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 Literatura y drogas:  ¿no hay más cera que la que arde?

                                                                                                   Rafael Tasis

 

 

Hay, sin duda, una relación entre la literatura y las drogas a lo largo de la  Historia, de modo especial a partir del siglo XVIII, y siempre surge la pregunta: ¿pueden sustituir a la traspiración indispensable para que la inspiración sea fructífera? Existe un refrán catalán : d’ on no n’ hi ha no en pot rajar (cuya traducción podría ser: donde nada hay, nada mana) que a mi parecer explica de una forma bastante precisa la relación entre las drogas y la creación literaria. Según mi opinión, ninguna droga ha hecho nunca de un ágrafo un escritor, nadie ha escrito nada relevante por el simple hecho de drogarse; la modificación de la conciencia producida por el consumo de un tóxico no remedia la falta de creatividad. A pesar de ello, considero apasionante estudiar la influencia de las drogas en  una  buena parte de los escritores contemporáneos, para lo cual me referiré a un par de libros que de una forma o de otra tratan este tema, sin duda más interesante que esclarecedor.

 

En Escrito con drogas  de la filósofa  inglesa Sadie Plant, una obra divulgativa y muy bien documentada,  cuyo propósito  es estudiar la influencia de las drogas  en la sociedad contemporánea, con numerosas referencias a la literatura, pero que en todo caso no pretende relacionar la literatura con las diferentes clases de sustancias capaces de modificar la conciencia. Otro libro es El texto drogado. Dos siglos de droga y literatura  del profesor  italiano de lengua  y literatura francesa Alberto Castoldi, un ensayo que analiza la influencia de las drogas en la literatura desde finales del siglo XVIII hasta la generación beat, los títulos de los capítulos son explícitos: el opio; el hachís; la morfina; el éter; vuelve el opio; la cocaína; la mescalina; LSD y  la generación beat; lástima que no dedique un capítulo a las drogas actualmente legales en casi todo el mundo (alcohol, tabaco, café, etc) que le hubiese permitido referirse, por ejemplo, a la larga nomina de escritores alcohólicos, empezando por Edgard Allan Poe  y terminando por Malcom Lowry o al tabaquismo de la inmensa mayoría de autores. A pesar de todo ello y de una excesiva presencia de escritores de lengua francesa, es una lectura recomendable.  

Según estas lecturas, parece fácil suponer que la modificación de la conciencia  producida por el consumo  de drogas ayudó  a aumentar la creatividad  de los autores así como a hacerles concebir ideas novedosas e incluso a tener percepciones del todo insospechadas; pero también es cierto que  hay escritores que han conseguido resultados similares sin ningún tóxico. Kafka, que yo sepa, no se drogó en su vida y, sin embargo, La metamorfosis es probablemente más angustiosa y causa más desasosiego que El almuerzo desnudo del politoxicómano Burroughs o que El pozo y el péndulo  del dipsómano Poe.

Por otra parte los intentos de escritura automática bajo el influjo de los estupefacientes han resultado casi siempre de una inanidad absoluta, cadáveres exquis,  sin el componente lúdico de la propuesta surrealista.  D’ on no n’ hi ha no en pot rajar,  citaba al principio, lo que equivale a decir en castellano: no hay más cera que la que arde, o al menos así me lo parece, y eso que estoy a favor de la legalización de todos los tóxicos, cuando se trata de literatura y drogas.

Sabemos que la droga – dicen Carlos Riccardo y Reynaldo Jiménez, en la revista argentina Tsé-Tsé, cuyo número está dedicado al tema– es un instrumento que empleó el poder, para anular o producir, pero siem­pre para esclavizar y liquidar: el opio el crack, la pasta básica o el pegamento industrial, destinado a los más desamparados entre los desposeídos –los niños de la calle...

Los alucinógenos, en cambio, parecen tener, a través de la entera diversidad de las culturas, la ca­pacidad de promover circunstancias visionarias.  Tienen que ver con la gracia, con el Don, Tienen que ver con el éxtasis y con la Tierra. Es el caso de los enteógenos: desde el soma védico (amanita muscaria) hasta los descubrimientos de Gordon Wasson respecto a la posibilidad de que en tiempos de los Misterios, de Eleusis se consumiera la sustancia psicoactiva que se ha descubierto en el cornezuelo de centeno, estructuralmente similar al LSD25, sintetizado por Albert Hoffmann en 1946. los enteógenos (del griego: «dios adentro», término que Wasson acuñara para denominar a los hongos utilizados por los chamanes de Oaxaca y, por extensión, a los cac­tus y otras sustancias químicas o preparados rituales) permiten a la mente rozar lo sagrado, o, cuando me­nos, comprometerse con alguna clase de exploración de las propias proyecciones e imaginerías.

