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¿Cómo leen los escritores?

 

La lectura es el mejor taller de escritura, permite desmontar el “artefacto”.  Los consagrados lo confirman y, como dice Gabriel García Márquez: “Los novelistas son unos lectores diferentes al resto de los humanos.  Sólo leen para saber cómo están hechos los libros”

 

 

Franz Kafka: Leo para preguntar.

 

William Faulkner: Los libros que leo son los que conocí y amé cuando era joven y a los que vuelvo como se vuelve a los viejos amigos.

 

Graham Greene: Tal vez sólo en la infancia los libros ejercen una influencia profunda en nuestra vida.  En la vida posterior los libros, nos entretienen, podemos modificar criterios que ya sustentamos, pero es más probable que encontremos en los libros únicamente una confirmación de lo que ya ocupa nuestra mente: corno en una relación amorosa, son nuestros propios rasgos los que vemos reflejados halagadoramente.

 

Augusto Monterroso: ¿Los libros a que uno vuelve son siempre los mejores?  No siempre.  A algunos se regresa una y otra vez por costumbre o hábito; en ocasiones hasta como se

vuelve a ver a un amigo que nos cae mal.

 

Marguerite Yourcenar: Estaban primero los cuentos de hadas, que me gustaban mucho. Como todos los niños, me esforzaba por darles vida, y me paseaba con una varita, y frotaba los objetos, pidiéndoles que se convirtieran en oro; no se convertían, pero era un juego delicioso.

 

François Mauriac: Uno es siempre el producto de una cultura.  Algunas veces influyen en nosotros escritores humildes que hemos olvidado.  Tal vez yo fui influido sólo por los libros en los que me empapé durante tanto tiempo, los libros que leí en la infancia.

 

Truman Capote: Los libros que leí por mi cuenta tuvieron una importancia mucho mayor que mi educación oficial, que fue una pérdida de tiempo y concluyó cuando cumplí diecisiete años.

 

Alejo Carpentier: Los libros que más influencia tienen sobre un escritor son los que lo han entusiasmado en su adolescencia.  Buenos o malos (puede incluso haberlos olvidado), estos libros han marcado su imaginación.

 

W. H. Auden: Leer es traducir, pues no hay dos personas que compartan las mismas experiencias.  Un mal lector es como un mal traductor: interpreta literalmente cuando debe parafrasear y parafrasea cuando debe interpretar literalmente.  En el aprendizaje de la lectura, la valiosa educación es sin embargo menos importante que el instinto; grandes eruditos han sido malos traductores.

 

Norman Mailer: Cuando leo voy en busca de algo especial que pueda incorporar a mi caja de herramientas.  Después de todo soy un artesano que ha trabajado durante los últimos treinta y cinco años.  Todo carpintero o mecánico que trabaja tanto tiempo acumula muchas herramientas.  También leo por otras razones, para estimularme el decaído interés en la narración.  Por ejemplo, leí a Chandler el verano pasado.  Todo Chandler, porque posee un enorme impulso narrativo.

 

Alfredo Bryce Echenique: Realmente empecé a escribir cuando descubrí la lectura, a través de lo que yo llamo las buenas influencias literarias, no aquel autor que nos gusta y queremos ser como él, sino que de pronto nos muestra algo que estaba en nosotros mismos y nos mueve a escribir.  La literatura leída acompaña mucho a la literatura escrita, mis libros están llenos de epígrafes, muchas veces esos epígrafes se convierten en comentarios, ese epígrafe a lo largo de toda la novela me sirve de clave, de entrada.

 

Ernest Hemingway: Todos los libros buenos son iguales en cuanto a que son más verídicos que si hubieran ocurrido realmente, y después de terminar de leer uno de ellos se siente que todo eso le ha pasado a uno mismo, y, en adelante, le pertenece a uno lo bueno, lo malo, el éxtasis, el remordimiento y la pena, la gente, los lugares y cómo era el tiempo.  Si se consigue poder darle eso a la gente, entonces se es un escritor.

 

Paul Valéry: Sólo leemos bien lo que leemos por algún motivo personal.  Puede ser el de ganar algún poder.  Puede ser el odio al autor.

 

Maurice Blanchot: Pero el libro que se exhuma, el manuscrito que sale de la jarra para entrar en el pleno día de la lectura ¿no nace acaso, por un golpe de suerte impresionante, de nuevo? ¿Qué es un libro que uno no lee?  Algo que aún no está escrito.  Leer sería, por lo tanto, no escribir el libro de nuevo, sino hacer que el libro se escriba o sea escrito, esta vez sin la mediación del escritor, sin que nadie lo escriba.  El lector no se agrega al libro, pero tiende, en primer lugar, a liberarlo de todo autor.

 

Macedonio Fernández: Lector que a veces eres recuerdo de presencia frente a mis páginas y no tienes presencia: tu cara se acerca y espejea en mis hojas soñando ser, y no tienes presencia.  Lo que me ocupa es el lector: eres mi asunto, tu ser desvanecible por momentos: lo demás es pretexto para tenerte al alcance de mi procedimiento.

