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Andrè Maurois y la lectura

 

  

Nuestra civilización es una suma de conocimientos y de recuerdos acumulados por las generaciones que nos han precedido.

No nos es posible participar de ella sino poniéndonos en contacto con el pensamiento de esas generaciones.

El único medio de lograrlo, y de llegar a ser un hombre culto, es la lectura; nada hay que  pueda reemplazarla.

Ni la conferencia hablada ni la imagen proyectada poseen el poder educativo de ella.

La imagen es la valiosa ilustración de un texto escrito, pero apenas contribuye a la formación de ideas generales.

La película, como el discurso, fluye y desaparece; es difícil, si no imposible, reiterar la experiencia para consultarla. El libro permanece, compañero de toda nuestra vida. 

Montaigne decía que eran tres los tratos y comercios que necesitaba: amor, amistad, lectura.

Todos ellos son casi de la misma índole. 

Se puede amar a los libros, que siempre siguen siendo amigos fieles.

Hasta me aventuro a decir que muchas veces he encontrado en ellos más brillantez y más profundidad que en sus autores.

Un escritor pone en sus obras lo mejor de sí mismo.

Su conversación, por muy brillante que sea, es un elemento huidizo.

No hay límite a las preguntas que puedan hacerse a un libro sobre el misterio que guardan sus páginas.

Además, esta amistad será compartida, sin sombra alguna de envidia, por millones de seres humanos en todos los países.

Balzac, Dickens, Tolstoi, Cervantes, Goethe, Dante, Melville, han establecido lazos maravillosos de mutuo acercamiento

entre hombres que todo parecía separar.

Con un japonés, con un ruso, con un americano, desconocidos totalmente para mí, tengo amigos comunes que son por ejemplo la Natasha de La guerra y la paz, el Fabrizio  de La cartuja de Parma y el Micawber de David Copperfiel.

El libro es un medio de superación.

Ningún hombre posee suficiente experiencia como para comprender a los otros o comprenderse a sí mismo como es debido.

Todos nos sentimos solitarios en este inmenso y cerrado mundo, y sufrimos; nos sublevan la injusticia de las cosas y las

dificultades de la vida.

Los libros nos enseñan cómo otros, mucho más grandes que nosotros, también han padecido y buscado, y en este sentido son como ventanales abiertos sobre los paisajes de otras almas y de otros pueblos.

Gracias a ellos podemos evadirnos de los estrechos límites de nuestro pequeño universo personal; los libros nos liberan

de la meditación estéril concentrada sobre nuestra propia persona.

Un atardecer dedicado a la lectura de los grandes autores es para el espíritu lo que una excursión a la montaña es para el

cuerpo.

Cuando el hombre desciende de esas altas cimas se siente más fuerte, sus pulmones y su cerebro se han purificado de todos los miasmas, y se encuentra mejor preparado para afrontar con energía y decisión las luchas que le esperan en los valles de la vida diaria.

Los libros son nuestros, únicos medios de conocer otras épocas, y nuestros mejores instrumentos para comprender la mentalidad de los grupos sociales en cuyo interior no nos es posible penetrar.

El teatro de Federico García Lorca me ha instruido más sobre el alma secreta de España que veinte viajes realizados como turista.

Chejov y Tolstoi me han revelado aspectos auténticos y reales del alma rusa. Las Memorias de Saint-Simon han hecho revivir ante mí una Francia ya desaparecida, así como las novelas de Hawthorne o de Mark Twain me han permitido hacerme una idea de una América que ya no existe.

El placer es aún más grande al descubrir sorprendentes semejanzas entre estos mundos, tan alejados de nosotros por la distancia o el tiempo, y la sociedad en que vivimos.

Todos los seres humanos tienen rasgos comunes.

Las pasiones de  los reyes en Homero no son muy diferentes de las de los generales en una coalición moderna.

Cuando daba yo un curso sobre Marcel Proust a los estudiantes de Kansas City, los hijos de los agricultores americanos se reconocían en los personajes franceses.

«Después de todo, no hay más que una sola raza: la humanidad.» 

Las grandes personalidades se diferencian de nosotros por sus dimensiones, no por su esencia, y por eso las vidas ilustres encierran un interés fundamental para todos los hombres.

Así, leemos en parte para superar nuestra propia vida y para comprender la de los demás. Pero no es ésa la única razón del placer que nos proporcionan los libros. Las circunstancias de nuestra vida diaria nos mezclan tanto a los contecimientos que no podemos contemplarlos con la debida perspectiva; estamos demasiado sujetos a las emociones que despiertan en nosotros como para disfrutar debidamente de ellos.

La vida de muchos de nosotros es una novela digna de un Dickens o de un Balzac, pero no por ello derivamos placer alguno de vivirla; más bien sucede lo contrario.

La función del escritor, pues, consiste en ofrecernos una imagen auténtica de la vida, pero manteniéndola a una distancia que nos permita gustarla sin temor y sin responsabilidad.

El lector de una gran novela, de una gran biografía, vive una magnífica aventura sin que se altere su serenidad.

Como lo ha dicho Santayana, el arte ofrece a la contemplación lo que el hombre no encuentra en la acción: la unión de la vida y de la paz. La lectura de un libro de historia, por otra parte, es muy sana para el espíritu; y no sólo instruye al lector en la moderación y en la tolerancia, sino también demuestra que las terribles querellas causantes de guerras civiles o mundiales no son hoy en día más que controversias fenecidas.

