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Cristina Peri Rossi

La  poesía tiene pocos lectores,

pero son los mejores

por Equipo EyP

 

Cálida y lúcida, Cristina Peri Rossi es una revolucionaria: rompió con la tradición de la literatura española e incorporó la libertad formal y temática. Dice que la literatura es un acto de seducción, que un poema siempre emociona, es turbador y perturbador de conciencias y sensibilidades. Sus temas recurrentes son el goce femenino, la imposibilidad de alcanzar a la persona amada y la diáspora. Su libro de poesía Estado de exilio acaba de ganar el premio Internacional Rafael Alberti

 

 

Dispersión, exilio, ¿cómo se tematizan estos núcleos en su obra?

Mi novela La nave de los locos es un estudio de todos los exilios posibles. Empieza con la cita del Génesis al respecto, y retoma la idea de que las grandes ciudades europeas metían a los locos sueltos en los barcos para que murieran de hambre en altamar. Exilio es un estado de pérdida de derechos con respecto a las clases privilegiadas, tomo el de la tradición de los escritores exiliados, pero también otros: el de los exiliados sexuales, la mujer ha sido una exiliada del mundo público, su único espacio propio era la cocina; el del ser que ama cuando se separa; exilio tiene que ver con separación, con lejanía, con pérdida de identidad.

Estado de exilio juega con el guiño de “estado de sitio”, la figura constitucional que hemos padecido muchos años en el Uruguay, Argentina y Chile. Lo transformo en estado de exilio porque lo que podía ser una situación momentánea, se transforma en una manera de ser, que tiene que ver con toda la tradición del poeta maldito, de la marginalidad. Como dice Umberto Eco, el escritor importante es el que nunca se integra del todo, el que puede conservar el ángulo de la marginalidad para poder conservar la mirada lúcida, la mirada crítica, sin pagar un precio muy alto a los poderes establecidos. Es el que no tiene nada que decirle a un millón de personas, yo no tengo nada que decirle a un millón de personas: hay una especie de filtro, tal vez la poesía tiene pocos lectores, pero son los mejores.

 

¿Por eso su escritura es una especie de caleidoscopio?

Claro. Partamos de la base de que nada es totalmente decible, la realidad no es completamente abordable por el lenguaje. Por lo tanto, para poder decir algo sobre algo, tengo que decir muchísimo. En consecuencia, me siento como una disparadora de preguntas y de contrastes. Porque, salvo a través del poder, no se puede imponer un sentido único. Por ejemplo, para decir algo sobre el amor, escribí un libro de poemas que se llama Babel bárbaro. Babel, la Torre de Babel, la diversidad. Y bárbaro, lo que los civilizados consideran que no es civilizado. Como me parece insuficiente lo que digo sobre el amor en ese libro, escribo la novela Solitario de Amor, de la cual surge otra novela, El amor es una droga dura. Como también me parece insuficiente, escribo un libro de ensayos, Fantasías eróticas. Después, agotada, digo que he dicho lo que puedo decir, pero se puede saber más leyendo a otros autores.

 

En este sentido, no admite las fronteras de los géneros...

De ninguna manera. Lo que tengo es una gran obsesión comunicativa. Aunque sea difícil lo que tengo que decir, tengo que hacerlo de tal manera que el lector perciba que hay una precisión en el manejo de la lengua. Mi público suele ser muy joven y entiende lo lúdico, y el escritor tiene que ser un maestro de su lengua, no es lo mismo una palabra que otra, y no hay sinónimos, una cosa es lo emotivo y otra, cómo se consigue. La sensación de belleza sonora de la poesía tiene que ser tan grande que a veces pueda más que el dolor del que se habla. Por ejemplo, hay un poema mío, Hipótesis científica, que dice “te aman mis jugos interiores” o “al contemplarte sube la tasa de mi monóxido de carbono”; es muy audaz usar términos así en un poema, pero si se hace bien, el público lo capta. El escritor tiene la obligación de ser muy moderno. Lo que pasa es que eso pone muy nerviosos a los críticos.

 

¿Y entre la poesía y el cuento?

