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Entre el ORDENADOR y el LIBRO

 

¿Las obras de autoría compartida o el ordenador pueden reemplazar al escritor y al libro? ¿Acaso la narración interactiva es uno de los riesgos que se agazapa para dinamitar la figura del escritor versus el fantasma de lo colectivo como lugar del “no compromiso”? Planteamos la cuestión como campo de reflexión y presentamos la opinión de Umberto Eco.

 

Muchas son las ventajas que nos aportan los ordenadores e Internet. Para los escritores, la posibilidad actual de rehacer el texto tantas veces como lo deseen es una de los mayores sueños conseguidos, aunque la posibilidad fácil de “cortar y pegar” de los procesadores puede conducir también al espejismo, a la ilusión de creer que velozmente se resuelve un cuento o una novela, cuando, en realidad, la literatura no es producto de la velocidad sino de la lenta maduración.

   Con respecto a Internet, las obras de autoría compartida, que crecen y se modifican con la participación sucesiva de numerosos internautas (en general, con un coordinador que hace de moderador), son lo opuesto a la tradicional narración que crece siguiendo un hilo conductor y respetando una intención a la cual el autor único dedica años. Las variantes se multiplican ante la excitación por el juego; la trama puede continuar a veces indefinidamente, resulta muy simple y descompensada; o confusa al expandirse en demasiadas direcciones. Otra variante de narración interactiva es la basada en los juegos de aventura: en cada una de sus interrupciones el co-autor (o interactor) encuentra indicios que le permiten articular la historia, que resulta desordenada  el lector debe recomponerla. Y hay más, por cierto. Tal vez, como novedad, atraigan a más de un escritor talentoso; de lo que se trata es de no olvidar que –todavía- el libro espera y cuenta con lectores fieles. 

Mientras tanto... la inteligencia artificial desafía al escritor. Programas construyen y escriben relatos.

Así, por ejemplo, se desafió a los usuarios de la red a descubrir cuál de los cinco comienzos de relatos literarios sobre la traición estaba escrito por escritores (cuatro de ellos lo estaban) y cuál por un programa de ordenador como el Brutusi, dotado de numerosas variables de la escritura narrativa: personajes, escenarios, temas, estilo, ambientación. El secreto, según dicen sus creadores, para que los resultados sean sumamente creativos es generar imágenes de escenas en la mente del lector, para lo cual se basan en los relatos de Victor Hugo, un marco definido y un tema “inmemorial”, como la traición en este caso, el amor no correspondido, etc.

 

 

¿La muerte del libro?

                                                                                         Umberto Eco

 

Existe una confusión sobre dos cuestiones distintas: ¿los ordenadores harán que los libros queden obsoletos? ¿los ordenadores harán que el material escrito e impreso quede obsoleto?

 

Supongamos que los ordenadores acaban con los libros (no creo que eso ocurra y abordaré este tema más adelante, pero supongámoslo por ahora). Aun y todo, esto no supondría la desaparición del material impreso. Hemos visto que era un poco ilusorio esperar que los ordenadores, y sobre todo los procesadores de texto, contribuyeran a salvar los árboles. Los ordenadores alientan la producción de material impreso. Podemos imaginar una cultura en la que no haya libros, y aun así la gente vaya con toneladas de hojas de papel sin encuadernar. Esto sería bastante incómodo, y plantearía un gran problema a las bibliotecas.

   Debray ha observado que el hecho de que la civilización hebrea se basara en el libro tiene mucho que ver con el hecho de que fuera una civilización nómada. Creo que esto es muy importante. Los egipcios podían grabar su historia en obeliscos de piedra, Moisés no. Para cruzar el Mar Rojo, un libro es un instrumento más práctico para recoger la sabiduría. Por cierto, otra civilización nómada, la árabe, se basaba en el libro, y daba más importancia a la escritura que a las imágenes.

