La versión de su navegador no está debidamente actualizada. Le recomendamos actualizarla a la versión más reciente.

 

 

 

La inspiración y el oficio

                                                                                Antonio Tello

 

 

   En el quehacer literario soy de los que creen más en el trabajo que en la inspiración. Sin embargo, tamaña afirmación tiene matices que están estrechamente relacionados con la complejidad del proceso creativo y su resultado final, que es la pieza literaria.

 

   En vísperas del siglo XXI, los científicos han llegado a ser capaces de explicar el Universo y las leyes que lo rigen y hasta determinar microscópicas formas de la materia, pero no han podido aún descifrar el instante inicial de su creación. Salvando siderales distancias, se me ocurre que con toda obra de ficción sucede lo mismo. De pronto, en cualquier momento o lugar, una palabra, un escena, un sueño, un gesto, una voz, etc. se queda atrapada en la maraña de neuronas y me pregunto ¿qué es esto? Y a veces, asombrado, veo el principio del Universo. Todo queda en silencio. Todo queda en suspenso. En ese maravilloso instante sé que asisto a la idea fundacional del mundo. Sé también que a la alegría primera sucederá el dolor, porque nada está hecho, ni nada está nombrado. Y en darle forma a las cosas del mundo y asignarles un nombre consiste el trabajo.

 

   Siempre he creído que a todos los seres humanos nos sucede esto alguna vez en nuestra vida, pero que sólo algunos tienen la suficiente voluntad y espíritu de sacrificio para afrontar esta tarea y superar desde las necesidades domésticas hasta las trampas de la escritura.

 

   La idea generada por, digamos, la inspiración no se convierte en el mundo, es decir, el poema, la novela, el cuento; se convierte por la voluntad y el trabajo. En el momento en que he sido gratificado por la idea sé que tengo que desarrollarla y que al hacerlo sólo puedo confiar en el personaje que se me ha presentado u oírle su historia y transcribirla del modo más fidedigno posible si, como deseo, es darle forma al mundo que la contiene. De modo que el personaje, su historia y el mundo como escenario constituyen los fundamentos primarios de la narración, la cual adquiere forma comprensible para los demás a través de las palabras.

 

   La creación literaria no es sólo contar una historia a través de la escritura. La creación literaria es valerse de las palabras con precisión y armonía para mostrar un mundo determinado en toda su intensidad y complejidad. De aquí que, una vez que tengo el cuerpo escrito, la tarea más ardua es alcanzar la síntesis, la sustancia del relato, y despojarlo de todo aquello que sea superfluo. Es una tarea que me exige rigor y hasta una opresiva angustia. Pero, nada más significativo que la soledad del sustantivo desnudo. Nada más bello que la oportuna solidaridad del adjetivo.

 

   Al final, el premio es sentir el peso de la escritura y reconocer el valor significativo de los signos y de la concordante armonía de los fonemas; el premio es saber que el mundo que intuimos a través de la idea inicial, existe. Y existe por un acto laborioso, íntimo y autónomo; un acto que se realiza independientemente de toda consideración extraña a él, especialmente de aquella que alienta la vanidad, el conformismo o la rutina.

 

   Esto no significa que la publicación de nuestra obra no sea una aspiración legítima, porque como dice uno de los personajes de El hijo del arquitecto, “la lectura también es un acto de voluntad que perfecciona el mundo, porque evoca la dimensión del  todo y valora el esfuerzo del hombre por superar el dolor, aunque este esfuerzo no sea más que un fugaz destello en el gran espacio”.