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Alain Robbe-Grillet

Silvia Adela Kohan

 

Alain Robbe-Grillet, escritor emblemático y realizador del siglo XX, impulsor del nouveau roman, trastocó los principios de la realidad desde su particular mirada, transformó el valor de los constituyentes de la novela tradicional, ofreció una lectura diferente del mundo, se arriesgó a pensar. Me rebelo contra los que lo consideran un ciclo acabado. ¿Acaso se acaban los clásicos? Y de esa corriente europea innovadora todavía les queda mucho por aprender a tantos productores de la literatura plana actual.

 

 

El material narrativo

Reanudación es una compleja historia de espionaje en la que nada es lo que parece y producida a partir de la figura del doble: “En más de una ocasión he encontrado a mi doble en la calle; es una experiencia interesante pero no terrorífica”, de sus fantasmas sado-eróticos: “A los hombres nos gustan las mujeres, pero nos dan miedo, por eso pienso en mujeres encerradas o en niñas”, y de las reconstrucciones literarias, desde el Diario de un seductor de Kierkegaard al Edipo de Sófocles.

 

“Mis libros no son libros de un tema”

 

De su última novela, puntualiza que no trata un solo aspecto. “Por ejemplo, la portada de la edición de Anagrama presenta la nena en una postura erótica. En la alemana, las ruinas de Berlín; en la italiana, las ruinas y la figura de una nena; en la americana, un policía con una gorra como en una novela de Simenon. Todas mis novelas son policíacas. Anthony Burgess, en un prefacio a una novela de Bioy Casares, explica que todas las grandes novelas del siglo XX, y de finales del XIX, son novelas policíacas. Cita a Dostoievski, Henry James, a Faulkner, a Kafka.... Es decir, hay alguien que intenta buscar alguna cosa y no lo consigue, aunque en las novelas policíacas el detective siempre encuentra algo.

En el primer volumen de mis falsas memorias hablo de las anécdotas de mi infancia en un ambiente de anarquistas de extrema derecha. Es pintoresco y la gente lo va a encontrar como una especie de realidad autobiográfica pero está constantemente minado. En El espejo que vuelve hay dos personajes: uno que se llama papá y otro mi padre. No son el mismo ni han nacido el mismo año. En Reanudación, hay también trozos autobiográficos, como la tormenta que arrasa mi casa en Normandía. No separo realidad y ficción. Mi obra es continua, sin cambios sorprendentes”.


Lo incierto es productor

Sin duda, su motor suele ser la incertidumbre, lo amplía empezando por subrayar que aunque de formación es un científico, no cree en la verdad de la ciencia: “La ciencia es una construcción del espíritu humano eficaz pero que no ofrece la verdad del mundo. Te preguntan: ¿Por qué? ¿Cuál es el sentido? Pero yo digo que no sé nada. Estoy en la búsqueda de un sentido posible. No del único. Las significaciones del mundo son plurales y variables y eso es lo apasionante. Diremos que la crítica literaria, en particular la francesa, desearía que todo tenga sentido y eso está muy acentuado en los últimos años por la moda del marxismo y lo freudiano. Los sistemas de Marx y Freud son sistemas de significación rígidos y normativos que no se corresponden con la aventura humana, podríamos decir que son todo lo contrario. Ellos dos, probablemente, eran espíritus más abiertos que las falsas teorías que se han construido a partir de sus textos. Creo que la certidumbre es flagrante hoy en día. Si piensas en una novela que tiene trescientos años como Jacques el fatalista, de Diderot, verás que es cambiante e incierta. Siempre ha habido novelistas que han trabajado con la duda y que utilizan mucha energía. Cuando se habla de lo incierto es como si fuese un tema negativo, de padecimiento, pero es todo lo contrario. Gracias a lo incierto yo puedo crear un mundo. Hay una energía creativa que se desprende de lo incierto. Si no tienes duda de nada, no vale la pena escribir. Naturalmente lo incierto es agotador porque plantea, a cada momento: ¿Qué pasa?, y ¿Qué hay que hacer? y esto no es cómodo para nadie. Mis lectores no son los lectores de best sellers. Para hacer un best seller debes imponer una verdad del mundo o de los sentimientos, algo contrario al espíritu humano. Pero muchos lectores, cuando regresan a casa luego de toparse todo el día con “lo incierto” y están cansados, desean reencontrarse con cierto “confort intelectual” y leen a Françoise Sagan o a Michel Houellebecq.

