La versión de su navegador no está debidamente actualizada. Le recomendamos actualizarla a la versión más reciente.

 

CON GUSTAVO MARTIN GARZO

                                                                                    porJoaquín Revuelta

 

 

 

  

Es un escritor recóndito a pesar del reconocimiento obtenido en los últimos años. Quizá se deba a la peculiaridad de su mundo narrativo, en el que se entreteje lo cotidiano y lo extraordinario, la sensatez y la locura, sentimientos, pasiones y paisajes, a través de anécdotas e historias inventadas o tomadas de la tradición popular, que llevan a sus personajes a vivir situaciones unas veces luminosas, terribles otras, inquietantes las más.  Un mundo narrativo bajo el que late la necesidad de escudriñar los pliegues que conforman la realidad.  Su prosa clara y sencilla consigue exponer con toda naturalidad lo más insólito, no sin dejar la sensación de que siempre queda algo por desvelar.

 

  

¿Cómo abordas una obra, cómo la trabajas? ¿Al escribir, te introduces en un mundo imaginario? ¿Te dejas llevar por la improvisación? ¿Tienes un plan preconcebido?

Bueno, yo creo que cada libro es diferente.  No sólo cada autor es distinto y tiene una manera de afrontar ese trabajo que es el trabajo de escribir. O ese oficio, pues también tiene una parte de oficio.  Incluso, dentro de cada autor, un nuevo libro supone un desafío distinto, y surge de una forma también diferente, de una forma no prevista, de una forma que tú no imaginabas que podía existir hasta el momento de plantearte escribir ese libro.  De hecho, yo creo que una de las cosas más complicadas cuando tienes un libro que te ronda por la cabeza es dar con la manera de contar eso que está llamándote, dar con la voz que requiere.  Yo abogo por un escritor sin estilo.  No me gustan los escritores dotados de un estilo muy poderoso, que imponen esa manera de escribir a cualquier tema y a cualquier cosa que hagan.

 

Pero eso es inevitable, ¿no?  Desde el momento en que un autor se expresa, parece natural que aparezcan los rasgos que lo diferencian de los demás, que lo hacen único.

Sí, el estilo acaba notándose siempre.  Pero mí ideal es el escritor que es capaz de un tipo de escritura transparente.  Una escritura que no pretende hacerse presente, ser una marca de fábrica, expresar la singularidad, sino que está al servicio de lo que está contando.  Para mí, el narrador es un transmisor.  No es alguien que trata de expresar sus ideas, sino alguien al que esas ideas, al que esos personajes, al que esa historia le llega de pronto, y él simplemente se limita a escuchar y a transmitir eso que ha escuchado, a volver a contarlo.  Es como si alguien, en un lugar que no sé dónde situar, a medio camino entre la realidad y los sueños, estuviera susurrando una historia que luego tú vienes al mundo real a contar.  Ese es mi ideal del narrador.  Otra cosa es que eso se pueda cumplir siempre.  Por eso creo que es muy importante que el yo del narrador desaparezca, que no se haga presente de ninguna forma, que sea una especie de mensajero.  Alguien que recoge un mensaje, una noticia y la lleva de un lugar a otro.  Un portavoz.

 

“Cualquier libro siempre demanda abandonar las manos del que lo ha escrito y entrar en el mundo del lector anónimo”

 

Si el escritor es un portavoz de algo que le llega, ¿cómo debe actuar? ¿Debe prepararse de alguna forma?  Porque la descripción que acabas de hacer tiene algo de mágica.

Yo creo que hay un elemento azaroso que es muy difícil de explicar.  Hasta ahora estábamos hablando de un segundo momento, que es, cuando yo tengo lo que podríamos llamar la idea, la imagen, el proyecto de un libro, porque he visto un personaje, porque he imaginado una historia, porque algo está tirando de mí, ¿de qué forma lo cuento?  Pero el primer momento es el momento en que tú, de pronto, recibes esa especie de llamada, de advertencia acerca de que ahí hay algo que es valioso para ti, que tienes que recogerlo y tienes que irte con ello a otro lado, Es difícil de explicar.  Hay una figura que a mí me gusta mucho como metáfora.  Es la figura del ladrón.  Pero un ladrón que saliera a robar sin una idea exacta de lo que anda buscando.  Que no va buscando el dinero, aquello que es fácilmente convertible, lo que un sistema determinado considera el paradigma del valor.  Sino que va buscando aquello que es valioso de otra forma, de una manera más secreta, de una forma más misteriosa.  Sería un ladrón que entra en una casa llevado por la intuición, por el presentimiento, Que no sabe muy bien lo que busca, pero que sí que sabe, cuando de pronto se encuentra con algo valioso, reconocerlo.  Es muy difícil explicar en qué consiste eso.

