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Alejandra Pizarnik  

 

 

Flora Alejandra Pizarnik (Avellaneda29 de abril de 1936 - Buenos Aires25 de septiembre de 1972) fue una poeta y traductora argentina.

 

Biografía

Infancia

La infancia de Pizarnik fue difícil y llena de inseguridades. Más adelante, la poeta utilizará estos acontecimientos familiares para conformar su figura poética. Cristina Piña expone dos grietas importantes que marcaron la vida de la poeta: la constante comparación con la hermana mayor propiciada por su madre y la condición extranjera de la familia (de origen ruso). En la adolescencia tuvo graves problemas de acné y una marcada tendencia a subir de peso. Los problemas de asmatartamudez y autopercepción física de la poeta minaron su autoestima: se trata de “esa sensación de angustia que trae el ahogo asmático y que, muchos años más tarde y ya convertida en Alejandra, Bluma [su apodo en su infancia] interpretaría como la manifestación de una temprana angustia metafísica”; ​ Este hecho aumentó la diferencia entre ella y Myriam, su hermana, que poseía todas las cualidades que sus padres apreciaban: “esa Myriam delgada y bonita, rubia y perfecta según el ideal materno, que todo lo hacía bien y no tartamudeaba ni tenía asma ni montaba líos en el colegio”. Asimismo, la sombra del nazismo y la Segunda Guerra Mundial eran constantes entre los padres de Pizarnik, lo que “ensombreció la infancia de las dos –ante los horrores del nazismo, los avatares de la Segunda Guerra Mundial y las noticias acerca de la familia masacrada en Rivne ”.

Primeros años y juventud

Durante este periodo comienza a descubrirse como un ser distinto, integrando así en su carácter caótico e inestable la necesidad de ser reconocida por los demás (a pesar de la discordancia consigo misma), se trata de “un personaje en el que todo parecía adoptar la forma opuesta a “lo-que-debe-ser”, delineando una imagen perturbadora e inquietante por lo desconocido”. «Bluma», como la nombraba su familia, comenzó a desdeñar este apodo y, con ello, también los lazos familiares. “Supongo que tuvo que ver con la voluntad de ser otra, de abandonar a la Flora, Bluma, Blímele de la infancia y la adolescencia y construirse una identidad diferente a partir de esa marca decisiva que es el nombre propio, esa inscripción de la ley y el deseo paternos en el sujeto que llegamos a ser”. Después, durante la adolescencia, su incursión en las letras supone el inicio de la desgarradura: “ya en el secundario Bluma estaba fascinada por la literatura. No sólo la que enseñaban en el colegio o la que, secretamente, iba descubriendo y haciendo circular entre las compañeras –FaulknerSartre-, sino la que escribía”. El existencialismo, la libertad, la filosofía y la poesía fueron los tópicos de lectura favoritos de la poeta, así como la identificación, que durante toda su vida mantuvo con Antonin ArtaudRimbaudBaudelaireMallarméRilke y el surrealismo; reconocimiento por el que ha sido considerada una poeta maldita. ​

Pizarnik se enfrentó al modelo ideal de estudiante durante su estancia en la escuela secundaria, “el prototipo de adolescente que forjó el imaginario social entre las familias de clase media argentinas tiene que ver con el recato y la discreción, la buena conducta y la aplicación en la escuela”. Es un proceso que derivó en una joven mujer rebelde, estrafalaria y subversiva frente a la imagen del adolescente de los años cincuenta: “se producen cambios notorios y definitivos que irán configurando su personalidad y la convertirán en la “chica rara” del colegio, llena de excentricidades y, para algunos padres, en la imagen exactamente contraria a la que aspiraban para sus hijas”.9​ La concepción de su cuerpo cobró una importancia médica cuando las anfetaminas tomaron importancia en su estilo de vida: su obsesión por el peso corporal inició la progresiva adicción a los fármacos, “quienes la conocieron entonces y luego supieron de su adicción progresiva –alguien recordó que siempre se refería a la casa de Alejandra como “La farmacia” por el despliegue de psicofármacos, barbitúricos y anfetaminas que desbordaba de su botiquín”; adicción que tomaría otro nivel en años posteriores, cercanos a su muerte.

A esta anticonvencionalidad y cuestionamiento se suma la pasión, cada vez mayor, por la literatura. Lectora de muchos y grandes autores durante su vida, intentó ahondar en los temas de sus lecturas y aprender de lo que otros habían escrito. También lectora de la filosofía existencialistaEl ser y la nadaEl existencialismo es un humanismoLos caminos de la libertad. Así, la lectora se convirtió también en creadora: hacía circular textos suyos con “el deseo de sobresalir, de triunfar”.

