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JUAN MARSÉ

 

 

 

TANTO RECUERDAS, TANTO VALES

Mamen Gallego y Helena López

 

“La memoria personal, la de tu propia experiencia, que te llega a través de historias que te han contado, de los libros que has leído, y los acontecimientos que has vivido, compone un magma, un material con el que empezar a trabajar”.

 

Instalado en un sillón de mimbre, frente a una mesa ordenada, en una habitación rodeada de ventanales -tan luminosa como él- desde la que se divisa un protector algarrobo, Juan Marsé nos habla de su próxima novela, de la cual tenía un esquema y ahora “se ha convertido en un monstruo”, se le disparó hacia un extremo que no esperaba.

Acaba de ganar el prestigioso premio Rulfo que moviliza  su emoción y sus recuerdos: “Me resulta un premio entrañable porque yo conocí personalmente a Juan Rulfo, al cual siempre releo. Todavía le recuerdo cuando estábamos juntos. Quién me iba a decir que un día recibiría un premio así.”

Su mundo está poblado por protagonistas singulares -antihéroes- y enigmáticos personajes secundarios, y el ocultamiento -motor de la literatura misma- es el motor de sus novelas. Contundente, conciso y sagaz en el dominio del lenguaje y de las estrategias narrativas, sus reflexiones sobre la experiencia literaria, cada uno de los comentarios que nos ofrece a continuación, constituyen para nosotros un verdadero programa de sugerencias concretas, especialmente planteadas para los lectores de Escribir y Publicar.

Ha constituido un universo literario propio, su escritura es una de las más productivas de nuestro tiempo. Su obra se nutre de la Barcelona de la posguerra, de los ideales que el tiempo borró y de las “aventis” furiosas que en su infancia escuchó. El ambiente de Barcelona, y ciertos barrios -el Guinardó, el Carmelo, el barrio Gracia que lo albergó durante tanto tiempo-, se funden en sus novelas, y crean el telón de fondo de unas historias que parten de la memoria del escritor. 

Y mientras que su obra es reconocida a nivel internacional, él afirma: “Yo nunca, jamás, he escrito una sola línea esperando reconocimiento oficial ninguno. La literatura es un asunto entre lo que escribo y yo. Celebro que guste, pero si no gustara tanto seguiría igual.”

  

Una de las características fundamentales de sus obras es el tratamiento de la memoria, ¿qué es para usted?, ¿de qué modo la trabaja?

La memoria es lo que compone la materia base, yo diría que la única. Lo es todo. No concibo un escritor sin memoria. Constituye la experiencia y la experiencia es lo que te permite desarrollar cualquier historia, cualquier tema que tenga que ver con la vida de tus semejantes. La memoria opera de una manera muy sui generis, muy caprichosa. No sabes por qué recuerdas muy bien ciertas cosas y, en cambio, has olvidado otras. La forma de manejarla es ponerla en un orden convencional, relativo. La memoria selecciona y luego el escritor, a su vez, selecciona también sobre esa memoria que ya ha seleccionado.

  

¿En qué momento ve claramente cuál es la historia que va a narrar?

Normalmente empiezas tanteando, intuyes que hay posibilidades de que una historia pueda tener cierto interés, pueda entretener al lector. Yo creo que siempre hay que partir de presupuestos modestos. La novela va por fases, es un proceso que crece gradualmente a medida que la escribes. A partir de cierto momento, los libros tiran de uno y no tú de ellos. Los libros crecen a pesar del escritor.

 

Cuando comienza una novela, ¿tiene muy clara la estructura de la trama o parte de un argumento bien definido y va armando la novela a medida que la escribe?

Yo me hago una especie de sinopsis argumental, de distribución del material por capítulos. En el primer capítulo intento siempre buscar un arranque que agarre al lector, que lo arrastre, sitúo la acción en determinado momento y época, y a unos personajes que les pasa tal cosa. Luego, en el segundo capítulo pienso: “pues aquí explicaré este asunto, en el tercero intervendrá este...” Y así me hago un esquema general, pero muy elemental, que puede ocupar diez folios como máximo. Y entonces empiezo a trabajar sobre este esquema.

 

Y cuando llega ese momento en que el libro crece, ¿de qué modo se altera el esquema inicial?

En realidad, hago seis o siete esquemas a medida que avanza la novela. Conforme voy trabajando el esquema queda rápidamente sobrepasado y los personajes se me disparan por un lado que no tenía previsto en absoluto. Personajes secundarios inesperados de repente crecen. Por ejemplo, yo he escrito en el esquema: “Fulano sale de casa, coge un taxi y llega a la clínica. Allí tendrá una conversación con una muchacha que se está muriendo”. Empiezo a trabajar en eso y al llegar al punto donde coge el taxi, considero oportuno por cuestiones de ritmo, por lo que sea, una breve conversación con el taxista. Entonces, este personaje tiene palabra, tiene voz, interviene y es un tipo que se me crece, que lo tengo que describir incluso físicamente. Evoluciona de tal manera y dice unas cosas que yo ya preveo que tendré que recuperarlo después.

 

“A partir de cierto momento,

los libros tiran de uno y no tú de ellos.

Los libros crecen a pesar del escritor”

 

Juega mucho con los tiempos verbales, incluso en “Si te dicen que caí” llega un momento en que uno no sabe quién está hablando...