 

Marcel Proust: El escritor no dice “lector mío” sino por una costumbre que proviene del lenguaje insincero de los prefacios y dedicatorias.  En realidad, cada lector es, cuando lee, el propio lector de sí mismo.  La obra del escritor no es más que una especie de instrumento óptico que se ofrece al lector con el objeto de permitirle discernir lo que, sin ese libro, quizá no habría visto en sí mismo.  El reconocimiento en sí mismo, por el lector, de lo que dice el libro es la prueba de la verdad de éste, y viceversa, al menos en cierta medida, pudiendo a menudo atribuirse la diferencia entre ambos textos no al autor, sino al lector.

 

Carlos Fuentes: Los pueblos antiguos saben, en cambio, que no hay palabras que no desciendan de otras palabras y que la imaginación sólo se parece al poder en que ni la una ni el otro pueden reinar sobre la Nada: imaginar la nada, o creer que se gobierna a Nadie, es una forma –acaso la más segura– de volverse loco.  Nadie lo supo, quizás, mejor que Conrad en El corazón de las tinieblas o Styron en El lecho de la oscuridad: el precio del pecado no es la muerte, sino el aislamiento.

 

Augusto Roa Bastos: Para el lector que abre un libro nuevo, la lectura es un lance inédito.  Su imaginación circula libremente sobre esa superficie lisa, recién inaugurada, que hace olvidar al manuscrito. Al lector no le perturba la prehistoria del libro: ese subtexto abolido y ausente cuyos desechos quedaron entre los remordimientos y las vacilaciones del autor.

La geología de las correcciones, de las entrelíneas, de los agregados al margen, las dudas, los secretos, los paroxismos, los desfallecimientos de la escritura, todo eso ha desaparecido bajo la mancha de las tachaduras.  La imprenta ha hecho su trabajo de aplanadora. Una topografía flamante, impersonal a primera vista, uniformizada sobre el modelo del volumen impreso, se extiende ahora delante de sus ojos.

El autor es rechazado de este nuevo espacio, que se ha segregado de él, aunque mantenga su nombre en la portada como signo inicial e indicial de la irrealidad del mundo que se ofrece en el interior del libro.

La tarea es ahora del lector que tiene que hacer que el texto no escrito se escriba en su interioridad, se proyecte en la pantalla de su intimidad, en la cámara oscura de sus sentimientos, ideas, obsesiones, recuerdos, olvidos.

 

Mario Vargas Llosa: El acontecimiento que hasta ahora ha tenido más importancia en mi vida, es, así lo creo al menos, haber aprendido a leer a los cuatro años de edad. Yo era un niño despierto y soñador. Las revistas y los libros de aventuras enriquecieron mi universo personal de manera extraordinaria, llenándolo de peripecias, de países y de seres fabulosos de los cuales yo era el héroe, el descubridor y su encarnación con toda la fuerza de una imaginación que dichas lecturas mantenían en un continuo estado de ebullición y que, como siempre que se trata de niños, yo discernía difícilmente los límites entre la ficción y la realidad. Evidentemente el tiempo se ha encargado de hacerlas visibles y de demostrar que ellas son infranqueables. Creo que mi vocación de novelista está impregnada por la nostalgia de esas aventuras leídas, que ella  es un oscuro esfuerzo por rechazar esos límites entre lo inventado y lo vivido, un esfuerzo contra la razón práctica para vivir vidas múltiples y cada una de ellas con más intensidad de diversidad, de impunidad como no lo permite la verdadera vida.

 

Ernst Jünger: El palacio del lector es más duradero que cualquier otro.  Sobrevive a los pueblos, las culturas, los cultos, hasta al lenguaje mismo.  Terremotos y guerras no lo hicieron vacilar, ni siquiera incendios de bibliotecas, como el de Alejandría. Aldeas de fellahes, mercados, coliseos, rascacielos crecieron alrededor de él y se desvanecieron, como si la lluvia los disolviera.  La puerta permanece abierta para el mundo mágico.

Creo haber mencionado alguna vez al sabio chino que aguardaba su ejecución en una celda de condenados y estaba absorto en un libro mientras delante de él se cortaban cabezas. Cuando le tocó el turno estaba tan ocupado con el texto como Arquímedes con sus círculos. Un occidental al cual conmovió el espectáculo, obtuvo gracia para él. El sabio se lo agradeció cortésmente, cerró el libro y se marchó sin una muestra de asombro del lugar del suplicio.  El lector está generalmente disperso, pero no porque no pueda manejarse con el mundo circundante, sino porque lo considera menos importante.

 

Gabriel García Márquez: Cuando terminé mi bachillerato y me fui para Bogotá, a la Universidad, mi diversión más salaz era meterme en los tranvías de vidrios azules que por cinco centavos giraban sin cesar desde la Plaza de Bolívar hasta la Avenida de Chile, y pasar en ellos esas tardes de desolación que parecían arrastrar una cola interminable de muchos otros domingos vacíos.  Lo único que hacía durante los viajes de círculos viciosos era leer libros de versos y versos y versos, a razón quizás de una cuadra de versos por cada cuadra de la ciudad, hasta que se encendían las primeras luces en la lluvia eterna, y entonces recorría los cafés taciturnos de la ciudad vieja en busca de alguien que me hiciera la caridad de conversar conmigo sobre los versos y versos y versos que acababa de leer. A veces encontraba a alguien, que era casi siempre un hombre, y nos quedábamos hasta pasada la media noche tomando café y fumando las colillas de los cigarrillos que nosotros mismos habíamos consumido, y hablando de versos y versos y versos, mientras en el resto del mundo la humanidad entera hacía el amor.