La versión de su navegador no está debidamente actualizada. Le recomendamos actualizarla a la versión más reciente.

 Augusto Monterroso

 

 

 

Los relatos de Augusto Monterroso son concisos, breves, intensos. Entre ellos, La oveja negra y demás fábulas, del que advierte Gabriel García Márquez: “Este libro hay que leerlo manos arriba: su peligrosidad se funda en la sabiduría solapada y la belleza mortífera de la falta de seriedad”. Así es. En los siguientes apuntes, tomamos nota de sus reflexiones sobre el proceso creativo, la forma de narrar y ciertas claves sumamente provechosas.

 

 

Escribir me da miedo.

Un miedo que intento ocultar tras el humor y una cierta soltura de estilo, al igual que los animales se mimetizan pretendiendo parecer otra cosa.

Jamás me he propuesto escribir algo amargo o alegre. Empiezas alegremente y el mismo texto va sacando las vivencias escondidas, agazapadas quizá. Uno se hace la ilusión de que está hablando de otro e insensiblemente termina hablando de sí mismo. Siempre se termina revelando algo que está en ti, descubriendo que esa señora, como diría Flaubert, soy yo.

 

Sus recomendaciones

No responder a una fórmula

Los temas me surgen de impulsos, aunque los temas y las vivencias, o las cosas que yo quería expresar, estaban ya en cuadernitos y en anotaciones desde mucho tiempo atrás: pero sucede que yo no encontraba la forma de expresar todo eso. No me gusta repetirme. Personalmente  siento que  uno  no   debe  encontrar  jamás  una  fórmula  ( mejor que “forma”). Por eso en mis cuentos hay muchos estilos, diferentes extensiones, distintas perspectivas, varios puntos de vista. Cuando escribí “El dinosaurio”, un cuento de una sola línea, deseché la posibilidad de volver a escribir otro de esa mínima extensión. En vez de buscar la seguridad yo me aferro a la inseguridad, la aventura, o como quiera que se llame, lo cual aparentemente es muy neurótico. Por esa razón siempre que me pongo a escribir algo nuevo es como si tuviera dieciocho o diecinueve años y me encuentro tan desarmado como a aquella edad. Tal vez por eso casi no escribo; esa es la verdad.

Un día escribí una fábula, otro día otra y otro otra, hasta que me di cuenta de que había encontrado el género que necesitaba, mi género. Bueno, me dije, vamos a hacer fábulas. Naturalmente eso me preocupó mucho. ¿Cómo hacer fábulas? No debían ser como las de Iriarte y Samaniego. Había también fabulistas modernos como Thurber, Bierce u otros. Esto también me creó problemas porque yo no quería hacer lo mismo. Una vez embarcado en el proyecto, de puro miedo comencé a adquirir las fábulas completas de Esopo y La Fontaine, con el ánimo de leerlas y aprender a hacerlas. Pero me di cuenta de que eso era una tontería, de que precisamente no debía leerlas y sí hacer lo mío como Dios me diera a entender. Sí tenía una idea inmanente de lo que es una fábula, como todo el mundo, ¿para qué buscar más? Quizá habrás leído u oído decir que en algo se parecen las mías a las de Thurber. Creo que se trata de una comparación algo mecánica. Soy gran admirador de Thurber, pero casualmente no del fabulista, sino del ensayista, del caricaturista, y sobre todo del autor de uno de los mejores cuentos que se hayan escrito: “La vida privada de Walter Mitty”, una especie de Don Quijote en seis páginas.

 

Diario

Llevar un diario es un ejercicio y un placer espiritual que no practican ni gozan aquellos que no lo llevan. Apuntar un pensamiento is a joy for ever

 

Combatir el aburrimiento

Por ejemplo, en un cuento moderno a nadie se le ocurre decir cosas elevadas, porque se considera de mal gusto, y probablemente lo sea; en cambio si usted atribuye ideas elevadas a un animal, digamos una pulga, los lectores sí lo aceptan, porque entonces creen que se trata de una broma y se ríen y la cosa elevada no les hace ningún daño, o ni siquiera la notan.

Mis fábulas pretenden combatir el aburrimiento e irritar a los lectores, principio este último que considero irrenunciable. En algunos momentos he logrado lo primero, siempre fracaso en lo segundo, pues desde Horacio sabemos que en este género de obras todo lector ve siempre retratados a los demás y nunca a sí mismo.