Sí. En Si te dicen que caí trabajo con muchos planos distintos a la vez y, de repente, no sabes quién está hablando. No me importa, porque es más importante lo que se dice, no quién lo dice. Pero cuando no es así, tienes que cuidar mucho que el lector sepa quién está hablando y en qué momento. La única manera de que no cree confusión innecesaria es que lo hagas de forma que el lector pueda identificar la voz que corresponde al pasado y la voz que corresponde al presente. Eso es un asunto de habilidad y si creas confusión es que no lo has conseguido. Confusión no, ambigüedad sí. Es lo que decía, a veces determinados episodios de una novela conviene que sean ambiguos, que envuelvas al lector en una especie de neblina.

 

“Determinados episodios de una novela

conviene que sean ambiguos,

que envuelvas al lector en una especie de neblina.”

 

¿Tiene un método de trabajo fijo o varía según la historia que está escribiendo?

Depende de lo que quieras contar, no solamente qué historia quieres contar sino qué quieres contar con esa historia, valga la redundancia. Qué quieres decir, aquí está el secreto. Según sea el tema de fondo, utilizas unas técnicas u otras, te organizas el material de ésta o de otra manera. Tienes que encontrar la forma ideal, el lenguaje apropiado, la estructura apropiada. Para eso no hay fórmulas. Hay un punto en este oficio en que no hay reglas, no se puede explicar.

 

“Hay un punto en este oficio

 en que no hay reglas,

no se puede explicar “

 

En algunas de sus novelas narra una ficción dentro de la ficción, como podrían ser las “aventis” o en  “El embrujo de Shanghai” la historia que Nandu Forcat cuenta a los niños. ¿Estas narraciones, las trabaja como un “todo” o como dos o más historias paralelas y luego las integra y las unifica en una sola?

En El embrujo de Shanghai podría haber hecho dos novelas cortas, pero intentar trenzar esas dos historias significaba hacerlas avanzar a la vez porque lo que me interesaba eran los chispazos que podían producir el roce de una con la otra. Lo que hice fue escribirlas de forma paralela, con una idea vaga de fracturar aquí, fracturar allí, de manera que entre las dos se crease un equilibrio. Le proponía al lector que estableciese, si le interesaba, una correspondencia entre las ilusiones de este hombre, Nandu Forcat, y la realidad.

 

¿Se ha bloqueado alguna vez en el proceso de escritura?

No. Tener dudas sí. A veces no doy con el tono o no encuentro el modo de resolver cierta situación. Entonces sigo con el esquema que tengo previsto. Después, por ejemplo, aquel final que tenía escrito, cuando ya he resuelto todo lo otro, veo que no me sirve y entonces tengo que reescribirlo entero.

 

¿Relee a diario lo que escribe?

No es que relea, lo tengo en la cabeza. La cuestión de precisión de lenguaje es un trabajo que viene un poco después. En ese momento no me detengo frente a un adverbio o un adjetivo porque no acabaría nunca.

 

¿Tiene un círculo  íntimo de lectores que leen sus novelas antes entregárselas al editor?

No las doy a nadie. Pienso que cuando uno escribe una novela debería confiar en ella en el sentido de no esperar la aprobación de alguien, sino que la aprobación se la tiene que dar uno mismo. Siempre me acuerdo de algo que decía Folch, respecto a un libro que había terminado: “Si el libro no está bien, yo ya no puedo hacer nada más para mejorarlo. Y si está bien, es mejor que lo lean”.

 

¿Cuándo decide el título de sus novelas?

A veces se me ocurre muy pronto y otras veces me cuesta mucho, incluso he llegado a terminar la novela manejando tres o cuatro títulos a la vez, y cuando tienes demasiados títulos es que no tienes ninguno. Al final te tienes que decidir. Últimas tardes con Teresa fue un título que tuve claro desde el primer momento, casi diría que antes de empezar a escribir la novela. Otros, en cambio, me los han sugerido amigos. Por ejemplo Si te dicen que caí me lo proporcionó el poeta Jaime Gil de Biedma.

 

 Cuando tienes

demasiados títulos

es que no tienes ninguno.

 

¿Cuándo escribe?

Suelo escribir por la mañana. Me levanto temprano, camino una hora, desayuno y me siento a escribir hasta las dos.

 

¿Qué evolución percibe en su escritura?, ¿nota cambios sustanciales desde que empezó?

Lo que he notado es que me vuelvo mucho más exigente. Antes daba por bueno lo escrito muy rápidamente, me fiaba como de una especie de inspiración. Con el tiempo he desconfiado de eso y ahora diría que me cuesta mucho más. No es que me cueste más escribir, es que desconfío. Intuyo que lo que explico en diez líneas lo podría explicar en cuatro y mucho mejor. A algunas frases, por ejemplo, les doy la vuelta muchas veces. Las desmonto y las vuelvo a montar porque siempre sospecho que hay un manera mejor de decirlo. Y, efectivamente, casi siempre la hay.

 

¿Qué aconsejaría a una persona que empieza a escribir y qué lectura le recomendaría?

Los consejos son sencillísimos, de esos de toda la vida: leer mucho, escribir mucho y tirar mucho a la papelera. Y por supuesto, vivir, es decir, observar. La imaginación se tiene que alimentar de realidades, está en tu sociedad, en el tiempo que estás viviendo o en tu ciudad. Utilizar todo esto de forma novelesca para conseguir la complicidad del lector.

En cuanto a la lectura, le recomendaría leer a los maestros, sobre todo los clásicos del siglo XIX.

 

 

“La imaginación se tiene que alimentar de realidades,

 está en tu sociedad,

 en el tiempo que estás viviendo o en tu ciudad”