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LA PALABRA DEL POETA

 

Nuevamente, la palabra del poeta nos guía en el taller. Les brindamos el método de composición que Edgar Alan Poe empleó para explicar el poema El cuervo. Su planteo, las preguntas que se hace paso a paso, nos proporciona una verdadera guía para la reflexión y la acción a la hora de elaborar el poema propio.

 

El cuervo fue traducido por Stéphan Mallarmé al francés, por Fernando Pessoa al portugués, entre otros, quienes supieron que nevermore —el leitmotiv de la obra— no es igual a jamais plus, ni a nunca mais, ni a nunca más. Su sentido es más trágico aún. Poe explica la técnica de su poema  a partir de esta palabra y de la estructura basada en la repetición y en la triple rima, que él considera haber escrito con rigor matemático.

 

"Mi análisis comienza en la intención de escribir un poema tal que satisfaciera al gusto popular y al gusto crítico. Concebí ante todo una idea sobre la extensión idónea: unos cien versos aproximadamente. En realidad cuenta ciento ocho. Mi pensamiento se fijó seguidamente en crear un efecto o una impresión y tuve siempre presente la voluntad de lograr una obra universalmente apreciable.

Luego me pregunté: ¿cuál es el tono para la manifestación más alta de la belleza? Éste había de ser el tema de mi siguiente meditación. Ahora bien, toda la experiencia humana coincide en que ese tono es el de la tristeza. Cualquiera que sea su parentesco, la belleza, en su desarrollo supremo, induce a las lágrimas. Así pues, la melancolía es el más idóneo de los tonos poéticos.

Una vez determinados así, la dimensión, el terreno y el tono de mi trabajo, me dediqué a la busca de alguna curiosidad artística e incitante, que pudiera actuar como clave en la construcción del poema: de algún eje sobre el que toda la máquina hubiera de girar; emplear para ello el sistema de la introducción ordinaria y reflexionar sobre los medios de efecto conocidos: la universalidad del estribillo bastaba para convencerme acerca de su valor y pronto advertí que se encontraba aún en un estado primitivo. Tal como habitualmente se emplea, el estribillo no sólo queda limitado a las composiciones líricas, sino que la fuerza de la impresión que debe causar, depende del vigor de la monotonía en el sonido y en la idea. Solamente se logra el placer mediante la sensación de identidad o de repetición. Entonces resolví variar el efecto, con el fin de acrecentarlo, permaneciendo en general fiel a la monotonía del sonido, pero alterando la idea: es decir, me propuse causar una serie continua de efectos nuevos con una serie de variadas aplicaciones del estribillo, dejando que éste fuese casi siempre parecido. Por lo tanto, había de ser breve, lo cual me condujo a adoptar como estribillo ideal una única palabra.

 
Entonces me absorbió la cuestión sobre el carácter de aquella palabra. Habiendo decidido que habría un estribillo, la división del poema en estrofas resultaba un corolario necesario, pues el estribillo constituye la conclusión de cada estrofa. Además, la palabra elegida debía ser sonora y susceptible de un énfasis prolongado: aquellas consideraciones me condujeron inevitablemente a la o larga, que es la vocal más sonora, asociada a la r, porque es la consonante más vigorosa. Ya tenía determinado el sonido del estribillo.

 

A continuación era preciso elegir una palabra que lo contuviese y, al propio tiempo, estuviese en el acuerdo más armonioso posible con la melancolía que yo había adoptado como tono general del poema. En una búsqueda semejante, hubiera sido imposible no dar con la palabra nevermore.
El siguiente planteo fue: ¿cual será el pretexto útil para emplear continuamente la palabra nevermore?

En principio, dicha palabra, repetida tan cerca y monótonamente, había de ser proferida por un ser humano; la dificultad consistía ahora en conciliar la monotonía aludida con el ejercicio de la razón, en la criatura llamada a repetir la palabra. Surgió entonces la posibilidad de una criatura no razonadora y, sin embargo, dotada de palabra: como lógico, pensé en un loro, después en un cuervo, que también está dotado de palabra y además resulta más acorde con el tono deseado en el poema.

El cuervo, ave de mal agüero, repitiendo obstinadamente la palabra nevermore al final de cada estrofa en un poema de tono melancólico y una extensión de unos cien versos aproximadamente.

Entonces, me pregunté: ¿Entre todos los temas melancólicos cuál destaca la humanidad? Respuesta inevitable: ¡la muerte! ¿Y cuándo ese asunto, el más triste de todos, resulta ser también el más poético? Cuando se alía con la belleza. Luego, la muerte de una mujer hermosa es, sin duda, el tema más poético del mundo; y queda igualmente fuera de duda que la voz más apta para desarrollar el tema es precisamente la del amante privado de su
tesoro.

