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Ernest Hemigway

 

“He tratado de eliminar todo lo que sea innecesario para comunicarle una experiencia al lector, de modo que después que él haya leído algo, eso se convierta en parte de su experiencia y parezca haber sucedido en realidad.”

 

Escribir parece sencillo leyendo a Hemingway. Es uno de los principales escritores norteamericanos que cambió la concepción narrativa de este siglo y al que muchos desearon imitar. Desarrolla una serie de técnicas muy elaboradas con el fin de conseguir un relato directo y natural. La sencillez de su prosa proviene de una constante reflexión sobre el hecho de escribir que en este dossier sintetizamos.

Descarnado, lúcido, planeó su suicidio como un asesinato ajeno, y se suicidó en 1936. Ese mismo año se publicó Las nieves del Kilimanjaro, relato que trata sobre el dinero, las mujeres, la muerte y la imposibilidad de escribir, imposibilidad de narrar la experiencia, y que tiene la estructura misma del suicidio: narra el fin de su escritura.

Escribía de pie en el dormitorio de su casa en La Habana, con la máquina de escribir a la altura del pecho. Amó demasiado muchas cosas: él mismo era una fiesta. Deseó, exigió, participó, reflexionó, leyó ávidamente; por eso, seguramente, escribió. El ansia de vivir estalla en cada página escrita por Hemingway. Consigue explosionar momentos vividos, mediante la apelación concisa a las sensaciones, de la acción y de los detalles minúsculos. Su método de trabajo consiste en observar para ver y nombrar las cosas con exactitud. Un rigor implacable le permite conseguir el tono significativo, el ritmo apropiado. Una simplicidad deliberada, un diálogo seco, un buen manejo de la ironía, constituye la base de sus narraciones. Y, algo que resulta duro para muchos escritores, deja fuera del relato mucha información que insinúa, pero no explicita en sus cuentos o novelas.

 

¿Cuál es su método de trabajo?

Cuando estoy escribiendo un libro, o un cuento, trabajo todas las mañanas, inmediatamente después de la salida del sol. No hay nadie que moleste y hace fresco y uno entra en calor a medida que va escribiendo. Se lee lo que se lleva escrito y, como uno siempre se detiene cuando sabe lo que va a suceder a continuación, sigue escribiendo a partir de ahí. Se escribe hasta que se llega a un lugar donde a uno todavía le queda jugo y donde se sabe lo que va a suceder a continuación y entonces uno se detiene y trata de seguir viviendo hasta el día siguiente, cuando se vuelve a poner manos a la obra. Cuando uno se detiene está tan vacío, y al mismo tiempo nunca vacío sino llenándose, como cuando se ha hecho el amor con alguien a quien se ama. Nada puede afectarlo a uno, nada puede suceder, nada significa nada hasta el día siguiente, cuando volvemos a hacerlo. Lo difícil de sobrellevar es la espera hasta el día siguiente.

 

“Se escribe hasta que se llega

a un lugar donde a uno

todavía le queda jugo y donde se sabe

lo que va a suceder a continuación

y entonces uno se detiene y trata

de seguir viviendo hasta el día siguiente”

 

 

¿Revisa usted su texto cuando relee lo que hizo el día anterior o lo hace más tarde, cuando ha terminado?

Siempre reviso cada día hasta el punto donde me detuve. Cuando todo está terminado, naturalmente, uno vuelve a revisar. Hay otra oportunidad de corregir y reescribir cuando otra persona mecanografía el texto y uno puede verlo en limpio. La última oportunidad la dan las pruebas de imprenta. Uno agradece esas diferentes oportunidades.

 

¿Reescribe mucho?

Reescribí el final de Adiós a las armas, la última página, treinta y nueve veces antes de sentirme satisfecho.

 

¿Por qué tantas veces? ¿Cuál era la dificultad?

Organizar bien las palabras.

 

¿Cuáles son algunos de los lugares que le han sido más favorables para escribir?

