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El sadismo

por Ariel Rivadeneira

 

En realidad, el sadismo anida en la constitución del hecho literario. El escritor es un voyeur, de allí al sadismo la distancia es corta. Muchos liberan su sadismo y su crueldad en algunos personajes y son numerosos los personajes sádicos evidentes y solapados. Para los surrealistas, el personaje mismo es una tentación. Es más, la palabra es sádica porque tiene el poder de dar forma a la realidad, puede generar monstruos y luego destruirlos.

 

En Vocabulaire de la Psychanalyse, J. Laplanche y J.B. Pontalis definen el sadismo como “una perversión sexual en la cual la satisfacción va ligada al sufrimiento o la humillación infligidos a otro”. Donatien-Alphonse-François, marqués de Sade, señor de la Coste, maestre de campo de caballería y miembro de la antigua nobleza provenzal (1740-1824) le confirió la patente de su nombre al narrar su abultado prontuario sexual en
Las 120 jornadas de Sodoma, Alina y Valcour y Justina o Los infortunios de la virtud, calificada por Freud como “la más grave de las psicopatías”.

Cuánto de sadismo hay en textos tan dispares (¿o no tanto?) como los del surrealismo (¿qué decir del “cadáver exquisito”, por ejemplo?), los de la literatura fantástica, desde los cuentos de Poe en adelante (¿dos ejemplo entre otros cientos posibles? La triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, de García Márquez o Lejana, de Cortázar). En suma, el fenómeno de la ficción suele provenir del sádico acto de crear. Y qué decir de Poe, de Blake.

 

Un verdadero vampiro se alza entre los muertos y disfruta con la visión, el tacto y el sabor de la sangre humana

Asimismo, la combinación de necrofilia, seducción de vírgenes desde más allá de la tumba, y una atmósfera cargada de sexo y violencia, han dado al vampirismo una gran popularidad. Se tematiza en el conde Drácula, creado en 1897 por Bram Stoker.

El extraordinario atractivo que el vampirismo ejerce sobre el subconsciente es erótico. En los tiempos victorianos, las jóvenes decentes resultaban “desgraciadas” cuando eran seducidas; pero, ¿qué ocurría si su seductor era un demonio procedente de más allá de la tumba? Entonces, cuanto más inocente era la víctima, mayor era su excusa... y mayor su atracción por el vampiro. Como aseguró en cierta ocasión un productor cinematográfico: “El sexo y lo sobrenatural nunca fallan”.


Como fuente o como campo de creación

Como entramado mental, Los Cantos de Maldoror, de Lautréamont, discurso maldito de la locura, fue inspiración del surrealismo. Lo maldito no sólo está en el tema, está en la forma de escribir. Escenifica las angustias del autor y produce la catarsis en el lector. Octavio Paz dijo que la palabra poética termina en aullido o silencio. Decía Baudelaire: “He pensado muy a menudo que los animales dañinos y repugnantes quizás sean solamente la vivificación, la corporificación, la aparición en la vida material de los malos pensamientos del hombre”.

En el otro extremo, estaría Cola de lagartija, novela de Luisa Valenzuela, que trabaja a partir de una figura real: el Brujo (que representa a su homólogo durante la dictadura argentina) y encarna lo perverso, la obsesión del poder, el sadismo en el cual se deleita, el gusto por el horror, la tortura y el terror, en suma, la degradación del ser humano en sus posibilidades más abyectas y crueles, y hasta su físico es monstruoso. 

 

El curioso insaciable

Otra variante. La del escritor-voyeur-sádico. Walter Benjamin establece una relación entre Proust y el sadismo: “Creo que la obra de Proust hace evidentes los caracteres generales, aunque muy disimulados, del sadismo. Me baso en el modo insaciable de Proust de diseccionar los más mínimos acontecimientos, en su curiosidad. Que la curiosidad, en forma de insistente pregunta, hurgando sin cesar en los mismos hechos, puede convertirse en un temible instrumento en manos de un sádico (el mismo instrumento que los niños manejan con toda inocencia), lo sabemos por experiencia. La relación de Proust con la existencia tiene algo de esta curiosidad sádica. Hay pasajes en los que, con sus preguntas, lleva la vida en cierto modo a su paroxismo, otros en los que se coloca ante un estado de ánimo como un profesor sádico ante un niño intimidado, para obligarlo mediante gestos ambiguos, un tirón y un pellizco, entre la caricia y la tortura, a librar un secreto sospechado, quizá imaginario. En este ser singular coinciden, en cualquier caso, las dos grandes pasiones del hombre, la curiosidad y el sadismo: no poder obtener ningún sosiego de ninguna constatación, hallar encajonado en cada secreto otro más pequeño, y en éste otro más minúsculo aún, hasta el infinito, en tanto que la importancia del descubrimiento aumenta a medida que su talla disminuye”.

Mientras tanto, el mismo Proust afirma en El tiempo recobrado: “Los seres más torpes, con sus gestos, sus palabras, sus sentimientos involuntariamente expresados, manifiestan leyes que no perciben, pero que el artista sorprende en ellos. Debido a este género de observaciones, el vulgo cree perverso al escritor, y se equivoca, pues el artista ve en una cosa ridícula una bella generalidad, y se le atribuye a la persona observada sin mala intención...”.