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 Cómo perder una novela

 Ángeles Mastreta

 

 

Cuando uno pierde una novela, misteriosamente encuentra otra. La exitosa autora de Arráncame la vida postula que, entre la maraña fantasmal de personajes que comienzan a esfumarse, cobra vida una certeza: ante la maravilla de la incertidumbre cae, pesada, la necesidad y la audacia de empezar de nuevo.

 

 

Siempre que busco un adjetivo con el que elogiar a quien sea: lo mismo mi perro que una mujer inexistente con la que me gustaría convivir más de un año, doy sin remedio con la palabra audacia. Los audaces cantan más allá de la regadera, los audaces tienen amores y se consumen en su fuego, los audaces andan por la calle a las cuatro de la mañana sin preguntarse quién los sigue o temblar por quien pueda encontrarlos. Los audaces siembran parques, cosechan ilusiones, son hermosos como luces de bengala, se tiran del paracaídas, se van a Colombia a jugar futbol o a Nueva York a desafiar la nieve, tocar el chelo, subirse al metro a las seis de la tarde y hacer amigos donde pocos los tienen. Los audaces regresan. Los audaces viven más de ochenta años y no le temen al bastón ni a la humildad necesaria para apoyarse en otros. Los audaces, aunque se mueran, enfrentan las enfermedades como si fueran vientos de verano. Los audaces escriben libros como quien cuenta prodigios en un ábaco inmenso y no tiemblan para inventar realidades más atrevidas que la luz cayendo sobre sus escritorios.

Yo he sido audaz, pero ahora, ni dudarlo, tengo tal miedo que incluso me asusta la pura mención del miedo. Como soy escritora, o no he dejado de creer que lo soy, me atemoriza no volver a escribir una novela, porque es muy divertido contar cuentos y aún más divertido contarse cuentos. El día que empiezo un libro yo no sé nunca en dónde terminará. No creo que semejante desorden mental sea para presumirse, pero sí creo que ha resultado parte de la diversión, tanto como es parte de la afligida costumbre de no tener claro a dónde va uno. Así las cosas, yo había ido tejiendo escenas y atisbos para un libro, como quien teje la trama de un mantel, y los tenía acomodados y me consentía con la idea de que estaba escribiendo una novela. Era la historia de una vieja con ochenta años, cuya amiga, hija, sobrina, cómplice o cualquier cosa que se me hubiera ocurrido, tenía cincuenta años y un novio de cuarenta y nueve, y había tenido veinte y un novio de treinta cuando la vieja tenía cincuenta y un novio de cincuenta y tres. La memoria y los deseos de ambas pretendían una historia llena de tribulaciones y gozos que se hubiera vuelto una novela con el paso rápido y constante de los años.
Aunque vengo a la máquina todos los días, a la novela no acudía siempre, porque muchas veces no estaba en ánimo de lidiar con el recuerdo o la ambición de amores inauditos. En esas estaba cuando mi computadora tuvo a bien averiarse y pintar de negro la pantalla en que sólo aparecía una frase contundente e inexplicable. Llamé entonces al doctor Meléndez, dueño de una especialización en las tripas de estas máquinas cuya susceptibilidad es mayor que la de la quinceañera más inestable. Él, como todo especialista médico que se respete, se quedó consternado frente a la paciente: ¿Cómo es que se quedó ciega? ¿Por qué está como desmayada? ¿No puede leer el disco? ¿Perdió la memoria? ¿Cómo puede ser que esté muda y no cuente todo lo que sabe?
Adivinar. Tres horas duró la operación y no hubo modo de mover a la enferma del estado de coma. Lo que sí pudo saberse es que el disco duro estaba roto y que con él se había perdido toda la información que no estuviera respaldada, misma que por supuesto era toda la información que había dentro, porque yo, aunque parezca contradictorio, me he vuelto tan poco audaz como sigo siendo confiada.
Meses antes, sin prever la catástrofe que me caería ese lunes, me había comprometido a ir a San Diego a hablar necedades con apariencia de corduras, en un congreso de bibliotecarios. Así es que me fui al aeropuerto en un estado de consternación sólo menor que la mostrada por mi cónyuge, que en segundos había llamado a otros médicos y que se quedó a cargo de la paciente como nunca imaginé que podría quedarse a cargo de alguien. De todo lo perdido, le dije, me importaban dos cosas: la presunta novela y el seguro anecdotario con la trivia que no quiero olvidar nunca.


