La versión de su navegador no está debidamente actualizada. Le recomendamos actualizarla a la versión más reciente.




¿Es más verdadero lo que imaginamos que lo que recordamos o viceversa?

Inventar y recordar son tareas similares.

por silvia adela kohan


La ficción emplea con éxito los materiales provenientes de la memo­ria para elaborar la novela de la primera infancia, la de la adoles­cencia y las primeras aventuras, la del amor feliz o contrariado, la que pone en escena los fantasmas o toma como protagonistas los demonios interiores.

Tomarse uno mismo como campo proteico para el ejercicio literario implica también observarse en el presente y atreverse a dibujarse en el futuro. Dice Carlos Fuentes: "Cuando nos enfrentamos al pasado y al futuro nos damos cuenta de que lo hacemos siempre en el presente, es decir desde el presente. Recordamos, y ese es el único pasado posible, y lo que en el presente deseamos es el único futuro posible. Es decir, el presente es el resultante de la consagración del tiempo, el tiempo que nos contiene a todos; el pasado es memoria y el futuro deseo erradicado en el presente y a partir  de eso ya se pueden combinar de muchas maneras los modos temporales."

 

Una fórmula útil

Un ejercicio que ha mostrado su eficacia es escribir a partir de la expresión "me acuerdo" (je me souviens)" empleado por Georges Perec. Consiste en recordar todo lo que acude a tu mente sin ningún tipo de limitación y buscar un orden después (según el orden en que se organicen, producirán uno u otro efecto de sentido). En la reiteración de la frase radica el secreto de su eficacia.

Si se varía el orden de las frases enumeradas tantas veces como se lo desea se consiguen variaciones argumentales:

 

Me acuerdo de la cara de sorpresa de mi madre cada vez que me cuenta como me salí del carrito en que me transportaban de pequeño, y se dieron cuenta al llegar bajo una farola muchos metros después.

Me acuerdo de que me perdí al ir a comprar un chicle.

Me acuerdo de que lloré mucho cuando se casó mi hermano.

Me acuerdo de una encarnizada batalla a pedradas, protegiéndonos entre montículos de arena.

Me acuerdo de mi tío, arreándole unos cuantos correazos a su nieto por qué no dejábamos dormir a la hora de la siesta.

Me acuerdo de que Miguelito "el travieso" golpeó con su raqueta el trasero de una burra que pasaba por la carretera; la burra se encabritó e hizo caer al jinete que se puso muy burro.

Me acuerdo de la riña que me propinaron  por rayar con un clavo un saliente de uno de los cajones del armario del comedor. Escribí: AMEN.

Me acuerdo del día que estrené un polo amarillo con rayas para ir al colegio.

Me acuerdo de una luz roja en un cuarto oscuro, y de que sonaba música de Bob Marley, mientras Elías y otro chico cuyo rostro no podría precisar, ojeaban un Interviú donde posaba desnuda una tal Erika.

Me acuerdo de que durante el golpe de Estado del 23 de febrero yo estaba asistiendo a clases particulares para recuperar las matemáticas que, como de costumbre, había suspendido. Aquella tarde estudiamos los límites.

Me acuerdo de Martin Sheen bailando como un poseído en su habitación antes de que llamaran a su puerta para mandarlo al infierno en busca del coronel Kurtz. Años después sabría de Joseph Conrad.

Me acuerdo de los ojos de aquella niña rubia  que no apartaba de los míos su mirada mientras hacía prácticas en la escuela de Magisterio.

Me acuerdo del olor que desprendían aquellos callos desde la cola de acceso al comedor del cuartel. Nunca he comido callos.

Me acuerdo de la sensación que producen en los riñones cansados unas sábanas limpias.

Me acuerdo de un compañero del colegio al que reconocí mientras rebuscaba entre contenedores de basura.

Me acuerdo de haber ido a misa.

Me acuerdo de la risa que me entró después de haber tenido un impresionante accidente de automóvil.

Me acuerdo de muchas cosas.

                                                                                                   Vicente Cervera, De mí

 

Rescatar  escenas

La vida de uno está compuesta por escenas más o menos significativas, más o menos coloridas que se rescatan de las más diversas fuentes.

Haz una travesía imaginaria por tu cuerpo. Las manos, los pies, el pelo... ¿con qué escenas te conectan?, ¿a qué otros cuerpos te remiten?, ¿a qué instante irrepetible, a cuál aventura?

O déjate llevar por una actividad cotidiana. Preparas un pastel y acuden a tu mente -si los llamas- los pasteles de antiguos cumpleaños, la escena de una fiesta que celebraste a los doce años, los amigos que invitaste, las comidas que preparó tu madre o tu abuela o una amiga de tu madre que no tuvo hijos y te mimaba más de la cuenta, la tensión vivida ante una discusión entre tu madre y tu padre minutos antes de la llegada de los invitados, quiénes vinieron y quiénes faltaron, los regalos, tu atuendo especial, eso que te dijeron o lo que no te dijeron, la despedida. 

Un objeto puede ser el intermediario hacia la ficción: ¿un piano te transporta a la casa de tu mejor amiga aquel día en que ella tocaba y tú bailabas imitando a vuestros actores preferidos?, ¿un pisapapeles te remite a las primeros poemas que escribías o a las cartas que recibías y dejabas en tu mesa momentáneamente?, ¿y una moto, una tetera, una prenda de vestir, un disco de pasta, una piedra, ...? te  pueden instalar en momentos violentos, dulces, perfectos para ser convertidos en literatura.

Y por qué no un personaje agazapado. Generalmente, la primera persona que asiste al espacio del recuerdo es el

abuelo o la abuela. Sin embargo, son muchas las personas que marcaron sus huellas en tu historia personal y a las que dejar asomar en el territorio de tu texto puede constituir toda una aventura para ti debido a las escenas que pone en movimiento en tu mente y en tus sentimientos. No olvides a esa persona que te ha estimulado en algún momento de tu vida.

 

El lugar del origen. A veces, el lugar de la infancia se ha transformado demasiado o ha desaparecido. Entonces, reconstruirlo a través de la memoria es una buena posibilidad que numerosos escritores practican. Dice José Saramago refiriéndose a Azinhaga, la aldea portuguesa que lo vio nacer: "Ya no existe la casa donde nací, pero ese hecho me es del todo indiferente ... Esa pérdida hace mucho tiempo que dejó de dolerme  porque, gracias al poder de la memoria, puedo levantar todos los días sus paredes, plantar el olivo que daba sombra a la entrada, abrir y cerrar el postigo de la puerta y la cancela de la huerta, entrar en las pocilgas y ver mamar a los lechones, ir a la cocina y echar en el botijo de esmalte el agua que por milésima vez me matará la sed de aquel verano". Es casi evidente el contacto entre el relato de su biografía y su escritura literaria, en distintas direcciones, como, por ejemplo, el paisaje y las vivencias adoles-centes que aparecen en Desquite, de Casi un objeto.

 

El proceso de recordar qué te sucedió y de buscar el sentido de ese suceso puede ser gratificante. Si lo escribes, no como un hecho literario sino como algo parecido a contar una historia en una conversación cotidiana, la ventaja es que te puede ayudar a entender tus propias experiencias.

Las evocaciones permiten encontrar escenas olvidadas y la vinculación entre algunas de esas escenas te llevará a construir el universo imaginario.