El Hotel Ambos Mundos en La Habana fue un buen lugar para trabajar. Esta finca es un lugar espléndido, o lo era. Pero yo he trabajado bien en todas partes. Es decir, he podido trabajar tan bien como soy capaz de hacerlo en diversas circunstancias. El teléfono y los visitantes son los destructores del trabajo.

 

 

“Si un escritor deja

e observar está liquidado”

 

 

¿Y cuando no está escribiendo, también trabaja literariamente?

Seguro. Observo, porque si un escritor deja de observar está liquidado. Pero no tiene que observar de manera consciente ni pensar cómo aprovechará lo que observa. Por lo pronto, así creo que debe ser al comienzo. Pero más adelante todo lo que se ve entra a la gran reserva. Yo siempre trato de escribir de acuerdo con el principio del témpano de hielo, que conserva siete octavas partes de su masa debajo del agua, por cada parte que se ve. Uno puede eliminar cualquier cosa que conozca, y eso sólo fortalece el témpano propio.  Esa es la parte que no se deja ver. Pero si un escritor omite algo porque no lo conoce, entonces hay un boquete en el relato. El viejo y el marpudo haber tenido más de mil páginas e incluir a cada uno de los personajes de la aldea y todo lo relacionado con su modo de vivir. Pero yo dejé afuera de esa historia todas las pequeñas historias de la aldea de pescadores. El conocimiento de ellas es lo que constituye la parte del témpano que está bajo el agua.

 

¿Cómo empieza a escribir un cuento?

 Algunas veces uno sabe la historia. Otras, uno la inventa a medida que escribe y no tiene la menor idea de cómo va a salir.

 

¿Los personajes de sus obras están sacados de la vida real?

Por supuesto que no. Algunos provienen de la vida real. Mayormente, uno inventa gente a partir del conocimiento y la compresión y la experiencia de la gente.

Al componerlos, si uno describe a alguien como una fotografía, en un solo plano, desde mi punto de vista, es un fracaso. Se lo debe componer considerando todas sus dimensiones: desde lejos, desde cerca, en movimiento, desde arriba...

 

¿Quiénes diría usted que son sus antecesores literarios, aquéllos de quienes más ha aprendido?

Mark Twain, Flaubert, Stendhal, Bach, Turguenev, Tolstoi, Dostoyevski,Chéjov, Andrew Marvell, John Donne, Maupassant, el Kipling bueno, Thoreau, el capitán Marryat, Shakespeare, Mozart, Quevedo, Dante, Virgilio, Tintoretto, Hyeronimus Bosch, Brueghel, Patinit, goya, Giotto, Cézanne, Van Gogh, Gauguin, San Juan de la Cruz, Góngora... me llevaría un día recordarlos a todos. Y además daría la impresión de que estoy exhibiendo una erudición que no poseo en lugar de tratar de recordar a todos los que han influido en mi vida y en mi obra. Incluyo a los pintores, o empecé a incluirlos, porque aprendo tanto de los pintores como de los escritores sobre el arte de escribir.

 

¿Se le ocurren a usted los títulos durante el proceso de escribir la historia?

No. Hago una lista de nombres después de terminar el cuento o el libro, a veces hasta cien. Entonces empiezo a eliminarlos, en ocasiones a todos.

                           

¿Cuál considera usted que es el mejor adiestramiento intelectual para el aprendiz de escritor?

Digamos que debería ahorcarse porque descubre que escribir bien es una dificultad intolerable. Entonces alguien debería salvarlo, cortarle la soga sin piedad, y debería obligarlo a escribir tan bien como pudiera, durante el resto de su vida. Al menos, tendría la historia del ahorcamiento para comenzar.

Lo más embarazoso es encontrar las palabras apropiadas; pero por encima de las disculpas y de los obstáculos, lo que el escritor ha de hacer es escribir sin descanso. Vivir: la inspiración está ahí fuera, en el discurrir de las existencias ajenas, en el transcurrir del tiempo.