Me gusta mucho el cuento. Tiene la economía de la poesía. Es un mecanismo de alta precisión. Obliga a elegir la primera frase, que es la frase de seducción en la que uno instala al lector en el tiempo y en el espacio de lo que va a contar, de la que se tira como de una madeja. Un buen cuento no puede empezar mal. La novela se gana por puntos. El cuento o el poema se gana por knou-out. El poema tiene que conseguir la mayor emoción con la menor cantidad de palabras. Obliga a suprimir todo lo superfluo. Si se quiere transmitir una emoción única, es posible que se escriba un poema. Pero si se quiere reflejar un espectro, es necesario ir a una estructura más grande, como sería la novela.

 

Su caleidoscopio inagotable de imágenes va ligado a la mirada. Háblenos de la mirada poética.

La belleza no está en el objeto sino en quien lo contempla, como dice Valery, y como dice Lacan: “La mirada es la erección del ojo”. El punto de partida es el investimiento libidinal, se hace el amor con la misma energía y con la misma mirada con la que se escribe. Si uno no puede mirar con esa carga, la mirada es banal y no puede convertirse en literaria. La literatura rescata los objetos de su tráfico inflacionario y banal y los envuelve, los separa de su contexto habitual. La única cosa que puede solucionar de alguna manera la angustia surgida entre la realidad y el deseo es que la mirada esté colocada siempre en el lugar del deseo. De lo contrario, la realidad es muda. Pero tampoco se puede vivir permanentemente en esta mirada porque el principio de realidad estaría sofocado. La mirada poética es esporádica. Es un proceso, uno queda embarazado, después pare, después tiene la depresión postparto, hasta quedar investido nuevamente.

 

También la pintura es fundacional en su obra. Las musas inquietantes incluye reproducciones de Madrid, Bacon, Botero, Hopper...

Sí, creo en la interrelación de las artes. Me fascina la música como la pintura. Las musas inquietantes es un título tomado de un cuadro de Chirico. No pretendía describir los cuadros, sino escribir los poemas a partir de ellos. El libro tiene una lectura estética, pero hay una ideología detrás. La elección de los cuadros y el orden de los poemas tienen que ver con la condición femenina. Al principio está la Gioconda, el cuadro clásico, le sigue La encajera, de Vermeer: “Madre, yo no quiero hacer encaje, no quiero los bolillos, no quiero la pesarosa saga, no quiero ser mujer”, dice el poema; hasta llegar a Baltís, por ejemplo, del que elegí el cuadro más sádico, La lección de guitarra, en el que prácticamente la profesora está violando a la alumna, y el poema dice: “Así sueño a los hombres y a las mujeres, así nace el fascismo”. También en El amor es una droga dura es fundamental la pintura, habla de los trastornos psicosomáticos de la contemplación de la belleza y recojo la historia de lo que sucedió con El origen del mundo, de Courbet, que estuvo prohibido, fue secuestrado y pasó a un prostíbulo, lo compró Jacques Lacan, que lo tenía en un despacho cerrado, sin ventanas y todos los días lo observaba durante una hora.

 

¿Qué otros estímulos la movilizan?

Creo que la escritura es un perturbador de conciencias y de sensibilidades. Nunca he comprendido lo de la angustia del papel en blanco ni que el oficio del escritor responda a horarios o calendarios. Uno mismo responde a su ritmo, a sus impulsos. Escribo cuando no tengo más remedio. Cuando me siento a escribir ya tengo la frase. Necesito ciertos estímulos, pero no están preconcebidos. Puede ser una emoción, una palabra, el erotismo, el amor. Cortázar y yo hablábamos de que un buen estímulo es un libro mal escrito, del que se puede recuperar una buena idea que su autor desperdició.

 

Hace dos años publicó el testimonio de su encuentro amistoso con Julio Cortázar

Sí, decidí escribirlo mucho después de que él muriera y revelo que se murió de SIDA, no debido a una desviación sexual, sino a una transfusión de sangre, y lo hago para hacer justicia a la injusticia de una muerte provocada debido al descontrol de los bancos de sangre en Francia. Esto provocó la caída del ministro de Salud Pública  francés. Quise presentar a Julio vivo. Porque creo que es un tipo querido, que le hacía guiños al lector, un escritor emblemático de una generación, y cuento una serie de anécdotas. Teníamos mucha complicidad. Él tenía una vocación para la felicidad que lo alejaba del romanticismo, yo soy más romántica. Pero por suerte una romántica pasada por la razón.