 

El Robbe-Grillet anterior

Como Samuel Becquett, Claude Simon  o Marguerite Duras, entre otros, Robbe-Grillet no pretende hacer novelas fáciles, “porque la vida no es fácil”. El resultado es la  antinovela, que se contrapone a la novela que ordena los acontecimientos en forma cronológica. La celosía es un paradigma de la la nueva novela (nouveau roman), rompe con los elementos esenciales de la novela tradicional; es la novela “de la mirada” porque trata de ser objetiva (el hombre no debe juzgar ni interpretar los elementos de la realidad), registra lo que ve. Constituye, por lo tanto, una nueva manera de enfocar la realidad que, posiblemente, permite enfocar esas grietas que nos suelen pasar desapercibidas.

 

Cuando la forma narrativa otorga el sentido

según Juan José Saer

“El sentido de las novelas de Alain Robbe-Grillet no proviene del discurso, cuyo papel consiste normalmente en vehiculizar sentido, sino de la forma narrativa, es decir, la manera en que se organizan entre sí los diferentes fragmentos del relato que, en vez de explicarse unos a otros como suele ocurrir en las historias lineales, más bien se contradicen, se desmembran, se transforman, revelando a cada paso su precariedad: sin tregua, espacio, tiempo, intriga, personajes, cada uno de los elementos que componen todo relato son sometidos, a pesar de la minuciosa precisión de la prosa, a lo que podríamos caracterizar como un sistemático principio de incertidumbre.

El texto no se agota para la razón o la inteligencia del lector, que sólo puede captarlo de manera fragmentaria y aun contradictoria, ni siquiera para sus emociones en lo que tienen de conscientes, sino que produce su impacto en una zona crepuscular de la conciencia en la que los mecanismos asociativos estimulan reminiscencias que, por vagas que le parezcan a la zona clara, producen un efecto seguro en las regiones oscuras, semejantes a las asociaciones confusas que despiertan los sueños, y aun a la forma narrativa de muchos de ellos, en los que la incoherencia aparente de la anécdota no logra atenuar un sentido omnipresente que es a la vez familiar y secreto.

De esa manera, la multiplicidad de rastros que va dejando la escritura impregnan, casi de contrabando, la imaginación del lector: las peripecias se suceden para minar la ilusión de certidumbre, las alusiones, los guiños, las citas, las contradicciones y el continuo recomenzar del relato en diferentes direcciones, su puesta en abismo permanente a través de imágenes que evocan la estructura misma de la novela y el itinerario del narrador, como por ejemplo la escalera de caracol, el intertexto que incluye a Sófocles, Kierkegaard, Andersen, Proust, Borges, Nabokov, Graham Greene, Sade, Goya, Robbe-Grillet, etcétera, las minuciosas y admirables descripciones que, con su evidencia enigmática no agregan claridad al conjunto, sino más bien duda y misterio, van dejando en el lector una sucesión de impresiones que no le procuran ningún sentido unívoco, sino una especie de implicación emocional vaga y nítida a la vez. Y si bien en la novela hay dos o tres escenas eróticas de una exagerada crudeza que ha hecho pasmarse a más de un crítico distraído, no debemos engañarnos porque no hay en ellas la menor concesión: son meros estereotipos, colocados a la altura avanzada de la novela, de modo que para llegar hasta ellos no basta ser un perverso: hay que ser antes que nada un verdadero y concentrado lector”.