 

¿Ese encuentro, cómo y cuando sucede: antes de escribir, mientras estás escribiendo?

Sucede antes de escribir y mientras estás escribiendo.  Antes de escribir sucede ese encuentro con algo valioso, o ese presentimiento de que algo valioso te está aguardando en un lugar, que te hace escribir, Pero claro, luego el acto mismo de escribir conlleva hallazgos de ese tipo.  Existe una imagen sacada de la mitología griega que lo expresa muy bien.  Es el mito de Diana y Acteón.  Diana es una diosa de la naturaleza que vive en el bosque.  Una doncella que vive con su corte de ninfas, aislada y apartada de los hombres, muy celosa de su intimidad.  Acteón es un muchacho, un cazador, que un buen día se interna en el bosque y, de pronto, de manera casual, al apartar unos matorrales, ve a Diana bañándose desnuda, con sus ninfas, en el lago.  Y queda deslumbrado, Pero sabe lo celosa de su intimidad que es Diana, y que sí le descubre, le va a castigar, como efectivamente le castiga.  Pero podemos imaginar a Acteón, una vez que ha visto a la diosa volviendo a ese lugar muchas veces.  Un día y otro día.  Espiando el baño de la diosa.  Y eso es lo que le pasa al narrador, al novelista.  En un momento determinado, se encuentra con algo, con algo que le sorprende, con algo que se le impone, semejante a ese baño desnudo de la diosa.  Da con un lugar donde algo se le ha revelado, por decirlo así.  Y una vez que ha dado con ese lugar, la novela en el fondo ya está casi escrita, porque lo único que tiene que hacer es volver a ese lugar, y discretamente situarse y ver todo lo que va llegando.

 

Entonces, se trata de transmitir esa visión de alguna forma.  Pero ¿de qué forma? ¿Cómo se convierte ese encuentro en un libro?

Ese es el segundo momento del que hablaba.  Primero tienes que dar con un lugar.  Y segundo, tienes que encontrar la manera de contar eso que llega a ese lugar.  Y para ello, tienes que dejar que sea el lugar mismo el que te diga cómo debes encontrarlo.  Cada lugar tiene una voz, y el escritor tiene que escuchar la voz de las cosas, la voz de las criaturas que hay en ese lugar, hacerla suya y transmitirla.

 

Pero esa transmisión no es algo automático.  Exige una técnica, un dominio del lenguaje.  Y tiene que ser a la vez  fiel a la idea o la experiencia que el escritor quiere transmitir y comprensible para los lectores.

Ahí interviene eso que llamamos el oficio.  Porque, claro, se necesita haber dado con un lugar así, saber que ahí está sucediendo algo que es importante, haber encontrado la manera de referirte a ello.  Pero ahora el escritor tiene que ser capaz de encontrar en sí mismo las palabras más fíeles a esa manera.  Ahí interviene ya el oficio.  Y es lo que se puede aprender.  Pero se aprende la forma de adaptarse a esa voz que viene dada de fuera, porque el escritor tiene que recogerla y ponerla en sus propias palabras.  Y eso tiene una técnica.  Las frases tienen que seguir unas leyes de la sintaxis, de la claridad, de la concisión, etc, etc.  Y en el caso de la novela, tiene una estructura, y es tan importante cada momento, cada frase, como la construcción de la novela.  Incluso, yo diría que casi es más importante la construcción de la novela que esa batalla por conseguir cada frase.  Y ahí interviene el oficio.  Hay que saber, porque te puedes equivocar.  Tú has podido estar, efectivamente, en un lugar extraordinario, has podido sentir que allí estaba sucediendo algo decisivo, importante, misterioso, divertido, como quiera llamarlo.  Pero puedes fracasar a la hora de contarlo.  Igual que muchas veces fracasamos cuando queremos contar algo: ponemos un exceso de pasión, nos precipitamos y a lo mejor lo contamos muy mal.