Estaba despidiéndome cuando llamó Mercedes Casanovas, mi agente desde hace tanto tiempo como tiempo tengo haciendo libros. Ella, que parece un lago en calma, tiene, bajo la superficie de ese espejo, una turbulencia capaz de comprender las peores turbulencias, así que le eché encima la catástrofe. Se había perdido la novela, mi novela, la novela cuya historia le gustaba a ella más que a mí, la novela que yo sabía bien de qué modo mal existía, pero cuya pérdida la hizo crecer incluso frente a mi incredulidad.
En dos días de viaje la reinventé completa, se volvió la octava maravilla, la muestra más veraz de un amor inverosímil y por lo mismo invencible.
“Gran novela debe haber sido”, me dijo la voz comprensiva de una bibliotecaria en Kansas, “gran pérdida su pérdida” vinieron a decirme las dóciles almas de los bibliotecarios que me oyeron contar la historia de mi computadora y admiraron el temple con el que yo aceptaba la desaparición de lo que debía ser mi inalienable trabajo de varios años.


De mis lamentaciones en esa reunión salió la noticia de mi novela perdida. Y de la noticia salió mi deseo de creerme que en esos atisbos había algo más que unos atisbos. Cuando volví de San Diego, dos días después, cargaba en el ánimo la derrota de haber perdido varios años de anécdotas y el triunfo de haber escrito una novela que para efectos prácticos no ha existido nunca. Sin embargo, todas mis dudas habían quedado exorcizadas. Ya no tenía que decidir si la mujer de ochenta años era cantante o investigadora en literatura o maestra en la Facultad de Leyes de la UNAM o simple abuela que no tuvo nietos o soltera que encontró una hija en la huérfana de veinte años, —¿sería huérfana o sólo tendría lejos a sus padres?— que se había convertido en la cincuentona ¿cineasta?, ¿filósofa?, ¿matemática?, ¿bióloga? que estaría febrilmente enamorada de un ¿político?, ¿o de un ecologista?, ¿o de un farsante?, ¿o de un ingeniero?, ¿o de un hombre cabal del que debería enamorarse toda mujer falta de sentido?
¿Y qué beberían?, ¿tequila? ¿Y qué cantarían?, ¿rancheras? ¿Y de qué se reirían? ¿Y cuánto se querrían? ¿Y sería posible y creíble que una mujer de cincuenta años se enamorara con la misma inocencia de cuando tenía diecinueve? ¿Y cómo iba a ser el país en que vivían? ¿Y en qué años? ¿Estaría bien el 2001? ¿Tendría que hablarse de Fox y de su boda y del cambio y las encuestas? ¿O sería mejor un clima etéreo poblado por personajes a los que la política y la patria les venían importando tan poco como le importan a la mayoría de la gente? ¿Y la pesadumbre y la culpa de vivir bien en mitad de quienes viven mal? ¿Esa estaría? ¿O no valdría la pena hablar de penas? ¿O sí? La vieja era una mujer demasiado metiche para ser agnóstica y la cincuentona demasiado agnóstica como para no enconarse con las noticias y demasiado racional como para no ser del todo irracional. ¿Valdría la pena tratar de reconstruir el aire de los setenta? ¿Tendría marido la cineasta? ¿Hijos? ¿Podría importarle a alguien, al menos a mí, su destino ¿irremediablemente inhóspito?
Miles de preguntas borradas de mi entresijo gracias al bendito disco duro que se las comió en dos minutos. Miles de respuestas sin destino. ¡Qué descanso! Sería cosa de empezar de nuevo, de no volver a pensar en el destino irredento de un par de tercas, de inventar otra historia, de irme de paseo a otro país, a otros amores, a otro infierno, a otros cielos. Había perdido un libro que añoraría como se añora todo lo imposible, un libro que sólo yo sabía tan incierto como era. Había perdido un libro malo y ganado en dos horas la tranquilidad de creer que había perdido uno maravilloso.


Entré a la casa tarareando una canción y añorando de punta a punta las anécdotas que les robé a los últimos cinco años. Esas sí habían estado en el disco duro: el lento transcurrir de los días rápidos sí que se había perdido. Y eso sí que era para lamentarse, ese mundo de la sopa de arroz a la compra de discos, de las comidas con amigos a los viajes al mar, del cielo sucio al aire desahuciado, ese registro como de notario incipiente me haría más falta que el mejor de los libros no escritos. Entré a la casa lamentando de verdad tener perdida en falso la mejor de mis novelas y en cierto lo que no tendría nunca que publicar sino impreso en mi láser y para entregárselo a mis nietos.


—Rescataron tus archivos —dijo la voz del cónyuge y la oí como si no llevara veinticinco años de oírla de buenas o de malas, como si nunca me hubiera acostumbrado a oírla.


Así que desapareció la maravilla incierta, me dije. Aparecieron para mi fortuna los días hábiles descritos con la imprecisión con que los cuenta la mala memoria. Volvió lo único cierto, lo único inequívoco de todo lo que he escrito en estos años. Y con toda esa paz volvió la guerra: aún tengo que encontrar una novela.