Lección de sabiduría práctica y de relativismo.

Los libros de cierta alcurnia nunca dejan al lector tal como era antes de conocerlos, sino que lo mejoran. Por consiguiente, nada importa tanto a la humanidad como poner a disposición de todos los hombres esos instrumentos de superación, de evasión y de novedad que transforman la vida e incrementan el valor social del individuo.

El único medio de conseguirlo es la biblioteca pública Vivimos un período en que todos los hombres, en países cuyo número aumenta cada día, disfrutan de igualdad de derechos, participan en el gobierno de la nación y componen esa opinión pública que, por la influencia que ejerce sobre los gobernantes, llega a decidir en último término la paz y la guerra, la justicia y la injusticia, en una palabra, la vida de su propia nación y la del mundo entero.

Ese poder del pueblo, que es la democracia, exige que las masas, convertidas en fuente de autoridad, reciban la instrucción necesaria sobre todos los grandes problemas. Y aunque esa instrucción se dé cada vez más y mejor en las escuelas, no podrá ser completa si la biblioteca no se convierte en auxiliar de aquéllas.

Para formar el espíritu no basta escuchar al maestro, por excelente que sea. Se requiere la reflexión, la meditación.

La misión del maestro consiste en crear las condiciones culturales que el trabajo personal haya de completar más tarde.

Este trabajo personal consistirá fundamentalmente en la lectura, pero ningún alumno, ningún estudiante, por brillante que sea, podrá rehacer por sí solo lo que la humanidad ha forjado durante milenios.

Toda reflexión profunda es ante todo una reflexión sobre el pensamiento de los grandes autores.

Poca cosa sería la historia si quedara reducida a los hechos y a las ideas que pueda exponer el maestro en unas cuantas horas de clase.

La historia se convertirá en la gran maestra de la vida sólo si el estudiante, asesorado por el maestro, busca en las memorias, en los testimonios, en las estadísticas, la esencia misma de aquélla.

La lectura no es solamente un sano ejercicio gimnástico de la inteligencia; ella revela además a los jóvenes el carácter secreto de la verdad, que jamás se manifiesta tal cual es al investigador, sino que debe ser elaborado por él a fuerza de trabajo, de método y de sinceridad.

La biblioteca es el complemento indispensable de la escuela o de la universidad. No vacilo en afirmar que la enseñanza no es más que una llave que abre las puertas de las bibliotecas. Esto se aplica sobre todo a la enseñanza post-escolar.

El ciudadano de una democracia que desee cumplir con plena conciencia sus deberes ha de continuar informándose durante toda su vida. El mundo no se detiene en su carrera el día en que cada uno de nosotros deja de frecuentar las clases. La historia sigue haciéndose y plantea problemas que pueden decidir de la suerte de la especie humana.

¿Cómo tomar partido, cómo defender tesis razonables, cómo oponerse a locuras criminales si no se conocen los problemas?

Lo dicho de la historia podemos aplicarlo también a la economía política, a todas las ciencias, a todas las técnicas.

En cincuenta años los conocimientos humanos han experimentado un cambio profundo y radical.

¿Quién informará sobre estas grandes transformaciones a los hombres y a las mujeres cuya vida y felicidad dependen de ellas? ¿Qué les permitirá estar al tanto de los más recientes descubrimientos sin abandonar por ello sus tareas cotidianas?

Los libros, y sólo ellos.

La biblioteca pública debe brindar a niños, jóvenes, hombres y mujeres, la posibilidad de vivir informados sobre su época en todas las esferas del pensamiento y de la acción.

El poner a su disposición, con imparcialidad objetiva, obras que exponen tesis opuestas, les permite formarse una opinión y conservar, en lo que atañe a los asuntos públicos, el espíritu crítico y constructivo sin el cual no existe la libertad.

Además, la biblioteca despierta vocaciones. Leyendo las obras maestras, los  espíritus bien dotados que no acertaban a orientar su vida se sentirán estimulados hacia las ciencias, las letras o las artes, y aportarán a su vez su contribución al patrimonio común de la humanidad.

Por último, y por sobre todo lo demás, una biblioteca bien nutrida y ampliamente abierta a todos enriquecerá la vida personal de cada uno de sus lectores.

En esta época en que la máquina, sustituyendo en parte al hombre, aumenta el tiempo libre y los ratos de ocio, es necesario que esas horas se empleen del mejor modo posible en beneficio de los individuos y de la sociedad.

No hay duda de que los juegos, los deportes y los viajes serán un factor precioso para ello.

Pero nada como la lectura contribuirá a forjar personalidades cumplidas, generosas y humanas. Las obras históricas o científicas forman las inteligencias, así como las novelas y el teatro preparan el corazón para el amor.

El lector que posee un conocimiento a fondo de los grandes autores de un país no será un extranjero para éste, aunque

jamás lo haya visitado ni hable su idioma.

Cada biblioteca se convierte en un instituto de comprensión internacional.

Sin propaganda, sin consigna alguna, sin doctrina propia, por el solo hecho de su existencia, la biblioteca pública está

al servicio de la paz y de la democracia.