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Cómo se cocina un thriller

de inspiración histórica

 

 

 

Francesc Miralles habla con claridad y lucidez del proceso de la escritura y de los caminos que recorrió para escribir El cuarto reino,  thriller de inspiración histórica con el que ha iniciado una serie de novelas protagonizadas por Leo Vidal. 

 

Antes de entrar en los secretos culinarios de este exitoso género, quisiera subdividirlo en dos categorías que conviven en la misma sección de las librerías, pero que en realidad son muy distintas. Bajo la etiqueta “thriller de inspiración histórica” a menudo se entiende:

 

a) Novela histórica con intriga. Narrada desde la época que se quiere retratar, es una combinación de riguroso saber histórico y ficción con más o menos misterio. A esta categoría pertenecen tanto El nombre de la rosa (Umberto Eco) como Los pilares de la Tierra (Ken Follet); en nuestro país tenemos ejemplos destacados con La catedral del mar (Ildefonso Falcones) y El puente de los judíos (Martí Gironell). Este último autor rompe deliberadamente las convenciones del género trufando el relato histórico de sucesos maravillosos de la mitología local.

 

b) Thriller contemporáneo de inspiración histórica. La historia se narra y se resuelve desde la actualidad, pero la trama gira en torno a un hecho enigmático de la historia. El gran ejemplo de este subgénero es El Código Da Vinci (Dan Brown), que inauguró una moda entre el gran público que lleva media década copando las librerías y las listas de los más vendidos. A esta misma categoría pertenece El Cuarto Reino, y versaré el artículo sobre ella.

 

Orígenes de El Cuarto Reino

Nunca he sido lector de best-séllers y debo reconocer que previamente a embarcarme en esta aventura literaria sólo había leído una de estas novelas, El Código Da Vinci, un par de meses antes de que se convirtiera en un

éxito mundial.

  De hecho, a veces es una ventaja no estar empapado del género que quieres practicar, ya que así puedes desarrollar la historia sin imitar a ningún autor concreto.

            El embrión de El Cuarto Reino se halla en una

cena con Joan Bruna, padre de mi agente Sandra Bruna, que conoce muy bien Montserrat y me dijo que no había ningún thriller situado en ese enclave tan lleno de leyendas.

            Después de meditar sobre este comentario, la semana siguiente esbocé, casi como un juego, cómo podría ser la sinopsis de una novela de aventuras y misterio que tuviera lugar en Montserrat. Escribí un resumen de poco más de doce líneas, encabezado por el título actual. Acto seguido, envié el breve documento a Sandra Bruna y le pedí que simplemente lo archivara, que podía ser una idea para llevarla a cabo en un par de años.

            Felizmente, mi agente literaria no me hizo caso y, un par de semanas después, durante la Feria de Frankfurt enseñó el folio a un editor que buscaba este tipo de obras. Tras leer la sinopsis compró la novela sin haber visto una sola página.

            Al firmar el contrato sentí una importante presión para no defraudar a quien había creído en mí ciegamente, Tal vez por eso, me conjuré con la escritora y amiga Care Santos. Ella empezaba una novela por aquel entonces, La muerte de Venus, y apostamos que uno de los dos debía lograr entrar en la lista de los 10 primeros en un máximo de dos años.

            Antes de su publicación, este septiembre, El Cuarto Reino ya entró en listas en su versión catalana y pagué muy gustosamente una cena a Care, cuya novela había sido finalista del Premio Primavera. Los dos teníamos algo que celebrar.

 

Antes de empezar a escribir, debes imaginarlo

En mi caso, el tema del libro me vino dado por Joan Bruna, y desarrollé el argumento después de leer un artículo en la revista Sapiens sobre la visita a Montserrat de Heinrich Himmler. Tras redactar la sinopsis lo tenía muy claro. Sólo quedaba escribirlo.

            Me gustaría transmitir a los escritores presentes y futuros un consejo que me dio el profesor Pep Rossell en el ya extinto postgrado de editores de la Universidad de Barcelona. Creo que es lo más importante que aprendí en todo el curso y lo he aplicado desde entonces. Dijo: “Antes de publicar un libro, hay que imaginarlo”.

Con ello quería decir, de algún modo, que en nuestro oficio tenemos que empezar la casa por el tejado. Antes de empezar a escribir, resulta muy útil imaginar el libro terminado, incluyendo título y contracubierta, mejor aún si sabemos en qué editorial y colección encajaría. Así el editor, cuando recibe el manuscrito, tiene la sensación de que le han entregado un traje a medida y es más fácil que compre la novela.