Se puede enumerar el nacimiento de varias obsesiones poéticas perdurables durante este periodo: la búsqueda de identidad, la construcción de la subjetividad, la infancia perdida y la muerte. “Ya desde su más temprana juventud, de una fascinación que se convertirá en la cifra de su escritura, y en cierta forma en el signo de su vida: la muerte”.

Educación

En 1954, tras cursar bachillerato, y con grandes dudas, ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Sus expectativas académicas le hacían imposible permanecer en un solo sitio, “como lo demuestra el hecho de que pasara de la carrera de Filosofía a la de Periodismo, luego a la de Letras, al taller del pintor Juan Batlle Planas para, finalmente, abandonar todo estudio sistemático y formal y dedicarse plenamente a la tarea de escribir”. Varias perspectivas brillaron en este horizonte, como las discusiones con Luisa Brodheim (compañera de Filosofía y Letras)15​y la cátedra de Literatura Moderna que impartía Juan Jacobo Bajarlía. Juan actuó como protector y guía en la carrera literaria de Pizarnik: corregía sus primeros textos poéticos e introdujo a su primer editor, Arturo Cuadrado, y a varios artistas surrealistas de la época como Juan Batlle PlanasOliverio Girondo y Aldo Pellegrini.

Durante este camino de aprendizaje leyó a ProustGideClaudelKierkegaardJoyceLeopardiYves BonnefoyBlaise CendrarsArtaudAndrè Pieyre de MandiarguesGeorge SchehadéStéphane MallarméHenri MichauxRené Daumal y Alphonse Allais. La poeta encontró en ellos marcas de su propia identidad “porque a través de esa “escritura” secreta que son los subrayados se puede seguir y captar la configuración de su subjetividad, tanto como percibir sus grandes problemas interiores de esa época”.16​ Las lecturas se transformaron en temas que construyeron su personaje poético: la atracción a la muerte, la orfandad, la extranjería, la voz interna, lo onírico, Vida-Poesía y la subjetividad.

Asimismo, en esta época comenzaron sus sesiones de terapia con León Ostrov, y eso fue un hecho fundamental en su vida y en su poesía (cabe recordar que uno de sus poemas más famosos “El despertar” fue dedicado a él). Gracias a su psicoanalista se motivó tempranamente por la unión entre la literatura y el inconsciente, lo que a su vez hizo que se interesara por el psicoanálisis, “significó un elemento capital para la constitución de su práctica poética y, con el tiempo, se convirtió en un instrumento privilegiado para indagar en su subjetividad”. No sólo buscaba restituir su autoestima y aminorar la ansiedad, sino también era un ejercicio poético en el que practicaba la reflexión sobre la subjetividad y los problemas internos.

Pizarnik en París

Alejandra Pizarnik decidió emprender un viaje a Paris, de 1960 a 1964, en el que se desarrolló como traductora y lectora de escritores franceses (entre ellos Isidore DucasseConde de Lautréamont). París fue para la poeta un refugio literario y emocional, “sola o con amigos, cruzar una mirada cómplice con los bellos ojos azules de Georges Bataille, hacer cadáveres exquisitos hasta el amanecer, perderse en las galerías del Louvre o descubrir la belleza imposible del unicornio en el museo del Cluny. La perfecta articulación de soledad y compañía que, como una luz intermitente, necesitaba Alejandra para vivir”. Trabajó en la revista Cuadernos, trabajo “obtenido tal vez gracias a Octavio Paz, por entonces agregado cultural de la Embajada de México en Francia, quien la presentó a Germán Arciniegas, director de la revista Cuadernos para la Libertad de la Cultura, de la UNESCO, o tal vez gracias al mismo Cortázar, que trabajaba en el organismo internacional y en algunas editoriales francesas. “Había algo radicalmente incompatible entre Alejandra y cualquier tipo de trabajo que no fuera el exigente y lúcido pulimiento de su propio lenguaje, la plasmación de esas extrañas historias que escribía en su época en París, los artículos con los que luego contribuirá en Sur, Zona Franca, La Nación y otras publicaciones”. Publicó poemas y críticas en varios diarios, tradujo a Antonin ArtaudHenri MichauxAimé CésaireYves Bonnefoy (del cual realiza una traducción con Ivonne Bordelois) y Marguerite Duras. Además, estudió historia de la religión y literatura francesa en la Sorbona. Allí entabló amistad con Julio CortázarRosa Chacel y Octavio Paz. Este último fue el prologuista de Árbol de Diana (1962), su cuarto poemario, en el que ya se refleja plenamente la madurez como autora que estaba alcanzando en Europa. ​ Finalmente, “en 1964 regresó a Buenos Aires como una poeta madura que, en cierta forma, ya había configurado definitivamente su poética y sólo necesitaba tiempo para desarrollar el programa de su creación”.

