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AMULETOS PARA CONVOCAR A LA FORTUNA

por Ángeles Mastretta

 

Hay en nuestro país unos muñecos tejidos sobre el cuerpo de un alfiler que se llaman quitapesares. Quienes los tejen y los idearon creen que si al irse a dormir ponen bajo su almohada uno de estos muñecos, durante la noche él se encargará de llevarse las penas a otra parte, para dejar en libertad el corazón de quien las padece.

   Imagino que tal cosa es posible, pero prefiero creer que uno puede encontrar quitapesares en otras maravillas, incluso más certeras, aún cuando parezcan más inasibles que un muñeco trabajando bajo la almohada en que descansamos.

   A lo largo de la siempre corta vida, uno va tejiendo sus propios amuletos, sus privadísimos quitapesares, luego los guarda en su cabeza y su corazón como quien los deja bajo la almohada y acude al sortilegio que cada uno de ellos rescata, cuando lo va necesitando. Saber que ahí están siempre y recordarlos al azar, puede salvarnos una tarde del peligroso tedio, de la tristeza como un enigma insalvable o en la más inmediata de las posibilidades, de la encrespada cuesta de enero.

   A pesar de que un lector entrañable, en cuya objetividad confío, empieza a preocuparse por mi estado de salud mental, dadas las contumaces muestras de optimismo en que convierto con frecuencia este espacio, yo quiero empezar este año pensando en que es útil acudir al recuento de nuestros quitapesares para asegurarnos de que están ahí, por si las dudas, por si de repente, cuando no nos salga el trabajo o vuelvan los desvelos o demos con un pesar que no sólo nos quite el sueño, sino quiera quitarnos la certeza de que la vida vale el esfuerzo de vivirse.

   Cada quien puede tener su personal lista de quitapesares, de ensalmos para atraer la buenaventura. Este principio de año, yo quiero elegir al azar una parte de la mía, para invocarla aquí, en el ánimo de invitarlos a recordar la de ustedes.

   Así que nombro en desorden:

• El ruido de una campana diminuta llamando a comprarle barquillos a un vendedor, cuya caja redonda tenía por tapa una ruleta que giraba para darle a la suerte el derecho a decidir cuántos nos tocarían por cada diez centavos.

• La risa de mi hermana con el cuerpo colgando de un árbol, al tiempo en que columpiaba las piernas delgadas y rápidas.

• El preciso color naranja con que el sol tiñó el cielo un amanecer que me encontró despierta, frente a la playa altiva y transparente, dándole el pecho a mi primer hijo.

• La tarde en que salí del hospital con mi hija de dos semanas en los brazos, a salvo de la muerte que pretendió detenerse en su sonrisa, cuando apenas empezaba a abrir los ojos. Ella que tiene bajo las pestañas una fuerza cuyo lujo regala a cada tanto sin siquiera darse cuenta.

• El televidente al que más temo leyendo uno de mis manuscritos con la sonrisa de su benevolencia.

• Mi padre abrazándome mientras extiende la mano para enseñarme un velero en el horizonte. Debo tener dos años. Guardo este amuleto como nuevo en una foto sobre mi escritorio y en el centro preciso de mis emociones.

• Mi abuela cortando un pastel de chocolate con el ceremonial de una sacerdotisa. Frente a ella estábamos mi prima Isabel y yo, con el gesto de quien espera un tesoro.

• Las nueve de la mañana de un día que empezó a ser brillante después de media noche y que nos tiene el cuerpo tomado con el brío del amor y sus desacatos.

• Una tarde y todas las tardes que he visto perderse tras la luz implacable que rodea los volcanes frente a los que nací. Ellos están impávidos, voraces, bellísimos, vigilando esta tierra desde hace diez millones de años. Cada invierno, llegando a las laderas de estos volcanes, es una alegoría de la eternidad. Y toda nuestra vida bajo ellos parece una promesa.

• Una noche insaciable en Cozumel. Todas las noches que me ha cobijado el Caribe. Y todas las mañanas. Apenas el mes pasado la confianza y el valor con que un amigo generoso me llevó al fondo del mar, otra vez, al encuentro de las luces y la gloria que ahí reina.

• La edición en chino de un libro que escribió una mujer con la que a veces congenio y que a veces me resulta insoportable.

• Una mañana en que estoy trabajando en la computadora. Pongo una palabra tras otra, las escucho, las rumio, las releo. Creo, por un instante, que acierto. Guardo ese instante como quien guarda un río. Luego vuelven, como siempre, las dudas y yo las acojo con reverencia.

• Bajo una escalera larga. Voy abrazada de alguien como van abrazados quienes saben que el mar podría abrirse a su paso. No le temo a la nada en ese instante, ni busco el futuro como se busca el pan. Sólo vengo del cielo, hablando como quien teje sueños al escucharse hablar.

• Estoy durmiendo, me doy cuenta de que estoy durmiendo. Sueño. Me doy cuenta de que estoy soñando. Vuelo. Sé que estoy volando en sueños, no me importa, sé que estoy volando con demora y devoción por entre las nubes. A lo lejos, mi perro me lame un pie exigiendo que despierte y lo saque a correr. "Déjame en paz" —le digo—. "¿No ves que estoy volando? ¿No ves que voy montada en el brillo de mis quitapesares?".