El camino inverso, escribir el libro que a uno le apetece y pensar luego dónde colocarlo, es mucho más arduo y hay muchas posibilidades de que el manuscrito muera en un cajón.

De cualquier forma, como orientación general, el tema de una novela de estas características debe estar dentro de lo que se está vendiendo mejor en las librerías, pero sin ser un calco de lo que ya existe. Tiene que aportar algo diferente y novedoso.

En mi caso, aportaba un territorio inexplorado por el thriller, Montserrat, y una historia de nazis antiguos y modernos lo bastante rocambolesca para generar interés y suspense.

 

El proceso de documentación

Decidido el tema y el argumento, contratada incluso la novela, había que afrontar el gran salto al vacío que supone para todo escritor iniciar un nuevo libro, sobre todo cuando te estrenas en un género que no conoces a fondo.

            Hubiera sido un error empezar a escribir sin ton ni son, a ver lo que sale, ya que cuando un autor desconoce el terreno que pisa lo que necesita es documentación. Soy más antropólogo que ratón de biblioteca ―o de Internet―, así que gaste la práctica totalidad del anticipo en viajar a todos los escenarios de la novela.

            Hice “trabajo de campo” recorriendo lugares misteriosos, tomando fotografías y hablando con las gentes de cada lugar. Tomé nota de un montón de historias, me empapé de los paisajes ―aunque no suelo abundar en la descripción―, y en los diferentes trayectos sentía cómo la novela iba tomando cada vez más forma.

            Llega un momento en el que debes dar por acabada la documentación para empezar a escribir. Entonces, yo suelo encerrarme un fin de semana a elaborar un guión de la trama lo más detallado posible, a veces capítulo por capítulo.

            En este punto, la novela de algún modo ya está escrita en algún rincón de tu cabeza y sólo tienes que tirar del hilo ―con mucha constancia― para plasmarla.

 

El novelista es un corredor de fondo

Lógicamente, las primeras páginas siempre son mucho más difíciles que el resto, ya que en ellas fijas el estilo, el ritmo, los personajes, el punto de vista que va a dominar en la novela. Por eso generan tantas dudas.

            Sin embargo, superadas las primeras veinte páginas uno empieza a notar que la novela avanza sola. No es ningún tópico eso de que los personajes acaban haciendo lo que quieren. Yo lo atribuyo a lo que he explicado antes: si la novela se ha preparado a fondo, escribirla será poco más que plasmar lo que ya se ha creado a otro nivel.

            Pero ahora, tras la página 20, es cuando empiezan los peligros que acechan a todo escritor que se propone cuajar una novela bien construida. Es la piedra de toque que distingue al escritor profesional del aficionado. Precisamente porque en algún lugar de nuestra mente ya nos hemos contado la historia completa varias veces, tras el frenesí de todo inicio ―no es exclusivo de los romances― llega lógicamente el hastío.

            Cuando uno lleva seis meses o un año planeando un libro, tras un par de semanas escribiéndolo se siente tentado a abandonar la tarea por un proyecto nuevo y excitante. Para evitar estos cantos de sirena, el novelista debe ser un corredor de fondo y trabajar todos los días, le apetezca o no, en el proyecto que se ha fijado. No hay novela que pueda completarse con la única ayuda del entusiasmo. Sin disciplina y sacrificio es imposible llegar a meta.

            Para ilustrar esta cuestión tan decisiva si uno se propone vivir de la escritura, contaré la experiencia de mi segunda novela juvenil, antes de dedicarme a la literatura de adultos.

Curiosamente la primera novela me había resultado relativamente fácil de terminar, porque era breve y la escribí íntegramente en la India, donde estuve un mes viajando. En ese país uno dispone de mucho tiempo libre, porque en la mayoría de ciudades al caer la tarde cierra todo. Yo mataba el tiempo escribiendo en mi libreta desde la cama mientras esperaba que me entrara el sueño.

Sin embargo, cuando planeé escribir Un haiku para Alicia (por ahora publicada sólo en catalán) me hallaba en Barcelona con muchas obligaciones que cumplir y otras tantas distracciones. Dado que quería presentarla a un premio literario y este tenía una fecha límite de entrega, tuve que ponerme las pilas y tomármelo en serio.

Es muy importante trabajar por objetivos ―tantas horas o páginas por día― y tener un deadline para no dormirse en la carrera de fondo. Un truco para activarse, por ejemplo, es mandar los nuevos capítulos regularmente a un lector amigo, al que pediremos que nos regañe si no cumplimos con lo acordado. Puede parecer infantil, pero a mí siempre me ha funcionado.