 

 

“Las frases tienen que seguir unas leyes

 

de la sintaxis, de la claridad, de la concisión”

 

 

 ¿Tú cómo has aprendido a escribir, a ser transmisor?

Pues yo creo que la única forma de aprender es poniéndote.  Supongo que también influyen mucho las lecturas.  Es muy importante leer.  Yo, sin embargo, nunca leo con la idea del novelista que va analizando la forma en que eso está construido para tratar de aprender.  Cuando leo, me olvido de que soy escritor, y leo como un lector, entregado a aquello que estoy haciendo.  Es muy importante leer porque sin darte cuenta vas asimilando cosas, vas viendo formas, vas viendo maneras.  Pero sobre todo es la práctica.  Por poner un ejemplo, hasta Las historias de Marta y Fernando, prácticamente el diálogo no existía en mis novelas.  El diálogo era una cosa interna a la propia narración, incluso era algo que estaba en un lugar intermedio entre los pensamientos del personaje que se sentía hablar y la realidad.  No había un dialogo abierto.  Sin embargo, con Las historias de Marta y Fernando me di cuenta de que la única manera que tenía de acercarme a esos dos personajes era a través de hacerlos hablar y escuchar lo que se decían.  Y entonces me lancé de cabeza en el diálogo sin haberlo hecho nunca.  Y el haberlo hecho, de pronto, me abrió un camino insospechado, que yo no había intentado, de tal forma que en mis dos últimas novelas el diálogo tiene una parte importantísima.  Y es verdad que tuve, casi sobre la marcha, que aprender a escribir el diálogo.  Lo que pasa es que no era un aprendizaje forzado desde fuera: "voy a aprender a escribir diálogos, voy a ponerme a hacer ejercicios", sino que yo realmente escuchaba hablar a esa pareja.  Entonces me salió casi sin darme cuenta.  Luego tuve que hacer todo un trabajo para que fuera verosímil, reescribirlo, etc, etc.  Pero efectivamente, esa novela me abre a mí toda la riqueza que hay en el diálogo.  Una técnica distinta y nueva.  Algo que no hacía y que, a partir de un momento determinado, me veo, con más o menos naturalidad, haciéndolo.

 

Hablas de reescribir ¿Reescribes mucho? ¿En la tarea de encontrar el tono, la expresión, la palabra más adecuada, disfrutas, o te resulta engorroso?

Mi forma de trabajar es la siguiente: yo lo que hago es trabajar mucho la página.  Esa sería mi unidad de trabajo.  No el párrafo sino la página.  De tal forma que me siento a escribir y normalmente lo que hago es escribir una página.  A lo mejor rápidamente.  Pero cuando la termino, me detengo y empiezo a trabajaría, y hasta que no la tengo perfectamente pulida, como a mí me gusta, o lo más parecido a lo que a mí me gusta, no paso a la siguiente.  Normalmente, una jornada de trabajo es una página.  Si estoy muy inspirado y consigo dos, pues entonces eso ya es toda una alegría y una señal de fecundidad casi increíble.  Por lo tanto, esa página está en un estado de escritura muy adelantado, de forma que cuando yo termino mí primer manuscrito, no es un manuscrito que haya que reescribir muchas veces, sino que está bastante avanzado.  De hecho, escribo una página, la vuelvo y no la vuelvo a leer hasta el final. O sea voy acumulando las páginas.  La novela la tengo en la cabeza, y puedo pasarme meses o a lo mejor hasta un año, sin leer lo escrito para nada, porque además me da pánico. Y cuando termino, me tengo que enfrentar a todo ese trabajo anterior. Y ese trabajo de enfrentarte, ese trabajo de la corrección, esa última, cuando tienes ya el libro en la mano, es muy bonito.  Es muy bonito porque sobre todo se basa en quitar cosas, más que añadir.  Vas quitando, vas puliendo, y vas viendo que queda mejor; cómo partes que no eran nítidas, que no eran claras van quedando con todo ese trabajo más despejadas, más desnudas.  Mi trabajo siempre va en pos de conseguir un despojamiento mayor.  Y ahí sí que se disfruta.  Una vez que tienes el sentimiento de que el libro ya está en tus manos.  Porque mientras no tienes ese sentimiento hay veces que el trabajo de escribir es muy duro.  Hay épocas en las que estás eufórico y encantado con lo que estás escribiendo, y hay otras épocas en que de pronto te parece que entras en un bache, y es desesperante, porque piensas que has perdido el hilo de lo que estabas haciendo, que eso no va para ningún lado.  Y eso te causa mucha desazón y un enorme malestar.