 

Caída emocional

La crítica menciona que la fusión entre vida y poesía de Pizarnik alentó las crisis depresivas y los problemas de ansiedad que poseía. Ana Calabrese, amiga de Alejandra Pizarnik, “considera en parte responsable de la muerte de Alejandra al mundo literario de la época, por fomentarle y festejarle el papel de enfant terrible que ella actuaba. Según Ana, ese ambiente fue el que no la dejó salir de su personaje, olvidándose de la persona que había detrás”. Sin embargo, un hecho que marcó su vida fue la muerte de su padre el 18 de enero de 1967: “Elías murió de un infarto. Alejandra estaba en Buenos Aires y le avisó sólo a su íntima amiga Olga Orozco, quien fue al velorio (velatorio) para acompañarla”.26​ Desde este momento, las entradas de sus Diarios se volvieron más sombrías: “Muerte interminable, olvido del lenguaje y pérdida de imágenes. Cómo me gustaría estar lejos de la locura y la muerte (…) La muerte de mi padre hizo mi muerte más real”.27​ Durante el año 1968, Pizarnik se mudó junto a su pareja, una fotógrafa, y a estos cambios se sumó también su continua adicción a las pastillas: “También llegaron las pastillas que cada vez le resultaban más necesarias para explorar la noche y la escritura o convocar el sueño, siempre a riesgo de confundirse y agudizar, en lugar de apaciguar, la angustia que la empujaba a lanzar esos S.O.S. telefónicos a las cuatro de la mañana, los que, como recordaba Enrique Pezzoni, podían llevar al borde del asesinato a quienes más la querían”.28​ Su búsqueda para encontrar en París un país al cual pertenecer marcó la brecha para su desgaste emocional, “los amigos señalan que, luego de su vuelta de este frustrado viaje, Alejandra inició un lento proceso de clausura progresiva que tendría una primera culminación en el primer intento de suicidio, en 1970. No es que dejara de verse con los habituales habitantes de su reino personal –inclusive aparecerían nuevos amigos como Antonio López Crespo y Marta CardosoEzequiel SaadFernando_NoyAna BecciúVíctor RichiniAna CalabreseAlberto Manguel,y angelo de colombia Martha Isabel MoiaMario SatzCésar AiraPablo AzconaJorge García Sabal –sino que la “errancia” alegre se iría reduciendo y cada vez más sería su casa el lugar de reunión”.

Muerte]

El 25 de septiembre de 1972, a los 36 años, se quitó la vida ingiriendo 50 pastillas de Seconal durante un fin de semana en el cual había salido con permiso del hospital psiquiátrico de Buenos Aires; hospital donde se hallaba internada a consecuencia de su cuadro depresivo y tras dos intentos de suicidio. El día siguiente, “martes 26, el velorio (velatorio) sumamente triste en la nueva sede de la Sociedad Argentina de Escritores que, prácticamente, se inauguró para velarla”.30​ En el pizarrón de su recámara se encontraron los últimos versos de la poeta:

no quiero ir

nada más

que hasta el fondo

 

Estilo

La poesía de Alejandra Pizarnik es pura indagación, si afirmasemos algo sobre ella, sería una continua pregunta: “Siempre es el mismo interrogante: ¿de qué soy culpable?, ¿por qué este eterno sufrir?, ¿qué hice para recibir tanto golpe duro y malo?”.32​ La necesidad de reconocimiento hace mella en Pizarnik, dando pauta a una de muchas ambivalencias que sufrió: “Temo que mis deseos de escribir no sean más que medios para conseguir el fin anhelado éxito, gloria, fe en mí. También pueden ser excusas, ya que no estudio “en serio”, ya que no vivo “en serio”. Puede ser también, que, dada mi escasa facilidad de expresión oral, apele al papel de no atragantarme, para escupir el fuego de mis angustias".33​ Para Pizarnik escribir no sólo representaba el reconocimiento sino, también, la posibilidad de desahogarse, de manifestar esa sensibilidad que poseía. Si bien Pizarnik estaba convencida de que la comunicación oral no era una opción viable para expresarse, encontró en la escritura la manera de transmitir sus sentimientos, evolucionando así del lenguaje poético a un tipo de silencio constructivo-destructivo que permite al lector vivir y revivir la visión interna de la poeta: “Pizarnik gestó su identidad desde un sentimiento de excepcionalidad, y creer que estaba predestinada a ser una gran escritora le sirvió para justificar su fracaso en la vida personal”.34

