auto.

   "Consígame un estimado de cuánto saldrá" dijo él, "y mándeme la cuenta, que mi compañía de seguro se encargara de eso". A. continuó insistiendo diciéndole al hombre que él no era responsable del accidente, pero él no hubiera aceptado un "no" como respuesta. Finalmente ella cedió.

   Ella llevó el auto a un taller y le preguntó al mecánico cuanto le presupuestaría por reparar un guardabarros y una luz trasera. Cuando ella volvió horas más tarde, y le dieron por escrito un costo estimado. El monto de la suma era exactamente 327 dólares.

 

Sus hábitos

Puedo escribir en cualquier lugar, siempre que tenga mi rinconcito y una mesa  para mis papeles. Escribir una novela es como correr un maratón. Hay que ser  metódico. Deja de hacerlo un solo día y ya pierde el ritmo; se malgasta mucho  tiempo tratando de restablecerlo.

En su estudio de Park  Slope, Brooklyn, una lámpara desnuda irradia una luz impersonal. Sobre una mesa de madera oscura, un fax, varias resmas de papel blanco, una anticuada máquina de escribir y un cuaderno de gran formato, con las páginas cubiertas por una escritura prieta. La habitación está impregnada de olor a cigarrillo.

 

El azar en su vida

Su familia escondió durante años un hecho trágico que él supo recién de adulto: su abuela había asesinado a su abuelo con un cuchillo en la cocina de su casa ante la vista de sus hijos. Eso sucedió un 23 de enero. Otro 23 de enero, sesenta años después, el padre de Auster muere repentinamente.

Cuando tenía 13 o 14 años, Auster fue de excursión al bosque junto con un grupo de compañeros. Estalló una tormenta y alguien sugirió resguardarse de los rayos en un lugar abierto. Para llegar a un claro debían atravesar un cerco. Hicieron fila y en el momento en que pasó el compañero que iba delante de él, cayó un rayo y lo mató. Apenas por segundos, o sólo por el azar de su ubicación en la fila. Auster se salvó.

A comienzos de la década del 80, mientras estaba en su estudio trabajando, recibió una llamada telefónica en la que le preguntaban por una agencia de detectives. Dijo que allí no era y colgó. Al día siguiente se repitió la llamada y respondió lo mismo, pero se quedó pensando qué habría pasado si le hubiera seguido el juego a su interlocutor haciéndose pasar por el detective. Esa idea le disparó su primera novela, La ciudad de cristal, en la que el protagonista se llama Daniel Quinn. Hace pocos años, mientras estaba en su estudio (uno diferente al anterior), recibió otra llamada equivocada, pero esta vez, preguntando por Quinn. ¿Habrá sido quizás un lector empeñado en fomentar el mito? Auster nunca lo sabrá. La persona se disculpó y la conversación terminó.

En 1989, el mismo día en que terminó de escribir La música del azar –un libro en el que dos personajes son esclavizados por otros dos que los obligan a construir un muro interminable– se cayó el Muro de Berlín. “Aunque no hay que extraer ninguna conclusión –dice él–, cada vez que pienso en ello me viene un escalofrío.”

 

Paul Auster por él mismo

Cuando llegué a la treintena, pasé por unos años en los cuales todo lo que tocaba se convertía en fracaso. Mi matri­monio terminó en divorcio, mi trabajo de escritor se hundía y estaba abrumado por problemas de din­ero.  No me refiero simplemente a una escasez ocasional, ni a tener que apretarme el cinturón de cuando en cuando, sino a una falta de dinero continua, opresiva, casi agobiante, que me envenenaba el alma y me mantenía en un inacabab­le estado de pánico.