Desde aquí podríamos hablar de una profanación psicodélica.

Sabemos que, en este tipo de experiencias, lo que cuenta es la mismísima experiencia. Que esa ex­periencia-en-sí no es la escritura pero, también, que cada escritura es experiencia y que, en este sentido, la escritura poética se dejaría ahondar en un plano intermedio, ya que la consustanciación conlleva la au­sencia, el silencio, ese preciso interregno, la desaparición del yo con su observación y su protagonismo.

 

 Algunos testimonios

 

Doris Lessing. “Una vez probé mescalina. Me alegra haberlo hecho, pero nunca lo haría de nuevo.  Lo hice con muy malos auspicios. ¡Las dos personas que me consiguieron la mescalina fueron las responsables!  Se quedaron allí sentados todo el tiempo, y eso significó, para empezar, que yo descubriera el aspecto de "anfitriona" de mi personalidad, ¡porque lo que hice fue presentarles a ellos la condenada experiencia, todo el tiempo! Lo que deberían haber hecho es dejarme sola.  Supongo que temían que yo pudiera tirarme por la ventana. ¡Pero no soy la clase de persona que podría hacer eso! Y además, lloré casi todo el tiempo. Pero no volvería a hacerlo.  Especialmente porque he conocido mucha gente que ha tenido viajes muy malos”.

 

Henri Michaux. Su búsqueda personal lo condujo a la experiencia, para él fascinante, con mescalina, éter, opio y ácido, como un intento de “ampliar su espacio interior” y buscar fuera de los límites de la mente humana y su sensibilidad, y escribió al respecto Conocimiento por las grutas, Las grandes pruebas del espíritu, Quien fui.

 

Tom Wolfe: Para escribir The Electric Kool-Aid Acid Test, se pasó un mes con Ken Kensey, que un día se prestó a ser el conejillo de indias de un experimento con LSD para detectar cómo la droga amplía las facultades mentales y de percepción. Después de esto Kesey rompió con todo y se convirtió en el líder –más que eso, en el gurú– de los Merry Pranksters, una comunidad de drogadictos que hacía del consumo de LSD una verdadera religión. Esto para Tom resultó fascinante porque, según él, en los orígenes de todas las comunidades religiosas –incluso entre los primeros cristianos– hay presencia de alucinógenos, y porque vio en la historia de Kesey un ejemplo perfecto de que los tiempos estaban cambiando.

 

Robert Louis Stevenson. En seis días y bajo los efectos de la cocaína, escribió El extraño caso del Doctor Jekyll y Mister Hyde.

 

Marguerite Duras. Bajo los efectos del alcohol o no, su talento era el mismo. “Carecemos de un dios. Este vacío que se descubre un día en la adolescencia. Nada hay que pueda hacer que jamás haya tenido lugar. El alcohol ha sido hecho para soportar el vacío del universo”.

 

Anaïs Nin. “Podía ver todo un nuevo mundo con el ojo central, un mundo que antes había pasado por alto. Capté imágenes detrás de las imágenes, las paredes detrás del cielo, el cielo detrás del infinito.”

 

Thomas de Quincey. En sus Confesiones  afirmaba que “la droga puede llegar a ser algo más que un tema atractivo: se trata de una sustancia que cuenta con unas facultades y una capacidad para actuar por sí sola”.

 

Mary Shelley. “Cuando recosté la cabeza en la almohada, no me dormí, ni tampoco podría decirse que pensase. Mi imaginación, motu proprio, me poseyó y guió, regalándome con imágenes sucesivas que surgían en mi espíritu con una intensidad que iba mucho más allá de los habituales límites del ensueño. Por la mañana comencé a transcribir los macabros terrores de mi ensoñación. Así nació Frankestein”.

 

Charles Baudelaire. “El hachís, al igual que otros placeres solitarios, hace del individuo algo inútil para la humanidad y la sociedad superflua para el individuo. No produce nada de milagroso, salvo una exageración de lo natural”.

 

 Antonin Artaud. “Desmenuzado, ésa es la palabra; así estaba yo (experimentó con el peyote), y no en según qué partes, sino hasta la médula. Estaba embrujado. Tras pasar 28 días aún no había vuelto en mí, aunque debería decir  que no había salido de mí mismo”.