El extranjerismo es otro de los temas presentes en su poesía: “En Pizarnik, la alteridad judía/argentina la hizo outsider, un personaje sin un sitio en la sociedad, con pocas posibilidades de disolverse en la masa amorfa y atomizada de una comunidad”.35​ La muerte y la infancia es otro de los ejes ambivalentes más importantes en la poesía pizarnikiana: la infancia es la excepción de la realidad, por lo tanto, representa la vida, el paraíso deseado para una poeta que busca reinventar ese periodo que nunca fue satisfactorio: “Yo no sé de la infancia / más que un miedo luminoso / y una mano que me arrastra / a mi otra orilla / Mi infancia y su perfume / a pájaro acariciado”.36​ Ensalza la delicadeza del carácter infantil, pero, también, el peligro que la rodea; dentro de ese miedo se encuentra la carencia: “Porque a veces no soy muy mala conmigo, a veces, en medio de aquella desgracia y del anochecer, me digo palabras lentas, cálidas, de una delicadeza que me hace llorar, porque son las que no te dice nadie, los que jamás te dijeron, ni siquiera cuando cabías en la palma de una mano".37​No sólo el deseo de atención y amor envuelve el último fragmento, también la imagen de niña solitaria se muestra más expresiva que nunca. La muerte, al contrario, siempre está presente, su poesía coquetea con ella al igual que con la locura y huye una vez que la siente cercana. Se esconde en la oscuridad y la acoge como hogar: “Afuera hay sol / Yo me visto de cenizas”.38

Dentro del mundo pizarnikiano, uno de los principales encuentros es el de la voz múltiple: “da la impresión de que la argentina no se acerca al poema para decir lo que ve o lo que piensa, sino, más bien, para escuchar qué sienten las demás: las que fueron, las que serán y las que son en ella!".39​ Toda la poesía de Pizarnik es un diálogo infinito entre ella y todas las que es: “la lengua común se encripta y se hace ajena. Ella construye un lenguaje poético que abandona a conciencia todo anclaje a lo real referencial”.40​ Es una voz del yo que está detrás del yo, aún si éste se aleja. La búsqueda infinita de lo que se encuentra perdido, una incesante travesía que, incluso hasta el final de sus días, la absorbió en una terrible ambivalencia: el paraíso infantil y la tentación de la muerte, la enajenación absoluta y la vocación amorosa. Expresa Enrique Molina: “Toda su poesía gira en torno a estos dos polos magnéticos, dos solicitaciones extremas que se funden en su voz”.41​ Francisco Cruz menciona: “La pretensión de que el lugar del yo sea el poema, conduce a la necesidad de que el yo sea, a su vez, el sitio del poema. Vida y poesía deberían ser para Pizarnik lo mismo”39​ lo que Pizarnik confirma a lo largo de sus Diarios: “Las imágenes solas no emocionan, deben ir referidas a nuestra herida: la vida, la muerte, el amor, el deseo, la angustia. Nombrar nuestra herida sin arrastrarla a un proceso de alquimia en virtud del cual consigue alas, es vulgar”.

Premios y distinciones[editar]

Obras

Dejó como legado una vasta obra, a pesar de su corta vida: un diario de casi mil páginas, un extenso corpus de poemas, muchos escritos y relatos cortos surrealistas, y alguna novela breve.

  • La tierra más ajena, 1955.
  • Un signo en tu sombra, 1955.
  • La última inocencia, 1956.
  • Las aventuras perdidas, 1958.
  • Árbol de Diana, 1962.
  • Los trabajos y las noches, 1965.
  • Extracción de la piedra de locura, 1968.
  • Nombres y figuras, 1969.
  • Poseídos entre lilas, 1969 (obra de teatro).
  • El infierno musical, 1971.
  • La condesa sangrienta, 1971.
  • Los pequeños cantos, 1971.
  • Una noche en el desierto, 1978.