En la época de Un haiku para Alicia, sin embargo, yo tenía la buena costumbre de escribir primero a pluma, y eso imprimía a todo el asunto otro ritmo. Con este procedimiento artesanal la novela queda mucho mejor, pero necesitas el doble de tiempo.

Como sabía que el ímpetu creador flaquearía cuando llevara unos cuantos días con la misma historia, me obligué a sentarme cada día ―de lunes a domingo― de 15h a 18h en la mesa de mi cocina con la libreta abierta. Daba igual si escribía cuatro páginas, una página o media. Lo importante era estar sentado allí una jornada tras otra, sin otra ocupación que la novela.

Había días que me notaba extremadamente desganado para la escritura, y hubiera hecho cualquier cosa menos estar allí. Era como si el cuerpo se rebelara contra el cometido asignado. Indefectiblemente, sin embargo, tras un rato de lucha acababa sumergiéndome en la novela y a menudo sobrepasaba el horario fijado. ¡Me estaba divirtiendo!

Esta novela escrita a base de látigo interior ganó el premio Gran Angular de literatura juvenil en catalán y me permitió dedicarme a escribir. Sin embargo, el mayor premio había sido demostrarme que era capaz de terminar una novela. Es una carrera de fondo en el que todo el que llega a meta ya es ganador.

Para la redacción de El Cuarto Reino tuve que aplicarme una disciplina similar: en este caso era de 9h a 14h; empezaba repasando lo escrito la jornada anterior y luego escribía nuevas páginas. Hace ya muchos años que escribo directamente a ordenador porque no dispongo del tiempo para la versión manuscrita.

 

Un estilo transparente

Hay algo muy importante que deben entender los que quieran dedicarse al comúnmente llamado best-séller, sea novela histórica, thriller contemporáneo o cualquier otro subgénero dirigido al gran público: para que una novela de este tipo funcione, el contenido ―la trama― debe prevalecer totalmente sobre la forma.

            Escribir una obra comercial exige renunciar totalmente al ego literario para convertirse en un mero y eficaz transmisor de la historia. Al lector de Dan Brown o de Ken Follet le traen sin cuidado las opiniones, sentimientos y experimentaciones del autor. Quieren una aventura que les “enganche” desde la primera página y que mantenga el interés y la intriga a base de acción, intriga y giros inesperados.

            En el best-séller perfecto la voz del narrador debe ser transparente, el autor desaparece y cede todo el protagonismo a la historia. El escritor que no esté dispuesto a realizar este sacrificio tiene poco futuro como autor de masas.

            Un thriller eficaz es como una buena película de acción, en la que el argumento nos arrastra de tal modo que llegamos al final de la película sin darnos ni cuenta. Cuando el espectador tiene tiempo de fijarse en los movimientos de la cámara, en los planos o en la banda sonora es que algo no funciona.

            Del mismo modo, el best-séller requiere de una técnica vigorosa pero despersonalizada. La visión del mundo del autor es lo de menos, aunque siempre acabe emergiendo de un modo u otro.

Algunos ingredientes para terminar

Lo importante es que la novela mantenga un ritmo trepidante; no podemos permitir que el lector se acomode. Cuando crea saber lo que pasará, hay que darle la vuelta a la situación para recuperar la tensión. Cuando crea saber quiénes son los buenos y los malos, hay que sorprenderle demostrándole que estaba equivocado y que nada es como parece.

            Este es el objetivo número uno de la literatura popular: entretener sin cuartel. Cuando al lector se le cae el libro de las manos y no lo vuelve a retomar, el escritor ha fracasado. Para evitarlo hay que imprimirle ritmo y, al mismo tiempo, dosificar la información de modo que al lector siempre le falte saber algo esencial: un enigma o misterio, la resolución de una situación que parece irresoluble.

La atención se mantiene gracias a lo que el lector no sabe, pero tampoco hay que hacerle desesperar o cerrará el libro. Debemos revelarle lo que desea saber… al tiempo que descubre que el misterio resuelto ocultaba un misterio todavía mayor.

            Los thrillers de inspiración histórica ―de cualquiera de las dos categorías mencionadas al principio― tienen además un valor añadido que explica el boom que están viviendo. Al proporcionar detalles curiosos sobre la historia, el arte o la arquitectura, por ejemplo, el lector tiene la agradable sensación de que no sólo se entretiene, sino que además aprende cosas. Por lo tanto, no está perdiendo el tiempo. Luego comenta estos descubrimientos a amigos y compañeros de trabajo, lo que acaba desatando el fabuloso efecto boca-oreja, responsable del éxito de obras como El Código Da Vinci.

            Pero no nos engañemos: para que eso suceda, hay que haber llegado al final del libro.