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Luis Mateo Díez

 

 

Una reflexión sobre las técnicas, los modos o las formas de este arte de escribir novelas en que uno anda metido, es siempre para mí una reflexión forzada, ya que la naturalidad de escribir, de inventar ficciones, no se me compagina con la naturalidad de divagar sobre por qué lo hago y, mucho menos, sobre cómo lo hago. Pero, en fin, forzar la reflexión tampoco tiene por qué ser malo para la salud, aunque habitualmente ese es un espacio privado que muchos escritores desbordamos con dificultad.  La divagación teórica exige otro tono de discurso, muy distinto al de la creación en que uno anda metido, y a mí me parece que, con frecuencia, en lo que uno se mete ejercitándola, entre hallazgos más o menos dudosos, es en camisa de once varas.

Generalmente la reflexión más lúcida del escritor acompaña al propio acto de la creación, lo envuelve y lo ampara para justificar las necesarias convicciones de ese momento, y no es fácil detenerse a dejar constancia de la misma, ya que el instinto del escritor se concentra -como es obvio- en la materia de su creación.  Para rememorar luego esa lucidez hay que hacer un esfuerzo inusitado, ajeno al cauce estricto de la creación, de la escritura.  Es un esfuerzo que siempre merece menos la pena que el de seguir escribiendo.

Habitualmente mis novelas son profusamente dialogadas, y con esta constatación voy a ver si me decido a entrar en materia. ¿Se trata de una elección previa, relacionada con mi gusto personal por el diálogo como forma expresiva, o es algo que piden irremediablemente las historias que narro, algo que les pertenece, de tal modo que no puedo soslayar el diálogo sin yugular o rebajar el desarrollo de esas historias?

Me parece que he comenzado haciéndome una pregunta bastante inútil, pero voy a contestarla para animarme.  Yo diría que ni lo uno ni lo otro, o sea, que ambas cosas pueden ser orientadoras pero que ninguna de las dos alberga la razón completa.

   Qué duda cabe que el diálogo, el uso del diálogo, se relaciona con mi gusto personal por esta forma expresiva, y seguro que también con el goce y la confianza que me procura.  El diálogo comunica, acaso mejor que nada, la tensión viva de lo que sucede en lo que se cuenta y establece, además, ya que hablando se entiende la gente, el mejor y más natural cauce para la relación de los personajes, con la evidencia de lo que dicen.  Evidencia que implica especial cuidado y selectividad, pues los riesgos son mayores que cuando se divaga o inquiere desde la voz narrativa, siempre más propicia a la coartada que su propia retórica promueve, ya que en ella el autor es más dueño y senor y se la puede administrar a su gusto, con menos compromiso, aunque para acertar, como para casi todo, no cabe más remedio que administrarla con mucho cuidado.

   Y qué duda cabe también de que toda historia, en sus muchas posibilidades para ser contada, siempre tiene predestinada una que, entre todas, sería la mejor, aquella en la que encuentra su grado más alto de eficacia, de emoción, de expresividad.

 

Es muy difícil el arranque de una novela, la primera frase, el primer párrafo. Yo suelo empezar con mucho trabajo hecho, con un cuaderno de notas, observaciones, ocurrencias, la arquitectura ya delimitada. Luego me concedo absoluta libertad, es muy importante el instinto del narrador y el sentido que se ha de tener de lo que se cuenta, la conciencia de lo que se hace. No creo en el escritor espontáneo, naif, ingenuo. La ingenuidad, a estas alturas de la película, suele ser simplonería. Me gusta contar con naturalidad fábulas complejas.

 

Para que sea buena, la historia no tiene sólo que entretener, tiene que emocionar, perturbar, apasionar, como un compromiso de vida. Incluso es bueno introducir algún elemento humorístico para relativizar las cosas. Lo más importante de una novela es saberle dar diferentes grados de intensidad. Hay que saber contar con un grado exacto de intensidad para que la fábula sea más profunda.

 

Reescribo mucho, soy paciente, puedo aburrir a una cuartilla. Sigo al pie de la letra la consigna de Conrad: jamás pases a la línea siguiente hasta no estar plenamente convencido de la que acabas de escribir. Escribir y reescribir. Sin corrección no hay estilo.