La compañía de otros escritores ayuda también a valorar la creación literaria. Sirve de estímulo cuando se comprueba que las dificultades son similares para todos. Y leer siempre; yo leo numerosos libros, procuro tener siempre uno en la mano. El consejo más válido es, tal vez, entender que la obra literaria debe explicarse por sí misma, sin necesidad de que el autor tenga que “justificar” lo que ha dicho, lo que ha querido decir, o lo que ha dejado de decir.

 (Buena parte de la entrevista es transcrita de El oficio de escritor, Ediciones Era, México.)

 

Decálogo para los escritores que se inician:

1 Estad enamorados

2 Romped a escribir

3 Contemplad el mundo y uníos a la vida

4 Frecuentad la compañía de gente que escriba

5 Leed sin cesar

6 Escuchad música y contemplad pintura

7 Leed sin cesar

8 No intentéis explicaros

9 Oíd a vuestra voluntad (o a vuestro deseo)

10 Tachad: la palabra destruye el sentido creador

 

Diálogo periodístico

Hemingway: ¿Frecuenta usted el hipódromo?

Entrevistador: Ocasionalmente.

Hemingway: Entonces lea el programa de las carreras... Ahí tiene usted el verdadero arte de narrar.

(Conversación en un café de Madrid, en mayo de 1954)

 

Textos / Hemingway

Mi primer viaje marino

Nací en una casita blanca de la Isla de Martha’s Vineyard, en el Estado de Massachussets. Mi madre murió cuando yo tenía cuatro años y mi padre, capitán del velero de tres mástiles “Elizabeth”, nos llevó a mi hermana menor y a mí a Australia, doblando el “Horn”.

Tuvimos buen tiempo a la ida y veíamos a la toninas que jugaban alrededor del barco y a los grandes albatros blancos que cortaban el aire sobre el océano o seguían al velero para apoderarse de los restos de comida; los marineros cazaron uno  con un enorme anzuelo que tenía un pedazo de bizcocho como carnada, pero lo dejaron ir enseguida porque son muy supersticiosos con estos pájaros.

Una vez los marineros bajaron en un barril atado al bauprés y arponaron una tonina (o cerdo marino, como lo llaman), la subieron al combés y le arrancaron el hígado que comimos frito en la cena. Tenía el mismo gusto que el cerdo, aunque era más grasoso.

Llegamos a Sidney, Australia, después de un hermoso viaje que también fue bueno a la vuelta.

 

                                      (Trabajo escolar que Hemingway realizó a los once años.)

 

 

París

París era una ciudad muy vieja, nosotros éramos jóvenes y allí nada era sencillo, ni siquiera la pobreza ni el dinero súbito ni la luz de la luna ni el bien ni el mal ni la respiración de alguien que, acostada a nuestro lado, durmiese bajo la luz de la luna.

 

                                      (de A. Moveable Feast, publicado en 1964)

 

La suerte

Imagínate lo que ocurriría si un hombre tuviese que intentar matar a la luna todos los días. La luna corre rápido. Pero imagínate ahora lo que ocurriría si un hombre tuviese que intentar matar al sol. Nacimos con suerte.

 

                                      (de The Old Man and the Sea, publicado en 1952)

 

Para tener suerte llevaba en el bolsillo derecho una castaña de la India y una pata de conejo: La pata de conejo había perdido el pelo hacía mucho tiempo y sus huesos y tendones estaban pulidos por el uso. Las uñas arañaban el forro del bolsillo indicando que la suerte todavía estaba allí.

 

                                      (de A. Moveable Feast, publicado en 1964)

 

El suicidio

-¿Por qué se mató, papá?

-No sé, Nick. No lo pudo soportar, supongo?

-¿Se matan muchos hombres, papá?

-Muchos no.

-¿Y muchas mujeres?

-Casi nunca.

-¿Nunca?

-Oh, sí. Algunas veces.

-¿Papito?

-¿Sí?