   La culpa era sólo mía.  Mi relac­ión con el dinero siempre había sido imperfecta, enigmática, llena de impulsos contradictorios, y ahora pagaba el precio de neg­arme a adoptar una posición clara al respecto.  Desde siempre, mi única ambición había sido escribir.  Lo sabía desde los dieciséis o diecisiete años, y nunca me había hec­ho ilusiones de que podría ga­narme la vida escribiendo.  El escri­tor no «elige una profesión», como el que se hace médico o policía.  No se trata tanto de escoger como de ser escogido, y una vez que se acepta el hecho de que no se vale para otra cosa, hay que estar pre­parado para recorrer un largo y pe­noso camino durante el resto de la vida.  A menos que se resulte ser un elegido de los dioses (y pobre de quien cuente con ello), con es­cribir no se gana uno la vida, y si se quiere tener un techo sobre la ca­beza y no morirse de hambre, ha­brá que resignarse a hacer otra cosa para pagar los recibos.  Yo comprendía todo eso, estaba pre­parado para ello, no me quejaba.  En ese aspecto, tuve una suerte in­mensa.  No sentía un interés parti­cular por los bienes materiales, y la perspectiva de ser pobre no me asustaba.  Lo único que quería era una oportunidad de realizar la obra que sentía en mi interior.

   La mayoría de los escritores lle­van una doble vida.  Ganan buen di­nero en profesiones normales y se las arreglan lo mejor que pueden para escribir por la mañana tem­prano, a altas horas de la noche, durante el fin de semana, las vaca­ciones. William Carlos Williams y Louis-Ferdinand Céline eran médi­cos.  Wallace Stevens trabajaba en una compañía de seguros.  T. S. Eliot fue banquero, luego editor.

   Entre mis conocidos, el poeta fran­cés Jacques Dupin es codirector de una galería de arte en París.  Wi­lliam Bronk, el poeta norteameri­cano, dirigió el negocio familiar de carbones y madera al norte del es­tado de Nueva York durante más de cuarenta años. Don DeLillo, Pe­ter Carey, Salman Rushdie y El­more Leonard trabajaron durante largas temporadas en publicidad.  Otros escritores se dedican a la en­señanza. Ésa es quizá la solución más corriente en la actualidad, y con tantas universidades importan­tes y facultades de provincias ofre­ciendo cursos de eso que llaman «talleres de escritura», novelistas y poetas andan continuamente a la greña para pescar clases. ¿Quién puede reprochárselo?  El sueldo quizá no sea muy alto, pero se trata de un trabajo fijo y el horario es bueno.

Mi problema era que no quería llevar una doble vida.  No es que no quisiera trabajar, pero la idea de fi­char en algún sitio de nueve a cin­co me dejaba frío, totalmente des­provisto de entusiasmo.  Con veinti­pocos años me sentía demasiado joven para sentar cabeza, dema­siado lleno de proyectos para per­der el tiempo ganando más dinero del que quería o necesitaba.  En el aspecto financiero, sólo pretendía arreglármelas.  La vida era barata en aquella época y, como no tenía a nadie a mi cargo, me imaginaba que podría ir tirando con unos in­gresos anuales de unos tres mil dó­lares.

   Hice un curso de postgrado, pero sólo porque la universidad de Co­lumbia me ofrecía una beca de dos mil dólares y matrícula gratuita, lo que significaba que en realidad me pagaban por estudiar.  Incluso en aquellas condiciones ideales, enseguida comprendí que no tenía nada que hacer allí.  Estaba harto de cla­ses, y la perspectiva de pasarme otros cinco o seis años estudiando me parecía un destino peor que la muerte.  Ya no quería hablar más de libros, quería escribirlos.  No me pa­recía bien, por principio, que un es­critor se refugiase en la universidad, rodeándose de personas afines y viviendo demasiado a gusto, existía un riesgo de autocomplacencia, y una vez que cae en ella, el escritor puede darse por perdido.

   No voy a justificar las decisiones que tomé.  Si carecían de sentido práctico, lo cierto era que yo no pretendía serlo.  Lo que deseaba eran experiencias nuevas.  Ansiaba salir al mundo y ponerme a prue­ba, pasar de una cosa a otra, ex­plorar todo lo que pudiera.  Mientras mantuviese los ojos abiertos, me fi­guraba que todo lo que pasara se­ría aprovechable, me enseñaría co­sas que ignoraba.  Parece una acti­tud anticuada, y quizá lo fuese.  Joven escritor se despide de familia y amigos y sale hacia un destino desconocido para descubrir de qué está hecho.  Para bien o para mal, dudo de que me hubiese conve­nido cualquier otra actitud. Tenía energía, la cabeza llena de ideas y el gusanillo de los viajes.  Como el mundo era tan grande, lo último que deseaba era andar con pies de plomo.