Tenía que combinar a continuación aquellas dos ideas: un amante que llora a su amada perdida y un cuervo que repite continuamente la palabra nevermore, y además variar cada vez la aplicación de la palabra que se repetía: pero el único medio posible para semejante combinación consistía en imaginar un cuervo que aplicase la palabra para responder a las preguntas del amante. Comprendí que podía hacer formular la primera pregunta por el amante, a la que respondería el cuervo: nevermore; que de esta primera pregunta podía hacer una especie de lugar común, de la segunda algo menos común, de la tercera algo menos común todavía, y así sucesivamente, hasta que por último el amante se encontrase presa de su agitación supersticiosa y lanzase preguntas diversas, pero interesantes para su corazón: unas preguntas donde se diesen a medias la superstición y la singular desesperación que halla un placer en su propia tortura, recibiendo en el nevermore siempre esperado una herida reincidente.  Primero decidí la pregunta final, para la que el nevermore sería la última respuesta, a su vez: la más desesperada. Aquí puedo afirmar que mi poema había encontrado su comienzo por el fin y compuse la estrofa correspondiente. Sólo entonces decidí el ritmo, el metro, la extensión y la disposición general de la estrofa. El primer ritmo métrico es troqueo; el otro se compone de un verso octómetro acataléctico, alternando con un heptámetro cataléctico que, al repetirse, se convierte en estribillo en el quinto verso, Y finaliza con un tetrámetro cataléctico; los pies empleados, que son troqueos, consisten en una sílaba larga seguida de una breve; el primer verso de la estrofa se compone de ocho pies de esa índole; el segundo, de siete y medio; el tercero, de ocho; el cuarto, de siete y medio; el quinto, también de siete y medio; el sexto, de tres y medio.

Mi primer objetivo era como siempre la originalidad. Por lo general, para encontrarla hay que buscarla trabajosamente; Ahora bien, si se consideran aisladamente cada uno de esos versos habían sido ya empleados, de manera que la originalidad de El cuervo consiste en haberlos combinado en la misma estrofa. El efecto de esa combinación original se potencia mediante algunos otros efectos inusitados y absolutamente nuevos, obtenidos por una aplicación más amplia de la rima y de la aliteración.

 

El punto siguiente era cómo establecer la comunicación entre el amante y el cuervo: el primer grado consistía en el lugar. Pensé que para el efecto de un suceso aislado es necesario un espacio estrecho: ofrece la ventaja moral indudable de concentrar la atención en un pequeño ámbito. En consecuencia, decidí situar al amante en una habitación que había santificado con los recuerdos de la que había vivido allí y que se describiría como ricamente amueblada.

Luego debía introducir al ave: la idea de que ésta penetrase por la ventana resultaba inevitable. Que el amante supusiera, en el primer momento, que el aleteo del pájaro contra el postigo fuese una llamada a su puerta era una idea brotada de mi deseo de aumentar la curiosidad del lector, obligándole a aguardar; pero también del deseo de colocar el efecto incidental de la puerta abierta de par en par por el amante, que no halla más que oscuridad, y que por ello puede adoptar en parte la ilusión de que el espíritu de su amada ha venido a llamar... Hice que la noche fuera tempestuosa, primero para explicar que el cuervo buscase la hospitalidad; también para crear el contraste con la serenidad material reinante en el interior de la habitación.

Así también, hice posarse al ave sobre el busto de Palas para establecer el contraste entre su plumaje y el mármol, que fuese un busto de Palas se debió en primer lugar a la relación íntima con la erudición del amante y en segundo a la sonoridad del nombre.

Hacia mediados del poema, exploté igualmente la fuerza del contraste con el objeto de profundizar la que sería la impresión final. Por eso, conferí a la entrada del cuervo un matiz fantástico, casi lindante con lo cómico, al menos hasta donde mi asunto lo permitía. El cuervo penetra con un tumultuoso aleteo.

En las dos estrofas siguientes, el propósito se manifiesta aún más:
preparado así el efecto del desenlace, me apresuré a abandonar el tono fingido y adoptar el serio, más profundo, en el primer ver
so de la estancia que sigue a la que acabo de citar: el amante ya no bromea; ya no ve nada ficticio en el comportamiento del ave. Habla de ella en los términos de una triste, desgraciada, siniestra, enjuta y augural ave de los tiempos antiguos y siente los ojos ardientes que le abrasan hasta el fondo del corazón. Esa transición de su pensamiento y esa imaginación del amante tienen como finalidad predisponer al lector para el desenlace, que sobrevendrá tan rápidamente como sea posible, expresado en el jamás del cuervo en respuesta a la última pregunta del amante :¿Encontrará a su amada en el otro mundo? Puede considerarse concluido el poema en su fase más natural, la de simple narración. Hasta el presente, todo se ha mantenido en los límites de lo explicable y lo real: un cuervo ha aprendido mecánicamente una palabra; huye de su propietario, la tempestad le obliga, a medianoche, a pedir refugio en una ventana donde aún brilla una luz: la de un estudiante que, divertido, le pregunta en broma su nombre, sin esperar respuesta. Pero el cuervo responde con su palabra habitual, nevermore: palabra que inmediatamente suscita un eco melancólico en el corazón del estudiante; se emociona ante lo que le sugiere la repetición del intolerable nevermore, se martiriza y se formula preguntas, en esa tendencia del corazón a la tortura.

Pero, convencido de que el exceso en la expresión del sentido debe quedar sólo insinuado, añadí las dos estancias que concluyen el poema; la corriente subterránea del pensamiento se muestra, por primera vez en estos versos.

Entonces el lector considera al cuervo como un ser emblemático, pero sólo en el último verso de la última estancia puede ver con nitidez la intención de hacer de él el símbolo del recuerdo fúnebre y eterno.