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Amsterdam, paraíso para los enamorados de los libros

Jasmina Šopova

 

 

Serge van Duijnhoven, escritor e historiador holandés residente en Bélgica, nos cuenta la historia de Amsterdam y los libros

 

Vivo en el centro de Bruselas como escritor holandés residente. La vida en esta multifacética y algo surrealista capital europea presenta muchas ventajas. Quienquiera que piense, como Lautréamont, que “lo bello es el encuentro fortuito de un paraguas y una máquina de coser en una mesa de disección” terminará por sentirse a sus anchas en esta ciudad bilingüe ubicada en el cruce del norte y el sur, del este y el oeste. Ello no impide que cuando tomo el tren que me lleva al norte siento siempre como una levedad de ser y una extraordinaria excitación por encontrar Amsterdam que, comparada con Bruselas y sus tres horribles librerías neerlandesas (existía otra muy linda, pero quebró), parece un paraíso para los enamorados de los libros. En el dique sobre el Amstel se apiñan grandes editoriales, numerosas librerías, puestos semanales de libros usados y algunos cotidianos como los de Oudemanhuispoort o de la Plaza Spui donde muchos escritores se reúnen por la tarde en los cafés de los alrededores. Una nueva joya se agregó recientemente a la corona de la ciudad con la apertura, en los muelles del golfo de Ij, de una magnífica biblioteca que domina la ciudad. El edificio, sublime creación del arquitecto Jo Coenen, cuenta con siete pisos y una  superficie total de 28.000 metros cuadrados, de los cuales 25.000 metros están destinados a bibliotecas, y el resto a rincones confortables destinados al estudio, espacios de exposición, un café, un teatro y un restaurante en el último piso. Un templo dedicado a los libros como nunca antes había visto donde de inmediato uno se siente cómodo y tiene ganas de quedarse el mayor tiempo posible Amsterdam tiene una hermosa reputación de libertad intelectual que se esfuerza por honrar a través de los eventos que organiza como Capital Mundial del Libro.

Desde fines del siglo XVI la ciudad fue un santuario de la libertad de expresión. Holanda estuvo siempre abierta hacia el mar y a todo cuanto venía de lejos, mientras que otras provincias de tierras arenosas le volvían la espalda. En Amsterdam, la tolerancia no fue sólo un principio, sino una necesidad práctica: ciudad mercantil donde convergían toda clase de culturas, no tenía interés alguno en entregarse a persecuciones masivas por razones religiosas como fue el caso de otras ciudades europeas. Mientras en todo el continente quemaban libros, en Amsterdam los fabricaban y vendían. Con la caída de Amberes en 1585 (cuando Felipe II de España tomó posesión de la ciudad), decenas de miles de inmigrantes afluyeron a Amsterdam desde el sur de Holanda, aportando consigo su experiencia comercial, sus capitales y bienes al mismo tiempo que su gusto por el arte, la cultura, su lengua y su literatura. Es en gran parte gracias a sus esfuerzos que el comercio de libros de Amsterdam obtuvo su reputación internacional.

Luego, una nueva ola de inmigrantes llegó de Portugal: judíos sefardíes perseguidos por la Inquisición. Sentaron las bases del comercio del tabaco y de la industria diamantera, al tiempo que hacían de Amsterdam un reputado centro de tipografía hebraica. La observancia religiosa no estaba controlada por el Estado, no existía la opresión de la Inquisición, estaba permitido el matrimonio entre miembros de la comunidad. Nadie estaba obligado a vivir en un gueto y los judíos podían adquirir bienes libremente. En ningún otro lugar existía una libertad de tal naturaleza. Dinero, libertad y cultura reemplazaron los principios medievales de honor, nobleza y heroísmo. La ciudad evolucionó –y es una paradoja- hacia la mate materialización de una utopía medieval; un espacio protegido, cerrado, dentro del cual los recién llegados podían librarse del yugo de la servidumbre a idéntico título que los sedentarios. “Esta iglesia dedicada a Dios no conoce creencias forzadas, tortura ni muerte” grabaron los inmigrantes judíos llenos de esperanza en la puerta de su sinagoga portuguesa. Nombraron, también, a Amsterdam la Jerusalén del Oeste Fue en Amsterdam donde el filósofo inglés John Locke escribió, entre otras obras, su “Carta sobre la tolerancia”. El francés René Descartes encontró la tranquilidad necesaria y la libertad para efectuar sus investigaciones así como sus colegas holandeses Baruch Spinoza, Hugo De Groot (Grotius) y Christiaan Huygens. Voltaire, el gran filósofo francés del Siglo de las Luces, viajó siete veces a Amsterdam, publicó allí su obra y subrayó, con la ironía que lo caracterizaba, que los holandeses se desinteresaban por saber si venden libros o tejidos, que no se ocupaban para nada de su contenido siempre y cuando ello les permitiera obtener dinero. Dicho esto, Voltaire también veía en la ciudad una fuente de inspiración, una forma de anticipación del espíritu utopista de las Luces donde Felix Meritis (la felicidad a través del mérito) continúa siendo el nombre de una de las sociedades de arte más reputadas de la ciudad Aparte de la noción de libertad, los libros fabricados en Holanda gozan de una excelente reputación gracias al talento de sus grabadores, la calidad del papel (el famoso papel de Holanda) y el precio razonable. Además, la imprenta holandesa se mostró sumamente inventiva creando libros de bolsillo para las masas populares como la Biblia de Menasseh ben Israel o el Atlas Mundial del cartógrafo holandés Willem Jansz Blaeu. La obra, ricamente ilustrada, conoció once ediciones y lo hizo célebre. Hubo más libros publicados en Amsterdam en el siglo XVII que en el resto de los países europeos juntos. Unas 30.000 personas trabajaban en esta actividad. En 1600, la ciudad contaba con 96 librerías, en 1699 su número aumentó a 273. Una selección ilustrada de las obras del poeta holandés Jacob Cats, realizada en 1655, vendió instantáneamente más de 50.000 ejemplares, cifra con la que los poetas contemporáneos no pueden siquiera soñar. En Amsterdam, los judíos que eran víctimas de persecuciones judiciales y expulsados de toda Europa estaban autorizados a publicar sus libros en hebreo, latín, español, portugués e incluso en yiddish, a tal punto que la ciudad se convirtió en la capital mundial de las publicaciones hebraicas. Estoy seguro de que los viajeros del pasado tenían el mismo sentimiento de liviandad del ser y el entusiasmo me anima hoy cuando penetro en esta ciudad con forma de media luna a orillas del Amstel. De lo alto de los edificios de la nueva biblioteca, que dicho sea de paso ofrece un panorama espléndido de la ciudad, se aprecia como desde ningún otro sitio el contraste entre la animación de los barrios del centro y la amplia extensión del golfo de Ij. Con algo de imaginación es aquí, entre los atlas de Bleau, Mercator y Hondius, expuestos en las vitrinas del tercer piso, donde mejor se percibe la fila interminable de mástiles centellantes y barcos a vela amarrados a las empalizadas de madera que durante siglos constituyeron la imagen emblemática de Amsterdam.