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EL OJO CRÍTICO

por Margarita López Carrillo 

                                 

ENTRE VISILLOS, de Carmen Martín Gaite

 

Carmen Martín Gaite nació el mismo año que mi madre, en el veinticinco, de modo que en el año cincuenta, que es la época, más o menos, en que ocurre la acción de Entre visillos, ambas tenían veinticinco años. La ciudad en que se sitúa la novela es Salamanca –no se dice en ningún momento, pero se sabe porque es la ciudad natal de la autora y la novela se nota que está escrita desde un conocimiento profundo del lugar, que se describe con exactitud. La ciudad de mi madre no viene al caso, pero baste decir que era también una pequeña ciudad de provincias. Durante toda mi infancia y algo más, unas veces mi madre y otras mi tía –cuando las dos familias se juntaban en las vacaciones–, nos contaban antes de dormir a mi prima, a mi hermana y a mí, interminables historias de cuando eran jóvenes allá en la segunda mitad de los cuarenta. Con nuestros camisones de tergal de niñas de los sesenta, en un cuarto con más camas de la cuenta –la casa se ponía en esas fechas que parecía un campo de refugiados–, encima de la sábana porque hacía calor y con la ventana abierta por donde entraba el ruido lejano de algún coche cada mucho, nos sumergíamos sin esfuerzo en la vida de esa ciudad de hacía más de veinte años: en las costumbres de la casa de nuestros abuelos, en las riñas de mi tía con sus amigas, en los problemas de mi madre para salir cuando no estaba mi tía porque no sabía pintarse sola, en las interminables sesiones de modista, en las largas tardes bordando el ajuar; las veíamos yendo a misa de ocho todas las mañanas con sus trajes de chaqueta, iguales pero con algún detalle diferenciador, y el pelo enrollado en un rulo de relleno en torno a la base del cráneo, taconeando muy dignas con su cartera sin asa bajo el brazo, haciendo caso omiso de las groserías de los soldados que pasaban en camiones o de los mozos de almacén que se cruzaban a su paso. Nos deleitábamos en preguntar el porqué, nunca suficientemente aclarado, de los múltiples tabúes y preceptos que atravesaban sus vidas, que nos parecían absurdos y misteriosos al mismo tiempo, pero ellas, que a menudo no lograban explicárselos ni a sí mismas, solían zanjar la cuestión con un “eran otros tiempos”.

Pues en esos tiempos, exactamente en esos, me vi metida de nuevo la primera vez que leí Entre visillos; en esos tiempos y en ese ambiente de clase media provinciana, en ese qué dirán omnipresente, en ese constreñimiento del mundo femenino lleno de menudencias –que inexplicablemente alcanzaban una importancia enorme–, en ese ambiente lleno del miedo a los hombres, y del vago, subterráneo, insidioso y constante temor de no llegar a casarse.

La novela de Carmen Martín Gaite tiene algo dificilísimo de conseguir para un escritor y de encontrar para un lector: está viva. No importa cuantas veces la haya leído, cada vez que vuelvo a cogerla entro en una ciudad española franquista, y en el legendario universo de los relatos de mi madre y mi tía, y también entro en el laberinto de las vicisitudes humanas. Lo universal está en lo particular, dicen. Esta novela es un excelente ejemplo de ello. Mas allá de las coordenadas  sociales, históricas y circunstanciales en que forcejean los personajes se perciben los conflictos comunes a toda persona. El análisis trasciende la circunstancia. No es necesario haber nacido en la España de Franco, no es necesario haber tenido una tía y una madre coetáneas de la autora contándote, como un goteo a lo largo de la infancia, sus recuerdos de juventud –en todo caso eso ayuda, quizá, a imaginar mejor el decorado–, basta con estar viva, basta con estar viviendo para sentir que todo lo que se plantea te incumbe, te alude como mujer, como ser humano, como ser bajo presión, como ser con miedo y esperanza, con incomprensiones, con contradicciones, con deseos y prejuicios.

Carmen MG consigue todo esto con una técnica tan perfecta que resulta difícil evidenciarla, el texto parece fácil, fluido, simplemente eso está ahí y ella lo está contando, como si lo que parece fácil lo fuera alguna vez.

Los personajes están vivos porque son singulares y coherentes en todo momento respecto a sí mismos, en cómo hablan, en lo que dicen, en lo que hacen. Cada uno es representativo de un tipo humano y social y al mismo tiempo único, como las personas de carne y hueso, se le intuyen complejidades que tienen que ver con el individuo concreto a la vez que con la familia a la que pertenece, con el rol de género, con la época, con la clase, tienen deseos propios, una forma propia de sufrir, de entender su realidad, de afrontar o no los conflictos, de manipular, oponerse, aliarse con los otros.

No hay ideología puesta en boca de ningún personaje, sin embargo uno sabe de parte de quién está la autora, de quién y de qué, sabe qué critica, qué denuncia.

Algo en lo que he reparado en esta última lectura –en la que he hecho para escribir esta crítica–, es en lo presente que está el sexo en todas las relaciones, y sobre todo en el miedo de las personajes a la sexualidad. Pero, cómo podría ser de otro modo. He visto con claridad la encerrona mortal en que están pilladas las mujeres. Los hombres, casi todos los hombres jóvenes que aparecen en la novela, que en otros aspectos son personajes bien diferentes (Pablo Klein, el intelectual extranjero abierto de miras; Miguel, el novio desprejuiciado de Julia que vive en Madrid; Federico el tarambana machista y provinciano; Manolo Torre, el señorito de la finca) provocan constantemente a las chicas “decentes” y las desprecian  por estrechas –o bien les niegan toda comprensión, como si la resistencia de ellas fuera una patología femenina en la que ellos no tuvieran parte. Sin embargo ellas saben bien que si accedieran a sus deseos, los de ellos, o a los suyos propios– cuando alguna vez éstos hallan la manera de hacerse notar, a pesar de la inhibición profunda a que los tienen sometidos–, también serían despreciadas. Las dos mujeres que aspiran a una relación en igualdad con los hombres, desde su posición distinta (Natalia, la adolescente estudiosa atrincherada en la infancia y Elvira, la egocéntrica, insatisfecha y culta Elvira), optan por negar ante sí mismas su condición de hembra, optan por verse asexuadas, porque las que la aceptan –todas las demás– saben que no hallarán algo de paz para vivirse como tales si no es en el matrimonio.

Para esta indagación tan llena de ángulos se utilizan varios narradores, se alternan la primera y la tercera persona, y es como si, constantemente, la mirada se acercara y se alejara con unos prismáticos. El despliegue se hace además con austeridad castellana –lo que no se dice es tanto o más que lo que se dice–, y con unos diálogos como para palidecer de envidia.

Para ser puntillosa diré que hay un fallo en el equilibrio de la narración, o así lo considero yo. Hay una personaje a la que se le dedica un capítulo entre los primeros de la novela y luego no vuelve a aparecer, salvo de comparsa en algún pasaje dedicado a otra o a otro. Es como si la autora la hubiera olvidado. Cuesta trabajo pensar que haya sido un descuido involuntario en una novela coral tan bien trabada. En los demás personajes, principales y no tanto, hay una transformación entre el principio y el final, pero en ésta no, se queda colgada, y al lector le entran ganas de ir a esa ciudad y a esa época y preguntar a las amigas que ha sido de ella.

Quizá a Carmen Martín Gaite, que al fin y al cabo era una señorita de provincias venida a escritora capitalina, le dio apuro ponerse tan en evidencia escribiendo una primera novela y además perfecta, o a lo mejor le entró prisa por acabar como me está pasando a mí ahora.