 

La forma, la verdad, la concisión

El interés de cualquier texto literario radica en la forma. Por importante y profundo que sea lo que usted diga, si no lo dice bien no hay muchas probabilidades de que logre algo bueno, quiero decir perdurable. El otro elemento sería la verdad. Una narración tiene que ser verdadera, no en el sentido de que lo que cuenta haya sucedido, sino literariamente. Hay que ser capaz de hacer creible incluso lo absurdo.

La concisión es elegante. Los adornos y las reiteraciones no son ni elegantes ni necesarios. Julio César inventó el telégrafo, 2000 años antes que Morse, con su mensaje: “Vine, vi, vencí.” Y es seguro que lo  escribió así por razones literarias de ritmo. En realidad, las dos primeras palabras sobran; pero César conocía su oficio de escritor y no prescindió de ellas en honor del ritmo y la elegancia de la frase. En esto de la concisión no se trata tan sólo de suprimir palabras. Hay que dejar las indispensables para que la cosa además de tener sentido suene bien. En cuándo suena bien sin afectación, consiste la otra cara de la dificultad. La calidad principal de la prosa es la precisión: decir lo que se quiere decir, sin adornos ni frases notorias.

  

¿Quién narra?

Yo no tengo un estilo, excepto cuando escribo ensayos, en los cuales soy yo el que habla. Pero en la ficción nunca soy yo quien habla, aunque ésta esté escrita en primera persona; aun entonces el narrador es otro, yo no sé quién, pero otro, que ni siquiera es escritor. Siempre me ha preocupado saber quién es el narrador del Quijote. Puede ser un amigo de los Quijano, un vecino observador, cualquiera, según yo, pero no Cervantes.

 

Contra el lenguaje rebuscado

Huyo de las metáforas; sólo los malos escritores se ponen felices con ellas. Incluso los símiles son peligrosos, porque dan la impresión de que el autor duda de la inteligencia de sus posibles lectores. “La negra noche tendió su manto” es un ejemplo de lo que no debe hacerse nunca en prosa. “Cayó la noche” ya es menos malo, pero sigue dando la idea de “literatura”. Lo mejor es: “Se hizo de noche” o “Llegó la noche”. Cualquier otra forma de decir esto es basura.

Toda literatura es alegórica o no es nada. A veces hay cosas que uno quiere decir y que quizá nunca se lleguen a saber. Muchos escritores explican sus simbolismos, sus alusiones, temerosos de que la gente se los pierda. Bueno, si la gente se los pierde peor para la gente. Creo que no explicar lo que uno quiso decir en un libro es cuestión de decoro.

 

Cuento-novela

Una buena ley sería que el cuento no sea novela ni poema ni ensayo, y que a la vez sea ensayo y novela y poema siempre que siga siendo esa cosa misteriosa que llama cuento.

 

   A partir del siglo XIX la novela tiene que ser un todo. Los hermanos Karamazov no es una sucesión de cuentos cortos o largos, ni La guerra y la paz, ni mucho menos Madame Bovary o, en nuestros tiempos, Ulises o Cien años de soledad.

 

Más apuntes...

La realidad y la imaginación están tan entremezcladas en todo lo que hacemos, que establecer la frontera entre literatura y algo real, entre algo que vivimos y algo que imaginamos, es completamente inútil o en todo caso que lo que se escribe es sólo una ilusión de segundo grado.

Vemos la literatura como un hecho universal. Si alguna vez nos referimos a autores latinoamericanos es cuando éstos se relacionan con lo mejor de cualquier parte del mundo. Si una página está bien, lo mismo da que sea francesa, finlandesa o guatemalteca.

  Aunque la buena literatura es siempre la misma y dice siempre lo mismo cuando refleja la situación íntima del individuo (para el cual fue igualmente horrible morir en Lepanto que en Verdún), tengo la impresión de que hay algo que sí cambia, y de que una vez en el papel, de un siglo a otro, las lágrimas de Espronceda no pueden ser las mismas que las de Vallejo.

Cada época tiene su estilo. Yo no sé si el estilo de la nuestra es bueno; pero sí que el aspirante a escritor haría bien en buscar el tono de nuestros días, y contar las cosas de acuerdo con ese tono.

 

La literatura es literatura, un objeto. Cualquier objeto es mentira si eres idealista o verdad si eres materialista. Que la literatura se haga con verdades y mentiras, o realidades e imaginaciones, ya es otra cosa, y generalmente es con todo eso con lo que se hace.

 

(Fragmentos de la entrevista realizada por Jorge Ruffinelli en revista Crisis, Nº 31, Buenos Aires, 1975 y de Viaje al centro de la fábula, Anagrama)