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Luis Mateo Díez

por Tesi Rivera Blanco

 

 

SOMOS HIJOS DE LA PALABRA, PORQUE ELLAS NOS HACEN Y SOMOS SUS DUEÑOS

 

 

Narrador de la mirada, novelista de la memoria, Luis Mateo Díez reivindica la necesidad de acotar los territorios de la imaginación para que  cada vez surjan más fantasmales. Llegó a la literatura a través de  la oralidad, escuchando y contando historias al amor de la lumbre o en la taberna. Nació y vivió en un valle al que su imaginación ambientó en la Edad Media. Los personajes de sus novelas son “perdedores”, gente que proviene de una cultura rural que vivió en el anonimato, y sufrió y murió en silencio. Y es esa conciencia de silencio la que en los primeros años de su vida le provocó horror y más tarde le llevó a buscar el contacto con otras personas por medio de las palabras, primero, y de la imaginación, después. Influido por clásicos como Pavese, Rulfo, Faulkner, Cervantes, Galdós, Valle Inclán o Cunqueiro –al que considera su maestro irremediable-, asegura que su escritura es “un compendio de material que pasa de la realidad a la ficción, y la ficción se convierte en un sustitutivo de la memoria”. Atado a un “compromiso moral”, escribe los sentimientos esenciales y se considera integrado en la tradición española, heredero de su lengua y de su literatura.

Acaba de publicar La ruina del cielo, una novela abierta que se puede leer como un conjunto de relatos. De estructura compleja, arranca de un punto concreto, un universo geográfico –Celama– proveniente de otra novela anterior, El espíritu del páramo. Describe un paisaje desolador en el que el tiempo está inmovilizado y sólo queda la metáfora. Lo llama “territorio” y está inspirado en un paisaje real, el de su niñez. Es un repaso a la memoria de los muertos, en la que recrea una cultura ya extinguida.

   

¿A qué edad empezó a escribir? ¿Una novela decisiva fue La Claraboya?

Empecé a escribir de niño. Mi fascinación por los cuentos enseguida me llegó a intentar escribirlos. De adolescente y joven escribí sin tregua. Nunca volveré a escribir como escribí en aquella época. Además, no era nada urraca, casi todo lo rompía. No conservo más de cuatro folios de aquella procelosa producción. Por otra parte, reivindico mi aprendizaje de lo  imaginario en la oralidad que marca también mi acercamiento a la literatura. La lengua y la tradición son el origen; después viene la literatura que es una parte sustancial: El escritor que tiene que hacer su aprendizaje, no se puede ser escritor de la noche a la mañana.

 

¿Tiene un lugar fijo para escribir o puede hacerlo en cualquier sitio?

No soy un maniático en cuanto a lugar o sitio para escribir, pero tengo mis costumbres. Soy escritor de primavera, verano, otoño. En invierno hago como los osos, me escondo de los papeles. Tomo notas. Escribo a mano con el ordenador encendido. Voy y vengo de la cuartilla a la pantalla.

 

“Soy un loco de la literatura rusa. Hay un paralelismo de La ruina del cielo con El rey Lear

 

¿Cuál es la mayor dificultad que tiene al empezar a escribir una novela? ¿Cómo lo soluciona?

Es muy difícil el arranque de una novela, la primera frase, el primer párrafo. Yo suelo empezar con mucho trabajo hecho, con un cuaderno de notas, observaciones, ocurrencias, la arquitectura ya delimitada. Luego me concedo absoluta libertad, es muy importante el instinto del narrador y el sentido que se ha de tener de lo que se cuenta, la conciencia de lo que se hace. No creo en el escritor espontáneo, naif, ingenuo. La ingenuidad, a estas alturas de la película, suele ser simplonería. Me gusta contar con naturalidad fábulas complejas.

 

¿Qué tipo de literatura ha influido más en su obra?

Es difícil deslindar las influencias, seguro que todo lo que pude leer y admirar en mi juventud me influyó. Sobre todo la ficción, mucho la literatura popular y, por supuesto, mis autores preferidos: Cervantes, Valle, el naturalismo francés, los italianos, Faulkner, Kafka. Y los buenos contadores de historias que siempre tuve al lado, al pie de la barra del bar.

 

Cualquiera que conozca sus orígenes, descubre en su inventada geografía los parajes reales y, a menudo, harto conocidos. ¿También los personajes y los temas son autobiográficos?

Siempre digo que las conquistas literarias me gusta hacerlas en lo ajeno, aborrezco el ego literario, aborrezco todos los egos. Lo que menos me interesaría es lo que pudiera decir de mí mismo. En la ficción se conquistan, se inventan otras vidas y vivir lo imaginario es vivir lo que no es tuyo. Mi escritura es un compendio de material que pasa de la realidad a la ficción. Y la ficción es un sustitutivo de la memoria.

 

Soy escritor de primavera, verano, otoño. En invierno hago como los osos, me escondo de los papeles”

 

¿Qué elementos  considera imprescindibles para que una historia valga la pena ser contada?

