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Los espacios en la literatura

por Pablo Besarón

 

La literatura moderna surge en forma paralela al desarrollo de las ciudades. Desde un texto de ficción, al contarse un asesinato producido en París, un plan secreto para generar una cadena de prostíbulos en Buenos Aires o el robo de un banco, una de las historias que se desprende que se está contando es cómo desde la literatura se piensa a la ciudad, qué significa ser una persona “moderna” que vive en una gran ciudad y qué significa un espacio en relación a cómo son las personas.

 

Un texto literario puede ser pensado como un mapa. En el proceso de lectura de un libro de ficción, el lector reconstruye la historia leída estableciendo coordenadas que generan una cartografía del espacio. Los personajes de un relato se desenvuelven y se desplazan por diferentes lugares, esos espacios, en sí mismos, son una máquina generadora de sentido. En cierto modo, un personaje es el espacio en el cual se mueve.

En este sentido, la descripción, en un relato, y, más específicamente, a partir del siglo XIX cuando se difunden las teorías sociales del determinismo y la dependencia de los hombres a los espacios, viene a ser un dato complementario que ayuda a comprender cómo es un personaje.

En líneas generales, en los diferentes textos literarios, nos encontramos con una serie de espacios que, en sí mismos, generan un sentido que funciona como una justificación narrativa, desde los espacios, de la historia que se está contando. La ciudad, el campo, las zonas de frontera, los puentes, las galerías, el desierto, un bosque, una calle peatonal; en la espacialización que se da en un texto, en sí misma, se está generando un sentido del espacio que hace a la historia que se está contando.

 

Ciudad, multitudes y diferencia

La literatura moderna comienza a darse de forma paralela al surgimiento de las ciudades modernas cosmopolitas. Este proceso de urbanización es apropiado por la literatura como la irrupción de la diferencia, la aparición de “los otros” en un espacio múltiple y diversificado. Desde Eugenio Sue en Los misterios de París, quien construye el espacio de los pobres, pasando por Dickens, hasta llegar a Emile Zolá, frente a aquel que es visto como “el otro”, nos encontramos con dos opciones de escritura: la seducción por lo diferente, que suele representarse como algo exótico, o el temor ante lo diferente visto como amenaza.

El género policial, que se inicia, a mediados del siglo XIX, con tres cuentos de Edgar Alan Poe (La carta robada, Asesinato en la calle Morgue y El misterio de Marie Rogget), puede ser pensado como un gran relato donde se cuenta el temor de “los iguales” ante el caso de misterio o extraño producto de los peligros que acarrea la ciudad moderna. En la nueva ciudad cosmopolita, caracterizada por la irrupción de las multitudes, nadie está exento de ser víctima de un psicótico anónimo disperso entre la gran masa ciudadana. Alguien que bajo una apariencia de un “igual” oculta perversiones anómalas.

Baudelaire, como bien señala Walter Benjamin, fue el primer poeta que tomó como tema la presencia de las multitudes en la ciudad moderna. En su poema “A una paseante” (en Las flores del mal), se trata sobre la impresión de un hombre ante la aparición repentina de una mujer vista en una calle muy concurrida. El que mira pasar a esta mujer que nunca más verá en su vida, repentinamente, queda obsesionado con esta imagen. La ciudad, por lo tanto, aparece como un espacio donde lo imprevisto y la experiencia intensa de un presente repentino se puede encontrar en cualquier momento.

 

Modernidad, literatura y sociedad

Otra característica fundamental que surge en la literatura moderna en relación con la ciudad tiene que ver con la ampliación del espectro de qué se puede contar y sobre quiénes. Erich Auerbach en Mímesis postula que con Balzac y Stendhal comienza a poder contarse historias trágico-sublimes que pueden pasarle a cualquier persona, más allá de su condición social baja o alta. Una división de géneros que viene de la antigüedad clásica griega, heredada por los romanos, establecía que los episodios trascendentales trágico-sublimes le acontecían solo a personajes de extracción social alta, representándose estos episodios bajo la forma de la tragedia. Los personajes y los hechos privativos de los estratos sociales bajos, eran representados bajo formas cómico-burlescas desdeñables.

 

Algunas constantes sobre literatura, ciudad y modernidad

En líneas generales, la espacialización de la ciudad en la literatura, que es correlativa al desarrollo del capitalismo expandiéndose a gran parte de los aspectos de la vida social, es representada a partir de algunas constantes: la experiencia intensa de un presente puro y efímero, el fluir constante de los acontecimientos en una experiencia del tiempo donde todo cambia todo el tiempo y “todo lo sólido se desvanece en el aire”, siendo la posibilidad de cambio como una opción concreta del individuo (circunstancia tematizada, por ejemplo, en el personaje Rastignac de Balzac, quien, del campo se desplaza a la ciudad y va ascendiendo socialmente en su recorrido), la mercantilización y objetivización de la subjetividad de las personas, la aceleración de la experiencia, lo fragmentario en la percepción y en la narración de acontecimientos como consecuencia de una supuesta pérdida de una experiencia de la totalidad a consecuencia de la sociedad moderna, circunstancia característica de la poesía de Oliverio Girondo, como cuando en un poema donde se describen imágenes dispersas vistas en una playa, se dice: "Brazos / Piernas amputadas / Cuerpos que se reintegran / Cabezas flotantes de caucho" ("Croquis en la arena" en 20 poemas para ser leídos en el tranvía) y el riesgo de una homogeneización y uniformidad de las personas en una sociedad vista como tendiente a anular la diferencia.

 

Escribir “en contra de”...

En este sentido, frente al riesgo de la uniformidad y la homogeneización de todas las personas, desde la literatura se responde y se escribe “en contra de” esta circunstancia. En cierto modo, la literatura moderna –y la novela en particular– cuenta una única historia: los avatares y la resistencia del héroe ante la sociedad que tiende a anular la diferencia y la subjetividad individual y personal en el mundo. Según George Simmel, la amenaza que atenta contra una subjetividad propia del individuo, es consecuencia y expansión del dinero en tanto valor único que homogeneiza a todas las cosas: la objetivización de la conciencia del individuo, es algo que podemos ver con mucha claridad también en la poesía de Oliverio Girondo, donde, por ejemplo, se dice: "Una señora que hace gestos de semáforo a un vigilante, al sentir que sus mellizos se están estrangulando en su barriga" (“Plaza” en: 20 poemas para ser leídos en el tranvía).

 

Conclusión

En este breve recorrido a través de algunas constantes sobre cómo desde la literatura se produce una apropiación de los espacios, del espacio de la ciudad, se trata de ver a la literatura como a una máquina generadora de sentidos. El espacio donde se sitúa un acontecimiento es de por sí un modo de interpretar y concebir la realidad. Un personaje, como ya se dijo, “es” el lugar donde se sitúa. La ciudad en la literatura aparece como trasfondo de una serie de problemáticas que van desde la aparición de las multitudes, la aceleración de la experiencia del tiempo, la sensación de lo fragmentario y efímero, los riesgos que atentan contra la individualidad de las personas, y demás cuestiones que surgen paralelamente al desarrollo de las sociedades modernas. La ciudad, en última instancia, es una metáfora de la vida moderna.