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 EL AZAR

FAVORECE AL ESCRITOR

 

¿Por qué escriben los escritores, cuáles son los acontecimientos que desatan el proceso de creación? El azar, la casualidad y la coincidencia juegan un papel relevante en el proceso de creación. La impredictibilidad es una característica de la creatividad. Pero, como decía Louis Pasteur: “En el campo de la observación, el azar favorece a los espíritus predispuestos”.

por Lola S. Morilla

 

 

¿En qué medida influyen los sucesos inesperados en el proceso psicológico de la creatividad. ¿Qué papel juega el azar y la impredictibilidad en el proceso creativo? ¿Quiénes captan y procesan esos instantes?

Azar, coincidencia, casualidad o memoria asociativa como la de Proust, motor de En busca del tiempo perdido, son impredecibles, pero conviene estar atento para captar sus consecuencias. Más que ser creativo, el escritor se comporta creativamente. Pero la “chispa creadora” existe y enciende la mecha sólo cuando hay una persona atenta y preparada.

Los surrealistas recurren al azar y a la escritura automática como procedimientos que evitan la racionalidad y favorecen el conocimiento subjetivo e intuitivo. Los conocidos "cadáveres exquisitos" se generan según el principio del azar que da lugar a una especie de revelación.

De hecho, el azar se puede provocar, como ha observado Valéry. Pero, en realidad, los encuentros fortuitos a los que se atribuyen los grandes hallazgos son el producto de mucho tiempo de dedicación. Es decir que las analogías o las conexiones que parecen ajenas a la voluntad son más propensas a ocurrir en las mentes que han trabajado durante años en esa dirección.

 

¿Lo imprevisto conduce a la novela?

Una novela puede surgir de la combinatoria de una serie de elementos que estaban dispersos y que se anudan entre sí gracias al azar y demuestran que la creción no es producto de un rumbo previamente establecido.


Italo Calvino cuenta que su primera idea para su novela Palomar fue escribir acerca de dos personajes cuyos diálogos se basaran en el contraste que existía entre ambos: Palomar que tendía hacia lo alto y hacia los múltiples aspectos del universo y Mohole, hacia lo oscuro y los abismos interiores. Uno que veía los hechos mínimos de la vida cotidiana en una perspectiva cósmica y el otro cuya ansia era descubrir qué había por debajo diciendo sólo verdades desagradables.

Intentó un primer diálogo sobre el tema de los secuestros de personas que en esa década de los 70 era redituable en la industria italiana. El señor Mohole sostenía que sólo las personas antipáticas podían sentirse seguras, dado que nadie hubiera pagado por ellas un rescate y que la hostilidad recíproca salía ganando frente al afecto y la compasión que pasaban a ser el sostén del crimen. Al releer lo escrito, hizo un bollo y lo tiró por miedo a arrepentirse de lo escrito. ¿Cómo haría para escribir los diálogos de Mohole con esos escrúpulos?

Entonces decidió escribir fragmentos en los cuales apareciera, en principio, sólo el señor Palomar que es un personaje que busca la armonía en medio de un mundo desgarrado y estridente y lo publicó a modo de columnas en El Corriere de la Sera, suponiendo que en algún momento
comparecería Mohole haciendo el contrapunto. Pero las reflexiones que le surgían naturalmente se las atribuía a Palomar y los pensamientos "en clave Mohole" que se le ocurrían de tanto en tanto nunca llegaban a se escritos.
Sólo cuando comprendió que Palomar también era Mohole (esa parte oscura y desencantada que ese personaje, siempre bien dispuesto, llevaba dentro de sí) entendió que su libro se hallaba terminado.

 

Paul Auster ejerce de cazador de coincidencias, de traductor de las siempre oscuras revelaciones del azar y demuestra que la casualidad es como una fuerza secreta, el motor de sus novelas. Leer sus novelas es como abrir cajas chinas donde cada punto de partida es un hecho que desencadena cientos más. Dice: "Yo me considero un realista en el sentido más estricto de la palabra. El azar es parte de la realidad; continuamente nos vemos transformados por las fuerzas de la coincidencia".

