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JUAN RULFO

por Tesi Rivera Blanco

 

 

Su nombre completo: Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaino. Escribía, pero no le preocupaba la publicación. Juan Rulfo era "un hombre de pocas palabras", que inspiraba ternura. En sus relatos, el conflicto central se funda en el poder aplastante de la vida y de la inmortalidad. Sus ricos personajes están fundidos a la geografía, pocos de ellos tienen contornos nítidos, creen  en supersticiones, viven en pleno ensueño, impulsados por el recuerdo; aceptan su destino con fatalismo. Con unos pocos datos reales, crea una estructura ordenada del desorden, un mundo que sobrepasa las fronteras de lo racional. Muchos incidentes quedan ocultos en el pasado de la narración; mucho se insinúa fugazmente; sin embargo se puede percibir la presencia de lo no dicho; el silencio está  poblado de susurros.

 

A una señora que se le acercó durante una comida y le preguntó:
-¿Qué siente cuando escribe?

Rulfo le respondió:

-Remordimientos.

 

  

¿Qué nos puede decir del cuento y la novela?

La novela es un mundo donde el sueño se confunde algunas veces con la vida. En México, este género de ensoñación es relativamente reciente, ya que desde hace siglos estuvo en poder de los cronistas, de los historiadores, de lo poetas cívicos. Habría que remontarse al siglo XVI para hablar de literatura mexicana, empezando por Fray Bernardino de Sahagún, por Bernal Díaz del Castillo, Fray Antonio Tello, Fray Diego de Durán y tantos otros cronistas que tan bien supieron novelar lo hechos reales; sin embargo, nuestra literatura –centrándonos exclusivamente en la prosa, es decir, cuento y novela–, nace y se desarrolla durante la segunda mitad del siglo XIX. Al mismo tiempo, digamos, que en Argentina, Brasil, Colombia, Perú y el resto de los países latinoamericanos. Para mí el cuento es un género realmente más importante que la novela porque hay que concentrarse en unas cuantas páginas para decir muchas cosas, hay que sintetizar, hay que frenarse; en eso el cuentista se parece un poco al poeta, al buen poeta. El poeta tiene que ir frenando al caballo y no desbocarse; si se desboca y escribe por escribir, le salen las palabras una tras otra y, entonces, simplemente fracasa.

 

¿Qué se requiere para contar una historia?

Considero que hay tres pasos: el primero de ellos es crear el personaje, el segundo crear el ambiente donde ese personaje se va a mover y el tercero es cómo va a hablar ese personaje, cómo se va a expresar. Esos tres puntos de apoyo son todo lo que se requiere para contar una historia.

 

¿Cómo empieza a escribir?

Con intuición, imaginación y una aparente verdad. No creo en la inspiración, jamás he creído en la inspiración, el asunto de escribir es un asunto de trabajo: ponerse a escribir a ver qué sale y llenar páginas y páginas, para que de pronto aparezca una palabra que nos dé la clave de lo que hay que hacer, de lo que va a ser aquello. A veces, resulta que escribo cinco, seis o diez páginas y no aparece el personaje que yo quería que apareciera, aquel personaje vivo que tiene que moverse por sí mismo. De pronto, aparece y surge, uno lo va siguiendo, uno va tras de él. En la medida en que el personaje adquiere vida, uno puede, entonces, ver hacia dónde va; siguiéndolo lo lleva a uno por caminos que uno desconoce, pero que, estando vivo, lo conducen a uno a una realidad, o a una irrealidad, si se quiere.

 

El personaje funciona por sí mismo...

Una de las cosas que más me ha costado hacer es la eliminación del autor, eliminarme a mí mismo. Yo dejo que aquellos personajes funcionen por sí y no con mi inclusión, porque entonces entro en la divagación del ensayo; en la elucubración; llega uno a meter sus propias ideas...

 

“Al tratar con los muertos,

podía no estar sometido

a un plan de espacio y tiempo”

 

 

¿Cómo surgió Pedro Páramo?

Imaginé el personaje. Lo vi. En mayo de 1954 compré un cuaderno escolar y apunté el primer capítulo. Ya logrados el “tono y la atmósfera”, los detalles o fragmentos de escritura iban tomando cuerpo. A veces, sorpresivamente, a media calle se me ocurría una idea y la anotaba en papelitos  verdes y azules. Al llegar a casa después de mi trabajo, pasaba mis apuntes al cuaderno. Escribía a mano, con pluma Sheaffers y en tinta verde. Dejaba párrafos a la mitad, de modo que pudiera dejar un rescoldo o encontrar el hilo pendiente del pensamiento al día siguiente. Después, conforme pasaba a máquina el original, destruía las hojas manuscritas.

 

 “El poeta tiene que ir frenando

al caballo y no desbocarse”

 

¿Fue una tarea fácil?

No. Todo lo contrario. No empecé a escribir la novela hasta que no tuve todo solucionado en mi cabeza. Incluso así, no encontraba la forma de desarrollarlo. Fui haciendo entrenamiento. Escribir ideas, frases sueltas, cuentos.

 

“Comala” (en Pedro Páramo) es un espacio mágico que se sitúa entre lo imaginario y lo real. ¿A ello se debe que los personajes actúen en el doble filo vida/muerte con tanta naturalidad?

