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Lo poco de la poesía

Por Jean-Michel Maulpoix

 

Me preguntan ustedes qué puede la poesía.  Con seguri­dad, poca cosa.  Pequeñas editoriales, pequeñas tiradas, un pequeño público: ella está destinada a poca audiencia.  Por eso mi primera respuesta a la pregunta planteada será sim­plemente una ocurrencia: la poesía puede ser poca cosa, es decir, por ejemplo, lo contrario de la televisión, lo contrario de aquello que todo el mundo mira, de aquello de lo que todo el mundo habla, o de aquello que hace hablar a todo el mundo.  La poesía puede estar en otra parte.  Puede ser un «en otra parte», nuestro «en otra parte» propio y verdadero. O aún, en una parte distinta aquello que se impone, en una parte distinta aquello que tiene poder.

 

    La poesía tiene el privilegio de poder ser un pequeño territorio: lo que no quiere decir que sea el país de lo poco, ni que consista en «el arte de lo poco»1 Un territorio un tanto secreto, desconocido, a veces incluso oscuro, un rin­cón o un recoveco de lengua donde cuesta aventurarse, pero donde suceden en realidad muchas cosas... Tal es ciertamente el poema que leemos sobre su página de papel blanco: un concentrado de lenguaje, un precipitado de hechos de lengua.  He aquí frutos, flores, hojas y ramas: ahí, bajo nuestros ojos, sobre el papel.

 

 Sin temer la tautología, puedo, pues, comenzar por decir que la poesía puede ser la poesía: continuar constituyendo ese espacio reservado donde la lengua se concentra y se observa en lugar de gastarse, de echarse a perder y distraer­se. Un espacio donde la lengua, y con ella el sentido, el sujeto, el mundo, permanecen en observación.

 

 

 ¿Qué puede verdaderamente la poesía?  En primer lugar, cuidar de la lengua.  Atraer la atención sobre ella.  Darla a ver, a escuchar, a tocar casi, a probar como una materia y a atravesar como una experiencia, en figuras y en ritmos, por esta «proeza especial en la lengua2» que es el poema.  Esta proeza «pronta y limitada, que da un paso al frente, que se arriesga».  La poesía somete a la lengua a diversos trata­mientos o trabajos, que a la vez la ponen de relieve y en dificultades.  Al igual que se experimenta la resistencia o la ductilidad de un material ejerciendo sobre él distintas pre­siones, haciéndole sufrir torsiones, giros o deformaciones que, en poesía, se denominan figuras.  La poesía consiste en «cargar las tintas del lado de la letra3».  Consiste en desfigu­rar y acentuar para intentar saber. ¿Qué podemos decir y aprehender?  Tal sería la pregunta planteada por esos ejerci­cios extraños, esos movimientos ritmados de gimnasta loco, esos desbordamientos y esas hazañas, esos bruscos cambios de régimen, de velocidad, de tenor, de significación...

 

  Sabemos al menos desde Mallarmé en qué medida nues­tro uso cotidiano de la lengua reduce a ésta a no ser más que una moneda que circula rápidamente en nuestras voces sin que le prestemos la menor atención.  Sabemos también cuál es la usura que sufre la lengua en los medios de comunica­ción y en qué medida ella se encuentra ahí echada a perder, humillada, embrutecida y prostituida por su uso en «coleti­llas», lemas, estereotipos y frases hechas.  Por eso es el deber de la poesía recordarnos, a contrapelo de la época, cuáles son las apuestas de esta lengua, sus riesgos, sus fragili­dades y sus límites, como también sus virtudes y sus bellezas.  Reside en el poder del poema hacernos respirable por un instante este lenguaje que la sociedad asfixia.  De hacer ahí sensible y móvil esa relación incierta con el sentido ocultado por la vida común.  Y, por tanto, quizá también de entre­garnos un poco a nosotros mismos, recordando cuál es la opacidad de la que estamos hechos y en qué medida domi­namos mal el sentido de esas palabras de las que creemos hacer un uso claro.  Reside en el poder del poema detener esta calderilla entre nuestras manos en el instante en que vamos a contentarnos con comprar con ella, deprisa y corriendo, una barra de pan.  Detener bruscamente el gesto y mirar la moneda: cómo existen esas palabras, cuál es su verdadero valor, su peso, su brillo, su usura, qué secretas transacciones negocian en nosotros... La poesía es una crí­tica atenta y solícita de la lengua.  Una crítica práctica de la lengua, una crítica en actos de lengua.  Ella saca a la lengua de su torpeza.  Ella la interpela, la provoca, la coge en falta.  La somete a examen y la cita a comparecer.