La primera novela de Paul Auster fue inspirada por un número equivocado. Un hombre llama una noche, preguntando por la agencia de detectives Pinkerton. Auster le explica que se haba equivocado. A la noche siguiente, la llamada y la respuesta del novelista se repitieron. Intrigado, se preguntó  qué hubiera sucedido si hubiera fingido que aquel número correspondía a la agencia de detectives, y él era uno de ellos. Así comienza Ciudad de cristal: un hombre llamado Quinn recibe la llamada de alguien que quiere hablar con el detective privado Paul Auster.

Generalmente, sus protagonistas pierden algo o a alguien y la solución es dejarse llevar por el azar. En La música del azar, Nashe pierde a su esposa, toma su coche y vaga por Estados Unidos hasta que se le acaba el dinero. Sin el azar, sería una novela más sobre un tipo deprimido. Nathan Glass en Brooklyn Follies deja su casa para buscar un lugar donde terminar los últimos días de su “ridícula vida”. Marco Stanley Frogg de El palacio de la Luna decide caer lentamente en la pobreza luego de la muerte de su tío, Daniel Quinn de La trilogía de Nueva York abandona su carrera después de la muerte de su esposa e hijo, para encerrarse en su departamento. Sin embargo, una casualidad o una serie de hechos azarosos transforman la historia.

Dice Justo Navarro en el prólogo a El cuaderno rojo: “Una vez Paul Auster fue de excursión al bosque y encontró el idioma al que mucho más tarde trataría de traducir el mundo, el mundo cómico y aterrador: encontró el idioma del azar, el idioma de la casualidad y las coincidencias, el idioma de los encuentros fortuitos que se convierten en destino. (...) Paul Auster dice que es cazador de coincidencias por obligación moral”.

 

Antonio Muñoz Molina cuenta que el título de El jinete polaco provino del nombre de un cuadro atribuído a Rembrandt que lo había impresionado vivamente en su visita a la Frick Collection, en Nueva York cuando tenía entre manos la escritura de dos novelas fracasadas. Una narraba la historia de una familia campesina (la suya propia) y la otra, la vida de un militar sin vocación. Imaginó que un modo de escapar de ellas sería escribir una especie de libro sonámbulo que narrara un viaje por los EE.UU: El jinete sonámbulo. Pero también desistió argumentando (como argumentan muchos) que un libro como ese ya estaba escrito o que le correspondería a otros hacerlo.

Por esos días compró un libro de John Berger "El sentido de la vista" y de golpe se topó con una reproducción de aquel cuadro de Rembrandt que ya casi había olvidado, El jinete polaco. Como si el azar lo impulsara, empezó a anudar fragmentos de las novelas descartadas y en una tarde las tres novelas fracasadas se convirtieron, en una sola titulada El jinete polaco.

 

Javier Marías toma el azar como instrumento de un destino que juega con los individuos en un mundo marcado por la muerte, el amor, las amistades, las traiciones y las lealtades. La intriga de Corazón tan blanco generada por un hecho fortuito o por el recuerdo de un suicidio da pie a la creación de la sensación de misterio que rodea al protagonista y a su familia. También Mañana en la batalla piensa en mí se construye sobre una intriga desencadenada por la casualidad.

 

Milan Kundera en La inmortalidad parte de un gesto con numerosas connotaciones. Agnes, una de las protagonistas, nace a partir de un gesto que lo detiene y lo deslumbra, y ese gesto lo lleva por distintos atajos hacia el nudo de la historia. No es la estética de ese gesto lo que lo deja extrañamente impresionado, sino una cierta discordancia entre lo que muestra y la persona que lo ejecuta y despierta en él una incomprensible nostalgia.
Es una mujer entrada en años que levanta su brazo para despedirse del joven instructor de natación, y lo hace como si fuera una jovencita, con encantadora ligereza, "como si lanzara al aire un balón de colores para jugar con su amante".

Señala Kundera que es el gesto el que la utiliza a ella como su instrumento o su portadora, y que fue ese gesto el que lo detuvo, no por lo que decía o significaba, sino que lo que capturó su mirada fue la incongruencia.
A lo largo de la novela, ese gesto se va precisando como un motor que articulado con otras señales, constituye el eje a partir del cual podemos leer la novela.