Tal cosa está plenamente justificada, pues según un conocido mío, en México nunca muere nadie, o más bien, nunca dejamos que se mueran los muertos... Basta echar una mirada a cualquier publicación para enterarnos de que Carranza, Obregón o Moctezuma todavía andan por ahí dando guerra o metidos en discusiones bizantinas. Así, al imaginar el tratamiento, lógicamente me encontré con un pueblo muerto. Y claro, los muertos no viven en el espacio ni en el tiempo. Me dio libertad eso para manejar a los personajes indistintamente. Es decir, dejarlos entrar, y después que se esfumaran, que desaparecieran.

 

¿Había una razón?

Utilicé esta metáfora para crear una estructura especial que me permitiera decir lo que quería... Coincidió con que en esa época muchos pueblos eran abandonados por los pobladores debido a la escasez de trabajo y dejaban todo, se convertían en pueblos fantasmas. Eso me dio la clave. Además, me interesaba no estar sometido a un plan de espacio y tiempo para mis personajes, y al tratar con los muertos, podía dar esos saltos arbitrarios.

 

¿Pensó usted en los lectores cuando escribió y reescribió Pedro Páramo?

No. Sin embargo, en líneas generales, creo que el papel que el lector adquiere en la literatura de nuestros días es muy importante. La técnica novelística ensaya cada vez más dificultades para el lector. No sólo la novela de los objetos tiende trampas a un lector distraído, sino también la que sigue y continúa buscando corrientes internas.

 

¿Qué le recomendaría al lector de hoy?

Que mientras los malos críticos asuman el papel de orientadores del lector con espíritu cronológico, el lector irá de bruces. Es bien cierto que necesitamos que dirijan nuestras lecturas y den un buen catálogo de autores por países, pero quisiéramos saber más en menos tiempo y saber cómo vivía el hombre de la Tierra de Fuego o del Amazonas, pero también saber cómo vive hoy día el hombre de la ciudad de México. Deseamos proceder por selección antes que por eliminación o preferencia. Se nos dice: esto esta de moda. Ahora la moda es papar moscas: Coleccionar números de teléfono, estaciones de radio, calcular con las llantas de un automóvil cuántos perros destripados quedan sobre la autopista. O todavía más, para comprender al escritor cubano José Lezama Lima hay que estudiar metafísica, vivir en actitud sacramental, practicar el yoga, conocer quien puso la música a “La negra noche” y tomar ácido lisérgico. Después de eso, la sección amarilla del Directorio Telefónico es la más grande epopeya que se haya escrito en lengua castellana, y quien no quiera reconocerlo así, es un maniqueo, un desacralizado, un pobre y resentido chauvinista aferrado a su megalópolis.

 

“Muertos los grandes, la  nueva generación

necesita producir best-sellers para subsistir”

 

¿Cuál fue el aporte de la Revolución Mexicana a la novela?

La Revolución Mexicana logró producir lo mejor que en materia de novela se ha escrito en nuestro país. Los novelistas de la Revolución no sólo son relatores de un acontecimiento histórico, del que fueron testigos, sino los descubridores de una literatura que nace y muere con ellos. También ha habido quien la ha criticado de ser un mero reportaje, se le ha negado carácter revolucionario e incluso se le ha etiquetado de documento jurídico. Pero sería injusto olvidarnos de muchas páginas de Mariano Azuela, de Martín Luis Guzmán, de Gregorio López y Fuentes, de Mauricio Magdaleno, de Ferretiz y de otros, tan reveladoras de la esperanza o de tanta explosión contenida por un siglo de represión y de búsqueda inútil. Páginas que, además de ser el testimonio congruente de la época que les tocó vivir, abrieron sus sentidos a la creación de mitos.

 

Después de todos estos narradores, ha habido un vacío en la literatura mexicana. ¿Se puede  decir que está en crisis?

Quizá sí, pero Dostoievski también lo decía de la literatura rusa del siglo XIX cuando a su lado convivían Gogol, Pushkin, Tolstoi, Turguenev, Andreiev y una decena más de escritores que estaban creando lo más sólido de la literatura rusa. Lo mismo sucedió en Francia y en Estados Unidos, dónde muertos los grandes, la  nueva generación necesita producir best-sellers para subsistir y los mejores, que son pocos, están maniatados por la censura, obligados a buscar editores fuera de su país.

 

¿Cuáles son sus escritores preferidos?

No se requiere ir muy lejos... Juan Carlos Onetti es fundamental. Hoy leemos a Borges y a Cortázar con gusto y con sorpresa, cuando ellos entienden que viven pisándole el espíritu a Macedonio Fernández, el hombre que escribió “El comienzo de la nada”, que concibió su nacimiento y su muerte como el nacer  y morir del mundo. Ese humor negro, ese desparpajo o desenfado de que presume la literatura actual, ¿no estaba ya resumido en ese escritor viejo y muerto que se llamó Macedonio Fernández? También hay que dar las gracias  a los editores que en un momento concreto se acordaron y publicaron Ciegas mariposas, del adolescente mexicano Jorge Arturo Ojeda, o los textos del uruguayo Felisberto Hernández, contenidos en Tierras de la memoria o el Agua del peruano José María Arguedas, agotados hace más de 30 años, o darle mayor difusión al escritor mexicano Justino Sarmiento, aquel que cuenta en su novela Las Perras cómo “llevar al abrevadero a las siete cabrillas”.