 

    La lengua, y con ella el sentido, al igual que lo real y el sujeto –todos ellos igual de inciertos acerca de su estatuto o de sus contornos– son a la vez objetos de amor y de sospe­cha en el poema.  La lengua se ve ahí reconocida como «el más peligroso de todos los bienes».  Pues es preciso saber que esta lengua que hablamos y escribimos, esta lengua que hace nuestra humanidad, que vive en nosotros y con noso­tros, se pliega de buen grado a nuestros deseos y debilida­des.  Ella es el instrumento preferido de nuestras añagazas, la dócil sirvienta de nuestras mentiras.  Dispuesta a colmar­nos de cosas ilusorias a buen precio.  Cargar las tintas, tal es su riesgo: un riesgo que la poesía es también la primera en correr, puesto que en ella se formula una loca demanda de sentido y de imágenes... La poesía es el primer reino de la ilusión: allá va muy deprisa a encontrar refugio, entre metáforas y ritmos reconfortantes, aquel a quien la realidad hie­re o angustia.  La poesía ofrece al deseo líneas de fuga, y el «mal poeta» no es quizá, al cabo, más que víctima de la len­gua, aquel que redunda, eufemiza, armoniza y se paga rápi­damente con palabras a buen precio.

    Tengo, en lo que a mí concierne, a la «ilusión lírica» por una necesaria condición previa, quizá un pasaje obligado, un extravío inevitable para quien quiera tener una oportunidad de acceder al saber propio de la poesía.  Rimbaud, después de todo, no hizo otra cosa sino ceder primero magníficamente a la ilusión metafórica.  Y quizá le hizo falta pasar por esas quimeras para después saldarlas, para pedir perdón por haberse «alimentado de mentira» y encontrarse al fin «devuelto al suelo».  En cuanto a Mallarmé, habiendo toma­do también él la medida exacta de las trampas de lo que es de otra parte o del azul ideal, desarrolló su obra, con «la energía de la desesperación», en un prodigioso a pesar de todo, esforzándose por mantener sobre el papel una relación obs­tinada con aquello mismo que sabía estar fuera de alcance.

    Tal son a mi ver el deber y el poder del poeta: preservar en cada uno «el instinto de cielo», no rendir las armas.  Continuar bajo el cielo muerto buscando al dios que no existe.  Conocer y no apartar el engaño.  Venerar más bien cómo (por retomar otra vez las palabras de Mallarmé) «por una superchería uno proyecta, ¡a alguna elevación prohibi­da y de relámpago!, la falta consciente en nosotros de lo que allá arriba resplandece».

    O, por decirlo de otro modo, retomando esta vez una fór­mula de Michel Deguy, la poesía se escribe «como se mien­te a un moribundo que sabe que se le está mintiendo».  La poesía sabe que el cielo está vacío, sabe que el rostro del hombre se disipa, sabe que la lengua se halla en vías de extinción, sabe que ésta ya no tiene poder, sabe que no pue­de prometer nada, sabe que desde hace décadas y décadas el sentido de la literatura ya no es otro que repetir locamente su no saber y decir, por ejemplo, con Eugenio Montale:

 

Hoy no te podemos decir más que esto

Lo que no somos

Lo que no queremos.