Ese gesto remitía a otro, experimentado por ella, y al que había realizado como saludo una secretaria del padre al despedirse de él, que le hizo constatar el amor secreto de su padre. Veinticinco años más tarde Agnes hace ese gesto, o ese gesto la utiliza a ella,en el momento en que se despide del padre y no encuentra palabras para expresarle su cariño. Con el brazo en alto recuerda el saludo de aquella otra mujer y descubre su identificación con ella.Tuvo en ese instante la fantasía de que ella y aquella otra mujer "habían sido las únicas a las que él había amado". También la relación entre el viejo Goethe y la joven Bettina von Arnim, otros protagonistas de la novela, se plantea alrededor" del gesto de tirar las gafas". Las gafas de Bettina rodaron por el suelo haciéndose añicos, impulsadas por la mano de Christiane, la esposa de Goethe, quien resuelve su enfado con Bettina de ese modo.Frente a ese episodio y allí donde todos esperaban cuál sería la conducta de Goethe, él traiciona a la niña "enamorada" dando prioridad a su esposa y prohibiendo definitivamente a Bettina la entrada a su casa. También las gafas de Laura, hermana de Agnes fueron arrojadas por esta última y rodaron por el suelo, luego de una discusión entre ellas en el momento en que Agnes intuye el amor de Laura por su propio marido.

 

Juan José Millás. “A lo mejor la literatura también consiste en parte en buscar la causalidad por debajo de la casualidad, en buscar las tramas que hay por debajo del azar, lo que hay de necesario por debajo de lo contingente. A mí una de las experiencias que más me maravillan es que, cuando escribo un artículo - y mis artículos tienen fama de que se cierran muy bien-, yo no sé cómo va a acabar”.

En la historia de Dos mujeres en Praga parece tener más protagonismo el azar, que los mismos personajes: “La vida es el territorio en el que las cosas pasan o no, pero no sabemos de qué depende que pasen o dejen de pasar; y además las cosas que ocurren tampoco son necesarias porque no están puestas al servicio de un sentido determinado. Hay un personaje de la novela que quiere creer que todo lo que sucede es por algo. En ese sentido, Borges daba una definición del azar magnífica: “el azar es un modo de causalidad cuyas leyes ignoramos”. Este narrador cree que debajo de una primera y caótica capa de realidad existe una especie de tejido neuronal que une todo bajo el eje de un sentido. La famosa teoría del caos en la que una mariposa que bate las alas en Hong Kong hace que llueva en Nueva York. Hay una búsqueda de estas conexiones en la novela. La casualidad tratada como destino”.


Julio Cortázar. Uno de sus juegos: elegir al azar una estación del metro, con los ojos cerrados y el índice señalando el plano, ir hacia allí, salir a la superficie, recorrer la zona y tomar apuntes inmediatamente. Eso sucedía por los años ‘50, cuando llegó de Buenos Aires a París, y vivía en el número 56 de la rue d’Alessia.

Escribió Historia de cronopios y de famas en poco tiempo, a partir de una visión súbita, la visión súbita es tal vez una variante del azar: “Una noche, escuchando un concierto, tuve bruscamente la visión de unos personajes que se llamarían cronopios. Eran tan extravagantes que no alcanzaba a verlos claramente; como una especie de microbios flotando en el aire, unos globos verdes que poco a poco iban tomando características humanas”. La primera parte, el Manual de instrucciones, contiene el germen de Rayuela y condensa la actitud contra lo que él llama la Gran Costumbre: “Curioso que la gente crea que tender una cama es exactamente lo mismo que tender una cama, que dar la mano es siempre lo mismo que dar la mano, que abrir una lata de sardinas es abrir al infinito una lata de sardinas. Pero si todo es excepcional...”, “...en realidad las cosas verdaderamente difíciles son otras tan distintas, todo lo que la gente cree poder hacer a cada momento. Mirar, por ejemplo, o comprender a un perro o un gato”.

Y confiesa: “Hay un viejo juego que sigo practicando con resultados que me asombran, es lo que alguien llamó la “poetomancia”. Consiste en tomar un libro de poemas al azar, cerrar los ojos, abrirlos, simultáneamente poner el dedo en un verso y leer ese verso. Es impresionante la cantidad de veces que el verso en que caigo me ilumina un futuro inmediato o me aclara un pasado o me muestra mi presente”.

Un exponente sumamente proteico es Rayuela, la novela planificada con la estructura del juego y en la que el azar, el encuentro casual y mágico, es un motivo temático.