-¿Adónde fue el tío George?

-Ya va a aparecer.

-¿Cuesta morir, papá?

-No, creo que es bastante fácil, Nick. Todo depende.

Al amanecer, en medio del lago, sentado en la popa mientras su padre remaba, tuvo la impresión de que él no moriría nunca.

 

                                      (de Campamento indio)

 

Un cuentro brevísimo

Un atardecer cálido, en Padua, le subieron al tejado y desde allí pudo mirar la parte alta de la ciudad. Por el cielo volaban vencejos. Al cabo de un rato comenzó a oscurecer y se encendieron los reflectores. Los otros bajaron, llevándose consigo las botellas. El y Luz los oían abajo, en el balcón. Luz se sentó en la cama. Estaba fresca y pura en la noche cálida.

Luz se quedó allí de servicio nocturno durante tres meses, y ellos se lo permitieron, muy contentos. Cuando le operaron fue ella quien preparó la mesa de operaciones; y ellos bromeaban sobre amigos y lavativas. El se sometió a la anestesia poniendo buen cuidado en no irse de la lengua, porque la gente, cuando está anestesiada, suele hablar más de la cuenta y decir tonterías. Después, con muletas, solía tomarse él mismo la temperatura, y así Luz no tenía que levantarse de la cama. Había muy pocos enfermos y estaban al corriente. A todos les caía bien Luz. Y él, yendo por los pasillos, pensaba en Luz acostada.

Antes de que él volviera al frente fueron los dos al Duomo a rezar. Allí había penumbra y silencio, y gente rezando. Ellos querían casarse, pero les faltaba tiempo para las amonestaciones, y no tenían a mano sus partidas de nacimiento. Se sentían como si estuviesen casados, pero querían que todo el mundo se enterase, y hacer el amor, para no perderlo.

Luz le escribió muchas cartas, pero él no las recibió hasta después del armisticio. Le llegaron quince en un paquete al frente, y él las ordenó por fechas y las fue leyendo seguidas. Trataban del hospital y de lo mucho que le quería y de lo imposible que le resultaba vivir sin él, y de lo que le echaba de menos por la noche.

Después del armisticio decidieron volver a casa y buscar trabajo para poder casarse. Luz no podía volver hasta que él encontrara un buen empleo, y entonces iría a Nueva York a recogerla. Quedó bien claro que él no bebería, y tampoco quería ver a sus amigos ni a nadie en Estados Unidos. Lo único que quería era encontrar trabajo para que pudieran casarse. En el tren de Padua riñeron porque ella no quería volver a casa inmediatamente. Cuando les tocó despedirse, en la estación de Milán, se besaron, pero la riña no quedó arreglada del todo. A él le dolió mucho tener que despedirse de ella así.

Regresó a Norteamérica en barco, desde Génova, y Luz volvió a Pordenone, donde se inauguraba un hospital. Llovía, y se sintió sola. En la ciudad estaba acuartelado un batallón de ardit. El comandante del batallón, que pasaba el invierno en esa ciudad lluviosa y cubierta de fango, le hizo el amor a Luz, y ella nunca había conocido italianos hasta entonces. Luz acabó mandando una carta a Estados Unidos donde explicaba que su amor había sido un amor de juventud, que lo sentía mucho, y que él, probablemente, no podría comprenderla, pero algún día la perdonaría y se lo agradecería, y que esperaba, de una manera completamente inesperada, casarse en primavera. Le quería tanto como siempre, pero se daba cuenta de que su amor había sido un amor de juventud. Le deseaba que tuviera mucho éxito y tenía completa fe en él. Estaba convencida de que ésta era la mejor solución para los dos.

El comandante no se casó con ella en primavera, ni en ninguna otra estación. Luz no recibió respuesta a aquella carta que le envió a él a Chicago. Poco tiempo después él cogió purgaciones haciendo el amor con la empleada de  unos grandes almacenes en un taxi que iba por Lincoln Park.