 

    Ella sabe del desencanto, de la inquietud, la retirada, la falta de sentido... Sabe esto cordialmente y de memoria, hasta el descorazonamiento. Y, no obstante, a ella le corres­ponde continuar queriendo otra cosa. Aunque sólo fuera para acusar su falta. Para que el hombre no renuncie. Para que siga siendo aquel que pregunta. Para que no se convier­ta en ese idiota que cree tener respuesta para todo. Para que no se contente con comer y digerir, desear, fornicar y con­sumir, con acumular e idolatrar los objetos. Para que no sea víctima de sí mismo. Para que sepa que sigue habiendo ese hueco, ese agujero que en él excava la lengua. Para que per­manezca el pasajero de ese «viaje en el habla» que consti­tuye también su trayectoria mortal. Para que conozca un poco mejor su deseo en lugar de sufrirlo solamente.

 

    Qué puede la poesía sino recordarnos que estamos hechos de palabras, es decir, de ligeros signos sombríos que a nada se asemejan. O que abrigamos un pueblo de hormi­gas que incluso durante la noche transportan sus briznas a través de nuestro sueño... Como dice Valère Novarina, «nuestra carne física es la tierra, pero nuestra carne espiri­tual es el habla; ella es la tela, la textura, la tesitura, el teji­do, la materia de nuestro espíritu».  Ello es decir que estamos hechos para buscar y querer sentido, como también para dejarnos atravesar sin cesar por lo incomprensible.  Y que existir es debatirse.

   Contrariamente a lo que se piensa, el poeta no es aquel que posee la lengua mejor que otro, aquel que la maneja con mayores destreza y elegancia, es, antes bien, aquel a quien las palabras le llegan a faltar, es decir, aquel que fija con bastante intensidad y escrúpulo el lenguaje como para percibir su carencia, como para captar hasta qué punto se ahueca desde el interior y hasta qué punto la nada es su corazón. Nuestro corazón. Nuestro verdadero corazón.  Un nicho.  Un agujero negro.

 

    ¿Qué puede la poesía?  Recordarnos de qué vacío estamos hechos.  Manifestar lo que nos vacía, pero lo más cerca de lo que nos llena: las sensaciones, los paisajes, los pensamien­tos, los sentimientos incluso... Y dibujar así quizá nuestros contornos más precisos, mostrarnos tal como estamos hechos a la vez de carne y de soplo, de presencia y de ausencia, de espesor carnal y de nada.  La poesía pone en nosotros en proporción lo vacío con lo pleno, como en ella «está en proporción la vida con su nada, por la obra».

    El poder de la poesía por tanto es grande de otra manera a lo que permitiría suponer su modestísima difusión.  Pero este poder se ejerce invisiblemente.  Cómo podría ocurrir de otro modo desde el momento en que uno comprende que semejante poder –el de descender en la propia lengua como en un pozo y considerar el cielo desde abajo– se ejerce a solas consigo en una habitación, ya sea que ahí uno lea o escriba un libro.  Puede que la poesía ofrezca a cada cual el poder de borrar el propio rostro y de recobrarse, el poder de entrever a los otros que están en uno.  El poder de dis­cernir puntos de intersección entre lo propio y lo semejan­te. El poder de aceptar no saber y de no rellenar artificial­mente esta ignorancia con engañosas imágenes.  El poder de insistir.  El poder de hacer frente.  El poder de guardar las propias fallas.  El poder de carecer de poder.

 

    ¿Qué puede la poesía?  Puede no poder.  Puede que sea incluso la única que puede así cambiar la impotencia en poder, o más bien afirmar la dignidad misma y el sentido de nuestra impotencia.  Qué puede la poesía sino recordarnos siempre que no somos ni pájaros ni plantas ni piedras.  Que ocupamos el medio de todas las cosas.  Que los extremos nos tientan.  Y que nos hace falta tener palabra para conocer­nos un poco.