La versión de su navegador no está debidamente actualizada. Le recomendamos actualizarla a la versión más reciente.

 

 

¿LOCOS O ESCRITORES?

Para muchos, escritura y locura van juntos, lo cual no es igual a escritura y extravagancia

 

En un café de Montmartre, Gérard de Nerval empezó a tirar su dinero al aire, dejó un ramo de margaritas en casa de su padre y se fue al zoo, contempló al hipopótamo y de la sala de animales antediluvianos, fue  conducido a la casa de salud poseído por el alma de Napoleón. Antonin Artaud permaneció ingresado en diversas clínicas e instituciones de reposo, sufrió una crisis psicótica y creó un extraño sistema teológico alrededor de un junco que le protegía, y al que otorgaba facultades mágicas. August Strindberg buscaba mensajes secretos en las escorias de la estufa, abandonaba los lugares donde residía, a veces de forma tan precipitada pretextando conspiraciones.

Maupassant, Nietzsche, Schopenhauer, Mishima... La lista de escritores aquejados de trastornos mentales resulta interminable. Podría decirse que la creación artística libera de la propia locura. Hölderlin pasaba gran parte del tiempo recogiendo flores por el campo, que luego destrozaba y guardaba en sus bolsillos, con un pañuelo golpeaba los postes de los cercados, recogía trozos de cuero o hierro por el camino, hablaba consigo mismo y caminaba sin parar en su cuarto, hablando solo y firmando pequeños poemas con el nombre de Scardanelli, pero su obra sólida es de su época de lucidez, como pasó con Artaud o Walser. Shelley estuvo a punto de ser ingresado en un manicomio. Byron  bebía en una copa hecha con un cráneo humano; y Baudelaire sufrió intensas crisis nerviosas, neuralgias y vértigos.

No creo que la locura sea algo que se deba reivindicar, como no creo que el malditismo sea una virtud. Hay excepciones, naturalmente, pero en mi opinión, la locura más bien es un problema para la escritura.

 

Obsesiones y neurosis

Otra cosa son las obsesiones, que suelen dar muy buenos resultados literarios. Hay una larga lista de obsesos que han convertido sus neurosis en material novelesco o poético: Samuel Beckett, Kafka o Pessoa, a quien su condición, por no decir enfermedad, le convirtió en uno de los grandes poetas del siglo XX, al igual que a Juan Ramón Jiménez.
Juan Ramón es, sin duda, una de las personalidades poéticas más complejas y neuróticas de su tiempo. 

Éste es el caso de Faulkner, y los comportamientos neuróticos. Un neurótico no es un loco, o es un loco pequeño, un loco que no acaba de perder el contacto con la realidad. Marcel Proust tapizó de corcho y pesadas cortinas que jamás abría la habitación donde trabajaba debido a su asma. Se alimentaba de cafeína, veronal, cerveza y helados y al final de sus días llegó a pesar poco más de cuarenta kilos. También se atribuyen desequilibrios psicológicos a Virginia Woolf, Allen Ginsberg o Silvia Plath, que utilizó en sus escritos buena parte de sus propias alucinaciones.

¿Locura o extravagancia? tienen la necesidad de decir al mundo que son diferentes.