Publicaciones póstumas

  • El deseo de la palabra, 1975 (selección de poemas y textos críticos que Alejandra planeó con Antonio Beneyto y Martha I. Moia).
  • Zona prohibida, 1982 (dibujos y poemas, muchos de ellos borradores de piezas publicadas en Árbol de Diana).
  • Poemas, 1982.
  • Textos de Sombra y últimos poemas, 1982.
  • Entrevistas, 1978.
  • Correspondencia Pizarnik, 1998.
  • Obras completas, 2000.
  • Poesía completa, 2000.
  • Prosa completa, 2002.
  • Diarios, 2003.

 

 UNA CARTA DE ALEJANDRA PIZARNIK SOBRE LA ENTREVISTA CON SIMONE DE BEAUVOIR, SUS ANGUSTIAS EN PARÍS Y UNA CASA DESMORONADA

 
 
Nos hemos apartado de nuestros cuerpos, que vergonzosamente nos han enseñado a ignorar, a azotarlo con el monstruo llamado pudor… ¿Por qué hay tan pocos textos? Porque aún muy pocas mujeres recuperan su cuerpo. Es necesario que la mujer escriba su cuerpo, que invente la lengua inexpugnable que reviente muros de separación, clases y retóricas, reglas y códigos, es necesario que sumerja, perfore y franquee el discurso de última instancia, incluso el que se ríe por tener que decir la palabra “silencio”, el que apuntando a lo imposible se detiene justo ante la palabra “imposible” y la escribe como “fin”. 
Hélène Cixous, La risa de la medusa

 

De Alejandra Pizarnik se ha escrito mucho y se podría escribir siempre más, baste decir que es una poeta que escribe con el cuerpo, que hizo de su vida poesía encarnada, reventando la lengua y los muros con palabras.

Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir. El deseo de la palabra, 1975

Quiero compartir una carta que escribe a su psicoanalista León Ostrov, en la época en que vivía en París (1960-1964); es parte del libro Cartas, editado por Andrea Ostrov en 2012. La carta no tiene fecha y no se conserva el sobre. Probablemente corresponda a comienzos de junio de 1960.

Ojalá que la disfruten tanto como yo.

 

Carta N° 4

 Queridísimo León Ostrov:

                Gracias por su carta. Jamás he recibido y bebido palabras con tanta intensidad como las suyas. Justamente la noche anterior me había hecho una orgía de autoconmiseración, de nadie te recuerda y todos te olvidan. Pero desperté y vi su carta. Entonces el enemigo se corrió.

Lo que sucede es que tengo la maldita manía de comunicar exclusivamente mis angustias. Cuando estoy bien, cuando el ser canta y se encanta de estar en este mundo ancho y alto, no se me da por escribir una carta y decir que tout va bien.

Me fui de nuevo del hogar familiar. Estoy en una piecita en la Rue des Éscoles, que habito gratuitamente aunque no tanto pues debo pasearme dos horas por día con una niñita por el Luxemburg o a veces colaborar en las tareas domésticas –en las que ya soy una experta- y además no salir de noche varias veces por semana cuando madame et monsieur salen y yo velo por la niñita a la que por otra parte degenero y pervierto pues le dejo hacer y decir todo lo que le prohíben; además dibujamos juntas. Tiene 2 años y medio y ya llegó al arte abstracto. “Haz un perro”- le digo. Y hace esto:    ͡    o “haz un caballo” y o “a papá”: ) o “a mamá”:   ͜͜    etc. De todos modos me tendré que mudar pues me dieron la pieza por un mes solamente. Veremos qué haré y cómo se las arreglará sin un centavo. Me veo con algunos pintores argentinos: todos angustiados por el dinero. Yo, de mi parte, habito con frenesí la luna: ¿cómo es posible preocuparse por el dinero? Pero me gustaría no enajenar mi tiempo en un trabajo prolongado –lo que probablemente tendré que hacer. Pero quiero mi tiempo para mí, para perderlo, para hacer lo de siempre: nada.