   Pero los libros también tienen una ventaja con respecto a los ordenadores. Aunque impresos en papel ácido, que sólo dura setenta años aproximadamente, son más duraderos que los soportes magnéticos. Además, no sufren cortes de corriente y son más resistentes a los golpes.    Como señalaba Bolter, “es poco inteligente intentar predecir los cambios tecnológicos dentro de muchos años”, pero es cierto que, al menos hasta ahora, los libros todavía representan la forma más barata, flexible y práctica de transportar información a muy bajo costo.

    La comunicación electrónica viaja por delante de nosotros, los libros viajan con nosotros a nuestra velocidad pero, si naufragas en una isla desierta, un libro puede ser muy útil, un computadora no. Como señala Landow, los textos electrónicos necesitan una estación de lectura y un dispositivo de descodificación. Los libros siguen siendo los mejores compañeros para un naufragio, o para el Día Después.

    Estoy seguro de que las nuevas tecnologías volverán obsoletos muchos tipos de libros, como las enciclopedias y los manuales. Tomemos por ejemplo el proyecto de Enciclopedia desarrollado por Horizons Unlimited. Cuando esté terminado, contendrá probablemente más información que la Enciclopedia Británica (o Treccani o Larousse), con la ventaja de que permite referencias cruzadas y recuperación no convencional de información. Todos los compact disc, más la computadora, ocuparán una quinta parte del espacio ocupado hoy en día por una enciclopedia. La enciclopedia no se puede transportar como el CD-ROM, y no se puede actualizar fácilmente. No tiene las ventajas prácticas de un libro normal, así que se puede sustituir por un CD-ROM, lo mismo que el anuario de teléfonos. Las estanterías ocupadas hoy en día, tanto en las casas como en las bibliotecas públicas, por metros y metros de enciclopedias, quedarán eliminadas dentro de poco, y no habrá motivo para lamentar su desaparición.  Por la misma razón, hoy en día tampoco necesito un pesado retrato pintado por un artista indiferente, ya que puedo enviar a mi amada una fiel y lustrosa fotografía. Este cambio en las funciones sociales de la pintura no ha convertido la pintura en algo obsoleto, ni siquiera los cuadros realistas de Annigoni, que no cumplen con la función de retratar a una persona, sino con la de rendir un homenaje a alguien importante, de manera que el encargo, la compra y la exposición de dichos retratos adquieren connotaciones aristocráticas.

     Los libros seguirán siendo indispensables no sólo para la literatura sino para cualquier circunstancia en la que uno deba leer con atención, no sólo recibir información sino también especular y reflexionar sobre ella.

     Leer una pantalla no es lo mismo que leer un libro. Pensemos en el proceso de aprender a utilizar una pieza de software. Generalmente aparecen en pantalla todas las instrucciones necesarias. Pero los usuarios que desean aprender el programa suelen imprimir las instrucciones y leerlas como si estuvieran en forma de libro, o bien compran un manual (dejemos de lado el hecho de que los manuales que suelen venir con los ordenadores, on-line o off-line, son escritos por idiotas irresponsables y tautológicos, mientras que los manuales comerciales están escritos por gente inteligente). Es posible concebir un programa visual que explique muy bien cómo imprimir y encuadernar un libro, pero para saber cómo escribir un programa de computadora, debemos recurrir a un manual impreso.

      Después de pasar no más de doce horas frente a un ordenador, tengo los ojos como dos pelotas de tenis, y siento la necesidad de sentarme cómodamente en un sofá y de leer un periódico, o tal vez un buen poema. Creo que los ordenadores están difundiendo una nueva forma de cultura pero son incapaces de satisfacer todas las necesidades intelectuales que despiertan. En mis períodos de optimismo, sueño con una generación informática que, obligada a leer en una pantalla, se familiariza con leerla pero en un momento dado se siente insatisfecha y busca una forma diferente, más relajada y con unas exigencias distintas.

 

Tomado de El Futuro del Libro ( Epílogo)

Ed. Paidós, Barcelona, 1998