Para que sea buena, la historia no tiene sólo que entretener, tiene que emocionar, perturbar, apasionar, como un compromiso de vida. Incluso es bueno introducir algún elemento humorístico para relativizar las cosas. Lo más importante de una novela es saberle dar diferentes grados de intensidad. Hay que saber contar con un grado exacto de intensidad para que la fábula sea más profunda.

 

“Me gusta contar con naturalidad fábulas complejas”

 

¿Es La ruina del cielo su novela  más ambiciosa?

Sí. Pienso que lo es. Suelo decir que es una novela de “llegada”, la novela de alguien que ya es dueño de lo necesario para afrontar un reto así. Es una fábula compleja sobre la muerte, sobre la liquidación de las culturas reales. Una elegía llena de infinitas historias. La novela que siempre quise escribir y que no escribí hasta que pude.

 

¿Reescribe mucho?

Reescribo mucho, soy paciente, puedo aburrir a una cuartilla. Sigo al pie de la letra la consigna de Conrad: jamás pases a la línea siguiente hasta no estar plenamente convencido de la que acabas de escribir. Escribir y reescribir. Sin corrección no hay estilo.

 

¿Qué consejos le daría a alguien que quiere empezar a escribir?

El único consejo es la paciencia, para con uno mismo y para que lo que uno hace encuentre el destino que merece.

 

 

 Algunas reflexiones sobre el empleo del diálogo en la novela 

 

Una reflexión sobre las técnicas, los modos o las formas de este arte de escribir novelas en que uno anda metido, es siempre para mí una reflexión forzada, ya que la naturalidad de escribir, de inventar ficciones, no se me compagina con la naturalidad de divagar sobre por qué lo hago y, mucho menos, sobre cómo lo hago.

Si en alguna especie de escritor tuviera que integrarme, lo haría -sin duda- en la de quienes escriben por instinto y, sobre todo, con instinto. 0 sea, en la de aquéllos que escriben de manera irremediable, curtidos en la obsesión de hacerlo, y también de forma irremediable: abocados a un estilo que conlleva, acaso sin demasiadas variantes, las técnicas precisas para lograr -con mayor o menor acierto, que esa es otra- la máxima expresividad y eficacia en lo que se cuenta.  El instinto es un preciado bien de la condena del escritor, que no es otra que la de escribir como sólo él sabe, que la de ser fiel sin remedio a su estilo y a su mundo.  Una noble condena, no me cabe la menor duda.

Pero, en fin, forzar la reflexión tampoco tiene por qué ser malo para la salud, aunque habitualmente ese es un espacio privado que muchos escritores desbordamos con dificultad.  La divagación teórica exige otro tono de discurso, muy distinto al de la creación en que uno anda metido, y a mí me parece que, con frecuencia, en lo que uno se mete ejercitándola, entre hallazgos más o menos dudosos, es en camisa de once varas.

Generalmente la reflexión más lúcida del escritor acompaña al propio acto de la creación, lo envuelve y lo ampara para justificar las necesarias convicciones de ese momento, y no es fácil detenerse a dejar constancia de la misma, ya que el instinto del escritor se concentra -como es obvio- en la materia de su creación.  Para rememorar luego esa lucidez hay que hacer un esfuerzo inusitado, ajeno al cauce estricto de la creación, de la escritura.  Es un esfuerzo que siempre merece menos la pena que el de seguir escribiendo.

Habitualmente mis novelas son profusamente dialogadas, y con esta constatación voy a ver si me decido a entrar en materia. ¿Se trata de una elección previa, relacionada con mi gusto personal por el diálogo como forma expresiva, o es algo que piden irremediablemente las historias que narro, algo que les pertenece, de tal modo que no puedo soslayar el diálogo sin yugular o rebajar el desarrollo de esas historias?

Me parece que he comenzado haciéndome una pregunta bastante inútil, pero voy a contestarla para animarme.  Yo diría que ni lo uno ni lo otro, o sea, que ambas cosas pueden ser orientadoras pero que ninguna de las dos alberga la razón completa.

Qué duda cabe que el diálogo, el uso del diálogo, se relaciona con mi gusto personal por esta forma expresiva, y seguro que también con el goce y la confianza que me procura.  El diálogo comunica, acaso mejor que nada, la tensión viva de lo que sucede en lo que se cuenta y establece, además, ya que hablando se entiende la gente, el mejor y más natural cauce para la relación de los personajes, con la evidencia de lo que dicen.  Evidencia que implica especial cuidado y selectividad, pues los riesgos son mayores que cuando se divaga o inquiere desde la voz narrativa, siempre más propicia a la coartada que su propia retórica promueve, ya que en ella el autor es más dueño y señor y se la puede administrar a su gusto, con menos compromiso, aunque para acertar, como para casi todo, no cabe más remedio que administrarla con mucho cuidado.

Y qué duda cabe también de que toda historia, en sus muchas posibilidades para ser contada, siempre tiene predestinada una que, entre todas, sería la mejor, aquella en la que encuentra su grado más alto de eficacia, de emoción, de expresividad.