Estoy tratando de hacer o comenzar a hacer un poco de periodismo para La Gaceta de Tucumán. Mi tío Armand – no el que me hospeda, pues tengo 2 tíos aquí- conoce a Simone de Beauvoir y le dijo que yo le puedo hacer un reportaje. Ayer la llamé por teléfono: fue la sorpresa más grande de mi vida: marco el número y me responde una voz de sirvienta gallega: yo creo haberme equivocado y pregunto de nuevo por Mme. de Beauvoir. “C´est elle qui parle” – dice la voz a los gritos. Le murmuré mi nombre y le murmuré lo del reportaje. Me respondía a los gritos, una voz tan rara, tan funcional, tan al mismo tiempo generosa –porque se da tanto a pesar de su fealdad- e histérica y flexible. Y hacía tanto contraste con mi lentitud, mi gravedad, mi sentarme sobre cada palabra como si fuera una silla. Cuando corté – el reportaje se hará tal vez la semana próxima – me dio un ataque de risa interminable y me fui a jugar con la niñita que se quedó absolutamente sorprendida de mi euforia, de verme tan animosa y deseosa de jugar. No dejé de pensar en esa voz durante todo el día, no sé por qué la asociaba con el abismo que existe entre la poesía y la vida, entre un gran poeta que en general vive como un oficinista y un ser que hace un poema de su vida pero que no puede escribir poemas. Pensé si no habrá que elegir: orden, método, trabajo fecundo, existencia mesurada, estudiosa: entonces se escriben grandes poemas y grandes novelas, o lo otro: un sumergirse en la vida, en el caos de que está hecha, en las aventuras “oh la vida de aventuras que cuentan los libros para niños, ¿me la darás a cambio de todo lo que he sufrido?” (cito y deformo de memoria). En suma, ¿cómo vivir?

Lo que me dice del problema con mi madre es más que cierto. Aquí en París me surgieron recuerdos de cosas viejas que creí sepultadas para siempre: rostros, sucesos, etc. Los anoté y traté de analizarlos seriamente. Pero lo que me interesa es haber descubierto que no conozco el rostro de mi madre (yo, que tengo una memoria excepcional para los rostros) sino que lo veo en la niebla, esfumado, como el negativo de una foto. Conscientemente, no la extraño. No sé qué decirle en mis cartas ni tengo ganas de decirle nada. Ella me envía tres o cuatro frases convencionales y muchos abrazos. Posiblemente no me importaría no verla nunca. Pero no confío en estas afirmaciones. He pensado en el análisis. En Buenos Aires lo había descartado de mis proyectos. Pero aquí me asalta y me invade muchas veces la evidencia de mi enfermedad, de mi herida. Una noche fue tan fuerte mi temor a enloquecer, fue tan terrible, que me arrodillé y recé y pedí que no me exiliaran de este mundo que odio, que no me cegaran a lo que no quiero ver, que no me lleven adonde siempre quise ir. Pero para hacerme el psicoanálisis necesito ir a Buenos Aires. Y no sé aún si deseo volver o no. Creo que mis angustias en París provenían del brusco cambio de vida: yo, que soy tan posesiva me veo aquí sin nada: sin una pieza, sin libros, sin amigos, sin dinero, etc. Mi felicidad más grande es mirar cuadros: lo he descubierto. Sólo con ellos pierdo conciencia del tiempo y del espacio y entro en un estado casi de éxtasis. Me enamoré de los pintores flamencos y alemanes (particularmente Memling por sus ángeles), de Paolo Uccello, de Leonardo (La virgen, el niño y Sta. Ana – ¡por supuesto!- que me arrastró a una larga y absurda interpretación sexual, aunque en verdad no hay qué interpretar pues todo está allí). Y naturalmente KleeKandinskyMiró y Chagall(los preferidos, por ahora).

Me parece muy bien que se haya llevado un balde del de Floré. Yo por ahora me porto juiciosamente: sólo unos pocos libros. Pero si me tuviera que llevar algo sería la fachada de una casa desmoronada de un pueblito llamado Fontenay –Aux- Roses, cuya estación de ferrocarril está llena de rosas. Las ventanas de esa casa tienen los vidrios de color lila, pero de un lila tan mágico, tan como los sueños hermosos, que me pregunto si no terminaré penetrando en la casa. Tal vez, si entro, me reciba una voz: “Hace tanto que te esperaba.” Y yo ya no tendré que buscar más.

Hago –se hacen- algunos poemas. Cuando los corrija le enviaré algo. Sigo dibujando pequeños monstruos. Y leo al “perro de Lautréamont”. Escribo minuciosamente mi diario. Y envejezco. Cumplí años y soñé que me decían: “el tiempo pasa”. Pero no lo creo. Quevedo tampoco lo creía: “miro el tiempo que pasa y no le creo” (cito de memoria). Mi único ruego constante es que no me abandone la fe en algunos valores espirituales (poesía, pintura). Cuando me deja temporariamente viene la locura, el mundo se vacía y rechina como una pareja de robots copulando.

Le buscaré las revistas y todo lo que necesite o –y- llegara a necesitar. Abrazos para usted y para Aglae,

Alejandra