 

“Yo abogo por un escritor sin estilo”

 

Supongo que una vez escrito el libro, el haber conseguido dar con esa idea, con esa voz, con esa historia que pedía ser transmitida es la mayor satisfacción.  Tras esto, ¿qué sentido tiene publicarlo, darlo a conocer a otros?

Hay dos cosas.  En primer lugar, tú nunca sabes que lo has conseguido.  Es decir, tú siempre tienes unas dudas absolutas respecto a lo que has hecho, y pasas, como decía antes, por momentos de entusiasma y por momentos de depresión absoluta.  Entonces, lo que necesitas es poner a prueba la verdad de ese logro.  Ver si realmente ese logro es real, o es una imaginación tuya.  Porque todos tenemos muchas fantasías, y bien pudiera ser que ese libro que crees haber escrito no lo hubieras escrito y sólo existiera en tu imaginación.  De ahí que necesites poner a prueba su valor de realidad.  Y el único que te da un índice de la realidad de lo que has conseguido es el lector.  Es decir, entregárselo a alguien, cuanto más desconocido mejor; que ese alguien pueda recibir esa historia y pueda a través de ella encontrar cosas de sí mismo, vivir su propia vida, emocionarse, sentirse consolado, sentirse estimulado, confundido, etc.  Yo creo que un libro es como una partitura, que necesita un intérprete, pues la música solamente existe cuando esa partitura la coge alguien y la hace sonar.  La lectura es esa interpretación.  Por eso yo creo que cualquier libro siempre demanda abandonar las manos del que lo ha escrito y entrar en ese otro mundo que es el mundo del lector anónimo que va a poner su propia vida en la realidad de leerlo, de leerlo y de interpretarlo y de obtener su propia música del libro.

 

Ocurra lo que ocurra con el libro ya escrito, vuelves a escribir otro, vuelves al principio ¿es algo así como el mito de Sísifo?

Sí, porque, cuando terminas un libro, tienes la sensación de que no has conseguido el libro que querías escribir, de que el verdadero libro siempre se está escapando de ti.  Hay un intento, y ese intento, una vez que se concluye, te lleva al sentimiento de un fracaso.  Y piensas: otra vez se me ha vuelto a escapar. O sea, que tengo que volver a intentarlo.  Cada nuevo libro es tratar una vez más de alcanzar ese libro único, ese libro verdadero, ese libro absoluto, que sería el que te gustaría escribir, y que nunca vas a escribir, por cierto.

 

¿Ya lo sabes?

Yo creo que sí, que probablemente no se puede escribir.  Nunca escribes el libro que quieres, sino el que puedes.  Yo sé que nunca voy a escribir un libro como el que ha escrito Marcel Proust o como los que escribió Kafka.  Eso lo sé de antemano, porque como lector me doy cuenta de que la diferencia que existe entre ellos y yo es absoluta.  De todas formas, está el consuelo que anima a escribir a quien desea hacerlo, y es que no tanto tiene que pensar en los grandes escritores que ha podido haber en el mundo y con los que es imposible compararse, sino pensar en una cosa muy sencilla, y es que aquello que él va a contar solamente él puede contarlo.  Porque detrás de lo que se cuenta hay una manera de ver el mundo, una manera de estar en la realidad, Y esa manera de ver el mundo y de estar en la realidad es una manera propia de la persona que lo está diciendo, que lo está contando.  Lo que tú ves por tus propios ojos nadie sino tú puede verlo.  De tal forma que cualquier libro escrito de verdad, escrito con implicación, con deseo de hacer una apuesta fuerte justifica que cualquiera realice ese intento.